¿Cómo hacen estos reporteros de Sinaloa para escribir sobre tráfico de drogas, señalar la corrupción de las autoridades, y seguir sonriendo?

Por Alejandro Almazán

PRÓLOGO. El conductor —el lector, el cronista— puede dejar atrás el aeropuerto de Bachigualato, pasar al lado de un voceador de periódicosque insiste en que Culiacán está muy caliente y, recién ahí, cruzar por el puente donde hace un par de meses colgaron a un tipo que no respetó una máxima: la traición y el contrabando son cosas incompartidas. Acelerar, entonces. Estará anocheciendo y, en la radio, un hombre que parece traer grava atorada a mitad de la garganta hablará de los ejecutados del día y que mañana serán olvidados cuando muera el siguiente. Si el conductor no mira fijamente al frente, como debe, verá, a la izquierda, todas esas concesionarias de autos donde los capos, sicarios, buchones, achichincles y haraganes sin causa compran las Hummers, las Cheyennes o las Lobo doble cabina en riguroso efectivo. A la derecha, estará Los Álamos, un fraccionamiento que los ricos amurallaron desde su construcción para salvarse de las balas; no han entendido que en esta ciudad el peligro más cabrón es estar vivo.

Después, la carretera hará que el auto baje un puente como si quisiera meterse al Cinépolis, ahí donde en 2004 rafaguearon al Rodolfillo Carrillo Fuentes, el hermano de Amado, el Tony Soprano de Navolato. Y más adelante estará la Moreh, una de las funerarias donde se velan narcos pesados; Arturo Beltrán Leyva, por ejemplo. El conductor seguirá hasta toparse con un tal Emiliano Zapata, ese general que si no se ha movido de aquí es porque lo hicieron de piedra; si no, ya hubiera agarrado monte, rumbo a Badiraguato, para ir a enfrentar a los narcos. Es probable que, en el semáforo del boulevard Madero, el conductor escuche las historias que su acompañante se ha atrevido a contarle; algunas serán malas, otras buenas y otro tanto parecerán verdaderamente estrambóticas, pero así se han forjado las leyendas de Ismael El Mayo Zambada, de Joaquín El Chapo Guzmán y de los pistoleros que los siguen como la cola de un cometa.

Otra vez acelerar.

Es extraño que en una ciudad tan violenta como esta, donde la muerte es incansable, sobreviva un discreto monumento al triunfo del periodismo: el semanario Ríodoce. Y esa es la historia que he venido a contarles.

HIPÓTESIS. Si por la noche te sacan a patadas del sueño para decirte que han arrojado una granada a tu oficina, las posibilidades de que te quieras cambiar de trabajo son altísimas. Pero desde hace tiempo conozco a Ismael Bojórquez, Alejandro Sicairos y a Javier Valdez y, aunque no son unos temerarios, sé que tampoco son cobardes.

El lunes seis de septiembre de 2009 pensaron las cosas y fueron a levantar la denuncia correspondiente. ¿A quién o quiénes se les ocurrió ir en la madrugada a la Francisco Villa Poniente, buscar el 767 y dejar ese manojo de plomo que finalmente no explotó? Pasó el tiempo. Pusieron doble cerrojo a la oficina, aunque a Javier le dé risa que las secretarias dejan entrar a cualquiera. Transcurrió más tiempo. Nadie en la policía sabía nada, o sabían todo. Para entonces, la triada reporteril ya había descartado que fuera el narco. “No tenemos certeza, pero sí grandes sospechas de que o fue el gobierno del estado o el gobierno federal”, me dirá Ismael con un cigarro colgándole en los labios. Antes, Javier me había enseñado el lugar donde fue encontrada la granada. Dijo ese nato culichi garabatero: “Aquí estaban los de la imprenta, se fueron al lado de una iglesia a ver si Dios los protege, pero Dios aquí ya renunció, bato”.

ESFUERZO. Conocí a Javier hace años, cuando sus brazos estaban proporcionados a su panza y a sus manos poderosas. Hoy no pasa de los 80 kilos. Por fortuna, eso no le ha quitado la picardía. Javier habla como si trajera un diccionario en la mano y, desde hace rato que nos trepamos a su auto compacto, viene filosofando: “Ríodoce es un charco, un ojo de agua que suena, a veces es rojo, a veces diáfano, pero sueña y es muy digno”. Luego, porque siempre logra encontrar la frase exacta para concluir, dice: “Es un esfuerzo de unos pinchis orates”.

Javier, Ismael y Alejandro se fijan el objetivo en septiembre de 2002, cuando renuncian al diario Noroeste antes de que los corran por un supuesto recorte económico, pero ellos saben que en el periódico algunos directivos nunca han simpatizado con la unidad de investigación; cosa rara porque si algo particular tiene Noroeste es su férrea postura a gobiernos priistas y de ahí su importancia en Sinaloa. En fin. Se fijan el objetivo. Para alcanzarlo tienen un buen currículum: Javier ha demostrado ser un ducho corresponsal de La Jornada; Ismael ha enseñado que reportea bien, tanto que se ha vuelto el dolor de muelas para el entonces gobernador Juan S. Millán; y Alejandro ha probado que puede rastrear la corrupción gubernamental, por eso los funcionarios le tienen miedo. En ese tiempo, los medios son chantajeados por Millán, para eso paga, para que no le peguen; un semanario independiente en Sinaloa, por ende, no tiene ninguna posibilidad de triunfar. Javier, Ismael y Alejandro se arriesgan. El 28 de noviembre de 2002 van con un notario a dar de alta Reporteros en SA de CV y de ahí se dirigen a una cantina para pensar el nombre de la revista. Imaginan un cabezal que diga: “Puente Negro”. Otro dice “El Faro”. Uno más es un trabalenguas: “Topolobampo”. Se marchan a casa borrachos y sin un titular fijo.

Entonces: “Alguien nos sugirió que fuésemos el río doce de Sinaloa. Río: vida y movimiento. Nos fuimos otra vez a pistear”, dice Javier. Sinaloa ya no tendría 11 ríos. Habría uno más de papel.

Salen a vender acciones, la gente se entusiasma pero eso no le quita lo coda. Juntan 200 mil pesos. Hacen cuentas. Hay que hacerlo, locos. El 3 de febrero de 2003 nace el semanario. Las condiciones, sin embargo, son duras: no hay dinero y sí mucha hambre. ¿Cómo se sienten?

Responde Ismael: “De la chingada, bato. Millán se propuso aplastarnos, fue muy culero; a todos los empresarios que trataban de ayudarnos los amenazó. Les dije al Javier y al Sicairos: ‘Aunque salgamos en tres hojas, pero no nos dobleguemos’. Nunca hemos salido como un tríptico, el orgullo no nos lo ha permitido”.

Trabajar, ganarse el pan, luchar, distribuir ellos mismos el semanario. “Uno cree que desperdicia el tiempo si no está ocupado las 24 horas del día”, reflexiona Alejandro.

Es entonces cuando Javier, Ismael y Alejandro apelan al lector. Al sinaloense que quiere enterarse de la verdad de las cosas. Y ese es el paso decisivo: la portada que habla de los negocios de Jesús Vizcarra (quien se quedó con las ganas de ser gobernador), la que cuenta cómo el narco compró al comandante Simón (un venezolano que coordinaba el grupo antisecuestros), y la que se atreve a decir que El Mayo Zambada es el narco favorito del sexenio, los saca de la clandestinidad. Llegan a los Oxxo y a los Farmacón; en Culiacán, eso es garantía de venta: triplican la cantidad de puestos de periódicos.

Hay una tapa, sin embargo, que todo medio quiere en sus primeros números, la que se acaba como la machaca con huevo, la que le enseña al mundo chilango y centralista que los dioses griegos del periodismo no son únicos.

En junio de 2003, Cayetano Osuna, el corresponsal en Mazatlán y otro de los fundadores, se metió a las cloacas, preguntó, se arriesgó, corroboró documentos y descubrió todas las propiedades de Jesús Antonio Aguilar Íñiguez, el jefe de la Policía de Sinaloa, el que se había enriquecido en un pestañeo, el que una vez fue señalado como prestanombres de El Mayo Zambada. Chuy Toño, como le gustaba que le dijeran, no era el diablo, pero sí lo tenía apalabrado. Escándalo. El semanario vende hasta lo que no ha publicado. Ríodoce deja de ser 30 páginas en papel revolución. Es un semanario para tomarse en serio.

ÉTICA. Alejandro dice que algunos los acusan de ingratos. “¿Y eso?”, pregunto. “Hay quienes nos ayudaron y han sido expuestos por sus actitudes indebidas. No entienden que las acciones que compraron no son una charola de impunidad. No entienden que la línea editorial es parte de esta locura”, contesta.

DIRECTOR. Ismael tiene una nariz algo pronunciada, pero es parte de su personalidad. Todas las veces que lo he visto, trae un cerebro corriendo a mil. Hoy ocurre lo mismo: es viernes, día de edición. Él, como director, no puede dejar que se vaya una palabra de más, una de menos. Aquí en Sinaloa eso significa la vida o la muerte, día o noche, principio o fin, su vida o la tuya.

Hoy, por ejemplo, el texto en el que trabaja con la minuciosidad de un relojero trata sobre la muerte de unos campesinos de El Placer que se oponían a la construcción de la presa Picachos, una obra que el calderonismo insiste en levantar entre Mazatlán y Concordia, pese a que cerca de 800 comuneros no quieren recibir tres mil pesos por hectárea pues, dicen, el valor real es entre 250 mil y 300 mil pesos. Ismael toma el teléfono, garabatea, tacha y vuelve a tachar. Respira como si quisiera absorber todo el aire. Va al teclado y edita la nota: “El grupo de campesinos pasó casualmente por el lugar en que sicarios del cártel de Sinaloa esperaban a un comando rival para aniquilarlo”.

Estos temas hay que escribirlos con cuidado —dice Ismael con los dedos corriendo sobre el teclado

— ¿Responsabilizar al cártel de Sinaloa de la muerte de los comuneros es tener cuidado?

Ismael sonríe como diablo en pastorela y luego dice, muy serio:

Aquí ya nos conocen que balconeamos a todos los grupos, seguro se encabronan, pero saben que le medimos el agua a los camotes. Hubo una etapa que publicábamos puros asuntos que tenían que ver con El Chapo. Entonces dije: “Ya, cabrones, a la verga”. Y volvimos al equilibrio: a hablar de todos; más ahora que los Zetas han llegado a Sinaloa.

— ¿Autocensura?

Yo le llamo más bien grandes dosis de miedo, loco; cuidado excesivo del fraseo. Si queremos sobrevivir, esas son las reglas. Si Calderón piensa que el narco es una pequeña minoría, está cabrón el bato. Nosotros acá la vivimos de otra manera.

Ismael empezó en Canal 7 a principios de los 90. “Era muy picudo”, dice, pero sin arrogancia. Lo menos que tiene el grupo de Ríodoce es eso: soberbia. “Supe que en los separos de la judicial habían matado a un pescador a chingazos y cubrí el caso. Fue un escandalazo. Entonces me corrieron”.

De ahí, Ismael trabajó en el Demócrata, en el Debate, con el izquierdista Juan Guerra como vocero de campaña, y luego le cayó a Noroeste. Estuvo ahí más de diez años. Salió de un buen puesto para ir a ganar 500 pesos semanales. “Hambre siempre hemos tenido, loco; uno vendió pan, otro vino de un pueblo, otro creció en la Rosales”.

— ¿Cómo fue la decisión de cubrir o no el narco? —le pregunto.

Enciende un Marlboro blanco. Dos bocanadas. Contesta atrás de una cortina de humo:

No era una decisión, loco; el narco está en todas partes, está hasta en la sopa.

Lo que platicamos fue la manera de cómo abordarlo. Teníamos que hacerlo con rigor y eso seguimos haciendo. Muchas veces hemos quitado información o nombres; informamos, pero también nos cuidamos, queremos morir de viejos. Las críticas dicen que Ríodoce es un narcoperiódico. Nunca me han preocupado, menos hoy. De alguna manera, creo que nos adelantamos. Ahora hasta Nexos escribe de narco, aunque publique puro refrito.

— ¿La prensa mexicana está cubriendo de manera correcta el narco?

Ismael me mira como si tuviera enfrente a un retrasado mental y ya supiera dónde encerrarlo. Luego dice sin aspavientos:

Es que nadie lo está haciendo, loco. Todos hablan de las balaceras, publican fotos de los decapitados o, como Milenio, contabilizan a los muertos. No hay más. Proceso es el mejor que lo hace, aunque abusa del tema. Televisa llena sus noticiarios de violencia pura, pero no la entiende. A El Universal le ocurre lo mismo. Reforma trata el tema muy tímidamente. Nadie hace un tratamiento a fondo. Nadie hurga, por ejemplo, sobre el Plan Mérida; ¿por qué a nadie le interesa insistir que ese plan es para que Estados Unidos meta una bota en México?, ¿por qué dejan que los gringos nos caguen, nos meen, que digan que México es una mierda y nadie cuestiona? En México se habló del plan hasta que Estados Unidos lo trató. Nunca tomamos en serio nada.

Ismael vuelve al cigarrillo. Otra bocanada. Continúa:

No es una posición nacionalista, loco, es una cosa seria. Mira: nadie tampoco explica qué ocurre con el caso Osiel Cárdenas, ¿por qué sellaron su caso 25 años?, ¿por qué lo veremos libre en tres o cuatro años?, ¿pues qué hay atrás?, ¿un pacto? Lo mismo sucede con el asunto del JT (Javier Torres). El bato está por salir. Ríodoce lo ha dicho, lo ha puesto sobre la mesa y a todos los dizque periodistas serios les vale madre. El otro día estaba viendo Tercer Grado. Puras mamadas, nada serio. No hay interés real siquiera de entender el fenómeno narco. En Nexos, por ejemplo, leí un reportaje que un escritor hizo sobre Arturo Beltrán Leyva; sólo se fusiló todo lo que había sido publicado. Eso no es entender el narco, son mamadas.

— ¿Crees que hay una guerra contra el narco?

Esto no es una guerra, una guerra es otra cosa, esto es una lucha mal planteada. Lo increíble es que el propio Calderón reconoció que está mal y siguió por la misma línea; ¿pues qué quería el bato?

Ismael ha terminado de editar la nota sobre los comuneros asesinados. En los músculos de su cara creo notar que lo más duro ha pasado. Y se lo digo. Vuelve a mirarme extrañado y dice:

No, loco, lo más cabrón es ver qué reacciones tiene el texto. Muchas veces, cuando llega el domingo y Ríodoce anda circulando, los güevos los traemos en la garganta. Quizás en otras ciudades, en el DF o qué sé yo, la raza reporteril no sienta miedo de sus textos. Acá sí. Acá no hablamos de un partido de futbol. Acá hablamos de lo que nos rodea: el narco.

Más tarde, Ismael me contará sobre cómo sortea la vida en Culiacán:

Desarrollas un instinto a espejear; de ahí en fuera, debes hacer tu vida normal. Cuando murió Francisco Ortiz (ex editor del semanario Zeta de Tijuana, asesinado el 22 de junio de 2004), hablé con Jesús Blancornelas. Le pregunté si valía la pena. “No, no lo vale”, me dijo.

— ¿Entonces por qué sigues arriesgándote?

Dice entre carcajadas:

Eeeh loco: ni modo que me regrese a vender tacos.

POSDATA: Carlos Montemayor adoptó a Ríodoce. Les llamaba constantemente, les decía que se cuidaran. Todavía antes de morir les telefoneó para ver cómo andaban. Lo mismo les ha ocurrido con don Carlos Monsiváis. De hecho, un día que lo llevaron al Hotel Lucerna, medio en broma, medio en serio, Monsiváis les dijo: “Mejor yo me voy en otro auto, ¿no?”. Les pregunto a Javier, a Ismael y a Alejandro cómo llegaron estos dos personajes a la vida de Ríodoce. Ninguno sabe. “Simplemente vinieron a Culiacán, nos conocieron, hablaron del narco en un seminario que organizamos, y ya luego el amor fue mutuo”, dice Javier.

Otra más de las muchas razones que existen para que el maestro Monsiváis salga adelante de la neumonía sería preguntarle por qué Ríodoce.

EL GUAYABO. En esta cantina, la vida debería ser distinta. Y lo es, sólo que ahora Javier está hablando de los riesgos. “Aquí sí te matan —dice de entrada—. Aquí sí te pegan pinchis sustos —continúa—. Aquí te la juegas todos los días”, concluye.

A él le han pegado sustos, se los conoce como los pelos de la barba. Uno fuerte ocurrió en los tiempos del comandante Carlos Barceló, en Los Mochis, cuando su gente golpeó y arrestó a Luis Fernando Nájera, fotógrafo de Ríodoce. Javier llegó a ayudar. Barceló, desde entonces, lo hostigó. “Solté el aire cuando, en 2008, lo asesinaron en el fraccionamiento Montebello. Aquí las balas pasan muy cerquitas y te duelen, aunque no peguen”.

Un buen cover de Santana y un whisky nos hace ver la vida diferente.

SUBDIRECTOR. Alejandro Sicairos ni siquiera sabe usar las armas, así que el apellido sólo es herencia familiar. Tiene la cabeza blanca como una paloma y es el único de los tres que rara vez sigue la fiesta. “Es bueno que andes poracá, se anda muriendo mucha gente”, me dice al abrazarlo como si no nos hubiésemos visto desde la prehistoria. Su comentario no es broma: en Culiacán siempre habrá más muertos que días.

El tocayo es recordado por sus contemporáneos como el chico que descubrió con su cámara cómo la policía violaba y golpeaba a los travestis. Yo lo recuerdo por una historia que aún me da vueltas: resulta que el entonces jefe de la policía, Chuy Toño, disminuyó los secuestros en Sinaloa con la fórmula del ojo por ojo. El grupo antisecuestros daba con la familia del secuestrador, la plagiaba y así la policía negociaba en igualdad de condiciones. Sinaloa 2004.

— ¿No te da miedo meterte en esos temas?

Claro, como todos. Hay cosas que no hemos contado por lo peligroso. Todos nos dicen que ya dejemos esta madre, les decimos que sí y al rato ven una portada temeraria. “¡Otra vez!”, nos dicen. Luego voy en el auto y digo: tengo el control, tengo el control. ¡Qué control ni qué la chingada! Somos vulnerables.

Sé que la plata que ganas es poca, ¿vale la pena?

Sí, porque tienes una tribuna para contar historias, para aportar. Nunca hemos pensado que nos vamos a enriquecer.

La esposa de Alejandro, como la de Ismael y la de Javier, llegaron a sostener los gastos de la casa por dos o tres años. Fueron días terribles. Hoy no ganan una millonada; su sueldo apenas alcanza para las necesidades básicas. “Lo bueno es que no le debemos a nadie, bato; las finanzas están sanas”, dice el tocayo, y uno que trabaja en algo parecido a Ríodoce sabe que eso significa respirar, babear la almohada.

Alejandro, como Ismael, está involucrado en el cierre de edición. Va con los diseñadores, corrobora el esquema, quita, pone, vuelve a quitar. En un momento, cuando se apoltrona en un sillón, le preguntan:

— ¿Contarán la historia de Jesús Vizcarra y de Malova? (Mario López, el senador con licencia que ganó la gubernatura sólo que por el Partido Acción Nacional, PAN en alianza con el Partido de la Revolución Democrática, PRD).

Por supuesto. Desde que nació Ríodoce hemos publicado algunos textos sobre Vizcarra. Haremos trabajos periodísticos muy rigurosos. Si conseguimos una fotografía o un documento reveladores, primero vamos a valorar que no haya algún interés de un grupo, verificaríamos la autenticidad del material y lo sacamos. La campaña estará interesante, el periodismo aquí debe estar atento porque todos los caminos conducen al narco. Nosotros haremos lo que hasta ahora. No seremos héroes o mártires.

Quisiera decirle que, de alguna manera, lo son. Decirle que, aunque ellos no lo sepan o no se lo crean, Ríodoce es igual o más valiente que el Zeta de Tijuana, La Prensa de San Luis Río Colorado, El Imparcial de Sonora, El Espectador de Bogotá, El País de Cali, o El Globo de Brasil. “¿Son el Al-Jazeera sinaloense?”, le dije a Javier. Se río con su risa Colgate: “No mames, bato”.

HOTEL SAN MARCOS. Desde los ventanales del restaurante, uno puede confirmar que alguien inventó Culiacán para que nunca nadie dude que las mujeres hermosas sí existen. Pero también fue inventado para que existan personajes como Javier, el creador de una exitosa columna: Malayerba. Cuentos reales sobre el narco. O, como dice Monsiváis en el prólogo del libro que junta algunos de esos textos: “Es la destreza narrativa y la visión panorámica a la comprensión de los cambios negativos en México”.

A Javier también se le reconoce por ser un ave rara: es noble y solidario. Si un reportero de cualquier rincón del mundo va a la ciudad, Javier se abre un hueco y orienta, aconseja, ayuda. A algunos les da cierto pánico ir con él en su auto; a mí no; de hecho, es cuando más seguro me siento. Pero a él sí le da miedo cuando el reportero se vuelve un irresponsable.

Ha habido gente que viene, que les dices cómo son las reglas y no las respetan,

bato. Entonces les digo: ‘O andas conmigo o mejor no te ayudo’. Ellos se van y yo me quedó aquí con una libreta que no es blindada. Se les hace fácil, creen que es ficción”.

— ¿Recuerdas quién te ha metido en problemas?

Un israelí vino a tomar fotos al panteón Jardines del Humaya [el que los narcos han escogido para descansar en paz]. Le dije cómo hacer las cosas y salió muy obsesivo. Tres veces se subió a los mausoleos. Obvio, unos tipos nos corrieron.

— ¿Y por qué seguir ayudándolos?

Pienso en Ríodoce, apuesto a que vean el narco como nosotros lo estamos viendo. Lo hago por solidaridad.

En Culiacán hay un adagio: “Si quieres que todo el mundo sepa que vas a la ciudad, entonces no busques a Javier”.

— ¿Por eso eres punto obligado para los reporteros que vienen de fuera, por la discreción?

No sé, bato, pero si vienen y me buscan, aquí tienen un amigo que los ayudará a entender los códigos de Culichi Town.

Y lo hace bien: por él, por ejemplo, he entendido que uno no puede andar con una cámara en la Juárez, esa calle que huele a carne podrida y donde quizá esté la mayor lavandería de dólares en el mundo.

LAS GUERRAS. “Reportear se ha puesto muy feo desde 2007, loco; primero cuando un general tenía pique con El Chapo; y luego, en mayo de 2008, cuando se pelearon los Beltrán con El Chapo”, me dice Ismael frente a la computadora.

Ríodoce, sin embargo, no se ha doblado en esos momentos.

En el primer caso, fue el único medio que contó cómo con decomisos de avionetas y armas, y cómo con arrestos de familiares de El Chapo, el general Eugenio Hidalgo Eddy hizo encabritar al señor Guzmán, el mismo que tiene un lugar en la revista Forbes. Ríodoce también fue el primero en hablar sobre el cadáver de un soldado que El Chapo mandó a tirar frente al cuartel militar como escarmiento. Ríodoce publicó las filtraciones que salían de la oficina del general directo a los oídos de los Beltrán Leyva. Recreó las manifestaciones financiadas por el narco que lograrían echar a Hidalgo. En resumen: el semanario habló de una lucha entre El Chapo y el general que a los medios nacionales o no les interesó o les pasó de noche.

En el segundo caso, Ríodoce también fue el primer medio en hablar del broncón entre los Beltrán y El Chapo. Contó historias de cómo El Chapo limpiaba la ciudad de traidores. Si alguien quiere acordarse de ese Culiacán encarnado, sólo tiene que ir a las páginas del semanario y buscar los textos de Javier, Ismael y Alejandro. Textos que como no los cubrían “enviados especiales” de la prensa nacional, fueron ignorados. Eso sí: cómo hablaban, hablan y hablarán de El Chapo los periodistas frente al teleprompter o el micrófono.

De hecho, en el sangriento 2008, Javier se atrevió a publicar una historia que la prensa retomó poco, pero que merecería respeto: el día en que El Chapo llegó al restaurante de mariscos y carnes llamado Palmas, en Culiacán, y lo cerró, con los comensales adentro, para cenar a gusto.

Ái sí me culié —se sincera Javier—. La nota iba firmada porque en Ríodoce no nos gusta poner “Redacción”; poner el nombre significa que no estás mintiendo, pero también a dónde disparar. Yo creo que ha sido una de las notas en las que tuve más cuidado. Si la leyó El Chapo, seguro supo que fui riguroso, que no exageré.

PD: Otro texto donde Javier no exageró y fue muy comentado en Sinaloa tuvo que ver con los narquillos que, en la parranda, buscaban indigentes, los golpeaban y los quemaban vivos. Ni un reconocimiento nacional. Pinche centralismo.

HEMEROTECA. Hojeo algunos números de Ríodoce. Alejandro escribe sobre esas noches para velar cadáveres, de la pobreza para querer enriquecerse y de esos destinos ensangrentados. Ismael habla de esos ojos para nunca ver ni decir, de esos políticos que creen que el dinero les quita lo pendejo, y del valor que se necesita para doblar la esquina. Cayetano, desde Mazatlán, relata las misas de difuntos, las antiguas cuentas que están ajustando los capos, y las historias de más políticos ignorantes. Vargas, el monero, se mofa de todos; dice que la raza se lo gana. Otros hablan del Sinaloa que no sale en la tele. Y Javier, con sus reportajes y la Malayerba, habla de ese pecho para encarar la vida, despistar la muerte, rejuvenecer la rabia, hacer la guerra y ser tatuado.

Más tarde, esos textos me ayudarán a comprobar que para la gente el narco se volvió normal, un mal necesario; que los que no han querido alinearse han sido sancionados conforme al acuerdo —ejecución—; que los capos tienen lo más importante: dinero, y en tierra de pobres, el dinero es el rey; y que tanta matadera no ha cambiado ni medio centímetro la trayectoria de la Tierra alrededor del Sol.

Es probable que eso también piensen los lectores de Ríodoce. ¿Y quiénes son? La poca plata tampoco les ha dado para hacer un estudio, pero saben quiénes compran el semanario: políticos, funcionarios de la universidad, jóvenes, estudiantes de periodismo, amas de casa, empleados de gobierno, comerciantes, taxistas, camioneros e incluso los propios narcos. Hace un par de años, por ejemplo, entrevisté a un sicario. Llegó con el Ríodoce bajo el brazo.

EL REPORTERO. En el auto, Javier trae a su hijo Francisco. Supongo que pronto el chico terminará por comprender que su padre trabaja en un medio que ha nacido en la patria de El Chapo, de El Mayo, de los Beltrán y otros batos muy, muy pesados.

Cuando dejamos al chico en casa, Javier me dice que él siempre le hace el desayuno y que, una vez, Francisco le dijo tener miedo. “¿Y qué le dijiste?”, le pregunto. “Que no está tan malo tener miedo, y que terminara de desayunar”.

Javier pasa por un buen momento profesional. Sus libros, Miss Narco y Malayerba, son un boom, aunque la plata sea aún escasa. Cada vez escribe mejor y su salario no cambia. En un semáforo, me doy cuenta de que la indolencia de la gente es lo que más le preocupa: “Los brazos del narco han seducido a mucha raza, bato —dice Javier y aprieta el volante—. La sociedad está enferma, no protesta. La marcha más numerosa que ha habido en Culiacán fue de 70 personas; no hay gritos, no hay mantas. No hay güevos. No hay ciudadanía”.

— ¿Y entonces por qué sigues? —Está demencial, ¿no? Más tarde, cuando Javier hable de los

textos que más trabajo le han costado — el de un asesinato de una mujer y el de un bato pederasta—, le preguntaré, un poco en broma, si tienen un pacto con el diablo para que no les ocurra nada. Él no bromeará en un asunto serio:

Lo que hemos hecho es ser cuidadosos, bato. Hay datos que no publicamos, por endebles o por el riesgo. En la calle, tú lo sabes, se va la vida. Entre nosotros nos cuidamos; leemos las notas y, si alguien ve un riesgo, va pa’ fuera ese párrafo o esa frase. En este oficio, muchos quieren comerse el mundo. Nosotros trabajamos para que no haya olvido.

EL MAYO Y SCHERER. “¿Cómo viste el encuentro de don Julio con El Mayo?”, le pregunté por teléfono a Ismael días después de verlos en Culiacán. Contestó a quemarropa: “La mayor parte de los comentarios se dividieron en los que criticaron a don Julio y en los que lo alabaron. Pero no tocaron lo más importante: ¿Por qué después de 40 años, El Mayo decide salir de la clandestinidad? En realidad, esa es la gran pregunta, loco. ¿A quién le mandó el mensaje? ¿A los gringos? ¿A Calderón? ¿Fue para que trataran bien a Vicentillo allá en Estados Unidos? Eso es lo que los analistas debieron haber discutido y no si don Julio faltó o no a la ética”.

Ustedes, generalmente, entrevistan a narcos.

Sí, pero de niveles bajos, no son del calibre de El Mayo. Ira, loco: desde hace años se nos ha hecho peligroso entrevistar a narcos pesados y ahora más por la guerra entre ellos. Si te animas a entrevistar a uno, el contrario puede pensar que tú eres vocero del otro. Y pa’ qué.

Supongamos que te hubiera buscado El Mayo, ¿qué habrías hecho?

Cada caso es según las circunstancias, loco. Por ejemplo: don Julio tiene 83 años y esa es una circunstancia; va a ir a todas. Además, el viejo es una vaca sagrada del periodismo, eso hasta lo saben los narcos. Nosotros estamos en Sinaloa y esa es otra circunstancia. No es tan fácil ir. Puede que digas: “Va, voy por curiosidad, para ver qué le saco”. Pero también sabes que eso es peligroso. Mejor cuando me pase, ái te cuento, loco.

*Publicado originalmente en Gato Pardo

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