¿Cómo se hace resurgir la música en el Barrio Antiguo?


Por Alma Vigil

Ilustración por Haydée Villarreal

Es 1978, afuera de la preparatoria Álvaro Obregón, en el Centro de Monterrey, unos camiones de transporte urbano están en llamas. Los acomodaron en barricada. Un grupo de chavos gritan y protestan alrededor. Se manifiestan contra la alza de los precios de las tarifas de camiones públicos. Uno de ellos, el que dirige a los universitarios insurrectos de la Álvaro, es un joven delgado de 17 años con un peinado afro, proveniente de la prepa 9.  No saben cómo se llama. Le dicen Maico porque trae puesto un jersey de esa marca europea de las motos de motocross. Luis Carlos López es su verdadero nombre y practica motociclismo desde hace casi cuatro años.

Desde pequeño, Maico se interesó por la historia y la cultura prehispánica. Tuvo maestros que le mostraron la situación del país, que le hablaron de la injusticia y de muchos temas políticos. Luego comenzó a involucrarse en movimientos sociales. Maico recuerda que su primera fotografía en el periódico no fue en la sección cultural como muchos pensarían, sino en la local. Tuvo que esconderla de su padrastro y de su mamá, María Inés, originaria de Agualeguas, Nuevo León. En la imagen se puede ver a un joven pateando el vidrio de un camión Ruta 31 durante una manifestación. A sus 16 años, Maico ya había sido arrestado. Estaba en la calle con un grupo de amigos repartiendo un suplemento de la Liga Comunista 23 de Septiembre cuando los agarró la policía. Se lo llevaron a la delegación, donde un judicial le apagó un cigarro en el brazo. Hasta la fecha, Maico conserva esa cicatriz.

Hacía unos años que había ocurrido la matanza del 68 en Tlatelolco, pero aún permanecían los estragos de la violencia en todo el país. En el 72 hubo otra masacre, conocida como “El halconazo”. En esa ocasión, Los Halcones (grupo militar creado para reprimir movimientos como el del 68) contuvieron violentamente una manifestación de estudiantes en la Ciudad de México realizada en apoyo a sus homólogos regios, que se manifestaban contra la reducción del presupuesto educativo en su estado y un plan para suprimir la autonomía de la universidad. El saldo fue de 9 muertos y 40 heridos, según las cifras oficiales. Luis Echeverría, el presidente de entonces, se deslindó por completo de los hechos. Nunca se encontró a un responsable.

En ese México creció Maico, el actual dueño La Casa de Pancho Villa, una peña y bar cultural fundada en 1987 que reabrió sus puertas el 12 de septiembre de 2013 en el Barrio Antiguo. Ahora Maico tiene 50 años y dejó de lado su vocación de joven músico protestante para hacerse funcionario público. Desde 2012, también es el director de cultura del municipio de Monterrey.

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Las calles se ven más vacías que en la época de psicosis que desató la influenza en la ciudad. En septiembre de 2011, la violencia y la inseguridad alcanzaron su punto más álgido. Nadie quería salir de su casa. Un mes antes, 53 personas fallecieron a causa de un incendio provocado en un importante casino, y casi 30 días antes del fuego balacearon el Café Iguana, uno de los bares más emblemáticos del rock en Monterrey, con un saldo de cuatro muertos. Cadáveres colgados en los puentes, tiroteos a plena luz del día, secuestros y matanzas obligaron a los regiomontanos a resguardarse todo el tiempo. La diversión se hizo escasa y los que se aventuraban a salir lo hacían con miedo. 

Para el 2013, los fantasmas del Barrio Antiguo y toda la ciudad parecen alejarse poco a poco. Aunque dicen que la delincuencia todavía permanece, sólo que más escondida. Sobre los empedrados caminos de la zona, que alguna vez lució un mar de gente en sus alrededores, comienzan a verse cada vez más caminantes. Varios lugares reabrieron sus puertas: el Café Iguana, El Zócalo, el que alguna vez se llamó El Art, el Escocés y La Casa de Pancho Villa. En los parquímetros ya están los “viene-viene” con sus trapos rojos a la espera de los clientes. Últimamente ha habido bastante afluencia, pero se van temprano. Margarita Arellanes, la alcaldesa de Monterrey, la que le entregó las llaves de la ciudad a Jesucristo, tiene una estricta regla de cerrar los antros y bares a las 2:00AM.

Hoy, 12 de septiembre, es justamente la inauguración de La Casa de Pancho Villa. Más de 100 personas están sentadas en el local, ahora ubicado en el número 832 sobre la calle Matamoros. Hay mucho movimiento. Afuera un grupo de chavos, en sus veintes, esperan a unos amigos. Adentro, Luis Carlos López “Maico” saluda a los clientes. El bullicio no para: el choque de las botellas de cerveza al brindar o al ponerlas sobre la mesa, las risas y carcajadas y pláticas a alto volumen que tejen una algarabía de fondo. Después de las 11:00PM comienza la música de Valdivia Esparadrapo. Le precedieron Los Mala Suerte, Raizón Sabor, Alex López y una chica llamada Veda Reynoso. Valdivia, con su guitarra, su armónica y su voz, coverea “Huracán”, de Arturo Meza: “En un rincón Ana se esconde, no quiere escuchar. Siete tiros gastó El Huracán. A tres cabrones se cargó y la pandilla hacia Tijuana tendrá que pelar”. Luego entonará otras, como “Distancia-tiempo”, de Armando Rosas; “Azul”, de Real de 14; “No tengo tiempo”, de Rockdrigo González; y “No puedo enamorarme de ti”, de Joaquín Sabina.

El bar es un enorme cuarto de paredes blancas adornadas con cuadros de personajes de la Revolución Mexicana. La decoración es sencilla, las mesas y sillas oscuras. El interior está dividido en dos secciones: la de la barra que está a un lado de la entrada y la del escenario que está al fondo del cuarto. Atrás está el patio, con capacidad para más de 600 personas, donde quieren efectuar conciertos.

Esta Casa de Pancho Villa es muy diferente a la anterior, la de la esquina de Padre Mier y Vallarta, por la zona de La Purísima. Aquella era una residencia con varios cuartos y un gran patio techado, pero con una esencia revolucionaria similar a la de ahora. El bar es también un punto de encuentro y reencuentro. En una esquina, sentado, está el pintor Jaime Flores, con su habitual look dark: pantalón, playera y botas negras, pulseras de estoperoles y melena larga. El pintor fue vecino de Maico durante mucho tiempo cuando ambos vivían por Mitras. Jaime se sienta a disfrutar de su soledad y de dibujar personas con máscaras de luchadores en su libreta mientras fuma un cigarro tras otro. Por ahí andan también el escritor Hugo Valdéz, la actriz María Eugenia Llamas mejor conocida como “La Tucita” y personalidades políticas como Jorge Cuéllar. Cuéllar es el otro fundador de La Casa de Pancho Villa. Es priista y rector de la Universidad José Martí. Gusta de fumar puros constantemente.

También hay muchos clientes nuevos. Incluso varias personas se tuvieron que ir tristes por la falta de cupo. Parece Bloomingdale’s en pleno Black Friday. Y así estará hasta pasadas las 3:00AM, cuando cierre La Casa de Pancho Villa. Al día siguiente será similar, aunque un poco más tranquilo. Buena parte de la clientela pasa de los 30 años de edad. Algunos son los mismos que asistían a la peña desde sus inicios en los 80 y 90, chavos que crecieron y que aún gustan de esta especie de ambiente de fiesta intelectual que empezó en manos de Jorge Cuéllar, un amante del arte, la música y los personajes revolucionarios.

Al igual que Maico, Jorge también creció en ese México politizado al que dedicaría su vida.

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Recién comenzaba el nuevo milenio y el músico de vallenato Celso Piña se encontraba en un punto muerto de su carrera artística. No pasaba de ser un exitoso músico del Barrio cuando le abrieron las puertas de La Casa de Pancho Villa para el Festival del Acordeón, donde conoció al grupo musical El Gran Silencio. Ahí mismo les nació la idea del disco Barrio Bravo, que catapultaría la carrera de Celso a escenarios internacionales. El disco fue producido por Julián Villarreal “Moco”, ex bajista de El Gran Silencio, y contó con colaboraciones de Pato Machete, Blanquito Man y otros artistas locales.

Esa es sólo una de las presentaciones memorables que se dieron en La Casa de Pancho Villa, donde también resurgió la carrera de Piporro. Ahí comenzó el Lady Fest, un encuentro de activismo social y música punk en pro de la mujer. También hubo presentaciones de libros de David Toscana y Eduardo Antonio Parra, entre otros. En un evento de recaudación de fondos con actores también acudieron Ana Colchero, Luis Felipe Tovar, Edith González y Susana Zabaleta.

Fue un negocio redituable durante toda su existencia, pero en 2007 Jorge decidió traspasarlo. Sus actividades como docente y su participación en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) estatal, donde también fungió como subdirector del Centro de Estudios Políticos y Docentes, no le permitieron continuar con el proyecto. Más tarde, los nuevos dueños cerrarían para siempre el lugar.
Paulatinamente, Maico fue invitado por un amigo a un proyecto cultural. Conocía a mucha gente y así comenzó a trepar escalones dentro de la política, hasta que en 2012 fue nombrado director de cultura de Monterrey por la alcaldesa Margarita Arellanes. Además de ser músico, Maico era un asiduo investigador de la música mexicana, y eso le abrió muchas puertas.

Tanto Jorge como Maico tuvieron otros negocios. Jorge puso otra sucursal de La Casa de Pancho Villa en San Pedro, pero la cerró al poco tiempo. Maico abrió La Trova Nostra, un restaurante bar en la colonia San Jerónimo que traspasó como último recurso porque los Zetas llegaron a cobrarle piso.

Cuando me pidieron piso dice Maico, fue a través de un mesero que me llamó por teléfono para comunicarme que un hombre que decía ser de los Zetas me estaba esperando. Así que yo inmediatamente le marqué a mi socio, que es una figura pública política, para que no fuera a La Trova Nostra. En mi cabeza comencé a imaginar un guión de lo que iba a decir. Lo repasé una y otra vez hasta que arribé al local.

Al llegar vio a un hombre serio, pulcro, con una mujer muy guapa a su lado. El sujeto, que parecía ser un militar, porque contestaba con palabras como “afirmativo” o “negativo”, le dijo a Maico que de ahora en adelante tendría que pagarle una cuota. El ex percusionista le contestó que no tenía para pagarle, que prefería cerrar el lugar, pues no era un antro que estuviera siempre lleno y que ganara mucho. El hombre, muy correctamente y con tranquilidad, le contestó: “No cierres. Págame la cena y ya”. Maico pensó que la había librado, creyó que esa frase significaba que continuara sus actividades normales. Sin embargo, una semana después, llegaron cuatro tipos: uno se quedó en la entrada y los otros tres amenazaron de muerte a Maico. Le dijeron dónde vivía, el nombre de su esposa y de sus hijos y a quienes matarían si no les pagaba. A diferencia del primero, los sujetos eran groseros, con la mirada vacía.Traspasó el lugar de inmediato, pero nunca pudo recuperar su inversión inicial.

En el 2011 hizo otro intento por administrar un bar en Monterrey. Recuperó el concepto de La Pirámide, un local mítico en el ámbito intelectual y cultural de Monterrey que había cerrado por cuestiones económicas, y lo reabrió con el mismo nombre y concepto. A los tres meses lo volvieron a visitar los Zetas. Él no estaba, pero le dijeron que vino un hombre a pedirles una cuota, exactamente como le había sucedido en su otro bar, así que cerraron esa misma semana.

Ahora que las personas vuelven a caminar por las calles del Barrio Antiguo, decidió intentarlo por tercera vez, en espera de que ésta si fuera la vencida.

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Jorge Cuéllar y Maico se conocieron en la peña El Sapo Cancionero, en 1980. Maico, además de andar de “revoltoso”, en la preparatoria también aprendió a tocar las percusiones. Luego fue parte de un grupo de canción de protesta llamado Militante, con el que tocaba en El Sapo Cancionero, ubicado en ese entonces en Hidalgo, casi esquina con Pino Suárez. Jorge Cuéllar era uno de sus seguidores. Le encantaba la música de trova, de protesta y folclórica y era cliente asiduo de ese bar.

Siete años después, Jorge se aventuraría a emprender su primer negocio. Acababa de salir de la carrera de administración en la Facultad de Contaduría Pública y Administración de la UANL y tenía algo de dinero ahorrado para empezar; además le pidió prestado un poco a una de sus hermanas. A la par, Jorge Cuéllar comenzó a involucrarse en la política y se unió al PRI. Luego rentó una casa en el Centro de Monterrey, en la esquina de Padre Mier y Vallarta. Jorge aún recuerda el día que llevó a Maico y a otros dos amigos a conocer la casa. “Estaba todo derrumbado, en escombros y a oscuras. Estábamos sentados en unos blocks y con unas velas. Hablamos del proyecto”, dice Jorge.

Para entonces el grupo Militante ya se había desintegrado. Maico formó otra banda llamada La Trenza, con el mismo corte de música de protesta pero más inclinado hacia la trova.

Jorge, desde pequeño, siempre había sido admirador de personajes revolucionarios. Sus ídolos eran el Che Guevara, José Martí, Benito Juárez, José María Morelos y especialmente Pancho Villa, sobre todo por su simpatía. Ese gusto lo tomó de su papá. En las pláticas familiares, una madrina de Jorge, a la que despojaron de sus tierras durante la Revolución, criticaba constantemente a Pancho Villa mientras que su papá decía todo lo contrario del bandolero. De allí surgió el nombre del bar. De Maico fue la sugerencia de añadir “La Casa de”.

Dicen que en 1915 Pancho Villa pasó por Monterrey para conseguir un millón de pesos con los cuales seguir financiando la Revolución, por lo que encerró a decenas de hacendados para que le juntaran el dinero requerido, por las buenas o por las malas. En esa visita relata Maico Pancho Villa se quedó una noche en la casa en la que muchos años después Jorge fundaría el bar con su nombre. El dueño anterior le dio una fotografía que lo comprobaba. En ella aparecía Villa con la pareja que habitaba en esa residencia y otros amigos altos y bigotones en 1915.

Desde su inauguración el 26 de noviembre de 1987, La Casa de Pancho Villa se convirtió en un espacio ecléctico donde podían confluir artesanos, artistas y políticos.

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Cuando sintió que Monterrey parecía volver a ser un lugar relativamente seguro, Maico decidió reabrir La Casa de Pancho Villa. Pero esta vez sería el socio mayoritario. Le pidió a Jorge el nombre y se puso a buscar un lugar para edificarla. La primera casa donde estuvo ya había sido rentada para un taller mecánico, así que se dispuso a rentar una residencia que fue la antigua Casa de San Nicolás, un restaurante de comidas corridas que ya contaba con permiso de alcoholes. Ese era precisamente el requisito que buscaba Maico. Que estuviese en el Barrio Antiguo fue más que nada casualidad, aunque admite que ahora también es parte de la llamada recuperación del Barrio Antiguo. Sin embargo, bajo la administración de la alcaldesa panista Margarita Arellanes, se estableció una ley que prohíbe el otorgamiento de nuevos permisos de alcoholes en la zona.

No obstante, de acuerdo con una nota publicada en el periódico Milenio, hasta la fecha hay 53 lugares del Barrio Antiguo, incluyendo depósitos y tiendas de conveniencia, que renovaron su permiso de alcoholes. En la actualidad, sólo 23 de los 53 lugares están abiertos. En entrevista, Sandra Pámanes, secretaria del Ayuntamiento, señala que el municipio no se opone a que operen estos lugares si cumplen con las normas y las leyes establecidas para ello.

El 11 de octubre de 2013, la casa de Pancho Villa fue clausurada de nuevo, inopinadamente. De acuerdo con Maico, le faltaba un refrendo en el permiso de alcoholes. El lugar estuvo cerrado durante tres semanas, hasta que pudo cumplir con los requisitos y volvió a reabrir, ahora que con cada día que pasa el Barrio Antiguo recupera un poco de vida, después de las tragedias que vivió durante casi un lustro.

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Pero desde mediados de marzo de 2014, La Casa de Pancho Villa se encuentra cerrada. Maico cuenta que la rentera era algo especial y por eso este lugar de trova debió dar un nuevo viraje. Actualmente están buscando otro lugar para mudarse. Dice Maico que lo más probable es que ya no sea en el Barrio Antiguo, sino en el centro de San Pedro.

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