Por Manuel J. Lara

Foto por Victor Hugo Valdivia

Monterrey es una urbe fea de día e interesante de noche. En los alrededores de Calzada Madero, un lunes cualquiera de invierno, se siente y se respira la decadencia hecha ciudad: perros callejeros con más sabiduría que Séneca, antros de mala muerte y edificios derruidos por un tiempo de olvido y postración. En el medio de toda esa neblina de desolación, un grupo de locos por el cine ha organizado un ciclo dedicado a Luis Buñuel. En un local: unas filas de asientos, un proyector, buen sonido, oscuridad, unos vasitos de vino, unas pocas palomitas y el genio de Calanda; es todo. Al salir de la sesión camino de regreso al coche. Frió, un puesto de hamburguesas regentado por dos señoras regordetas, la quietud pos-apocalíptica que incrementa con la niebla. Monterrey ya vino del futuro de la ciencia ficción para contarnos cómo es vivir en un lugar contaminado, feo, con altos índices de criminalidad y perfectamente amurallado entre clases sociales.

De regreso a casa observo que las estaciones de Pemex ya están cerradas. Hace no mucho un trabajador me contó que desde que se disparó la violencia y sufrieron varios atracos nocturnos ya no abren toda la noche. A mí me gusta vivir en un país que todavía deja un sector estratégico como el petróleo en manos públicas. Creo que es un gravísimo error privatizarlo. Tengo la sensación que los que controlan el gobierno de Enrique Peña Nieto, asediados por su incompetencia en materia económica, quieren entregar un nuevo carnero a los mercados. La vaca sagrada por fin será degollada, entregada al capital para ser devorada hasta las entrañas.

Posiblemente se hayan vivido tiempos mejores y peores en la historia con respecto a la libertad de expresión, pero debería revisarse bien qué va a decir cada quién por si acaso de las hemerotecas. Y en vista de que la privatización de Petróleos Mexicanos es inevitable y la Revolución Mexicana sufrirá la última de las derrotas, vale la pena decir que NO, que no estamos de acuerdo.

Durante muchos años viví el País Vasco. A lo largo de más de una década he tenido arduas discusiones sobre la soberanía, la independencia y todo lo demás, y finalmente llegué a la conclusión de que los vascos son un pueblo, en toda la acepción de la palabra y con todas sus consecuencias. Con Pemex tengo esa misma sensación de que le da muchas vueltas a los argumentos para esquivar la verdadera pregunta: ¿el petróleo de quién es?

Pemex debería mejorar, y para ello tendrá que venderse, porque lo público no es eficiente. Esa gran mentira. El autobús urbano en Monterrey está completamente privatizado; es un caos absoluto y sus tarifas un atraco a mano armada. Autobuses que se quedan completamente varados por su infraestado, unidades sucias como puercos en lodo, otras sin clima, sin calefacción, con la amortiguación vencida, peligrosas cabriolas con tal de tomar un viajero más. Sin información en las paradas sobre líneas, sobre tarifas, sobre periodicidad. Y todo un granado anaquel de malos tratos que las compañías que dan el servicio recetan a sus usuarios los 365 días del año. 100 por ciento privado, 100 por ciento desastroso. Mejor si el petróleo se queda en manos de los mexicanos y luego nos ponemos de acuerdo en cómo mejorarlo.

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