El año pasado hice por primera vez un grafiti. En mi defensa, debo decir que fue “por encargo”: era parte de una breve investigación académica.

Compré un plumón rosa en Fundadores; el otro color no me gustaba. Y me atreví a pintarrajear la pared de un cementerio, pensando en que no se iban a quejar los muertos. Y pinté un par de muros más hasta que se me bajó la novedad.

Mi carrera como grafitera fue sumamente fugaz. Pero sí puedo señalar algo: cuando tenía el plumón en la mano y lo presionaba para que soltara la pintura, sentí la adrenalina. Por un breve momento tenía el ritmo de la ciudad: cuánto tiempo tomaría para que cruzara el siguiente carro, a qué velocidad iba la señora de enfrente, qué tan frágil era el silencio en el que estaba.

Esta breve experiencia del año pasado me recordó a una idea que me fascina de Henri Lefebvre: para conocer las vidas subterráneas de la ciudad hay que estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Si una de las dos cosas falla, el lugar o el tiempo, pierdes. Pierdes el ritmo.

Esta idea siempre me ha intrigado un poco y de alguna forma siempre estoy buscando formas de contrarrestarla. Aplica lo mismo con la música, con el arte o con cualquier línea de vida underground. Son vetas cuyo túnel requiere de un buen timing.

Por hacer un mapa mental, se me ocurren algunas vías para tratar de crackear la ciudad. Puede que suene artificioso ya en lista, pero son cosas que, intuitivamente, hacemos de todas formas. Una es que alguien te introduzca y te lleve de la mano por los pasillos más oscuros de la ciudad. Un informante, pues. Como cuando un amigo te convence de que el Ray Bar no es caro ni fresa, con todo y que está en Vasconcelos.

La otra: estar ahí y sondear. Salir de noche y buscar. Meterte por todas las puertas abiertas hasta que encuentres en un pasillo un Ojos de Tizoc y preguntes cuándo se pone bueno. Pero supongo que también es la más riesgosa de las opciones.

Otra más: los espacios que son como escaparate. Los escenarios y las áreas de exposición. Por algo son necesarios los bares con escenarios para la música: porque están alejados de la agenda comercial. Porque cada día la ciudad se puede vaciar en ellos con cero compromiso. El que es recurrente es uno, lo demás cambia.

La última que se me ocurre es hacer trampa. Conseguir una agenda. Si es que alguien se ha tomado la molestia de hacer la curaduría. Y si no, Facebook para eso resulta bien. Sólo así he podido mantener de cerca de uno de mis secretos favoritos de Monterrey.

Es una banda que se monta y se va, y al día siguiente toca en otro lugar. Chipinque, El Barrio Antiguo, Centrito.  Alternan entre varios restaurantes a lo largo de la semana y sólo cuando ellos publican dónde andan (y haciendo una llamada al bar) es como puedo estar segura de toparlos.

Se llaman MusicVox. Le quitan lo ordinario a los martes, a los miércoles. Son tres chicos y una chica. Tocan cóvers, y en la primera parte de su set tienen algo de Nouvelle Vague: acústico, escobillas para la batería, versiones bossa nova y jazz de canciones de The Cure, Coldplay, Fleetwood Mac y algunas cosas más dulces.

Lo que me impresiona de ellos está en la segunda parte de su tocada: se sueltan con Tears Dry On Your Own, Proud Mary, o Son of a Preacher Man, a sus anchas, con fuerza. Desde la caída del Chill’s n Fever, alguien, en la ciudad amarga, tiene soul y lo sostiene cada semana.

Están ahí siempre en rotación desde hace un par de años pero aún siguen siendo un secreto. Tener buena puntería es una cosa, pero conservar los secretos de la ciudad, regresar a ellos con libertad, también es un asunto de buena sincronía.

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