Por J. M. Servín

Ilustración por Cristina Guerrero

José Valentín Vázquez Manrique, alias José Izquierdo Domínguez o José Manrique Vázquez o Sergio Montes de Oca y finalmente Pancho Valentino, fue un ministro del demonio. En su biografía abundan el melodrama y los desplantes de justiciero popular, pero ello no lo hace encantador. Ni a la justicia ciega. Como hampón de poca monta, Valentino nos permite mirar al pasado sin suspiros nostálgicos. No bastaba su condena al infierno. El populacho, fatalista y mocho, pedía la pena de muerte para el Matacuras, abolida en la capital por el presidente Emilio Portes Gil en 1939.

La crónica policiaca de la época, reverente, folletinesca e ingenua, nos permite apropiarnos del horror bajo formas admisibles. Pancho Valentino profanó las leyes de Dios y de los hombres invocando a la provocación y al escándalo. Su historia da cuenta de un arrepentimiento fingido en un entorno donde la certeza yace bajo el cascajo de la culpabilidad colectiva. Pancho Valentino expuso la progresiva disolución social de un país abismado en sus mentiras. Y ha conseguido que el tiempo lo purifique.

Fue un protagonista de las verdades sutiles y formó parte del delirio estridente de los cautos.

Antecedentes

Durante la Navidad de 1956 dos mil policías vigilaban la ciudad de México, una urbe de casi cinco millones de habitantes. La ola de crímenes era tan intensa como hoy en día, pero resultaba más fácil ubicar los bandos. Las redadas eran frecuentes. Las barriadas y centros populares de reunión fueron los lugares preferidos para que la autoridad, enarbolada por Ernesto P. Uruchurtu –remedo gazmoño de J. Edward Hoover, director del fbi–, aplicara su tolerancia cero.

El 24 de diciembre, en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, ubicada en el número 107 de la calle de Chiapas, en la colonia Roma, un sacerdote teatino sermoneaba al rebaño que abarrotaba el templo. El padre Juan Fullana Taberner inspiraba confianza y ternura. Aunque nacido en Mallorca, España, tenía la nacionalidad estadounidense, pues a los treinta y cinco años había sido enviado por su congregación a Denver, Colorado. Radicaba en México desde 1952. De complexión recia y hablar pausado, anteojos y pelo cano, recordaba a José Mojica, el cura actor de melodramas de cine. Tenía sesenta y cinco años. Era muy aficionado a los toros y se le había visto acompañado en varias ocasiones del novillero Ricardo Barbosa Ramírez, de treinta y tres años, con el que asistía a la plaza México y al que le llegó a dar dinero para que adquiriera un traje de luces de segunda mano.

Barbosa Ramírez decía ser sobrino de José Moll, el otro párroco de la iglesia que en 1955 le obsequió cinco mil pesos para que viajara a Europa. Descendiente de portugueses ricos, Moll era un hombrecillo delgado, modoso, pequeño y con talento de predicador. Siempre dispuesto a dejarse estafar por Barbosa.

En la última banca del templo dos sujetos cruzados de brazos, vestidos como para seducir a las beatas asistentes, observaban a Fullana Taberner, a quien confundían con el padre José Moll, supuesto poseedor de una enorme fortuna. Disimulados, echaban un ojo a las mujeres jóvenes, recorriéndolas desde la punta de los tacones altos hasta donde desaparecía la curvatura de los traseros disimulados por los abrigos de invierno. Las imaginaban arrodilladas frente a ellos y tan contritas rogando por sus favores como parecían estarlo en sus rezos.

Pasadas las ocho de la noche, la misa terminó. Confundida entre los fieles, la sospechosa pareja abandonó el lugar y, según testigos, al igual que en otras seis ocasiones rondó por la cuadra.

Pancho Valentino nació en Pachuca, Hidalgo en 1919. A sus treinta y ocho años era fornido, de estatura media y voz ronca. En 1950, cuando otros a su edad piensan en el retiro, apenas destacaba como luchador profesional en arenas de provincia. Influido por su amigo Ricardo Barbosa Ramírez, subía al ring ataviado con una casaquilla de torero. Ganaba con cierta frecuencia gracias a su técnica, fortaleza, carisma y a su cada vez más popular “tope volador”, espectacular salto ejecutado desde la última cuerda directo al pecho del adversario. Sabía cómo enardecer a las multitudes, pero Salvador Lutteroth, el máximo empresario de box y lucha del país, dudaba en respaldar lo que aún prometía ser una redituable inversión.

Valentino sabía sacar provecho de su atractivo físico. Vivía de las mujeres, a las que golpeaba. Durante un tiempo presumió a la bailarina Andrea van Lisum, pero en agosto de 1952 pisó la cárcel luego de marcarle el rostro con una navaja en el restaurante Hollywood de la calle de Basilio Vadillo. Salió bajo fianza porque su ex esposa no levantó cargos.

Debido a sus antecedentes penales, que ya desde adolescente lo definían como un sujeto peligroso e inadaptado, le fue negada la licencia de luchador profesional. Deseaba vengarse del doctor Gilberto Bolaños Cacho, jefe de los servicios médicos de la Comisión de Box y Lucha del Distrito Federal y director del Tribunal para Menores, quien declaró que la medida se debía a su “alta peligrosidad”.

Pancho Valentino era un observador social compulsivo. Mientras se veía por debajo de los demás, su sentido de justicia lo ponía por encima. Cual prohombre, afirmaba que nunca sería un sumiso. “Quisiera ser como los grandes patricios: Juárez [sic], Zapata, Villa, Obregón, Cárdenas y otros que son los auténticos representativos de la Revolución.”

Tenía un hijo de cuatro años, José Manuel Vázquez Ordóñez, que le fue arrebatado bajo embustes a su madre Josefina en Ciudad Juárez. En la paternidad existe un componente de extrapolación emocional y afectiva tanto o más importante que el biológico. Quizá por ello José Manuel era el único ser al que Valentino profesaba amor verdadero, a diferencia de sus otros tres hijos con diferentes mujeres, de sus amantes y amigos. Ambos vivían en el hotel Terminal de San Antonio Abad, a unas calles de la estación de autobuses Cuernavaca-Acapulco, en el centro de la ciudad de México.

Desde 1938 Pancho Valentino estuvo preso quince veces. Robo, lesiones, allanamiento de morada, usurpación de funciones, violación y trata de blancas. En presencia de jueces o policías, su madre, Rosa Manrique viuda de Vázquez, repetía entre sollozos: “Debo decirle, señor, que siempre hemos sido muy pobres, pero honrados”.

En la penitenciaría de Lecumberri conoció a su amigo íntimo Pedro Vallejo, el México –“Me llaman así porque le hago al baile y a la pachuqueaaadaaa”–, y al ex púgil Rubén Castañeda Ramos, el Boxeador, quien diecisiete años después, en la vecindad de Tepito conocida como El Paraíso, en Fray Bartolomé de las Casas número 21, rehusaría participar en el asalto. “No es mi arpegio”, dijo. El México tenía nueve ingresos a prisión acusado de vagancia, robo, lesiones, trata de blancas y homicidio.

Para 1956 el Boxeador lucía avejentado por el alcohol y la mariguana. Su mirada extraviada, la bocaza de labios pulposos ocultando a medias la dentadura incompleta y la nariz embarrada en un rostro enorme daban nuevos bríos a la teoría del criminal nato de Cesare Lombroso, padre de la criminología. Con tal carácter, a sus cuarenta y tres años accedió a conseguir a “un muchacho decidido”, a petición expresa y mediante un pago de setecientos pesos. Fue así como el 23 de diciembre Valentino entró en contacto con Pedro Linares Hernández, el Chundo.

Confesión por puño y letra de Pancho Valentino en el momento de su detención

Nadie tiene derecho a lo superfluo

mientras alguien carezca de lo indispensable.

Soy producto de México, del ambiente mexicano y no puedo sustraerme a él. Soy como tantos que por ahí andan actualmente. Vean ustedes: mi niñez fue triste, una niñez como la de tantos niños que carecen de lo más necesario para vivir. Mi padre era jefe de veladores de las minas de oro y plata de Pachuca, de esas minas de las que salieron millones de pesos. Pero mi padre era un hombre honrado y cabal en todos los sentidos y a pesar de que los mineros le decían que se podía robar una o dos barras de oro para asegurar tanto su porvenir como el de la familia, jamás quiso hacerlo y prefirió dejarnos en la miseria sin dejar un solo centavo ni siquiera para su entierro… Si mi padre no hubiera sido tan honrado, no me vería en estos momentos aquí porque hubiera asegurado nuestro futuro…

Ahora, aunque nací en Pachuca, tengo la nacionalidad estadounidense porque en 1942 decidí ir a Estados Unidos como bracero y estuve trabajando en los campos de California… Gané unos cuantos dólares, pero preferí seguir como luchador, profesión a la que me venía dedicando desde dos años antes… Pero encontrándome en Estados Unidos, estalló la Segunda Guerra Mundial y me di de alta como ametralladorista en los aviones B-29, y aun cuando nunca estuve en el frente por no saber hablar inglés, me condecoraron en tres ocasiones por buena conducta y hasta me dieron una beca para que estudiara lo que yo quisiera. Gracias a esa beca estudié en una academia de baile de salón y fui tan aprovechado que gané varios campeonatos de baile tanto en el país del norte como en México, en donde obtuve en el Salón México por dos años consecutivos el primer lugar en concursos de danzón y de tango.

Como luchador no lo hice mal, pues luché en Estados Unidos, México, Alemania, España, Portugal, Francia e Italia. En todas partes dejé bien parado el nombre de México como luchador y deportista… Bien, estando en Alemania el cónsul de México me consiguió que un barco mercante me regresara a nuestro país sin pagar un solo centavo de pasaje…

A Ricardo Barbosa lo conocí por lo siguiente: yo me dediqué a matar toros y novillos. Durante cinco años anduve visitando todos los cosos de la república. Me gané el título de Siete de Espadas debido a que en un jueves taurino en El Toreo nos contrataron a siete toreros. Yo era el último en lidiar un novillo. Le metí siete veces el estoque y ni así se murió, de ahí mi mote. Esa vez quedamos todos pésimamente… Ricardo era torero también. Anduvimos juntos por muchos lugares en el interior de la república. Somos grandes amigos y de ideas afines… Con respecto al México, a raíz de los concursos que gané en el Salón México nos hicimos grandes amigos y dimos juntos muchas exhibiciones en distintos salones.

Ahora diré cómo decidí intervenir en el asalto: yo tengo cuatro hijos de diferentes esposas y mujeres… me he casado siete veces y he tenido muchísimas mujeres más… Pues bien, una vez que uno de mis hijos no tenía zapatos ni yo dinero para comprárselos, salí a caminar por el paseo de la Reforma cuando vi un cadillac manejado por una mujer muy linda que llevaba un brazalete con piedras tan hermosas que parecían soles… Entonces pensé que no había derecho que hubiera en el mundo quienes tuvieran dinero en demasía mientras que hay muchos que carezcamos de lo necesario. Esta cuarteta de Salvador Díaz Mirón es mi mejor filosofía y siempre lo ha sido, así que al ver a aquella mujer sentí unos deseos enormes de arrojarme sobre ella y arrebatarle las alhajas que lucía… Pero no pude o no me di valor para hacerlo…

Pensando en mi pobreza y en la de muchos mexicanos que son mis hermanos, seguí caminando hasta llegar al café Tupinamba… Ahí me encontré con Ricardo Barbosa, a quien luego de decirle lo que me pasaba me propuso asaltar la iglesia para hacernos ricos, pues decía que el curita tenía guardado muchísimo dinero debajo del colchón. Acepté e invité a participar al México, porque sabía que él también era muy pobre… El resto del asunto ya lo saben, pues ya se los confesó el Chundo, a quien apenas conocía.

Finalmente, debo decir que el asalto y la muerte del curita fue un error, pues apenas saqué la mísera cantidad de mil pesos… Pero ya todo está hecho y ni modo…

Testimonio en sepia

Mi familia vivía en la calle de Granada, a cinco cuadras de la vecindad El Paraíso. Mis hermanos recuerdan al Chundo. Lo evitaban, pero mis padres les habían enseñado a no temerle. Era uno de los tantos malvivientes del barrio. Mi papá era joyero. Conoció a Valentino y al México en el Salón México, donde los tres se lucían bailando danzón y tango. Entre los amigos de mi papá había joyeros, zapateros y estafadores insignificantes. No eran honrados, tampoco asesinos. Mi papá se topaba al dúo a las afueras del Monte de Piedad. En repetidas ocasiones Valentino y el México le llevaron alhajas a su taller en la calle de Palma; querían vendérselas o que las valuara antes de llevarlas a empeñar. Mi mamá prevenía a su prole para tener cuidado de los inquilinos del Paraíso. Todos, en las treinta viviendas, estaban fichados por la policía. A mediodía, Pedro y Raymundo, de siete y cinco años, se ganaban unos centavos de la mano de busconas que los paseaban por la calle como “sus hijos” para evitar que la julia las levantara. Mis hermanos aún recuerdan la pestilencia en las vecindades, la falta de agua, las goteras en época de lluvia. Yo aún no nacía.

Los cómplices

Pedro Linares Hernández, el Chundo, de treinta y nueve años, múltiples ingresos al penal de Lecumberri y dos estancias en las islas Marías. Su apodo le venía de su forma de caminar, encorvado como si le pesara una enorme joroba. Era adicto a la mariguana y vecino del Boxeador en la vecindad El Paraíso. Valentino le ofreció setecientos pesos por participar en el robo. A los rateros como Linares Hernández les decían pungas: los que meten mano en los bolsos de las mujeres. En su confesión a la policía se declaró nacido en la ciudad de México, católico, casado y con tres hijos, e insistió que desde el día del crimen no había vuelto a ver a sus cómplices. Estudió hasta el cuarto año de primaria y sabía leer y escribir. Los agentes del Servicio Secreto lo detuvieron en el momento en que entregaba a su concubina María González Ramírez un bulto que contenía una sotana ensangrentada y unos guantes de piel utilizados durante el robo. Ya en los separos, no tardó en señalar a Ricardo Barbosa Ramírez como autor intelectual del crimen y a Pancho Valentino, el México, el Torero y el Boxeador como cómplices. Según él, Valentino justificó el asesinato porque el sayo –la víctima– tenía muy buena memoria y podría reconocer a Barbosa. El Chundo también nombró a Ricardo Ángeles García y a Roberto Barrios Ulloa, quienes se rehusaron a participar en el asalto, aunque se comprometieron a guardar silencio a cambio de dinero.

Otro de los señalados fue Jorge Avelar, el Trompelio, de veintidós años, al que Barbosa Ramírez se refería como su mozo de espadas. Tenía enormes orejas, nariz leptorrina y ojillos de rata. Era un mentecato que vestía al estilo torero para complacer a su protector, que lo consideraba su hijo. Al momento de su captura tenía tres meses viviendo con Barbosa en un edificio de las céntricas calles de Bolívar.

Vidas cruzadas

Los móviles de la banda fueron vulgares y ordinarios, no así sus causas. Era un grupo de fracasados y resentidos sociales en diferentes escalas. Como todos los ladrones comunes, mantenían una lucha constante contra la figura de la autoridad, de la cual se vengaron simbólicamente al efectuar su crimen.

Su medio determinó la personalidad nihilista y destructiva de Valentino, su temperamento viscoso. Sufría de epilepsia. Tenía motivaciones delirantes. Sus descargas agresivas obedecían a una necesidad de restaurar un equilibrio perturbado. Ansiaba evadirse de las normas con una vida aventurera por el mero placer del riesgo. Valentino seducía a las mujeres basándose en su atractivo sexual. Pese a su cautela y meticulosidad, era traicionado por deseos brutales en el momento menos esperado. Su declaración obedeció a una necesidad psíquica de negar su conducta, por lo que presumió su sensibilidad artística hacia la lectura y la escritura –entre los objetos que portaba en su huida se encontraba una máquina de escribir que extrajo del domicilio de Fullana.

A Valentino, Barbosa y el México los identificaba su necesidad de estimación, de reconocimiento público. Para alimentar sus impulsos sacrificaban salud, familia, honor y a cuantos los rodeaban, imponiéndose toda clase de privaciones. Representaban un papel y terminaron por creérselo. Eran histriónicos, fanfarrones y baladroneaban los delitos cometidos y los que jamás fueron capaces de cometer. Los obsesionaba la fama. Por eso ninguno de ellos tuvo reparos en detallar su crimen a la policía. Eran incapaces de aplacar su inclinación por el goce, por la vida fácil y cómoda.

En el café Tupinamba de la calle Bolívar, Barbosa y Valentino planeaban fabulosos negocios, viajes y estafas. Envidiaban a las celebridades efímeras que asistían al lugar para dejarse ver. Eran respetados y temidos. Los aspirantes a toreros se acercaban a su mesa porque sabían que el primero vendía accesorios e indumentaria a buenos precios. Según Valentino, su amigo estaba obsesionado con la supuesta riqueza del “tío” al grado de planear durante ocho años robarlo.

El sobrino” se distinguía por su autismo egocéntrico. Tenía en su historial delictivo varios ingresos a la penitenciaría por amenazas, fraude, lesiones, allanamiento de morada, abandono de persona y usurpación de funciones. Frío, lejano, reservado y detallista, estaba demasiado concentrado en sí mismo debido a un anormal sentido del deber. Sus conquistas amorosas se debían a su aire de perdonavidas que desbordaba las fantasías eróticas de mujeres susceptibles a la labia. Era adicto al juego, sobre todo al dominó. Resentía en lo más hondo nunca haber conseguido la alternativa como matador de toros en la plaza México.

El resto de la banda pertenecía al tipo del criminal abúlico fácil de manipular por delincuentes más hábiles. Representaba la tropa de la delincuencia, la que satura las prisiones.

El crimen fue ejecutado bajo un estado de tensión colectiva intensa y prolongada similar a la que opera en los enajenados por una secta, lo cual provoca una disgregación de la voluntad con diferentes rangos de violencia, de ahí su determinación, la ira impulsiva, el miedo y el arrepentimiento posteriores.

El plan

Es un hombre muy rico –dijo Barbosa a Valentino meses antes, cuando lo invitó a participar en el robo–. Sé que en su casa guarda dos millones de pesos y mucho oro. No podrá denunciar el robo porque no tiene manera de comprobar el origen del dinero.

La tarde del 24 de diciembre de 1956 tres de los cuatro criminales se reunieron en la vivienda del Chundo. Según el plan, Ricardo Barbosa esperaría en su buick chicle y mamey modelo 1950 para no ser identificado por el padre Moll. Entonces vestiría una gruesa chamarra de cuero muy fina y pantalón caqui bien entallado. Moreno, alto, confiaba en su porte para no levantar sospechas.

Valentino, disfrazado con gruesos anteojos y una bata de doctor, tocaría a la puerta de la casa adjunta a la iglesia pidiendo los santos óleos para un enfermo grave. Cuando el sacerdote abriera, el Trompelio trataría de alejarlo de la vivienda en lo que los otros se apoderaban del botín. De fallar el plan, Valentino y el Chundo someterían a Moll con amenazas. Bajo cualquier circunstancia el Trompelio se mantendría como vigilante en la entrada. Por su parte, el Chundo llevaría en un costal una varilla afilada, varios metros de cuerda y un desarmador; Valentino, una pistola fajada al cinto.

Pasadas las doce de la noche llegaron a la iglesia. El Chundo y Valentino tocaron durante media hora sin que alguien les abriera. Los ladridos de un hermoso perro negro airdale llamado Duque, propiedad de Moll, terminaron por hacerlos desistir. Poco antes, Valentino trató de derribar la puerta a golpes, pero el Trompelio logró controlarlo. Desesperado, Barbosa arrancó el coche y frente a la casa increpó a sus cómplices por la tardanza. Al saber de lo ocurrido les ordenó que subieran. Días después se enterarían de que el timbre no funcionaba.

En el trayecto Valentino propuso, de la nada, asaltar a un taxista, pero el enojado Barbosa lo recriminó, como también hizo con el Chundo, que había prendido un cigarro de mariguana. Ni él ni Valentino usaban drogas y lo que menos deseaban era llamar la atención. Por lo demás, Valentino vociferaba, Barbosa maldecía, el Chundo imploraba un trago y el Trompelio iba cagado de miedo.

Valentino se apeó en su hotel. Lo esperaba su hijo, a quien había dejado encargado con el administrador. El siguiente en bajar fue el Chundo, afuera del cine Bahía, cerca de su domicilio. Barbosa y el Trompelio se dirigieron a una cantina propiedad del primero, ubicada en la calle de Quintana Roo. Ya en el local Barbosa exigió a su esposa la cuenta del día, y como aquélla se negó a entregársela la golpeó con saña, por lo que dos guardias lo arrestaron. El juez le impuso una multa de doscientos pesos y una hora después estaba en libertad.

Esa misma semana Barbosa llegó a la conclusión de que se necesitarían dos personas más para ejecutar el plan. Le pidió a Valentino que las reclutara. Recurrió al Chundo, quien le presentó a dos ex reclusos de la Cárcel Preventiva: Roberto Barrios Ulloa y Ricardo Angeles García. Valentino les ofreció setenta mil pesos como botín, pero ambos rechazaron la oferta al enterarse de que el robo sería en una iglesia. Barrios Ulloa alegó que “la mano de Dios es más poderosa que la de la policía”.

Fue el 7 de enero de 1957 cuando Valentino comunicó a Barbosa sus resultados.

Si para el 10 de enero no encuentras a nadie, iremos nosotros cuatro –fue todo lo que respondió Barbosa, desesperado.

El martes 8, alrededor del mediodía, Valentino buscó al México, ex empleado del Monte de Piedad que malvivía como coyote en la calle de Palma.

Te vengo a invitar a un asunto que nos sacará de pobres –le dijo sin soltar de la mano a su hijo José Manuel.

Se metieron a platicar a una fonda. Ahí le contó el plan y le ofreció setenta mil pesos. El México aceptó de inmediato y quedaron en reunirse al día siguiente en la casa del Chundo. Terminada la conversación los tres fueron a la vecindad en que Vallejo vivía, en República de Honduras. Pasaron el resto del día juntos y por la noche asistieron a la Arena México, donde Gori Guerrero enfrentaba a Masahiko Kimura y en batalla campal se daban Blue Demon, Cavernario Galindo, Rubén Juárez, Tarzán López, Karloff Lagarde, Ray Mendoza y el Caballero.

El México era hombre de todas las confianzas del ex luchador. Solían asistir juntos a las luchas. Valentino se dejaba reconocer por los aficionados y los colegas, a quienes saludaba como si recibiera un homenaje. Se paseaba bajo el ring para que Bolaños Cacho, siempre en primera fila, se sintiera amenazado por una mirada asesina.

El 9 de enero ambos ultimaron detalles en El Paraíso. En cuanto el Chundo les dio entrada en su guarida, Valentino amenazó:

Vienes o te mato. Te necesitamos para hacer el negocio –luego señaló con el pulgar al México–. Éste viene con nosotros.

El Chundo preparó con estricnina dos kilos de carne de res que Valentino sacó de un bolsillo del pantalón. Pretendían así eliminar primero al perro, que a juicio del Chundo no era bravo pero sí escandaloso. Durante días el propio Chundo se había encargado de ir a rezar al templo y de pasada darle a Duque caramelos para acostumbrarlo a su presencia. En un maletín guardó la carnada, un bate y los demás objetos que llevaba en el primer intento de atraco. El México cargaba un puñal y Valentino una pistola que le entregó Barbosa, que ya los esperaba en su coche a las afueras de una pulquería. El Trompelio no se presentó.

Valentino seguía sin encontrar solución a su problema de siempre: con quién encargar a José Manuel. Padre e hijo terminaron sentados en la banqueta; los demás los observaban desde el vehículo molestos y ansiosos.

¡Ya vámonos, cabrón! ¡Deja al chamaco en el hotel! –gritó Barbosa.

A Valentino no se le ocurrió algo mejor. En silencio cargó a la criatura y obedeció.

Alrededor de las cinco de la tarde se estacionaron en la calle de Tonalá, muy cerca del multifamiliar Juárez. Barbosa pidió no usar la violencia y nuevamente se dispuso a esperar frente al volante. De inmediato, Valentino y los otros corrieron a esconderse en el patio de la iglesia.

La casa contigua tenía un jardincito con hiedras, dos truenos y un pino. Al fondo estaba la perrera. Valentino ordenó al Chundo que se ocultara entre las plantas para envenenar a Duque.

Terminada la última misa el cura cerró el portón del templo y enseguida se dirigió a soltar al perro. Poco después de las nueve de la noche escuchó ladridos. Salió al patio y encontró al animal tendido. En ese momento Pancho Valentino saltó de las sombras y le aplicó la llave china. Fullana intentó defenderse pero el México entró al quite y le sujetó los brazos a la espalda para inmovilizarlo. El Chundo corrió a cortar la luz y prendió unas velas. Valentino comenzó a golpear y a cachazos desfiguró al cura, que aún se resistía cuando el México le pegó con el bate en las costillas. Al tener a Fullana tumbado en el piso, el Chundo lo amarró de pies y manos. Lo torturaron inútilmente para que confesara dónde estaba el dinero. El anciano había muerto. Fuera de sí, Valentino le enrolló un alambre en el cuello mientras el México le metía un pañuelo en la boca.

Con la ropa ensangrentada y las manos cubiertas con guantes de piel, entre el México y Valentino cargaron el cadáver hasta la cocina. De inmediato el Chundo cortó el cable del teléfono que se hallaba en la sala. Luego registraron la casa durante hora y media. Barbosa les dijo que en los cajones de una cómoda encontrarían dos millones de pesos. Destruyeron todo conforme descubrían que no había dinero ni oro.

Cruzaron un pasillo que daba a la sacristía y se hicieron de todo lo que llamó su atención: la custodia, las patenas, la llave del sagrario, una caja dorada para hostias, candelabros, una casulla y un par de sotanas. Valentino supuso que detrás de una Virgen de Fátima empotrada en la pared habría una caja fuerte. Con un candelabro destruyó la imagen hasta que se convenció de su error. El desplante enardecería a la Suprema Corte de Justicia del Populacho.

Antes de huir, Valentino ordenó al Chundo que se disfrazara con una sotana y arrojó en la estancia los lentes de falso doctor que ayudarían a despistar a los investigadores. El México se rió de ambos mientras corrían rumbo al coche.

Barbosa no podía creer lo ocurrido. Se enfureció. No había que matar a nadie… ¿y qué hacía el Chundo con esa sotana puesta? “¡No mamen! ¡Quítate esa pinche bata, Pancho, pareces carnicero! ¿A poco nada más encontraron estas chingaderas!” Se refería al botín miserable. Iban rumbo al hotel Terminal. En la habitación número 20, frente al hijo de Valentino, contaron el monto del robo: cuatro mil quinientos pesos. Apartaron quinientos para el Boxeador y así garantizar su silencio. Barbosa se quedó con cuatrocientos y repartió lo demás a los otros tres cómplices. Entonces les dijo que no quería volver a saber nada del asunto.

La huida

Valentino pidió a Barbosa que los llevara a Hidalgo. Tenía pensado vender los objetos en Zimapán, con un primo valuador experto en piezas religiosas. Barbosa aceptó.

Al no encontrarse el pariente, el México sacó provecho de su oficio de coyote y consiguió ácido, lo aplicó a los metales y concluyó, equivocadamente, que eran puras baratijas. Furiosa, la banda tiró casi todo en un basurero, con el que a la postre dio la policía. El México y el Chundo decidieron regresar a la capital, aunque de último momento el primero prefirió seguir solo hacia el norte del país. Valentino optó por huir rumbo a Tamaulipas.

Azules y con oro enarenados,

como las noches limpias de nublados,

los ojos –que contemplan mis pecados.*

El padre Fullana fue hallado el jueves 10 de enero por dos chiquillas que habían ido temprano a la iglesia para confesarse. “Ave María Purísima, socórrenos.” Corrieron a dar aviso al sastre Pedro Cortés, sacristán de sesenta y tres años que llamó por teléfono a las radiopatrullas de la 8ª delegación de policía.

El coronel Manuel Mendoza Domínguez, jefe del Servicio Secreto, se hizo cargo del caso. El cadáver fue trasladado al anfiteatro del hospital Juárez para la necropsia de rigor. Huellas de estrangulamiento, fracturas en el cráneo y tórax provocadas por objetos contundentes. Apoyaban la investigación los mandos de grupo Rafael Rocha Cordero, José Obregón Lima y Miguel Durán Mejía.

Los agentes contaban con un ojo entrenado para encontrar valores. En su inspección en el lugar de los hechos dieron con algunos fajos de billetes, morralla y dos cuentas bancarias a nombre del padre Juan Fullana Taberner: una de $85 330.00 y otra de $28 430.00, cantidades aportadas por los fieles para la terminación del santuario de Fátima.

Duque sobrevivió al veneno. Una vecina lo llevó al veterinario no sin antes declarar que su amo, Fullana, tenía un carácter violento.

El milagro de la Virgen de Fátima

El padre José Moll interrumpió sus vacaciones en Toluca para reclamar el cuerpo de su compañero de parroquia. Se enteró del asesinato por la amplia cobertura informativa en radio, televisión y periódicos. En su declaración a la policía manifestó que el monto del robo ascendía a cuatro mil quinientos pesos en efectivo y alrededor de cincuenta mil en objetos sacros. Confirmó el origen de las chequeras.

En apenas diez días fueron cayendo. Primero el Chundo, en su domicilio. Luego Ricardo Barbosa y el Trompelio. Siguieron el Boxeador, Roberto Barrios Ulloa y su esposa María García Martínez, vendedora de chácharas en el mercado de Tepito a la que el Chundo encargó la sotana manchada de sangre, una casulla y otras prendas. Hasta después de su detención la banda no se enteró de que había asesinado al hombre equivocado.

En la primera persecución tres agentes llevaban consigo al Chundo. Iban rumbo a Zimapán, Hidalgo, para dar con el hotel donde Valentino se hospedaba. A su arribo el administrador les informó que los huéspedes tomaron un autobús al norte. Comprobaron que el ex luchador y su hijo huían a Reynosa, Tamaulipas. Los siguieron. Kilómetros adelante el coche sufrió una ponchadura y se volcó en la cuneta. Los magullados ocupantes fueron traslados a un sanatorio cercano por los refuerzos que los seguían detrás.

Así perdieron la pista del principal asesino, cuyos generales fueron boletinados a las policías de la frontera, incluida su fotografía.

A partir de aquí la cacería se bifurca en el sendero de la leyenda.

Versión I

 Los agentes se trasladaron a San Juan del Río, Querétaro, en persecución de Valentino. De ahí siguieron a los balnearios de Tequisquiapan y luego a Fontezuelos. Acompañados de un escuadrón del ejército llegaron al pueblo de San Isidro, donde el fugitivo pasó la noche. En el cuarto de hotel encontraron un puñal y una pistola sin balas. Valentino les llevaría un kilómetro de ventaja e iba hambriento y atemorizado. Media hora después le dieron alcance. El comandante hizo varios disparos al aire y la presa se entregó sin oponer resistencia.

Versión II

El operativo estuvo a cargo del comandante José Obregón Lima, quien coordinaba a quince efectivos y tres vehículos. En la habitación donde encontraron las pertenencias de Valentino también descubrieron una muda de niño. Para esos momentos los asesinos les llevaban tres horas de ventaja. En tanto, unos agentes dieron con el buick abandonado en Pachuca y Ricardo Barbosa y Román Castañeda eran detenidos en la capital.

Valentino se entregó a unos kilómetros del hotel. Los agentes lo reconocieron en San Isidro, corriendo en descampado. Dispararon al aire y, exhausto, alzó las manos en señal de rendición.

El México fue el último en ser detenido, meses después. En su declaración negó todo. Dijo que se había mantenido fuera de la casa, vigilando. Señaló a Valentino y al Chundo como los torturadores y homicidas.

Seguí solo después de dejar a Pancho Valentino. Fui a San Luis Potosí, Lagos de Moreno, Durango, Matamoros, luego a Chihuahua y finalmente llegué a Ciudad Juárez. Cuando se me acabó el dinero trabajé de cargador y de lo que pude. En Ciudad Juárez descargué trocas en un mercado, me hice de amigos que me ayudaron sin saber lo que había hecho. Me detuvieron en la calle mientras platicaba con un mesero. Un agente me acusó de un robo ahí mismo, para distraerme. En la delegación otro agente me preguntó si mi padre se llamaba Jesús Vallejo, respondí que sí. Y aquí me tienen.

Versión III

Rafael Rocha Cordero detuvo a Pancho Valentino y al México. El agente se trasladó a Coahuila y Durango en tanto las fotografías de ambos circulaban por el norte del país. Rocha Cordero se enteró de que Valentino había huido a Reynosa, donde encontró el hotel en que se hospedaba con su hijo. La policía local le informó que había dado con un maletín que guardaba ropa de los prófugos y algunos de los objetos robados. Sólo el maletín y la ropa volvieron a la ciudad de México.

Luego de recorrer algunas rancherías el agente encontró, abandonado, a José Manuel. El niño tenía un mensaje escrito a mano por su padre:

Agradeceré a quien corresponda recoja a mi hijo que dejé en la ranchería Ejido de Guadalupe, kilómetro 15 carretera de Matamoros, en Reynosa. La casa donde lo dejé pertenece al señor Juan Degollado. Favor de entregar al niño a su abuelita, que vive en Gacetilla número 18, colonia Azcapotzalco.

La madre de Valentino se enteró por los periódicos del lugar donde estaba su nieto. Se presentó en la oficina del comandante Manuel Mendoza y luego de identificarse como Rosa Manrique viuda de Vázquez solicitó la custodia del menor, que le fue denegada. El pequeño fue enviado a una casa de cuna. Esa misma noche un policía interceptó en Azcapotzalco una carta dirigida a Luis de la Morena, cuñado de Valentino:

Señor:

Si alguien lamenta esta situación soy yo, obviamente por cuestión de mi madre y cuatro hijos varoncitos. Bueno, escúcheme. En una forma u otra trataré de eludir dicha responsabilidad que me atribuyen hasta que efectivamente y evidentemente se me compruebe. Le ruego de la manera más atenta se limiten a que dentro de mis relaciones, especialmente con mi familia, sean lo más posible discretos, pues nadie es responsable de mi conducta más que yo, puesto que cuento con treinta y ocho años de edad.

Muchas gracias y mis respetos a usted y a todas las corporaciones policiales.

Rocha Cordero y su grupo supieron que Valentino intentaba cruzar a caballo la frontera con Estados Unidos. En tres horas de persecución a galope le dieron alcance y lo arrestaron sin que opusiera resistencia.

En principio, Valentino negó su participación en el crimen. Sin embargo, tuvo que aceptar su culpa al serle leída la declaración del Chundo y presentados los lentes que arrojó en la estancia del clérigo. Fue entonces cuando intentó conmover al juez con su verborrea oral y escrita.

Barbosa, Valentino, Linares y Alejo fueron sentenciados a treinta y tres años de prisión. Castañeda a ocho. Los otros cómplices, que si bien no participaron en el asesinato resultaron acusados de encubrimiento, vagancia y malvivencia, alcanzaron penas de cinco años y libertad bajo fianza. Barbosa apeló la sentencia y el juez Celestino Porte Petit redujo su condena a trece años. Valentino, Linares y Alejo interpusieron un amparo que les fue negado.

De Huésped de la Gayola a los muros de agua

En Lecumberri, Pancho Valentino, el México y el Chundo se convirtieron en temibles mayores de crujía. Extorsionaban, golpeaban y vivían de su fama solapados por las autoridades del penal. A los pocos años Valentino solicitó un permiso para dar clases de lucha a los reclusos. Meses después organizaba torneos en un ring instalado en uno de los patios.

Una mañana el jefe de celadores descubrió una cuerda gruesa pintada de gris que pendía de un muro. Supuestamente reemplazaría a las del ring, ya gastadas. De inmediato se puso a investigar. Era una oportunidad para intimidar, corromper y reafirmar su poder. Un recluso delató a Valentino, sus amigos y a otros más a los que el ex luchador había enseñado su arte como elemento esencial para lograr la fuga. El plan consistía en escalar por la soga, llegar a uno de los dos garitones, matar al vigilante, saltar al siguiente garitón, eliminar al vigía y, por último, ganar la calle.

Con esa información el celador se dirigió a la celda de Valentino y, pistola en mano, lo obligó a acompañarlo a donde estaba la cuerda. Ahí le ordenó trepar por ella. Luego, haciendo señas con el arma, apartó a los vigilantes.

¡La cosa está fácil, Pancho! –gritó–. Vas a intentar un salto hasta la otra garita y cuando estés en el aire dispararé una sola vez: si fallo, me comunico de inmediato con los guardias de aquel lado de la barda para que te dejen ir. Te doy además mi promesa de que nunca te volverán a agarrar. No te queda de otra. Si no lo haces, te mato aquí mismo y diré que tuve que hacerlo porque intentabas fugarte. La reata será la prueba de que digo la verdad.

Aterrorizado, Pancho Valentino confesó y pidió perdón. “¡No sé por qué lo hice! ¡Les juro que no sé lo que me pasa!” Ya en su celda fue severamente golpeado por los celadores. A sus cómplices les aplicaron la misma dosis y una vigilancia especial.

Valentino fue enviado a las islas Marías. Lo tomó de buen modo. No iba solo, lo acompañaba el Chundo. Ahí se dedicó a levantar pesas que él mismo fabricaba, a pintar al óleo y a atender un comercio de artesanías hechas por los colonos. Construyó una casita. Llevaba una vida tranquila, a pesar de que seguía odiando a los curas.

Según Juan Manuel Martínez Macías, el clérigo del penal al que apodaban Trampitas por su afición a la baraja, Valentino se le apersonó un día, amenazante:

Yo soy el Matacuras…

Trampitas no se amilanó, ni esa vez ni nunca. En cierta ocasión Valentino le preguntó si descendía de judíos.

¿Qué, te duele? –lo increpó el padre.

No se me mosquee; lo que pasa es que yo quiero mucho a los judíos.

¡Pues quiéreme!

Desde entonces se hicieron amigos. El ex luchador le regaló una de sus pinturas. Era un Cristo de David que, inclinado, derramaba su sangre sobre las islas. Llevaba una dedicatoria en el reverso: Al bueno y humano padre Trampitas, quien sembró en mi alma el amor a Cristo: creo que mi Redentor vive y en el cielo lo veré. Firma, Pancho Valentino.

En las Marías había un estadounidense que purgaba condena por un asesinato en Tijuana. Se hizo encerrar en México para evadir la justicia en su país por otro homicidio que se le imputaba. Fue él quien advirtió al padre de las intenciones de Valentino:

Cuídate, porque anoche me invitó a matarte. No acepté porque te debo la salud de mi esposa y mis hijos.

Un 2 de enero de 1967, después del toque de queda, tocaron a la puerta del sacerdote. Era Valentino.

¿Estamos solos? –preguntó.

Nomás Dios está con nosotros –respondió Trampitas.

Vámonos. Camine al sagrario –ordenó el reo.

Una vez ahí, miró fijamente al cura mientras lo empujaba del pecho.

¿Qué es lo que quieres?

Enséñeme cómo reza con Dios. A ver, ¿cómo? Dígame ya. ¡Ja, ja, ja!

Ya sé a lo que vienes, Pancho. Lo que has de hacer, hazlo pronto. No meteré las manos.

Trampitas se hincó abierto de brazos y esperó con lágrimas en los ojos. La expresión de Valentino cambió y, mirando a una imagen de la Virgen de Guadalupe, comenzó a gritar:

¡Ya no, madrecita, ya no! ¡Ayúdame! –entonces se fue sobre el sagrario y lo destruyó–. ¡Señor, perdóname! ¡Hace diez años un sacerdote tuyo moría entre mis manos asesinas! ¡Mátame si quieres, pero perdóname!

El luchador se arrodilló frente al padre y, abrazados, lloraron uniendo sus rezos al sainete.

A la mañana siguiente, las campanas de la parroquia tañeron festejando la primera comunión de Valentino. Desde entonces asistió a la misa de rodillas, mientras los demás reclusos ya se postraban frente al altar.

Dejó de blasfemar, aun cuando lo mandaban a cortar pencas con machete, picar piedra, hornear cal o traer leña. Fabricó una cruz de madera de setenta kilos con la que todos los viernes subía y bajaba un cerro. Luego, montado en una bicicleta a la que le ataba la misma cruz, daba una vuelta a toda la isla. Era una ruta de sesenta kilómetros. Ello le ganó un nuevo mote: el Loco.

Un mes antes de conseguir su libertad, en octubre de 1977, se confesó en la casa de Trampitas. De regreso en su barraca cenó y se fue a dormir. Poco después lo sorprendió uno de sus ataques epilépticos que lo dejaban sin sentido. Murió asfixiado por su vómito.

Fue sepultado en el cementerio de las islas, cerca de José Rodríguez, el Sapo, un multihomicida de cristeros.

Antes de morir, el cura Martínez Macías pidió que lo enterraran cerca de sus dos mejores amigos.

* Texto finalista del Premio Bengala-UANL 2013, cuyo jurado fue compuesto por Andrés Ramírez, Yuri Herrera, Diego Enrique Osorno, Gael García, Kyzza Terrazas y Gerardo Naranjo.

* Salvador Díaz Mirón, “El fantasma”.

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