Por Giorgio Agamben

Ilustración por Sin fronteras colectivo

En las aguas dulces de México habita una especie de salamandra albina que desde hace mucho tiempo atrae la atención de zoólogos y especialistas en evolución animal. Quien ha tenido la oportunidad de observar un ejemplar en un acuario queda impresionado por el aspecto infantil, casi fetal, de este anfibio: su cabeza relativamente grande engastada en el cuerpo; su piel opalescente, ligeramente veteada de gris en el hocico y encendida en rosa y plata en las excrecencias alrededor de las branquias; sus pies esbeltos, en forma de lirio, con dedos rojos que parecen pétalos.

El axolote (ése es su nombre) fue clasificado de inicio como una especie discreta que presentaba la peculiaridad de conservar a lo largo de su existencia características que, en un anfibio, son típicas de la larva, tales como la respiración branquial y un hábitat exclusivamente acuático. Que se trataba de una especie autónoma, sin embargo, quedó demostrado fuera de toda duda por el hecho de que a pesar de su aspecto infantil el axolote era perfectamente capaz de reproducirse. No fue sino más tarde que una serie experimentos confirmó —tras el suministro de hormona tiroidea— que el pequeño tritón experimentaba la metamorfosis normal de los anfibios: las branquias desaparecían, desarrollaba la respiración pulmonar, abandonaba la vida acuática y se transformaba en un espécimen adulto de la salamandra moteada (Ambystoma tigrinum). Esta circunstancia podría conducir a la clasificación del axolote como un caso de regresión evolutiva, una derrota en la batalla por la vida que obliga a un anfibio a renunciar a la parte terrestre de su existencia y prolongar de manera indefinida su estado larvario. Pero ése no es el caso, y es precisamente ese empecinado infantilismo (pedomorfosis o neotenia) lo que ha brindado la clave para una nueva manera de entender la evolución animal.

De esto se seguiría, entonces, que los seres humanos no evolucionaron inicialmente a partir de individuos adultos, sino de bebes primates que —como el axolote— habrían adquirido prematuramente la capacidad de reproducirse. Esto explicaría una serie de características morfológicas humanas (desde la posición del foramen occipital hasta la forma de la aurícula, desde la piel desprovista de pelo hasta la estructura de las manos y los pies) que no corresponden a las de los antropoides adultos, sino a las de sus fetos. Rasgos que son transitorios en los primates se han vuelto definitivos en los humanos, transmitiendo —en carne y hueso— el tipo del niño eterno. Sobre todo, esta hipótesis nos permite explicar de una nueva manera el lenguaje y toda la tradición exosomática (cultura) que, más que cualquier impronta genética, caracterizan al Homo sapiens.

Imaginemos un niño que, a diferencia del axolote, no sólo se asienta en su entorno larvario sino que se adhiere de tal modo a su falta de especialización y totipotencia, que rechaza todo destino y entorno específico, para sólo seguir su propia indeterminación e inmadurez. En tanto que otros animales (¡los maduros!) meramente obedecen las instrucciones genéticas escritas en su código genético, el infante neoténico se halla en situación de poder prestar atención a lo que no está escrito, de prestar atención a posibilidades somáticas arbitrarias y no codificadas. En su totipotencia infantil sería arrojado fuera de sí, no como lo son los otros seres vivos, a una aventura y un entorno específicos, sino por primera vez a un mundo. En este sentido, el infante estaría genuinamente a la escucha del ser y de la posibilidad. Con su voz libre de toda directiva genética, con absolutamente nada que decir y expresar, el niño podría —a diferencia de cualquier otro animal— nombrar las cosas en su idioma y de esta manera abrir ante sí una infinidad de mundos posibles. En cuanto vocación específicamente humana, la infancia es en este sentido el sitio preminente de lo posible y lo potencial. No se trata, sin embargo, de una mera posibilidad lógica, de algo no real. Lo que caracteriza al infante es que está en su propia potencia, vive su propia posibilidad. La infancia tiene algo de experimento, que ya no distingue lo posible de lo real, sino que convierte lo posible en la vida misma. En vano los adultos intentan contener esa inmediata coincidencia de la vida del niño y la posibilidad, restringiéndola a tiempos y lugares limitados: el cuarto de los niños, los juegos codificados, la hora de juego y los cuentos de hadas. Saben perfectamente que no es cuestión de fantasear, sino que en este experimento el niño arriesga su vida entera, jugando con ella literalmente a cada instante. De hecho, el experimentum potentiae del niño ni siquiera exime a su vida fisiológica: el niño juega con su función fisiológica, o mejor dicho la juega, y de este modo deriva de ello un placer.

Los buenos maestros lo saben, aquellos que entienden que los juegos son la vía principal de la experiencia infantil. Es ahí donde logran que el niño adquiera ciertas costumbres y hábitos. Para que un niño aprenda a bañarse, por ejemplo, es necesario convertir el baño en un juego. Jugando, el futuro adulto adquiere su forma de vida.

Heidegger describió el desasosiego y el movimiento específicos del ser-en-el-mundo mediante el término Dasein, ser-ahí, ser en el sitio-aquí de uno. Se trata, por así decirlo, de una trascendencia sin un más allá, de un ser fuera de sí mismo que se dirige a su propio sitio-de asir (Heidegger expresó esta condición como «ser dentro de un afuera»). ¿Qué es elDasein de un niño? Se podría decir que es una inmanencia sin sitio ni sujeto, un adherir que no se adhiere a una identidad ni cosa alguna, sino sólo a su propia posibilidad y potencial. Es una inmanencia absoluta que no es inmanente a nada.

En este sentido, el niño es un paradigma de una vida que es absolutamente inseparable de su forma, una forma de vida absoluta, sin remanente. ¿Qué significa «forma de vida» en este caso?

Significa que el niño nunca es vida denudada, que es imposible detectar en un niño algo que se pueda designar como la vida denudada o la vida biológica.

Las políticas a que estamos habituados se caracterizan desde un inicio por la diferenciación de la esfera de la vida denudada (zoé, la vida natural simple, contrapuesta abios, la vida matizada políticamente por los hombres libres), que en la polis clásica estaba confinada a los recintos de la casa (el sitio de las mujeres, los niños, los esclavos) y en la ciudad moderna ha entrado a la esfera política de manera creciente y cada vez más profunda (lo que en último término se convierte en la incesante decisión sobre la vida como tal: el campo de concentración como el sitio de la nuda vida).

Si el niño parece escapar de esta estructura y no permite nunca, en su propio ser, la diferenciación de la mera vida, esto no se debe, como demasiado a menudo se afirma, a que el niño tenga una vida irreal y misteriosa, hecha de fantasía y juegos.

Es justo lo opuesto lo que caracteriza al niño: se adhiere tan estrechamente a su vida fisiológica que se vuelve indiscernible de ella. Este es el auténtico sentido del experimento sobre lo posible que mencionamos antes. Similar en esto a la vida de una mujer, la vida de un niño es inasible no porque trascienda hacia otro mundo, sino porque se adhiere a este mundo y a su cuerpo de una manera que resulta intolerable para los adultos.

Los latinos tenían una expresión singular: vivere vitam, que pasó a las modernas lenguas romances como vivre sa vie, vivir la propia vida. Toda la fuerza transitiva del verbo «vivere» debe ser restaurada aquí; una fuerza, sin embargo, que no se asienta en un objeto (¡y ésta es la paradoja!), sino que, por así decirlo, no tiene más objeto que la vida misma. Aquí la vida es una posibilidad, una potencialidad que nunca se agota en hechos y acontecimientos biográficos, ya que no tiene más objeto que sí misma. Es una inmanencia absoluta que, no obstante, se mueve y vive.

Tal es, entonces, la vida del niño. Y es por esto que el niño es el único ser integralmente histórico, si la historia es precisamente aquello que es absolutamente inmanente, sin ser identificado nunca con un hecho (la batalla de Waterloo no es ninguno de los hechos singulares que la constituyen, mucho menos su suma, y sin embargo no es nada más que ellos). La vida del niño, por tanto, en vez de aparecer completamente dispersa en pequeños hechos y episodios carentes de significado e historia (como la vida de los primitivos), permanece inolvidable, la cifra de una historia superior.


Publicado previamente en: Artillería inmanente

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