¿Cómo fue la escuela al campo cubano para el nieto del Che?

 

Por Canek Sánchez Guevara*

 

 

Hoy amaneció blanco, una capa de hielo cubre todo y el termómetro no sube más allá de los dos grados (siendo cero la media) en estos días. El frío cala los huesos, entume los dedos con los que escribo y golpea el pecho con la fuerza de un Mike Tyson o cualquier otro peso completo (y ahora me pregunto por qué he escrito esta metáfora si nunca he sido golpeado tan brutalmente, al menos no por un peso completo). Pero así es el frío: hasta las metáforas se le congelan a uno. Mi nariz es un grifo que gotea constantemente, los oídos a veces duelen como en el fondo del mar y en los pies un cosquilleo constante obliga a dar pataditas en el suelo para sacudir inexistentes hormigas gangrenosas…

Mi desastrosa imaginación apocalíptica hace de las suyas en medio de semejante clima: ya no me siento bipolar, sino polar a secas; no temo al infierno sino al invierno eterno, y la única forma de subversión que contemplo en estos días es el terrorismo climático —la revolución del termómetro, vaya—. Sin embargo, preciso es acotarlo, mis sentimientos al respecto se derriten al contacto con la realidad real: todo es tremendamente bello allá afuera, con tanto blanco, con esa bruma impenetrable que vuelve la vida una fantasmagoría hermosa, fría y… fría.

Poco después del mediodía, el sol logra atravesar la blancura general del entorno y el hielo se derrite en los sitios donde sus rayos golpean, pero no en las partes subordinadas a la sombra. Un par de pajarillos se aventuran allende sus nidos en busca de un gusano congelado. Los venados parecen estar de fiesta y juegan a cruzar la carretera sin ser atropellados, lo que no siempre consiguen. Los cazadores se unen al jolgorio y aquí y allá resuenan escopetazos aislados pero continuos: parecen fuegos de artificio bastante poco artificiales…

Recuerdo en contraparte que en La Habana todo era calor. Un calor tal que cuando la temperatura descendía a veinte grados todos sacábamos nuestros abrigos; cuando caía a quince soñábamos con pingüinos y recuerdo alguna madrugada de enero en que el termómetro marcó diez y aquello fue ya el colmo; durante días no se habló de otra cosa en La Habana. Afirmar que los cubanos somos alegres, dicharacheros, paranoicos y victimistas podría parecerle a cualquiera el colmo del chovinismo (como si hubiera pueblo capaz de contener en sí tantas virtudes); sin embargo, se trata de una realidad histórica plenamente comprobada. Por ejemplo, en aquella ocasión en que el termómetro marcó menos de lo tropicalmente debido hubo quien aseguró que se trataba de una operación de la CIA para desestabilizar el país. En efecto, culpar de todo a la CIA es el ejercicio preferido de la mitad de los nacionales; culpar de todo a Fidel es el deporte de la otra mitad.

Así, recuerdo las comunes difamaciones elaboradas en contra del infernal verano (y conforme la crisis se agudizó, los veranos se hicieron más y más infernales, ante la obvia carencia de helados, lagers y maltas). Recuerdo a un viejo filósofo de dominó de esos que pueblan las esquinas habaneras afirmar con pleno conocimiento de causa que antes del “comunismo” no hacía tanta calor en este país, de lo que se desprende que Fidel controla además el clima. Otro me preguntó una vez, entre guiños cómplices y codazos en las costillas, si no había reparado yo en la “casualidad” de que cada vez que Fidel habla en la Plaza, o hay demasiado sol o llueve desmedidamente o hace un frío de pinga, lo cual sólo confirma en verdad que Fidel es capaz de peroratear durante horas bajo cualquier circunstancia climatológica.

Recuerdo interminables días en los que en verdad aborrecí el calor. Recuerdo (o imagino) veranos que se extendieron durante años y en los que las lluvias sólo acentuaban el vapor y los ciclones chocaban con fuerza para desaparecer a los pocos días dejando más caos y más calor en la ciudad. Recuerdo la delgadísima suela de goma de mis alpargatas chinas derretirse en el pavimento estival al salir de la playita de 12; pero sobre todo, recuerdo cuando comenzaron los apagones programados de doce horas, y entonces sí, ni ventilador ni nada para paliar el calor, ni refrigerador para el agua fría, único refresco en aquellos años. Recuerdo como una fatalidad los días aquellos en los que ni una brisa ni un suspiro corrían por la ciudad, esos días en los que el mar era una mancha gris uniforme e inmóvil y el cielo jamás alcanzaba el color azul de tanto maldito resplandor, de tanta luz. Recuerdo las horas sin sombra, las noches sin viento, y recuerdo perfectamente que tal cosa me desagradaba sobremanera, y sin embargo, en este mismo instante las recuerdo con nostalgia y cariño, las recuerdo con frío (y quizás por eso, por inversión térmica, me solidarizo ahora con los compañeros pingüinos que languidecían con tristeza en el acuario de Playa, en el eterno verano habanero).

Pero así como recuerdo calores espeluznantes (uno particularmente duro en Santiago de Cuba, en el mes de julio), recuerdo también unos fríos de ampanga, como aquellos días de fin de año en que por alguna u otra estúpida razón me apunté a una “expedición” al pico Turquino, en la Sierra Maestra. Sin embargo, los calores y los fríos más cabrones que viví en Cuba fueron en Batabanó, en noviembre, en la escuela al campo.

Para quien no esté al tanto de las particularidades del sistema educativo cubano, intentaré explicarlo brevemente. A partir de la secundaria, una vez al año, la escuela entera se traslada durante un mes (un mes y medio en el preuniversitario) a un campamento agrícola con el fin de que los alumnos trabajen todo el día en actividades agrarias como apoyo a la producción, por lo que durante ese tiempo no teníamos clases, sólo trabajo (vale aclarar que en las escuelas ubicadas en comunidades extraurbanas la cosa no era igual; ahí los estudiantes trabajaban la mitad del día y estudiaban la otra mitad, durante todo el año). Como dije, todo en aras del apoyo a la producción.

En la práctica, los chicos urbanos que acudíamos una vez al año a la escuela al campo éramos un verdadero desastre, y más que apoyar la producción, la saboteábamos inconscientemente. No, no es que fuéramos saboteadores, es que éramos inconscientes. Las mejores papas las utilizábamos para darnos papazos unos a otros en verdaderas batallas campales de surco a surco, de trinchera a trinchera. Los mejores tomates eran aquellos que estallaban en la cara del enemigo, y los mejores ajos dolían más al golpearte en la espalda; eso lo aprendí en carne propia.

Había distintas actividades en la escuela al campo; alguna vez me tocó (junto a un nutrido grupo) desyerbar un terreno que nos llegaba al cuello, del cual salimos todos literalmente con miles de pequeñas heriditas de lo más humillantes: arden mucho y ni siquiera se ven. Lo mejor y lo peor del mundo era recoger plátano. Lo mejor porque comíamos hasta empacharnos, lo peor venía después, claro. Pero también entraba dentro de lo peor el platanal mismo: húmedo, oscuro, inexpugnable, pegajoso, repleto de insectos insistentes, y además los manojos de plátano, que no son precisamente ligeros. En otra ocasión me fue mejor, pues me pusieron con una brigada cuya labor consistía en llenar los depósitos del tractor con fertilizante más o menos cada veinte minutos, que era lo que tardaba el tractor en diseminar cada carga. El resto del tiempo lo pasábamos bajo un árbol frondoso junto a una zanja de agua para riego, lo que hizo nuestros días menos sofocantes, hasta que el supervisor (un profesor de matemáticas) nos descubrió nadando en la zanja, y de ahí, sin escalas, directico a la siembra de ajo, que es un verdadero dolor de espalda.

Ahora quisiera hacer una pausa y aclarar algo fundamental: aunque hablo aquí de “diversas ocasiones”, yo sólo fui una vez a la escuela al campo. El año que inicié la secundaria mi escuela no fue completa al campo por falta de capacidad en los albergues, por lo que nos dejaron en la ciudad a los alumnos de séptimo grado (primero de secundaria) recibiendo clases extras. El segundo año de la secundaria fue cuando acudí. En el tercero tampoco fuimos porque nuestra escuela había obtenido tan buenos resultados académicos que a modo de estímulo, en lugar de ir al campo nos mandaron a Tarará, la ciudad de los pioneros, y en el pre ya no acudí porque estudié en el sistema de enseñanza para trabajadores (facultad obrero-campesina), que obviamente no incluía esas actividades porque entonces ya trabajábamos.

Ocurre que en ese solitario mes que pasé en el campo deambulé de trabajo en trabajo (supongo que todos rotábamos de actividad cada semana o cada ciertos días, no me queda muy claro el asunto), y, como dije, el más duro de todos fue la siembra de ajos. La primera vez que me vi ante aquel surco que parecía infinito y me dijeron que tenía que arrastrarme por todo aquello, enterrando con el dedo un diente de ajo más o menos cada cinco centímetros, y que cuando terminara con ese tenía que seguir con el surco de al lado y así sucesivamente hasta el fin de la escuela al campo, por poco me da un soponcio. Bajo aquel sol hiriente avanzábamos arrodillados, gritándonos improperios unos a otros, quemándonos la nuca y las neuronas y con un dolor de lomo que nos hacía soltar más palabrotas, enredándonos así en un círculo vicioso consistente en arrastrarnos, enterrar dientes de ajo, achicharrarnos bajo el sol e insultarnos aún más (cabe aclarar que los guajiros que nos enseñaban las labores hacían este trabajo de pie, soltando los dientes de ajo desde allá arriba con una precisión increíble y enterrándolos con una vara de madera que utilizaban para tal fin, pero como nosotros estábamos demasiado verdes para tener tal coordinación, pues lo hacíamos de rodillas; necesitándose cinco o seis de los nuestros para igualar el trabajo de un sólo campesino en el mismo tiempo).

Recuerdo que para ir a la escuela al campo había que cargar con tremendas maletas de madera cerradas con candado, pues en nuestra patria socialista el robo era una institución social de alto contenido revolucionario (en tanto minaba la propiedad privada del otro), por lo que además del trabajo y de los actos patrióticos de la mañana, había que vigilar las pertenencias propias so pena de que pasaran a ser preocupación de alguien más. Teníamos que llevar además algunos complementos alimenticios, pues la comida era más bien parca (y eran dichos extras, adquiridos en los supermercados en los que aún se podía comprar comida “por la libre”, aunque a precios a veces exuberantes, los que más atraían a los compañeros ladrones). Aquel primer día que llegué con mi maleta disfrazada de caja fuerte, y después de instalarme en la litera que me tocó en medio de ese galerón repleto de literas —después de poner mis sábanas y cobertor en la colchoneta—, lo primero que hice fue sacar de la caja fuerte un frasco de mermelada de mango, echar un poco en mi jarro de aluminio, agregarle agua y bebérmela de un trago. Acto seguido volví a meter en la maleta el frasco de mermelada con la tapa a medio poner —recordarán mis amigos cubanos que aquellos grandes pomos de mermelada de mango o guayaba no podían volver a cerrarse una vez abiertos— y empujé, acostada, la maleta bajo la cama. Una vez instalado y refrescado, salí con todos los demás a recorrer el campamento, que consistía en cuatro barracas de unos treinta metros de largo, diez de ancho y unos cuatro de alto; siendo una para los varones, otra para las hembras, una tercera dividida en dos, la mitad para profesores y la otra mitad para los varones restantes (sumando en total unas 300 personas en todo el campamento), y la cuarta que era el comedor. Todo eso en un terreno cuyas dimensiones ahora no logro abarcar pero que recuerdo como “muy” grande, y totalmente rodeado de alambre espinoso. El lugar en sí no era feo, ni bonito, sino todo lo contrario; lo agradable era poder estar todos juntos fuera de casa y con unas libertades que el control de unos pocos maestros no podrían sofocar…

Cuando volví a la litera, casi grité de horror. Mi compañero de abajo, en aras del orden común, había levantado mi maleta del suelo para ponerla parada junto a la pared, desparramándose en su interior toda la maldita mermelada de mango. Así, mi primera tarde en la escuela al campo la pasé lavando ropa, mientras el gracioso en turno pasaba por ahí machacando con insistencia que qué bolá con mi mamá que me había mandado a la escuela al campo con toda la ropa sucia. Me cagué en la suya, si mal no recuerdo. Afortunadamente un par de compañeritas de lo más solidarias se ofrecieron voluntariamente a ayudarme en el proceso de desmanguificación textil, haciendo en verdad la tarde mucho más llevadera.

Justo a las cinco y media de la madrugada, un profesor recorría la barraca dando golpes en una gran olla como campana y gritando con fervor: “¡De pieeee! ¡Clan-clan-clan-clan! ¡Todos de pie!”… Daban ganas de asesinarlo, la verdad. Soñaba entonces —en esos sueños en los que me resisto a despertar— con una gran revolución estudiantil, si no para guillotinarlo o ahorcarlo, al menos para arrebatarle el singá caldero y darle unos cuantos calderazos junto a la oreja pa’ que aprenda a no joder más. Por desgracia tales cosas jamás ocurrieron, y por el contrario, más de una vez el profe vino a sonar la campana junto a mi cabeza porque, en efecto, siempre me resisto a despertar.

Una vez despierto venía la siguiente fase, que era salir de abajo de la colcha con aquel frío que las paredes de bagazo, el techo de asbesto y el piso de cemento no podían contener. ¡Qué frío, consolte! Andábamos todos como zombies rebotando entre las literas, semidormidos, congelados y agobiados de antemano por el trabajo del día. Los lavaderos quedaban a unos treinta metros y estaban al aire libre, así como las duchas y las letrinas —otra veintena de metros más al fondo—, que carecían de techo. Claro que nadie tenía la estúpida ocurrencia de bañarse a tan infames horas, pero echarme agua en la cara era ya una hazaña pavorosa para mí, que siempre he sido friolento.

A continuación venía la formación en el patio —con acto patriótico incluido—. De ahí pasábamos por grupos al comedor, donde desayunábamos en cinco minutos un café con leche y un pan con mantequilla, volvíamos a formarnos y ahí nos repartían en camiones de carga rumbo a los respectivos campos de trabajo (excepto aquellos que por razones de alergias, migrañas y demás se quedaban a trabajar en el campamento mismo). Tan pronto salía el sol, el frío desaparecía, y para las diez de la mañana, el infierno ya se había desatado sobre nuestras cabezas. Aquello era mucho con demasiado: si nos cubríamos el torso y la cabeza, nos asábamos; si nos descubríamos, nos quemábamos. Era una decisión difícil.

Al mediodía volvíamos al campamento a almorzar (por turnos, previa formación) una comida consistente en arroz, potaje de chícharos o frijoles, una papa o un boniato, un trozo de pescado o de carne de ave (de averigua tú qué coño es, solíamos agregar), pan y natilla, todo en raciones minimalistas y servido en esas bandejas de aluminio que había en todo comedor obrero, escolar, agrario o carcelario; y después a descansar hasta las dos, hora en que partíamos nuevamente al trabajo. A las seis o seis media ya estábamos todos de vuelta, hacíamos cola para bañarnos y a las ocho comíamos (más o menos lo mismo que en el almuerzo).

Pero me desagradaría sobremanera que alguien llegase a ver aquí un recuerdo amargado, amargo o amargoso. No lo es, no sólo porque de las virtudes cubanas la que menos me agrada es la victimista, sino porque los recuerdos que tengo de ese mes son en verdad agradables. Disfruté mucho la escuela al campo, con sus fríos y sus calores, con su trabajo duro (muy duro a veces, más para chicos o chicas de doce o trece años), pero también aprendí mucho, y sobre todo lo viví plenamente. Hoy me pregunto si no debería estar prohibida esta forma de explotación laboral infantil en una nación civilizada, pero la verdad es que en aquellos años no me hacía tales cuestionamientos éticos. Que en aras del conocimiento y respeto del trabajo campesino los chicos lo hagan alguna vez me parece incluso correcto, pero movilizar a los estudiantes como un batallón productivo todos los años, enajenándolos de la escuela y utilizándolos como mano de obra gratuita va más allá de toda pedagogía. La pervierte incluso. Sin embargo, la recuerdo con cariño.

Recuerdo bien la algarabía de aquella primera mañana de trabajo, todos un tanto eufóricos dispuestos a enfrentarnos a la “aventura” del campo; recuerdo también el cansancio y desasosiego de la tarde, ya finalizadas las labores y desencantados ante la desventura. Recuerdo que me sentía hecho mierda, que olía a cojón de oso (para utilizar una expresión de moda en aquellos días) y que tenía un hambre del tamaño de Cuba entera. Me duché sin ganas después de esperar media hora fuera del baño, envuelto en una toalla e intentando a partes iguales mantenerme despierto y evitar que el gracioso en turno me arrebatara la toalla en medio del patio. No sé por qué siempre hay un comemierda que se cree chistoso en estos lares —o dos, o tres, o incluso muchos más—. La cantidad de comemierderías que se cometieron en ese mes fue impresionante, aunque ni más ni menos que las que se cometieron en todas y cada una de las generaciones de la escuela al campo. Claro que a estas alturas de la “revolución”, al año 27 o 28 de su triunfo (recuerdo que había que escribirlo en el cuaderno al inicio de cada clase, justo abajo de la fecha: “Año xxvii de la Revolución”, tal y como Mussolini impusiera en Italia: “Año vii de la Era Fascista”), acudíamos a la escuela al campo, decía, despojados ya de todo fervor voluntarista y tan sólo era para nosotros uno de tantos trámites de nuestra educación. Aclaro esto porque quizás al principio de la revolución (cuando la revolución fue una Revolución), los primeros estudiantes en ir a trabajar al campo lo hicieron tomándose el asunto en serio. Nosotros no. Para nosotros no era algo importante sino obligatorio, que es distinto y diferente.

A las diez de la noche se decretaba el “toque de queda” y se apagaban todas las luces del campamento (por lo demás, después del día de trabajo y ante la perspectiva de despertar otra vez a las cinco y media, casi nadie permanecía despierto después de esa hora), por lo que entre la comida y la litera disponíamos de dos horas libres, mismas que dedicábamos a actividades tan divertidas como cantar “la cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió” en torno a una fogata. Aquí y allá resonaban las latas a modo de tambores. Alguna guitarra aparecía por ahí, y no faltaba el silviorrodríguez o el pablomilanés aficionado que “amenazara” la descarga.

Fue a los pocos días que algún aventurero descubrió el refugio antiaéreo un tanto alejado del centro del campamento y que estaba compuesto por tres autobuses previamente despojados de sus asientos y enterrados un par de metros bajo tierra con una puerta de acero a ras del piso a modo de acceso. Al parecer, los profesores desconocían su existencia, pues para sorpresa de todos el lugar no estaba cerrado con candado. De más está decir que pronto se volvió el centro de reunión de los elementos más antisociales de aquella congregación (entre los que lamento informar me encontraba yo). Aquel era nuestro bar; adentro sonaba el rock, había cigarros y ron y escarceos amorosos por doquier. Era nuestro territorio, nuestro “Primer territorio libre de América”, conquistado con nocturnidad, alevosía y ventaja a los trece años de edad. No era poca cosa, pues significaba para nosotros —parafraseando el discurso oficial, cosa que por lo demás nos divertía muchísimo— nuestro bastión, nuestro clandestinaje, nuestro granma, nuestra sierramaestra y nuestro girón. Nosotros éramos unos rebeldes que nos habíamos apropiado revolucionariamente de un espacio en las entrañas del “mostro”… al menos en nuestras calenturientas mentes adolescentes. Sin algo tan comemierda como la “ocupación” de aquel refugio, nuestras noches en la escuela al campo habrían sido mucho más aburridas, y no tanto por lo que ocurría adentro, que en realidad era más o menos igual a lo que ocurría afuera (el alcohol, el tabaco, la música, el sexo), sino porque aquel lugar significaba para nosotros la “conquista” de un espacio propio. Y tenía todo el sabor de la victoria, además era, en efecto, un lugar libre de la injerencia de la autoridad del campamento, y eso no significaba poco, ni para nosotros ni para ellos, evidentemente.

Sin embargo, como asegura el cantor, un día “se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar”; representado en este caso el comandante por una cierta profesora de Historia, quien una noche irrumpió en nuestro sacrosanto antro armada con una linterna, en busca de su hija, una compañerita del aula a quien encontró en estado inconveniente —según apuntó después un camarada bastante observador, la niña estaba “con las mamas al aire”— y se armó tremendo correcorre y un salepafuera, sálvesequienpueda y sitevinomeacuerdo del carajo. Por mi parte admito sin rubor que a pesar de haber estado yo en lo más profundo del refugio, fui el primero en salir disparado de ahí, no me pregunten cómo.

Quiso la mala fortuna que la profesora llevara horas buscando a su hija (cuyo nombre recuerdo perfectamente y no diré aquí), por lo que ya había preguntado a todos los demás profesores primero y a varios alumnos y alumnas después acerca del posible paradero de la “niña”. Alertados los demás maestros, fueron cayendo en la cuenta de que faltábamos unos cuantos más. Supongo que alguien acabó por chivatear lo del refugio, y así aparecieron ahí. Y digo aparecieron porque cuando salimos todos corriendo ya estaban los profesores esperándonos afuera; parecía en verdad una redada aquello. Por supuesto, el lugar fue clausurado, y aunque todos nos llevamos un buen regaño, la única que lloró esa noche fue la hija de la profesora de Historia.

El aburrimiento hace que el adolescente se ponga un poco más imbécil de lo que por naturaleza es, de ahí que conforme los días y las noches se volvían rutina y tedio, nuevas estupideces se tuvieron que inventar. Así surgieron los “escuadrones de la muerte”, compuestos por los comemierdas más fuertes y comemierdas de la escuela con el fin de hostigar a los demás de forma a veces ingenua y “divertida”, a veces cobarde y francamente hostil. Recuerdo, por ejemplo, una larga noche, bastante sosa, en la que un compañerito se quedó dormido a eso de las ocho de la noche. Lloviznaba, por lo que estábamos casi todos metidos en el barracón (el resto seguía allá afuera bailando). Algunos leían, otros conversaban en grupos más o menos reducidos, unos cuantos ordenaban sus maletas, alguno escribía, varios descansaban tendidos en sus camas, pero sólo uno dormía. No logro recordar a quién se le ocurrió la idea, pero de pronto comenzó a circular la voz de que actuáramos como recién despertados. A continuación apareció el comemierda de turno con el gran caldero en la mano, aporreándolo con una cabilla de acero y gritando el consabido “¡De pieeee…!”. Aquel pobre diablo, que cayó rendido después del trabajo, que ya no aguantaba más, se despertó sobresaltado, asustado, y murmurando cosas intraducibles, agarró su cepillo de dientes, su toalla y se dirigió al lavadero con toda la cara de desmañanado que se puede tener a las nueve y media de la noche. El tipo tardó unos buenos diez minutos en escuchar la música, descubrir las risas de los demás y darse cuenta de que todo era una jodedera de evidente mal gusto —para él, pues los demás estábamos encantados a decir verdad—.

Pero aquello no era grave. Tampoco era grave amanecer con la cara embarrada de pasta de dientes, ni amarrado a la cama, ni que te escondieran la maleta; todo eso era lo de menos. La vertiente más desagradable de toda esta suerte de gangsterismo de escuela al campo es la escatológica. Por alguna razón que escapa a mi entender, algunos compañeros gustaban de embarrar de caca a otros, o embarrar sus ropas, o sus camas o cualquiera de sus pertenencias. Era, literalmente, una agresión de mierda: sucia, desagradable, asquerosa… Pero recuerdo también que algún compañero fue golpeado en las duchas por un grupo de cinco. Recuerdo que a más de un chico lo golpearon entre varios mientras dormía en su propia cama, en plena madrugada. Y recuerdo que nunca “se sabía” quién había sido. Y al dolor de los golpes hay que agregar el de la humillación propia de la golpiza y el silencio.

Una de las cosas más divertidas era el fin de la jornada laboral, pues cuando subíamos a los camiones (camiones de carga, planos y con un borde de medio metro de altura, donde íbamos “acomodados” una treintena de chicos y chicas), lo hacíamos armados de frutas o viandas. Así, si en el camino de regreso al campamento nos cruzábamos con (o adelantábamos a) otro camión de alumnos, se armaba enseguida la batalla con papas, malangas, naranjas y tomates volando de lado a lado. Recuerdo una ocasión en que a una compañerita que estaba cerca de mí le sonaron un boniatazo en pleno face que por poco la tumba del camión en marcha.

A esos combates y a los sostenidos en el campo de trabajo habría que agregar también las guerras nocturnas. Cuando corría la voz de que esa noche habría guerra de botas, todos temblábamos, particularmente los que dormíamos en las literas superiores. Puesto que todos usábamos botas de trabajo, todos teníamos derecho a participar en el combate (todos teníamos “armas”, para decirlo en plata), por lo que a veces la guerra alcanzaba proporciones en verdad mundiales. La guerra consistía en tomar posiciones defensivas u ofensivas, es decir, parapetarse en la cama lo mejor posible o blandir ambas botas en espera de que se abran las hostilidades. Cuando todo está listo, a la cuenta de tres se apagan las luces del galerón y entonces estalla la batalla… En talla, solíamos afirmar cuando algo era muy cool. La guerra no duraba sino pocos segundos, en los que las botas-proyectiles dibujaban parábolas para caer sobre uno explosivamente. Nunca faltaba el hijoeputa que medía bien a su víctima y al apagarse las luces se paraba casi frente a su cama y le descerrajaba en corto un buen botazo en medio del pecho —y tampoco faltaban la venganza ni el despecho en tales casos—. Sin embargo, el herido de mayor gravedad en esos combates, lo admito sin falsa modestia, fui yo mismitico.

Ocurrió aquella noche en que regresé del trabajo particularmente hecho mierda, con los pies destrozados por las botas y la humedad, todo adolorido y un tanto insolado. En verdad estaba ya harto, y después de comer me fui a un rincón del patio a fumarme un cigarro y olvidarme del mundo. Cuando avisaron que ya pronto se apagarían las luces, volví al galerón, donde no había querido estar para no soportar a todos los demás —lo digo, estaba de malas—. Apenas entré, llegó a mis oídos el temido rumor: guerra de botas. No, mierda, pensé, hoy no. Estaba tan cansado que me cambié de ropa, me metí a la cama y no tomé precaución alguna para el futuro evento. Estaba tan cansado que a pesar de que me repetía constantemente “No te vayas a dormir que va a haber guerra, no te vayas a dormir, dormir, no te vayas, dormir, dormir, dormir…”, me quedé profundamente dormido y comencé a soñar que estaba en La Habana, que era un día soleado y que iba rumbo a la playita de 12 en la 132. Iba, lo recuerdo muy bien, en la parte delantera de la guagua, casi junto a la puerta, agarrado de un tubo vertical que estaba justo frente a mí. De pronto la guagua frenó violentamente y yo, que estaba comiendo mierda, me estrellé de cara contra el tubo, despertando en medio de la oscuridad para palparme el rostro y cerciorarme de lo que ya sospechaba: que me habían reventado la nariz de un soberano botazo. Y claro, no faltó el gracioso en turno que al ver mis sábanas embarradas de sangre, preguntara: “Oye, chico, pero, ¿a ti te bajó la regla o qué bolá contigo?”. El coño de tu madre, creo haberle respondido.

Que me reventaran la nariz en definitiva tuvo también su lado amable, pues al día siguiente no fui a trabajar. Otra ventaja fue que algunas chicas me miraron como si fuera un verdadero herido de guerra, y la mirada misma fue ya un regalo bien recibido. Por lo demás, no podía agacharme porque sangraba, no podía reírme porque sangraba, no podía estar bajo el sol porque sangraba, no podía acostarme porque sangraba y en definitiva no podía hacer nada porque sangraba.

Otra ventaja fue el respeto adquirido entre los tipos de los escuadrones de la muerte quienes valoraron positivamente el que yo hubiera aguantado el golpe “como los hombres” y que no chivateara a nadie. En honor a la verdad histórica, debo agregar que ambas afirmaciones son un tanto desproporcionadas; la primera porque el golpe me tomó tan de sorpresa que ni siquiera me dio tiempo de llorar, y la segunda porque nunca supe quién cojones fue el hijoeputa que me reventó la nariz de un botazo, pero el día que lo averigüe, de que lo chivateo lo chivateo. Por mi madre que sí…

Por último, el período de escuela al campo terminó un buen día a pesar de nuestros pronósticos en sentido opuesto. A pesar de las diarreas, las fiebres, las chinches, los herpes, los golpes y el trabajo mismo, logramos sobrevivir aquel mes fatigoso sin mayores contratiempos. Afortunadamente yo asistí una vez a tal experimento: una vez me sirvió para conocer aquello, una vez que por fortuna no se repitió jamás. Sin embargo (o precisamente con embargo, no lo sé), los proyectos de escuela al campo y las escuelas en el campo continúan vigentes en Cuba. De hecho, desde principios de los años 90 casi todos los institutos preuniversitarios de las ciudades fueron reinstalados en el campo, quedando los alumnos bajo el régimen de medio día de estudios y medio de trabajo durante el curso escolar entero, teniendo un fin de semana libre cada dos o tres semanas. En las ciudades sólo quedaron aquellas escuelas que mezclaban el bachillerato con la enseñanza de alguna profesión “urbana” (las escuelas de arte o las de mecánica, por mencionar dos), así como las escuelas para trabajadores, que fueron refugio de muchos de nosotros. Esto provocó una deserción masiva de estudiantes en todos los sectores, un abandono generalizado del sistema educativo, una negación visceral (inconsciente) a ser utilizados como mano de obra para costear nuestros estudios.

Si esto es culpa de Fidel o de la CIA es algo que divide a la sociedad en dos; pero lo único cierto en todo esto y que está por encima de cualquier otra consideración es que tal práctica no es más que un triste mecanismo de explotación laboral, un trabajo al que el Estado “revolucionario” somete a los estudiantes menores de edad para que paguen así su propia educación gratuita. Por muchos buenos recuerdos y mucha nostalgia que yo sienta, lo cierto es que tal cosa es una terrible deformación del “socialismo” y una traición a sus ideales más profundos.

Pero repito, mientras estaba allá en el campo trabajando, ni una sola vez me pasaron por la cabeza tales pensamientos (el trabajo obligatorio embrutece, ¿alguien lo duda?). Yo sólo estaba ahí, como todos los demás, dejándome llevar por la corriente, cumpliendo con mis obligaciones cotidianas y disfrutando de la vida. Muchas amistades se consolidaron, muchas complicidades surgieron, muchos “noviazgos” nacieron y murieron allá. Mucho reímos, cantamos, bailamos y jugamos entre todos. Mucho aprendimos también, quizás no del campo en general, pero sí de nosotros en particular, de cada uno de nosotros. Y aprendimos, claro, lo que es el trabajo “de verdá” —o al menos eso presumíamos al volver a casa, a la rutina escolar—.

Por eso insisto: una vez en la vida es una buena experiencia para cualquiera; como método común. Como práctica perpetua es simple y llanamente una reverenda mierda, una explotación que nada tiene que ver con la construcción del socialismo. Es, para jugar una vez más con el discurso oficial, una desviación ideológica que debe ser erradicada ya…

Y así termina este largo día invernal, ya bien entrada la noche. El termómetro ha caído hasta los siete bajo cero, aunque yo he pasado la jornada allá en el trópico, recordando y escribiendo, escribiendo y recordando. ¿El frío? No importa, ya entré en calor. Ahora sólo me resta dormir con la esperanza de que nunca más me caiga una bota en la cara…

*Texto publicado en http://diariosinmotocicleta.blogspot.mx/

Comments

comments