Por Indira Kempis

He contado esta pequeña historia muchas veces desde el día que sorprendí a mi madre, como a mis amigos y a los veterinarios, al darle la primicia: “¡Recogiste un perro callejero!”

Para algunos ha sido una cálida sorpresa, tanto que su semblante expresa desde agradecimiento hasta una especie de cursilería romántica, como si estuviéramos haciendo un acto heroico. Pero en otros el acto es causa de gran desconcierto; les parece un atrevimiento, casi una imprudencia.

No obstante, después de tres días de cuidados intensivos, una vez que Mango —así se llama el rescatado— llegó a casa porque un amigo mío no tenía en donde dejar al cachorro que había encontrado abandonado en la carretera, nos dimos cuenta de que podíamos hacer espacios en la agenda para atenderlo a sabiendas de que necesitaría de nuestro dinero, pero más que nada de nuestro tiempo.

Con tantos años sin mascotas, fue difícil el proceso de adaptación, pero aún más difícil fue la recuperación del cuerpo enfermo de Mango. Durante semanas, por ejemplo, ni siquiera podíamos acariciarlo por las laceraciones profundas en su piel. Esos días me hacían pensar en qué motivos podría tener alguien para abandonar a un cachorro de escasos tres meses sin siquiera tener la intención de reubicarlo en otro hogar.

Por otra parte, trabajando en los barrios de la ciudad, comencé a darme cuenta de que uno de los principales problemas comunes está relacionado con los animales domésticos, sobre todo con los que no tienen dueño o no tienen uno que se haga responsable de ellos, según sea el caso. Así que las heces, la basura, la comida, incluso la aparición de gatos o perros muertos, se vuelven una constante al grado que a veces parece que no existen alternativas.

Buscando información al respecto, me encontré con datos sobre parques acondicionados en países como Canadá para que los animales también tengan opciones dignas de convivencia sana con los humanos; que en Monterrey, como en algunas de las principales ciudades del mundo, se gestan cada día mayores proyectos enfocados a resolver este problema tomando como eje central la solución de la adopción; que el estado de Nuevo León tiene su propia Ley de Protección Animal, enfocada primordialmente en evitar el abandono, así como reaccionar ante el maltrato.

Leía hace días un reportaje del 2010 en donde se indica que México tiene una de las mayores poblaciones de perros y gatos en América Latina. De acuerdo con la organización MARS México, para entonces había 23 millones de perros y gatos, casi el número de habitantes del Distrito Federal. La cifra más alarmante es que sólo el 30 por ciento de ellos tiene un hogar, mientras que el resto habita en la calle.

La situación en diversos estados de la república debe ser aproximada de acuerdo a su contexto local. Lo que me queda claro es que Mango forma parte de esa estadística en donde fue altamente probable que estuviera en la calle y, lamentablemente, poco probable que alguien tomara la decisión de no dejarlo ahí para brindarle al menos alimento y agua suficientes.

Otra de las cosas con las que nos hemos topado al comprarle algunos aditamentos especiales es con el mercado creciente de las mascotas, el cual emula a una enfermedad contagiosa que podríamos llamar “mascotitis”. Y poco se está haciendo para tener vigiladas y auditadas las condiciones de salud de los animales en las tiendas de mascotas, donde, por cierto, los venden exageradamente caros.

A eso habría que agregar la escasa oferta de programas públicos que puedan incorporar el tema a los puntos primordiales de la agenda pública. Por ejemplo, a pesar de que contamos con aquella ley, no existen mecanismos operativos que permitan su cabal ni amplio cumplimiento.

Ante la indignación causada por la imagen de la cantante Lucero cazando un animal o las reacciones negativas —o inclusive el repudio— ante lo sucedido con Bali, el perro al que encontraron mutilado de sus piernas y cola…, habría que plantear, más allá de la moral o de los juicios de lo que es correcto o incorrecto, si realmente estamos formando una agenda que defienda no sólo la vida de estos seres vivos, sino la calidad de la misma dentro del entorno en el que animales nosotros y animales ellos nos encontramos. 

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