Foto: Malinalli García.

Foto: Malinalli García.

Tomo dos tazas de café al día, a mi no me parece nada extremo pero a mi madre le parece una locura, dice que me provocará taquicardia y que moriré de un paro cardiaco. Vaticinio de bruja con mala leche.

Las horas transcurren rápidamente. Me duele saber que ya es de noche y que no he hecho nada. Se me ha ido el tiempo en diseminar el polvo, cocinar para ahuyentar la anorexia y ver películas penosas que dan regocijo a quienes no esperan nada de la vida.

Tengo un novio, lo veo cuando me apetece. Últimamente mi apetito está muy escaso.

Vivo sola en un piso que pago caro porque me da la gana. Me sobra el dinero. Tres habitaciones. Duermo en el sofá. Un horno gigante. Uso el microondas. Una colección muy fina de vasos de cristal. Bebo de los vasos de plástico que me dan en los festivales rimbombantes a los que voy.

Soy absolutamente pesimista. Lo absoluto siempre me ha distinguido.

Maté.

No recuerdo la expresión del rostro, sólo me he quedado con el sonido y aroma, sobretodo el aroma, muy distinto al de cualquier otro humano. Sin duda no hay otro igual. Me ha quedado eso. No necesito más.

Esta no es una confesión, es, si se me permite, una oda a la vida. No supe quién era realmente, sólo teníamos el afán de saludarnos. Un cortés convencionalismo digno de un autómata.

Las circunstancias fueron curiosas, extrañas y tal vez puedan calificarse de simbólicas.

El lunes bajé las escaleras. La vista fija al suelo. Los vecinos me pasaban a lado, respondía a sus saludos, acorde al entusiasmo que mostraban. Al final del camino siempre surgía esa persona. Vigilante, conforme con lo que veía y con quien era. Su conformismo me inconformaba.

Ese día se paró el tiempo, aparecieron las ganas de dar por terminada la vida de un conformista. Su cabello era demasiado espeso, su voz se aferró a mí y sin preguntarme ejecutó maniobras suicidas que hicieron que yo supiera que lo había matado delicadamente.

Por Malinalli García 

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