Daniel Anguiano

Te llamas Francisco y eres de Coahuila, pero te conocen como Pancho Cahuila; vives en Monterrey, en la parte alta de la colonia Topo Chico, pero tú no pediste estar ahí, tus padres te llevaron cuando eras un niño y ellos creían en esa historia llamada “progreso”.

Te dicen Pancho Cahuila y trabajas en la obra; sí, es una chinga, de lunes a sábado (y a veces los domingos) levantas bultos de cemento, apilas bloques, haces mezclas, cribas arena, clavas maderas, acarreas cascajo, escarbas.

Te dicen Pancho Cahuila y tu jale es una chinga; el sol te quema y tu piel morena ahora es morada, tus manos correosas y la piel partida, tu panza grande y brillosa como una gran hernia, tus pies apestan y tus axilas peor.

Te dicen Pancho Cahuila y es un día de verano, un domingo por la tarde, hace calor y tienes sed; sabes que para la sed no hay más remedio que un seis de Tecate Rojo.

Te dicen Pancho Cahuila y caminas bajo el sol intenso y 37 grados en el aire; pero al final de esas seis calles te esperan las cervezas frías y espumosas.

A tu paso te encuentras con el pueblo, te saludan y te dicen “Pancho Cahuila”; tú también saludas y finges quererlos.

Estás a 100 metros de la tienda, y miras como sólo puede ver Pancho Cahuila, que parece estar cerrada; te acercas para confirmar que sí está cerrada. Tocas la puerta y nadie responde, tocas otra vez, más fuerte y nadie responde.

Maldices y entre dientes emites la sentencia del día: te dejarán de decir “Pancho Cahuila” si no consigues ese seis de Tecate Rojo.

Regresas a tu casa, en lo alto del cerro; hurgas en tus herramientas: desarmadores, sierras, martillos, todo para abrir la puerta, pero te dejarán de decir cómo te dicen si no haces algo digno de Pancho Cahuila.

Regresas a la tienda; has caminado el doble de la distancia que habías programado desde que pensaste en ese seis de Tecate Rojo; en el trayecto la gente vio la herramienta que llevabas para abrir la puerta y te siguió. Te dicen “Pancho Cahuila”.

A quién le importa abrir una puerta cuando se pueden derrumbar paredes: golpeas con tu mazo hasta que abres un hoyo en una pared de la tienda; ahora tienes más sed y más calor que en el inicio; un 24 de Tecate Rojo para apaciguar a la fiera, te dicen Pancho Cahuila y tu intención era pagar por ese seis de Tecate Rojo; y hoy eres el héroe de la rapiña. La tienda queda vacía, pero nada de eso es tu culpa.

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