Por Camilo Ruiz

Hace alrededor de un mes se destapó la cloaca del espionaje americano a sus socios en Europa y México. A cuatro o cinco semanas de desatado el asunto, podemos concluir que el ciclo ha concluido: a las dos semanas de indignación total le siguieron otras dos o tres de completo desinterés. Seguramente en los siguientes meses otros escándalos similares salgan a la luz. Pero lo que sucedió después de la primera ola de indignación diplomática es probablemente más importante que el espionaje mismo. Ahora es imposible encontrar cualquier tipo de información sobre el asunto en la prensa internacional; las negociaciones sobre el TLC entre la UE y EU han seguido su curso normal, México emitió algún tipo de queja o declaración que los americanos se tomaron la molestia de ignorar y el director de la NSA, Keith B. Alexander permanecerá en su puesto. El asunto, sin embargo, junto con su posterior desaparición mediática, muestra dos cosas sobre la política y el poder en el mundo actual.

Dos tipos de personas se sorprenden de que el gobierno yanqui haya espiado a Calderón: Los que se indignan (no sin razón) de que un gobierno extranjero espíe a un jefe de estado; y los que son un poco menos ingenuos y se sorprenden de que, siendo Calderón tan cercano –léase, sometido- a Estados Unidos, nuestro vecino del norte haya tenido la necesidad de espiar su correo.

La realpolitik foxista que dijo “¿de qué se sorprenden, si todo mundo hace lo mismo?” es tan cierta como inútil: dudo enormemente que la SEDENA tenga acceso al correo de Obama y, si así fuera, el escándalo que se desataría sería mucho peor. No es sorprendente, pues, que Estados Unidos espíe a medio mundo; pero el hecho de que lo hagan también con sus amigos más cercanos presenta algunas interrogantes al modelo izquierdista-vulgar que ve al gobierno mexicano como un ente totalmente sometido, una extensión casi, del americano. Este modelo es una variación sobre un tema ya conocido: el de la teoría de la dependencia, que asumía a los países latinoamericanos como satélites girando alrededor de la órbita imperial. La contradicción principal (término terrible, pido disculpas), pues, era aquélla entre la metrópoli y las colonias. Una consecuencia lógica de este postulado, aunque no necesariamente admitida abiertamente por los dependentistas de antaño, es que el país entero, en tanto que nación, estaba sometido a la dominación imperial. Esto incluía, por supuesto, tanto a las élites como a las clases explotadas.

La susodicha teoría acertaba en una cuestión esencial: la existencia de la dependencia; pero pasaba de largo ante otra igualmente importante: la importancia de la renta de la dependencia para centralizar el poder de ciertas élites nativas contra el resto de la población. Un ejemplo perfecto de lo anterior es la Iniciativa Mérida del calderonismo –y de Peña Nieto, aunque con menos bombo y platillo. La susodicha no es otra cosa que el acuerdo entre las élites sobre la dependencia militar y logística de México hacia Estados Unidos. La cantidad de armas y recursos que recibió el gobierno es algo que México difícilmente hubiera obtenido por sus propios medios; sin embargo, éstos son utilizados por un sector de la burguesía para pelear contra otros sectores de la misma (¿no es la guerra contra el narco un conflicto intra-burgués antes que nada?), para convencer, comprar o reprimir a sectores de otras clases y, en consecuencia, para crear un orden político que les sea funcional.

Tal orden incluye administrar la renta de la dependencia de manera tal que se pueda conseguir una autonomía cada vez mayor de aquéllos de quienes se depende. Esto no por nacionalismo o sed independentista, sino simplemente porque así se evitan problemas y se consigue más. En México es difícil ver esto, pero en África es particularmente claro: los gobiernos subsaharianos pasarán de la órbita francesa a la inglesa a la americana o a la china según las ofertas que éstas hagan. La cantidad de autonomía que puedan obtener las élites nativas, pues, depende de la concurrencia de padrinos financiero-militares. En nuestro país, (pobre México, tan cerca de Estados Unidos, y tan lejos de China) es natural que tal concurrencia sea mucho menor y que las élites mexicanas (y las clases medias, también) hayan desarrollado con el tiempo una cierta devoción filial hacia Estados Unidos. El nuevo rico mexicano no voltea a ver a Londres o a París; voltea a ver (Dios nos salve) a Houston. Intentos pasados para contrarrestar la influencia americana con la europea no terminaron nada bien.

Lo anterior no quiere decir que México, o que la élite mexicana, para ser más exactos, no tenga un grado importante de autonomía. Carlos Slim es un ejemplo de esto. La burguesía mexicana es particularmente parasitaria y no tiene voluntad, pero también es extremadamente rica, incluso para parámetros internacionales. Hay aquí una relación causa-consecuencia: la utilización de la renta de la dependencia ha creado un orden político-económico sustentado en la superexplotación y por tanto una burguesía groseramente rica ligada al estado. Es dentro del margen de esa autonomía donde se producen sucesos como el que he mencionado: el espionaje de EU sobre los gobernantes mexicanos para asegurarse que tal autonomía no se salga de los límites impuestos.

Lo segundo que muestra el asunto del espionaje y su posterior olvido, sobre todo cuando se pone de relieve respecto al tratado comercial entre Europa y EU, es la forma del poder americano sobre el resto de estados. El nuestro no es un mundo unipolar pero EU sí sigue siendo el más poderoso. Sin embargo, EU es el primer hegemón en la historia de los imperios mundiales que no ha aparejado a su poder la creación de un espacio moral propiamente dicho. O, mejor dicho, el espacio moral del mundo actual se reduce al mercado y a los tratados que se puedan alcanzar respecto a su funcionamiento. La moral, para los estados, no consiste en el respeto mutuo del territorio y de los ciudadanos, sino simplemente en el respeto de los tratados de comercio o de ayuda militar.

Ahora bien, que nuestro país haya conseguido suficiente nivel de autonomía como para que los americanos tengan la necesidad de espiar el correo de nuestros presidentes no es, para nada, motivo de festejo. La puesta en escena de la dependencia se lleva a cabo esencialmente en el plano económico y, sólo secundariamente, en el político. Por eso a EU le importa poco que Chávez, Evo y compañía gobiernen en el cono sur: se han dado cuenta de que dar golpes de estado es innecesario. ¿No es el acceso al mercado americano una herramienta de sujeción más poderosa que la CIA?

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