Por Raymundo Pérez Arellano

Carlos Gutiérrez nunca pierde la sonrisa. Este chihuahuense de 35 años, quien parece más un jugador de basquetbol americano, es la encarnación de lo que se puede considerarse un ser humano positivo. Y ser positivo en su pellejo es ya de por sí una hazaña.

Hace dos años, en octubre de 2011, un grupo de sicarios llegó al parque El Rejón en Chihuahua. Carlos estaba con sus amigos. Los criminales lo encararon porque dejó de pagarles derecho de piso.

En ese entonces, Carlos era propietario de una empresa que se dedicaba al servicio de alimentos en eventos públicos (desde eventos de gobierno hasta eventos deportivos en Chihuahua o Torreón). Un grupo de crimen organizado le exigió derecho de piso. Pagó por espacio de un año, después el dinero escaseó y no pudo pagar más las extorsiones de los delincuentes. 

Por eso llegaron por él. Frente a los amigos que lo acompañaban al parque El Rejón, los pistoleros golpearon y amenazaron a Carlos. Finalmente decidieron subirlo a la parte trasera de una camioneta y cortarle los pies. 

En el hospital se le amputaron las piernas a la altura de las rodillas para evitar la gangrena. Al ser dado de alta, los familiares de Carlos no lo pensaron dos veces: lo subieron a un avión con rumbo a Ciudad Juárez y cruzaron la frontera para huir del país.

Desde entonces Carlos Gutiérrez buscó el asilo humanitario en los Estados Unidos.

Estuvo en una silla de ruedas, sin ánimo de levantarse ni salir de casa. El día de acción de gracias de 2011, un especialista le regaló un par de prótesis para que caminara de nuevo. 

Pasé unos días con Carlos en el estado de Texas. Las autoridades americanas todavía no le otorgan el asilo.

Mi caso está cerrado administrativamente“, me dijo. El fiscal que representaba al estado americano le ofreció un trato: tener todos los beneficios sociales de un ciudadano, pero sin el estatus de asilado. “Eso es estar en el limbo jurídico“, me explicó.

Desde hace tres meses Carlos Gutiérrez comenzó un plan para llamar la atención sobre la situación de los mexicanos que solicitan asilo en Estados Unidos.

La idea era simple: tomar una bicicleta en la ciudad de El Paso y pedalear mil 100 kilómetros hasta llegar a Austin, la capital de Texas para, a través de su caso, denunciar la difícil realidad de los mexicanos en el exilio. El movimiento se llamó Pedaleando por Justicia.

Ben Foster, quien entrena a Carlos en la bicicleta, se entusiasmó con el recorrido. También se unieron Joe Rich, suegro de Ben y Víctor Cordero, activista por los derechos de los ciclistas en El Paso.

Entre El Paso y Austin la caravana pasó por las ciudades de Fort Hancock, Vanhorn, Marfa, Marathon, Sanderson, Langtry, Del Río, Uvalde, Castroville, San Antonio y San Marcos en Texas.

En todos los lugares el mensaje fue similar: los mexicanos viven una situación real de guerra y muchos inocentes quedaron atrapados entre las balas del gobierno y de los criminales. Es por esto que el gobierno norteamericano debe flexibilizar el proceso para darle a los mexicanos que lo soliciten la calidad de asilados.

En 2012 9 mil 206 mexicanos solicitaron  asilo. Sólo 126 lo obtuvieron según  datos del departamento de justicia norteamericano.

Carlos siempre va pedaleando a la cabeza del convoy ciclista. No se cansa y si lo hace no lo demuestra. A veces el ejercicio le causaba ampollas en las coyunturas de piel y prótesis. Pero no se quejaba, seguía adelante.

Este movimiento, explica Carlos, también es para mandar otro mensaje a los ciudadanos estadounidenses y mexicanos: “necesitamos comenzar a cambiar nuestra sociedad por nosotros mismos y si para mí, que no tengo piernas, no hay límites mucho menos para los demás“.

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