Mi nombre no importa. Pero les diré que tengo 40 años y soy originario de Zacatecas. Dicen que eso se me nota. No tanto por la manera en que hablo, sino por ser como soy. Alto, fibroso y güerito. Pero sobre todo por tener los ojos así, medio zarcos. Alguna gente cree que soy de Los Altos de Jalisco. Pero no. ¡Yo nací orgullosamente en la tierra de Antonio Aguilar! ¡El Charro Zacatecano!

Llegué a Guadalajara recién cumplidos los 17, así que ya llevo por acá más de 20 años. ¡Apenas puedo creer lo rápido que ha pasado el tiempo! ¡No sé cómo he aguantado tanto! Digo, trabajando en lo que yo hago. Cuidar carros ajenos. ¿Y qué no he visto en todos esos años?

A veces, en las noches, cuando llego a mi casa, quisiera contarle a mi vieja las cosas que pasan en el jale. Pero no puedo. Tengo que aguantarme. No se me haría correcto que ella se enterara de cosas que nomás no van.

Por eso mejor he decidido contarlas aquí. Sé que a nadie le va a interesar lo que yo diga. Si alguien las lee, a lo mejor hasta piensa que estoy inventando. Pero no. Todo lo que yo digo aquí es cierto. O lo he visto, o lo he vivido. Nada es mentira.

Quizá por eso ya estoy harto. Ahora me arrepiento de no haberme ido a los Estados Unidos cuando me ofrecieron la oportunidad de emigrar allá, a San Francisco. ¡Con visa, trabajo y casa asegurada! ¡Qué tonto fui al no haber aceptado!

Eso fue cuando trabajaba en el aeropuerto. ¡Allí un licenciado que tenía programas en la tele y en el radio me ofreció echarme la mano! Hasta me dio su tarjeta, pa’ lo que se me ofreciera. Todavía la conservo. Ya bien madreada, pero aquí la traigo. En la cartera.

Ese señor viajaba a los Estados Unidos cada 15 días. Iba y venía el mismo día. Cuando regresaba, siempre me daba buenas propinas. ¡A veces hasta en dólares! Y me regalaba cosas que traía del otro lado. Que champú, lociones, camisas, chocolates gringos.

Todavía me acuerdo de los carros que él traía y que yo cuidaba y lavaba. Primero él traía un Camaro verde. Luego un Jetta gris. Después un Audi, también gris. Al final le vi una Land Rover negra. Le gustaba mi trabajo, porque yo sí dejo los carros impecables. Por dentro y por fuera. ¡Mejor que en el auto baño! Y con él, p’os me esmeraba aún más.

En el aeropuerto me hacían burla. Me decían: “Ese bato ha de ser gay, y por eso te trai regalitos”.

Pero no, yo sé que él no batea de zurda. Simplemente es muy amable y en verdad quiso ayudarme, porque aunque él saliera en la tele, es muy sencillo.

Porque hay otros que son famosos y lo tratan a uno re’te mal. ¡Como el Sergio Goyri! ¡Bien payaso y prepotente! A mí una vez me trató del nabo, aunque después se regresó para pedirme disculpas. Ahí llegué a ver a artistas como Marco Antonio Solís y a Maribel Guardia. Ella no está tan guapa como la gente cree. En persona ya se ve muy vieja. Y sí, está toda operada. ¡De todo!

Llegué al aeropuerto años después de que pasó lo del cardenal. A mí no me tocó estar ahí cuando lo de esa balacera. Nomás supe lo que me contaban. Pero sí me tocó ver muy seguido a uno muy picudo que llegaba en un Grand Marquis negro. Vi cómo lo custodiaba un chingo de federales bien armados. Ese tipo a veces dejaba su carro estacionado ahí hasta por 15 días. Resguardado por sus escoltas. Se rolaban los turnos. Era un dineral lo que gastaba nomás por estar ahí parkeado. N’ombre… ¡Lanonóóóón! Pero p’os se veía que lo que a ese cuate le sobraba era la marmaja.

Luego de allí me fui de valet parking para eventos privados. Pura fiesta de ricos en lugares de súper lujo. Como las residencias de Rinconada del Arroyo. Una vez, ahí, en una boda de mucho caché, llegó el Alejandro Fernández, y que quería entrar a güevo, ¡y qué no lo dejaron! Porque no traía invitación. Y no, no pudo entrar.

Otra vez, en una fiesta de esas, pero que no fue aquí sino en un rancho cerca de Cocula. ¡Pero qué rancho, de película! ¡Llegó un madral de gente elegante usando un chingo de joyas de puro oro! Esa vez llegaron unos batos en un Lamborghini. ¡Lamborghini! Otros en un Ferrari y otros en un Porsche.

Lo que me cai gordo de esos eventos es ver a esas viejas fufurufas cayéndose de borrachas. Todas se ponen siempre hasta el gorro. ¡Y le enseñan a uno hasta la conciencia! Se les ve todo, de arriba y de abajo.

Después de eso ya llegué aquí. A este jale. Y no es que aquí en este estacionamiento me vaya mal. Tengo mi salario y mis prestaciones. Además me dan chanza de lavar carros y ya tengo mis clientes de planta. Como el dueño del gimnasio de aquí a la vuelta. Tiene buenos carros. ¡Hasta un Cadillac de colección! Él me da buenas propinas.

Pero ya no me ajusta lo que gano. Los hijos están creciendo. Porque tengo dos hijos, y a mi esposa.

Mi chamba en el estacionamiento puede parecer muy enfadosa. Diario lo mismo. A todas horas nomás estar viendo el cochambroso concreto gris de las paredes y los barandales. Y, en las noches, tener que soportar los tubos de luz intensa regados cada tanto por todos los techos.

Luego también está tener que aguantar el viejo elevador. Muchas veces se atora y uno luego tiene que andar ahí viendo a ver qué le pasa. La pluma automática que da entrada a los carros cuando estos llegan. La pequeña caseta de cobro con sus lados de vidrio y metal, el reloj checador y la máquina registradora donde los clientes pagan a la salida. Y cientos y cientos de carros entrando y saliendo continuamente.

Porque hay que decirlo, el estacionamiento en que trabajo es de los mejores de la ciudad. Primera clase. Caben 350 carros. Tiene servicio las 24 horas. La tarifa ahorita en 20 pesos la hora. Y además damos servicio de pensión cobrando por semana o por mes.

Uno pronto aprende a conocer a los clientes. Así, casi puedo adivinar quién llega al estacionamiento nomás pa’ luego ir a ponerle el cuerno a su pareja. Sí. Porque… ¡Ah cómo llegan tipas manejando un carro para salir en otro! Claro, acompañadas por algún bato que ya las estaba esperando ahí adentro. Eso es muy frecuente. Puedo decir que pasa a diario.

También es normal que nos encontremos parejitas que confunden el lugar con un motel. Y ahí los encuentra uno. Tipos amamantándose de las viejas. O viejas o batos hablando por el micrófono de los tipos.

No se vaya a creer que eso nomás pasa en los carros de lujo o con vidrios polarizados. ¡No, qué va! ¡Les vale madre! Hasta arriba de las cajas descubiertas de los pick-ups los hemos encontrado. Piensan que nadie los ve. Pero nosotros estamos siempre bien al pendiente de esos detalles.

Precisamente de ese tipo de cosas, la que más me molestó fue algo que pasó el otro día. Vi cuando subió una parejita así como de gringos hippiosos. Pero no eran gringos, bien que hablaban español, pero así como muy raro. El bato ese estaba bien greñudo y traía una guitarra eléctrica. La morra cargaba una mochila y unos discos. Al rato que se subieron fui a hacer un rondín pero, al llegar al cuarto piso, me llamó la atención que todos sus triques, la guitarra, la mochila y los discos, estuvieran tirados en el piso.

Ese día no había mucho movimiento de carros. Yo andaba en uno de los pisos más altos y ya era de noche, pues el lugar estaba casi solo.

Bueno, pues que me voy acercando y ahí, a raiz, sobre el suelo duro, que además está todo sucio y rugoso, detrás de uno de los pilares, que por cierto son redondos y muy gruesos, que me encuentro a los dos duro y dale, duro y dale. ¡Poniéndole Jorge al niño! Me les quedé viendo pero ellos ni en cuenta. Hasta que les llamé la atención.

—Oigan amigos, creo que se equivocaron de lugar, —les dije. — El hotel está ahí al otro lado. Aquí es un estacionamiento.

Ellos ni se sorprendieron. La morra pa’ pronto se levantó, se puso sus calzoncitos y el bato se subió los pantalones. Agarraron sus cosas y se querían ir así nomás, pero que los detengo.

—Oigan no. ¿Cómo se van a ir nomás así? ¿O acaso quieren que llame a la patrulla?

Me dieron 50 pesos. Era todo lo que traían, además de la lana pa’ pagar y sacar su carcancha del estacionamiento. Esa ha sido la más desvergonzada de todas las parejitas que he cachado.

¡Ah!… Pero eso no ha sido lo peor. ¡No, qué va! Lo más gachito fue la vez que un tipo se suicidó. No en el estacionamiento. Pero desde el cuarto piso… ¡Se aventó a la calle! Fue a dar hasta allá, a la banqueta de enfrente. Ahí quedó todo muerto. Ins-tan-tá-nea-men-te. Y que argüendazo se armó ese día. Fue cuando apenas estaba anocheciendo. ¡Un relajo! Llegaron patrullas, el MP, los desos del SEMEFO. Encontraron luego las llaves de su carro. Las había aventado al piso, así nomás, debajo de la cajuela.

¡N’ombre! ¡Y vieran visto cuando llegó la familia! Se pusieron en verdad muy mal. ¿Sabe qué problemas traería ese cuate? Eso ha sido lo más gacho en todo esto. Pero… ¡Híjole! Es que aquí a diario pasan cosas. Cosas menos trágicas que esa, pero… ¿Cómo lo diré? Menos gachas sí, pero bien jodonas.

Como esa bola de pendejos que cierran el carro y, ¡hasta después!, se dan cuenta de que dejaron las llaves puestas. Y luego quieren que uno les arregle su problema. ¡Que porque es nuestra obligación! O los que pierden los tickets. A estos tenemos que llenarles una forma con sus datos, y nos tienen que mostrar su IFE a fin de que puedan salir.

Luego están los más cabrones, son esos que llegan diciendo que les roban cosas del carro, como estéreos, laptops o tablets. O mercancía que train en los vehículos. Hasta llegan a llamar a la policía. Eso es más frecuente en épocas de navidad. A mí ya me ha pasado con batos así. ¡Y la verdad uno no tiene nada que ver con eso!

Casi todas las veces que pasa algún robo, es porque los muy babas se van y dejan los carros abiertos. O con los vidrios bajados. Y con tanto cliente que sube y baja. ¡A todas horas! N’ombre, si cuando el estacionamiento se llena, lo cual es muy seguido, son enormes las filas que se hacen. Un carro tras otro, tras otro, tras otro. Todos pegaditos. Desde arriba hasta abajo. En esos días la chamba es agotadora.

No es que me queje, pero la verdad, las cosas están de la chingada. Yo ya estoy pensando seriamente en ir a buscar al amigo ese, al que salía en la tele, pa’ ver si todavía me puede ayudar a irme pa’l otro lado.

Aunque sea pa’ ir a chambear de lo mismo. Sí. De valet parking. ¡Pero ganando en dólares!

Por Carmen Libertad Vera

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