¿Qué tan poco se necesita para desatar un tiroteo?

Por Rodolfo Walsh

A José Petraca no le gustaba cómo lo estaba mirando ese hombre de ojos oscuros y cara angulosa. Ya no le habían gustado algunas cosas que le pareció oír de la otra mesa. Y cuando aquella gente pagaba para irse, el hombre lo seguía estudiando, con ese gesto, medio de burla y de desprecio. Entonces Petraca se paró y dijo:


—¿Qué carajo mirás, guacho hijo de puta?


Petraca no lo conocía. Por uno de esos chistes de la suerte, Raimundo Villaflor había repartido volantes pidiendo su libertad cuando Petraca estuvo preso durante la Resistencia.


—Qué carajo te interesa. Más guacho hijo de puta serás vos.


El cajero Hevia se dispuso a intervenir. Incluso apoyó la mano en el mostrador móvil para franquearse el paso. Pero en ese momento media confitería se paró, y el cajero lo pensó mejor.


Norberto Imbelloni, armado de una silla, se abalanzaba sobre Rolando.


“Me tiró un sillazo y se le embocó a la vitrina. Después nos agarramos a las piñas”.


Rosendo García se incorporó de un salto, echó mano a la cintura y sacó un revólver 38. Petraca ya estaba sobre Raimundo.


“Yo también me paré”, dice Raimundo, “y lo serví”.


El parroquiano Mario Basello tomaba una Coca-Cola de pie junto al mostrador. Disparó por Sarmiento, sin pedir la cuenta. Próximo a esta puerta, el peón de taxi Jorge P. Álvarez “vio más claridad” hacia Mitre y corrió en esa dirección.


Juan García, el diariero de la esquina, estaba tomando el café de costumbre en la mesa de costumbre, frente a la avenida Mitre. Tenía los diarios apilados en una silla junto a la puerta, y la distancia que lo separaba del grupo de Blajaquis, al que daba la espalda, era de dos metros. De pronto oyó un ruido de sillas y presenció una escena surrealista: el mozo Oscar Díaz, con bandeja y botella en alto, iba corriendo hacia la puerta y al pasar le gritaba:


—¡Rajá que hay lío!


El diariero disparó con tanta velocidad que ni siquiera dio vuelta la cabeza para fijarse qué pasaba. Al cruzar el umbral, oyó el primer tiro.
Según Imbelloni, el autor de ese disparo era Juan Taborda, que seguía parado junto a Safi. Hubo una pausa y después un tiroteo tan cerrado que a Oscar Díaz, desde la calle, le pareció una ráfaga de ametralladora.


Rosendo García no alcanzó a gatillar su revólver. Un balazo, exactamente perpendicular a la trayectoria que llevaba le atravesó la espalda. El arma quedó junto al mostrador móvil.


Una bala 45 rebotó en el borde de ese mostrador y fue a pegar sobre la puerta de Mitre, a cuatro metros de altura. El desconocido tirador apretó nuevamente el gatillo, la bala entró por la solapa derecha de Blajaquis, que no había atinado a levantarse, destrozó la arteria pulmonar y salió por la espalda. El Griego se desmoronó.


En la cabecera de la mesa vandorista, Armando Cabo se había parado y avanzaba tirando metódicamente con su 38 especial. Zalazar se derrumbó.


Carlos Sánchez, paraguayo, cortador de pizza, estaba en la cuadra amasando para empanadas gallegas. Se asomó a la ventanilla y entre el remolino de personas vio una mano con un revólver negro que hacía fuego. Creyó que era un asalto y se armó de una cuchilla, dispuesto a defender sus empanadas hasta las últimas consecuencias. Entonces vio a su patrón Hevia, “que venía caminando en cuatro patas” y le pedía que llamara a la policía.


Petraca había desaparecido de la vista de Raimundo. Tras él llegaba Gerardi.


“Se me vino encima”, dice Raimundo. “Le di una trompada y se fue al suelo”.


Raimundo se abalanzó sobre él y siguió golpeándolo en la cara.

Gerardi no reaccionaba. Lo que lo había derribado era una bala calibre 45, que le entró por la espalda.


Francisco Alonso vio el brazo armado de Vandor apuntando en su dirección. Dio un salto a la izquierda, se encontró con la pelea de Imbelloni y Rolando, colaboró con una piña. En ese momento Rolando oyó a su espalda un estrépito de vidrios rotos. Creyó que le habían tirado un botellazo y gritó:


—¡Erraste, turro!


Más tarde razonó que era un balazo.


“Perdí la noción de todo”, dice Alonso. “Corrí hacia la puerta de Mitre. Cuando iba corriendo sentí un golpe en la pierna, pensé que estaba herido”.


No estaba herido: una bala había picado bajo la suela de su zapato, y el golpe le adormeció la pierna.


Detrás de la mesa de Blajaquis, el mozo Jesús Fernández atendía a un parroquiano. Al oír los tiros se echó al suelo y se arrastró hasta quedar a cubierto tras la curva del mostrador, paralela a Mitre. El parroquiano huyó, lo mismo que cuatro estudiantes que estaban sobre la calle Sarmiento, que dejaron sus portafolios.


El copropietario Ramón García estaba junto a la pileta. Cuando oyó los tiros se metió bajo el mostrador. El último en enterarse de lo que pasaba fue el mozo Antonio González. Sordo del oído derecho, estaba de espaldas al local. Sostenía en la mano la bandeja con una botella de coñac, destinada a la mesa de Vandor, que acababa de recibir de su colega Héctor Gómez, y estaba esperando la copa. De pronto Gómez se zambulló.


Mientras trataba de explicarse el motivo de tan misteriosa conducta, González creyó oír “una motocicleta”. Entonces se le vinieron encima Imbelloni y Rolando, “que luchaban entre sí a puño limpio”. Vio a Blajaquis y Zalazar, caídos, dejó la bandeja sobre el mostrador y se agachó: así estuvo cinco minutos.


En la mesa de tres que flanqueaba al grupo Blajaquis, también se habían parado. Juan Ramón Rodríguez gatilló una vez su revólver 38, y el disparo no salió: en su fuga, perdería el arma. Luis Costa y Tiqui Añón se corrieron hacia la puerta de Sarmiento. Según Imbelloni, hicieron fuego desde allí.


Horacio desapareció, simplemente. Presentado por Blajaquis, sólo se sabe que militaba en la juventud peronista. Nunca se presentó a declarar.


Francisco Granato corrió hacia la puerta de Sarmiento. Vio el tropel vandorista que avanzaba en dirección contraria, entre ellos el propio Vandor guardaba un arma en la cintura. Granato les arrojó una mesa y escapó. Delante de él trotaba el senador Safi, herido en una nalga.


—¡Miró lo que me hicieron! —gimió Safi cuando Granato lo alcanzó en la esquina.


Raimundo seguía a caballo sobre Gerardi. De pronto recibió un sillazo en la cabeza. Era Imbelloni, que después de zafarse de Rolando completaba así su retirada.


Y ahora Raimundo veía a un hombre
con el revólver en alto, acercarse desde el fondo: presumiblemente Armando Cabo.


En ese momento se interpuso Rolando, que gritaba a su hermano:


—¡Pará, que Mingo está herido!


El hombre que avanzaba, quizá con el revólver descargado, se detuvo. Vio a Rosendo caído, trató inútilmente de levantarlo.

Descubrió junto a la caja el revólver de Rosendo, lo alzó y se lo puso en la cintura. Después se marchó con la misma serenidad con que había tirado.


Alrededor de doce segundos habían transcurrido desde que empezó el incidente. Ahora sólo quedaban en La Real los caídos y los hermanos Villaflor. Desde la esquina Granato oyó que Rolando gritaba desesperado:


—¡Mingo! ¡ Mingo!


Volvió. Segundos después regresaba Alonso. Los cuatro amigos se quedaron mirando. El Griego tenía un tiro en el pecho, y de la mejilla de Zalazar brotaba incesante un chorro de sangre, como un surtidor.

*Fragmento de ¿Quién mató a Rosendo? (1968).

Comments

comments