Por Carmen Libertad Vera

Primero escuchó los tronidos —¡pum, pum, pum!— provenientes de las granadas de gas lacrimógeno arrojadas contra el pavimento. Luego, a la distancia, observó su serpenteante rodar y la inmediata expansión volátil de las picantes nubes con que los elementos del cuerpo de antimotines disolvían aquella manifestación de ambulantes. Inmediato fue el desaforado correr de toda la gente que en estampida buscó refugio en el atrio del templo, el jardín del mercado y otros lugares cercanos a aquel sitio.


Él supo, en ese momento, que venían días muy aciagos. En un gesto instintivo, replegó junto a sí a su eterna compañera, una mochila donde ocultaba a la vista los puñados de mercancía pirata —CDs y DVs— que en sus rutinarios recorridos a pie por las áreas de comida del mercado y las calles o comercios circunvecinos rutinariamente realiza a fin de obtener la papa y, sobre todo, las acostumbradas chelas del día.


Su nombre es Pepe. Así nomás, sin apellidos. Aunque quienes lo conocen lo identifican como “Pepe Pirata”, a manera de seña particular, misma que se ha ganado a pulso, porque él lleva en ese negocio desde “¡uf!”, el remoto tiempo de los hoy casi descontinuados cassettes.

Porque sí, él empezó vendiendo cassettes, obviamente piratas. De allí su abolengo, mismo del que se ufana y con el que empezó a distinguir las preferencias musicales de quienes se convirtieron en su frecuente y renovada clientela.


Después vivió el inicio y auge de los CDs, a los que todavía no abandona. Prueba de ello es que siempre carga consigo unos cuantos, aunque, preferentemente, ahora mejor se surte con películas de estreno, sin dejar los títulos clásicos de venta asegurada, como todas las de Pixar o las de Disney, y las porno de tres, cuatro o más equis, por las que más de alguno muy frecuentemente pregunta y él provee. Porque “p’os al cliente hay que darle lo que pida, ¿o no?”.


El día de la manifestación, cuando arrojaron el gas lacrimógeno, Pepe Pirata pudo registrar toda la acción desde un principio y, hasta cree, que casi casi pudo predecirla desde la noche anterior. “¡Oh, sí!”. Porque según él, la raza no se iba a quedar callada después de los recientes desalojos nocturnos de sus puestos ambulantes, fijos o semifijos, y la subsecuente prohibición total impuesta para la venta callejera de cualquier tipo de producto. “¡N’ombre, qué va, los puesteros no se iban a quedar callados!”.


Así, ese día, muy temprano, mientras Pepe Pirata, a manera de desayuno, se empinaba la primera chela de esa jornada, comenzó a ver a las decenas de manifestantes aglutinándose en torno a la estación del macrobús, con la clara y decidida intención de parar el tráfico y el servicio de ese transporte urbano.


No era la primera vez que los ambulantes intentaban y lograban tal acción. Toda la ciudad recordaba aún los disturbios, los violentos saqueos y los vehículos intencionalmente incendiados que en ese mismo y neurálgico punto citadino ocurrieron aquel 31 de octubre de hace dos años.


Esta vez la manifestación fue pacífica. “Bueno, no faltaron los gritos y las mentadas de madre, pero no pasó de allí”. Nadie se iba a arriesgar a hacer algo más, sobre todo cuando, después de cuatro horas de manifestación continua, hicieron su aparición los elementos anti-motines portando sendos cascos protectores, tolete en mano y parapetados tras escudos acrílicos con la leyenda “policía” impresa, y quienes formaron compacta valla de tres en fondo para, después de concluidos los fallidos intentos de dialogada disolución y arrojadas las bombas lacrimógenas, comenzaron a avanzar frente a la despavorida desconcentración, rodeados por las decenas de reporteros y camarógrafos que informativamente cubrían esos momentos.


Hasta el sitio donde Pepe Pirata se encontraba llegarían los efectos del gas lacrimógeno. “Los ojos comenzaron a arder bien gacho, como si los hubieras restregado con chile, y en la nariz y la garganta se sentían así como piquetes bien sabe qué modo”.


Restablecido el servicio del macrobús, muchos policías se quedaron distribuidos por toda la zona, haciendo guardia durante horas y horas.


Desde ese día, a Pepe Pirata le ha ido como en feria. Lobo solitario y alcohólico, su única preocupación existencial consiste en sacar lo de la renta del cuarto donde él y su alma habitan, “y pa’ las chelas”.


Para colmo de sus males, intentando escabullirse de los inspectores municipales que andan verificando a diario que nadie ejerza el comercio ambulante, fue a parar a un lóbrego callejón donde fue víctima de montonero y golpeador asalto. “Todo se llevaron: el dinero y la mochila”.

Y no encontró a algún policía, “ni pa’ remedio”.


Razón por la que en estos días, todavía con la nariz hinchada, un ojo morado, la boca reventada, cargando entre pecho y espalda su consuetudinaria y mediana borrachera, temerosamente anda por la vida ofreciendo las escasas películas que tenía de reserva. Entre ellas una cinta mexicana clásica para varias generaciones: Nosotros los pobres, estelarizada por el inmortal Pedrito Infante.

Comments

comments