Por Guillermo Osorno

Foto por Victor Hugo Valdivia (Fernando del Paso en la entrega del premio «Alfonso Reyes 2013»)

Estuvo chingón

Señoras y señores. Dejo de editar Gatopardo el 15 de mayo. Se los suelto así de sopetón, de una vez, rapidito, pero la verdad es que es una decisión largamente meditada que tiene que ver, entre otras cosas, con la aparición de nuevos proyectos, principalmente, un asunto en Internet del que ya les hablaré en su momento, así como un deseo de dedicar más tiempo a escribir. (Por cierto, mi libro llamado Tengo que morir todas las noches, aparece en junio). Seguiré con las columnas en El Universal y máspormás y al frente del programa de radio Crónicas de la ciudad, producido por Ultra y MVS. Voy a extrañar un montón al equipo que me ha acompañado estos años: a Rigo, Mármol, Diego, Mado, Tamara, Guillo (alias Juan Guilloro, por su sorprendente facilidad para la crónica), Marcela, y también al resto del equipo editorial de Mapas, que vi nacer y del que he aprendido mucho: María, la incasable Luz, Claudia… en fin. Pero una de las cosas que más me duele de esta decisión es dejar de comentar los textos con la extraordinaria cronista y editora Leila Guerriero y planear largos trazos, como la cobertura de temas españoles, por ejemplo.


Miro para atrás y veo un viaje extraordinario. Comencé a trabajar en Gatopardo casi desde sus inicios. Me han tocado las duras y las maduras. Estuve allí en la época de su nacimiento, la de Miguel Silva y Rafael Molano, cuando la revista deslumbró a América Latina y uno, como editor en México, podía sentarse a planear textos con Carlos Monsiváis y Juan Villoro. Me tocó mirar cómo el modelo de negocios latinoamericano se agotaba y la revista tuvo que enfocar sus baterías en mi país, como una estrategia para sacarla a flote. La revista dejó de circular en América Latina, pero ganó mucha presencia en México, donde casi nadie la conocía. Los lectores latinoamericanos volvieron a encontrarla en la web: antiguos colaboradores regresaron y Gatopardo se tropezó con los cronistas locales que, entre otra cosas, comenzaron a narrar en sus páginas el horror de nuestra guerra contra las drogas. Esta es otra cosa que me hace sentir orgulloso: haber acompañado a una nueva generación y ofrecerles un espacio, que ya es muy raro. De los textos de Gatopardo nacieron un documental muy premiado y algunos libros. Diego Osorno no sólo convirtió su reporteo sobre Mauricio Fernández, alcalde del municipio más rico de el país, en El Alcalde (documental), sino que pudo ensayar en estas páginas sus ideas sobre la guerra contra las drogas; Emiliano Ruiz Parra generó un fabuloso reporteo sobre la heterodoxia católica; Eileen Truax pudo meterse en las entrañas del movimiento dreamer en Estados Unidos. Alex Almazán intentó una manera de narrar la violencia y se ganó el premio de la Fundación García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano en su edición más reciente. Algunos textos de Gatopardo cambiaron incluso los términos de una discusión pública, como el de Florence Cassez, la francesa acusada de secuestro que pudo comprobar que su arresto había sido un fabuloso montaje de la policía local. Gatopardo fue de los primeros en contar la historia completa. También puedo decir que yo estuve allí cuando cambió el prestigio de la crónica, cuando se comenzó a hablar de un nuevo boom literario y numerosos textos de Gatopardo terminaron en las antologías de Jordi Carrión (Anagrama) y Darío Jaramillo Agudelo (Alfaguara). Algunos de los mejores escritores mexicanos de ficción encontraron un lugar para sus crónicas, como Julián Herbert y Juan Pablo Villalobos No puedo dejar pasar la cobertura que hizo Boris Muñoz de temas venezolanos durante todos estos años, ni la visión de El Comercio de Ecuador de hacer una edición local de Gatopardo, lo que nos condujo hacia dos cronistas muy buenos: María Fernanda Ampuero y Santiago Rosero. Diego Berreucos, el editor de foto, puso a trabajar a algunos artistas en el lodo del fotoperiodismo: los resultados fueron deslumbrantes. En fin, que nos hemos divertido un montón. 


Aunque sea raro que un editor hable del negocio, también quiero decir que dejo la revista con varias lecciones aprendidas, como si hubiera hecho dos maestrías en administración de empresas. Por esas vueltas que tienen las compañías (un aumento de capital), muchos inversionistas originales de la editorial perdimos nuestro asiento hace un año. Aunque es un recuerdo doloroso, también es uno feliz, porque me hizo ver que, de todos modos, había desarrollado una vena empresarial, y así se lo dije al otro fundador de la editorial, mi ex socio Javier Arredondo, a quien le quiero agradecer esta experiencia. En fin, que me voy con las manos llenas. Me sustituye Felipe Restrepo, periodista colombiano, que trabajó en Gatopardo y luego fue editor de cultura de la prestigiosa revista Semana. Tanto Felipe como yo (como Leila Guerriero, que seguirá editando crónicas) concebimos Gatopardo no tanto como un revista, sino más bien como un ámbito cultural, el ámbito de la crónica latinoamericana; un lugar que debemos proteger y que Felipe seguramente se encargará de mejorar. Así que colaboradores, amigos, compañeros de editorial Mapas, lectores, anunciantes: muchas gracias, estuvo chingón.

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