¿Cuántos espectros caben en una mansión?

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Por José Luis Luna

 

 

 

Desde el primer día que llegamos a la casa vieja de los abedules supe que algo no andaba bien. Después de todo, nosotros nunca corremos con tan buena suerte. No sabría decir qué fue lo primero que no me gustó. Tal vez eran las amplias paredes descarapeladas, los anticuados tapices raídos, las puertas que rechinaban al abrirse y cerrarse, las corrientes de aire que entraban por las ventanas y recorrían las habitaciones. O tal vez fue la sombra que vi pasar por el pasillo cruzando la puerta del cuarto que iba a ser mío. Desde luego que no dije nada, nunca decía nada, y aunque lo hubiera hecho, nadie iba a ponerme mucha atención. A nadie le quedaban muchas ganas de otra mudanza cuando todavía ni terminábamos de descargar nuestros tiliches. Esta familia ya llevaba dos años peregrinando por toda la ciudad, de un horrendo lugar a otro peor, hasta que por fin los números y los ahorros se dieron y se pudo comprar esa vieja casa que vio sus mejores días en los 70 y que el banco le había confiscado a otra familia venida a menos antes de rematarla para la nuestra. Después de todo, aquella sombra tal vez sólo fue producto del polvo que se levantaba a nuestro paso por toda la casa o de la dieta de comida rápida a la que nos tenía sometidos nuestra ocupada madre.

—Amaranta —me dijo mi madre—, quiero que recorras toda la casa y retires esos feos adornos de las paredes —y se fue con su esposo, El Flaco, a seguir arrastrando muebles, probando el mejor acomodo.

Aunque ella era muy de la onda feng shui y todas esas tendencias New Age, aquellos objetos raros de madera negra no encajaban con el estilo retro vintage que tenía visualizado para nuestra primera casa y ordenó que los echara a la calle, donde ya se estaba apilando la basura. Uno a uno los fui recolectando por toda la casa, una especie de triángulo cerca de la entrada, uno afuera de la cocina, uno circular con una especie de rayo en el interior al pie de la escalera y arriba en el pasillo, en la habitación más grande que iba a ser de mi madre y El Flaco, y el último en el cuarto que sería de Brian, mi hermanastro autista de 5 años, aunque seguramente, como siempre, terminaría durmiendo todas las noches apretujado conmigo en la cama.

Con todos esos adornos entre los brazos, salí a la calle y los lancé junto a la basura en la banqueta. Al caer, extrañamente, se rompieron en silencio, como si fueran de vidrio muy viejo. Se hicieron añicos, desintegrándose igual que trozos de carbón y ceniza. Unos segundos antes eran de una materia sólida y tangible y ahora no eran nada, sólo una mancha negra sobre el suelo. Observé un largo rato aquella mancha, tratando de comprender qué había pasado, pero no encontraba explicación lógica alguna. No podía decir nada, simplemente no podía. Volví adentro tratando de fingir que no ocurrió nada, lo cual desde hace algún tiempo me empezaba a salir muy bien.

Los días pasaron rápido, y al cabo de dos semanas ya se podía decir que la casa estaba en condiciones habitables, sin contar con las muchas cajas que permanecían sin abrirse, entre las que a Brian le gustaba esconderse por las tardes. Pronto, tanto mi madre como su esposo notaron cosas raras: objetos que cambiaban de lugar, ruidos que los desconcertaban, pero luego de mirarse con los ojos asustados, terminaban riéndose y lo justificaban todo con que no estaban acostumbrados a una casa tan amplia y llena de recovecos. Eso era verdad, al menos en parte. Yo veía de reojo y nada más de vez en cuando una sombra cruzando de izquierda a derecha la puerta de mi cuarto. Por eso, aunque hiciera mucho calor, la puerta permanecía siempre cerrada.

 

***

 

Antes de cumplirse el mes de la mudanza, a mi madre y su esposo les cambiaron el turno y ambos tenían que trabajar de noche. Para hacer las cosas más amables, a escondidas, todas las noches se quedaba con nosotros Eliza, mi única amiga de la prepa. Eliza, que tenía un poco de darketa y un mucho lesbiana, estaba emocionada por pasar las noches en la tétrica casa, aunque le prohibí cualquier provocación esotérica. Nos cenábamos los tres unas Maruchan con mucho limón y salsa y luego nos echábamos en el piso de la sala a peinarnos o a rayonear nuestros cuadernos entre risas hasta entrada la madrugada. Fue una de esas noches cuando hicimos contacto por primera vez con Juliancito. O al menos ese fue el nombre que quisimos darle.

Ya llevaba un par de noches imaginándome que a un pequeño ser le gustaba sentarse a observarnos en el peldaño más alto de la escalera. No sé por qué, pero hacia allá se centraba mi atención y algo me decía que ahí había un niño observando y sonriendo. Una noche ya no pude seguir disimulando mi nerviosismo y Eliza me hizo confesarlo. Eliza se puso de pie, emocionada, y empezó a preguntar a gritos: “¿Hay alguien ahí?”.

—Debes invitarlo tú —me dijo—. Tú eres quien lo percibe, tú debes invitarlo.

Me obligó a ponerme de pie. Me paré en medio de la habitación y, mirando hacia el final de las escaleras le pregunté: “¿Quieres jugar con nosotros?”.

Después de unos segundos de silencio, una canica empezó a caer por las escaleras, pero no cayó como normalmente lo hacen las canicas. Iba descendiendo lentamente, escalón por escalón, sonando contra el piso frío, como si frenara cada caída y luego volviera a rodar. Cuando llegó al piso, se detuvo por completo. El silencio de toda la casa parecía frío y pesado. Luego la canica avanzó rápidamente por toda la sala hasta llegar a mis pies.

Esa noche no dormimos. Primero corrimos a la calle, hasta el parque, y luego nos dimos cuenta de que teníamos que volver. Nos recostamos los tres en mi cama, abrazados y con miedo. Eliza aprovechó el momento para repegarse un poquito más y tocarme los hombros. Yo no tenía ganas ni de protestar.

En las siguientes noches, el asunto mejoró. Primero a Juliancito le dio por empujar y hacer rodar los juguetes que Brian solía tener en la mesa durante la cena. Al principio nos asustaba, pero Brian, que no comprendía del todo la situación, tomaba los juguetes y los reacomodaba de nuevo, luego Juliancito los empujaba de un extremo a otro de la mesa y aquello se volvió un juego divertido que nos hacía a todos reír nerviosamente. Después, arriba, Eliza lanzaba una pelota hacia la oscuridad del cuarto de mi madre y su esposo y Juliancito la devolvía. De repente no la devolvía más y nerviosos teníamos que entrar a buscarla. A veces pasaban días enteros sin que hiciera acto de presencia.

Todo aquello parecía un juego inocente e inofensivo, pero a mí me daba un dejo de tristeza y sólo observaba; no me gustaba tomar partido, ni que retaran tanto a ese pobre espíritu. De pronto parecía tomar más fuerza, su figura se volvió cada vez más nítida, más oscura. A veces, a media noche, Juliancito se acercaba a Brian y le lanzaba juguetes. Yo sólo le decía “Ahora no, Juliancito, es hora de dormir” y ya nos dejaba en paz.

Una madrugada me despertó un ruidito extraño. Juliancito estaba moviendo mi colección de gatos de porcelana y yeso. Iba a regañarlo, pero entonces la sombra cruzó una vez más mi puerta de izquierda a derecha. En ese momento, Juliancito, que también pudo verla, se alejó corriendo a través de las paredes.

Varias noches después, cuando Juliancito ya era un habitante más para todos, excepto para los adultos, ante quienes nunca se presentaba, Eliza me propuso que intentáramos contactar al espíritu para hacerle algunas preguntas. Esperamos a que Brian se durmiera y nos colocamos sobre el piso, una frente a la otra, sacamos lápices y colores de madera y formamos cada una una U, apretando las puntas con las manos para unirlas. Luego unimos las dos U’s y empezamos a intentar invocarlo.

—Juliancito, ¿podemos conectarnos? —preguntó Eliza varias veces.

En el último intento, varios minutos después, cuando ya estábamos por rendirnos, los lápices se movieron hacia afuera.

—Eso significa sí; si se mueven hacia afuera es sí. Hacia adentro es no —dijo Eliza y empezó a inundarlo de preguntas.

—¿Tienes 8 años?

No.

—¿Tienes 6?

Sí.

—¿Te gusta vivir en esta casa?

Primero iba a contestar que no, luego los lápices se detuvieron y se movieron hacia afuera contestando sí.

—¿Moriste hace mucho?

Sí.

—¿Moriste enfermo?

No.

—¿En un accidente?

No.

—¿Extrañas estar vivo?

No.

—¿Te gusta ser nuestro amigo?

Sí.

—¿Te gusta el nombre que te dimos?

Sí.

—¿Por qué elegiste esta casa?

Los lápices no se movieron.

—¿Viviste aquí?

De nuevo no se movieron.

—Ahora pregunta tú —me dijo Eliza.

Yo no sabía qué preguntar, o tal vez me daba miedo; todo acerca de Juliancito me hacía sentir mucha desdicha.

—¿Cómo es estar muerto? —pregunté por fin—. ¿Extrañas a alguien? ¿Tenías familia?

Luego de unos segundos, contesto que sí.

—¿Extrañas a tú padre?

Los lápices, lentos, contestaron que sí.

—¿Extrañas a tú madre?

No.

—¿Por qué no? ¿La querías?

Sí.

—¿Sientes tristeza?

No.

— ¿Sientes miedo?

Los lápices contestaron repetidamente sí.

—¿A quién? ¿A quién le tienes miedo?

Y entonces las U’s se deshicieron y los lápices rodaron por el suelo.

—¿Eso qué significa? —le pregunté a Eliza.

—Que no hay respuesta, o que eso no debe ser preguntado —me dijo.

Me eché a llorar con mucha tristeza. Sentía una pena muy grande por aquel niño. Eliza, asustada, me abrazaba, tratando de consolarme, luego me besó suavemente en los labios. Yo la lancé al suelo y corrí por las escaleras a mi cuarto, cerrando la puerta y escondiéndome bajo mis almohadas.

Entonces escuché, por primera vez, su voz infantil susurrando sobre mi nuca.

—No llores, ellos escuchan. Ellos escuchan.

 

***

 

Luego de no hablarnos por varios días, Eliza se me acercó seria en el patío de la prepa.

—Si tú quieres podemos hacer que se vaya, que cruce al más allá y se reúna con los suyos. Estuve investigando cómo lograrlo, y si tú quieres, podemos intentarlo. Déjame ir a tu casa esta noche y lo intentamos. Prometo portarme bien contigo.

Yo no tuve mucho que pensar. Allá en mi casa mi madre empezaba a sospechar algo por mi cara larga, y por nada del mundo quería que se enterara. Tendría que explicarle muchas cosas, y en ese momento no tenía estomago para nada de eso. Además, Juliancito estaría mejor así. Le dije a Eliza que sí.

Esa noche Eliza llegó cargando una mochila con varios artículos y procedimos a apagar todas las luces. Abajo, en el suelo, colocamos un plato grande de color blanco. Eliza dibujó varios círculos con diferentes especies olorosas, luego me pidió que colocara un vaso de leche con unas gotas miel. Nos vestimos de blanco las dos y encendimos una vela, Eliza empezó a repetir unas palabras que tenía escritas en un papelito. Nos tomábamos de las manos, nos mirábamos a los ojos y repetía la oración:

“Te encomendamos a la misericordia Divina, bendigo tu luz y pido a los Santos Espíritus que te conduzcan…”.

—No está funcionando —me dijo después de varios intentos—. Tal vez debes intentarlo tú.

Tomé el papelito y traté de memorizarme las líneas. Después agarré las manos de Eliza, cerré mis ojos y me concentré un poco. Pensé en la soledad que Juliancito estaría viviendo; pensé en la vida que llevaba en la casa, atrapado para siempre; pensé que ayudarlo a seguir con su camino era lo mejor que podíamos hacer. Abrí los ojos, miré directamente a Eliza, con una fuerza que no sé de dónde me salía, y antes de que me diera cuenta, estaba repitiendo la oración con tanta seguridad y claridad como si me la hubiera sabido desde siempre.

“Que la paz de Dios envuelva tu alma y que su amor te llene de felicidad. No mires atrás pues todo está cumplido, nada te ata a este lugar”.

Juliancito se acercó a nosotras y, nervioso, nos observaba cada vez desde más cerca. Eliza me apretó las manos asustada y juntas repetimos con mucha fuerza las últimas palabras.

“La luz es ahora tu hogar, la luz es ahora tu hogar, la luz es ahora tu hogar”.

Una luz se encendió en nuestro patio, intensa, blanca y centelleante; luego se elevó con rapidez, llevándose consigo toda la tristeza y la soledad que Juliancito me hacía sentir. Se lo habían llevado. Juliancito ya no estaba en nuestra casa.

En silencio tiramos y escondimos todo y subimos a nuestro cuarto. La casa se sentía muy ligera, el aire corría libre y fresco por las escaleras y el pasillo. Yo me sentía mejor que nunca, mejor que hace mucho tiempo. Había algo nuevo en mí, algo que no había sentido nunca. Esa noche yo abracé a Eliza, me acerqué hacia ella y le di un beso en la mejilla. Pero a Eliza no le importó, estaba todavía muy asustada.

—¿Quién eres tú? —me dijo—. No termino de conocerte.

Pero en vez de contestarle, le di un beso en los labios, y eso, por primera vez, se sentía bien.

 

***

 

Entrada la madrugada, un ruido seco me despertó. La puerta de mi cuarto se abrió y se cerró con fuerza en varias ocasiones, y de la nada una mujer de cabello largo, llorando muy enojada, se acercó tanto a mí que creí iba a atravesarme.

—¡¿Dónde está él?! ¡¿Dónde está mi hijo?!

La puerta se azotó una vez más y no encontré a la mujer en ningún lado. Abajo, en la cocina, los trastes caían al suelo estrepitosamente. Llamé a Eliza y salimos al pasillo. Abajo, en algún lado, algo arañaba un vidrio y una puerta se abría lentamente, rechinando. Luego unos pasos subieron lentos la escalera, peldaño a peldaño. Eliza y yo estábamos muy juntas, inmóviles, tomadas de la mano. Llorábamos en espera a que algo apareciera subiendo las escaleras. En vez de eso, la puerta del cuarto de Brian empezó a vibrar, como si alguien la golpeara desde dentro. Entonces vino lo peor. Pude sentir que había alguien detrás de nosotros. Giré un poco, forzando mucho mi cuerpo y tratando de vencer el miedo que me hacía temblar por completo. Sólo pude ver a Eliza que asustada me devolvía la mirada. Los cabellos de su nuca empezaron a erizarse, uno a uno se iban levantado, como desafiando la gravedad, hasta juntarse en un mechón grande y negro que alguien jaló hacia atrás, haciendo que su cabeza y luego su cuerpo se moviera bruscamente dos pasos hacia el fondo del pasillo. Eliza gritó mi nombre y se llevó las manos a la cabeza. Volvieron a jalarla de nuevo, esta vez con tanta fuerza que fue a dar al suelo y su cuerpo se arrastró pataleando hasta el fondo del pasillo e ingresó al baño, donde la puerta se cerró con mucha fuerza.

Alguien pasó corriendo junto a mí y su impulso me empujó hacía un lado, sacándome de mi estupor. La sombra cruzó la puerta del baño y adentro la luz se encendió. Sólo se escuchaba a Eliza gritando y pataleando.

Yo corrí hacia el baño y traté de abrir la puerta, pero la chapa ni siquiera se movía. Me eché al suelo para tratar de ver por la rendija de la puerta. Eliza, con sus ropas blancas, yacía en el piso con los brazos abiertos, pataleando desesperada mientras gritaba. De pronto algo le tomó y apretó los tobillos, le estiró las piernas, separándoselas, y con fuerza se las sostuvo contra el piso.

Pensé en la otra puerta; siempre estaba abierta. Me puse de pie y corrí cruzando la recámara de mi madre y el cuarto de las cajas sin abrir para llegar a la otra puerta del baño. Cuando estaba cerca pude ver la figura de la mujer. Estaba de pie, observándome con furia. La puerta se azotó, y en el cristal alcancé a distinguir la sombra de la mujer girando y alejándose de la puerta. Miré a mi alrededor. Encontré una silla vieja, la tomé y la lancé contra el cristal de la puerta con mucha fuerza. Adentro, los gritos de Eliza cesaron.

Abrí la puerta y entré despacio, en silencio, esquivando los cristales en el piso. Encontré a Eliza sollozando, hecha un ovillo. Por alguna razón, todas las llaves de agua estaban abiertas y la presión había salpicado todo el cuarto. Abracé a Eliza cuidando no asustarla. Tenía moretones en los tobillos y las muñecas. Desecha, se abrazó a mí, sollozando muy quedo.

—Querían abusar de mí, Amaranta —me dijo.

 

***

 

No sabíamos muy bien la dirección exacta de la mujer, pero preguntamos por ella a un par de personas y de inmediato nos dijeron. Llegamos a la casa que nos indicaron; la puerta estaba abierta. Entramos con recelo. En la sala habían colocado varios sillones y sillas alrededor y casi todos estaban ocupados. En silencio, sin decir nada, encontramos lugar y nos quedamos muy quietas. Nadie nos prestó atención, todos parecían absortos en sus cosas; algunas mujeres rezaban. Cada quien traerá sus problemas, pensé.

Después de un largo, muy largo rato, una puerta se abrió y aparecieron dos mujeres. Doña Amelia era de corta estatura y regordeta, su cabello corto y entrecano. La otra mujer se desvivía en agradecimientos que Doña Amelia escuchaba con paciencia. De pronto Doña Amelia se detuvo, hizo callar a la mujer con una seña y giró su cabeza lentamente, repasando a todos los presentes, hasta encontrarnos a nosotras dos.

—Hoy no voy a poder atender a nadie más. Discúlpenme, por favor. Vuelvan mañana.

Todos se pusieron de pie sin objetar nada y se fueron rápidamente. Eliza quiso seguirlos, pero yo la detuve y permanecimos sentadas. Cuando nos quedamos solas, nos hizo pasar. La otra habitación era una cocina normal pero con olores a hierbas. Nos sentamos a la mesa; no dejaba de observarnos. Como no decía nada, me armé de valor para hablar primero.

—Había un niño en mi casa. Se llamaba Juliancito.

—No se llamaba Juliancito —dijo la vieja—, aunque estuviste cerca. Su nombre empieza con J. Se llamaba Javier, creo.

—Quisimos ayudarlo. Para que no pasara más penas.

—Y lo lograron. O más bien lo lograste tú. Pero en el camino han despertado algo. Algo más fuerte. Había varias marcas en tu casa, y las has destruido casi todas.

—Yo no destruí nada. Sólo las tiré y solas…

—Tus manos las desactivaron. Todavía no lo entiendes, pero tú tienes el don. El don de luchar contra la oscuridad. Aunque primero tienes que aceptar que lo tienes, luego aprender a usarlo. Pero todo a su tiempo.

—Pero esas marcas —le dije yo, recordando el día de la mudanza—, las tomé todas y las tiré afuera.

—No todas. Quedó una, pero esa está más oculta que las otras. No será tan fácil encontrarla.

—¿Entonces hay otro fantasma en mi casa?

—¿Otro? No, otros. Aunque desde aquí no alcanzo a ver cuántos. Algo los ata a ese lugar. Están atrapados y alterados. Están muy molestos con ustedes. Su odio por todos los que viven en esa casa es tan fuerte como el rumor de cien abejas. Y están dispuestos a picar hasta conseguir lo que quieren.

—¿Y qué es lo quieren?

—Algo imposible. Quieren al niño de vuelta.

Me quedé callada un largo rato. Triste, confundida y muy asustada.

—Yo puedo ayudarte, muchacha. Aunque en esto va a ser necesaria mucha más ayuda. Pero primero tienes que hablar con tu madre. Tienes que contarle todo y tienes que ser muy convincente porque no va a querer creerte. Y tienes que apurarte, no tenemos mucho tiempo. Alguien puede salir lastimado.

Doña Amelia me regaló tres monedas plateadas con inscripciones en latín y la imagen de un monje. Volvimos a mi casa en silencio.

—Tú sabes que yo te quiero, Amaranta —me dijo Eliza—, que haría por ti cualquier cosa, pero a tu casa no vuelvo a entrar.

Y se quedó afuera, sentada pacientemente en la banqueta, porque yo le pedí que al menos desde ahí me acompañara y apoyara en caso de necesitar su ayuda después de hablar con mi madre. Ella, exasperada, pues tenía mucha ropa que lavar y doblar, se sentó impaciente en uno de los sillones frente a mí y me observó con esos ojos inquisidores con los que siempre juzgaba cualquiera de mis tonterías. Yo me quedé muy seria y me armé de valor, pensando por dónde debía empezar y qué palabras serían las más adecuadas.

—Esto tiene que ver con tu amiga Eliza, ¿verdad? —me dijo ella—. ¿Si es tú amiga o qué? ¿Ya vamos a hablar de eso?

Yo me quedé en silencio. No quise perder ni tiempo ni energía en eso. En vez de hacerlo, le conté todo lo mejor que pude, con todo y mis lagrimas y mis exhalaciones atropelladas. Antes de poder terminar y mostrarle las tres monedas, ella se puso de pie, subió a mi cuarto apresurada, abriendo los cajones, buscando en el closet y en cualquier lugar que se le ocurriera.

—Esa amiga tuya nada más te ayuda a acarrear más problemas. De seguro te metió drogas y todas esas ideas.

Luego tomó uno de mis gatos, uno de mis favoritos. Traté de quitárselo, pidiéndole que se tranquilizara y me escuchara. En el forcejeo caí, tirando la repisa, y todos mis gatos se rompieron en cientos de pedazos.

Mi madre se dio cuenta que no había drogas escondidas ahí. Se fue y yo me quedé horas tirada en el suelo, llorando por todos mis gatos y por mí misma. La sombra volvió a cruzar la puerta, pero esta vez se detuvo y desde el pasillo. Me observaba. A mí eso por el momento no me importó.

 

***

 

Durante la noche, El Flaco se quedó con nosotros, y mientras cenábamos cereal con leche fría, se me quedó mirando por largo rato y me dijo, compasivo:

—No dejes que nadie te diga que no eres parte de esta familia. Tú estás bajo mi techo y tus problemas son de todos.

Me preguntó algunas cosas. Yo trataba de contestarle, y aunque el pobre se esforzaba por seguirme y creerme, se notaba su incredulidad. De pronto, en la mesa, el bote de leche empezó a vibrar. Todos nos dimos cuenta y nos quedamos callados. El Flaco, sin entender, fruncía el seño. Entonces, ante la mirada de todos, el bote de leche se elevó en el aire unos centímetros, lentamente, como si pesara una tonelada. El Flaco, valiente, lo tomó con una de sus manos y lo obligó a bajar a la mesa. El bote volvió a elevarse y El Flaco, enojado, lo tomó con ambas manos y con un gran esfuerzo lo colocó en la mesa, donde lo obligó a quedarse. Pero de pronto el bote explotó y la leche se esparció por toda la mesa. El Flaco se puso de pie con la cara roja y algo lo empujó hacia la pared. Tardé varios segundos en darme cuenta de que alguien le estaba apretando con fuerza el cuello; su tez empezaba a ponerse morada. Yo gritaba sin saber qué hacer. Luego recordé las monedas. Tomé una de mi bolsillo y corrí a ponérsela sobre la frente. Instantáneamente, El Flaco fue liberado y cayó vencido al suelo. Cuando recuperó el aliento, me dijo:

—Está bien, Amaranta, ya te creo.

Después revisamos la moneda, pero todas las inscripciones se habían borrado. Ahora me quedaban dos.

Más tarde sucedió algo todavía peor. Estaba dormida sobre mi cama con la puerta abierta, como lo había pedido El Flaco, para estar al pendiente. Dormía boca abajo con la tranquilidad de que alguien creía en mí y me había prometido su apoyo. Luego sentí un peso seco presionar mi espalda contra la cama y una mano aprisionar mi hombro. Desperté cuando ya me costaba trabajo respirar. Escuché un gruñido bajo y continuo sobre mi oreja.

—Yo sé que estás molesta conmigo porque te he quitado a tu hijo —le dije—. Si pudiera hacer algo por devolvértelo, lo haría. ¿Crees en mí? ¿Crees en mí?

Con mucho esfuerzo, moví mi cara, tratando de mirarla, tratando de que viera mis ojos sinceros. Vi su mano sobre mi hombro. No era la mujer, ni la sombra de la puerta, ni mucho menos Juliancito. Era la garra de una bestia negra, con piel de escamas podridas y largas uñas afiladas. Quedé paralizada. No podía moverme ni gritar y el peso de ese ser se ceñía duro sobre mí, ahogándome en la oscuridad, soltando gruñidos cada vez más graves y potentes. Miré mi buró: ahí reposaban las dos monedas. Me estiré tanto como pude, con todas mis fuerzas, pero mi mano y mi brazo parecían no ser suficientes. Finalmente, cuando ya me sentía envuelta entre tinieblas, mi palma logró tocar una de las monedas y la bestia se esfumó gruñendo adolorida. Esta vez la moneda se derritió como si fuera de mercurio en muchas gotas diminutas.

 

***

 

A mi madre no logramos convencerla de que necesitábamos ayuda. No hasta que la atacaron donde más le dolía.

Una tarde, Brian jugaba escondido entre las cajas cuando empezó a escuchar una pelota rodando. Mi madre y yo nos acercamos a ver mientras Brian tomaba la pelota y la lanzaba adentro del cuarto de ella; la pelota volvía unos segundos después. Le pedí a Brian que me diera la mano y saliéramos todos de la casa, pero no me hizo caso y la lanzó una vez más. Esta vez, la pelota no volvió. Brian se acercó lentamente a la puerta del cuarto, tratando de divisar la pelota en el interior. De súbito, ante nuestros ojos, Brian desapareció. Fue como si la oscuridad del cuarto lo hubiera succionado de un solo golpe. La puerta se cerró, y adentro Brian lloraba y gritaba desesperado.

Mi madre trató de liberarlo, sin mayor suerte. Yo, por unos segundos que parecieron eternos, corrí a mi cuarto a buscar la última moneda, y justo cuando iba a tomarla, la moneda se deslizó por la repisa. Tuve que intentar varias veces para poder atraparla mientras que en el otro cuarto los gritos de Brian eran cada vez más angustiosos.

Volví al pasillo, donde mi madre había logrado abrir la puerta, pero de inmediato cayó de espaldas contra suelo, aterrada. Tuve que dar dos pasos más para poder ver lo que había adentro. Era la figura de un hombre vistiendo una larga túnica blanca con un gorro blanco que terminaba en pico y le cubría toda la cara. Sólo dos agujeros nos permitían ver sus potentes ojos negros. Llevaba en una de sus manos una larga daga puntiaguda de cuatro hojas.

La figura movió una de sus manos pidiendo silencio y luego giró para perderse en la oscuridad del cuarto. No sé de donde salió mi valor, no puedo explicarlo, pero no quería a Brian herido de ningún modo y corrí a salvarlo con mi moneda extendida adelante como una bandera. En la oscuridad de la habitación, choqué contra algo duro y caí. La moneda rodó por el suelo por un largo rato hasta perderse en algún rincón. Mi cabeza confundida daba vueltas entre neblinas. De pronto pude ver como en un sueño lejano las figuras de cinco hombres vestidos de negro y a la figura de blanco, todos formando un cirulo. Cuando aclaré mi cabeza, vi a mi madre tratando de detener a Brian, quien, angustiado, se arañaba la piel de sí mismo.

Esa misma noche hicimos la llamada.

 

***

 

Al día siguiente tocaron la puerta. Eran tres personas sonrientes. Una elegante güera oxigenada, su marido encopetado con un librito bajo el brazo y un hombre de barba con varias cámaras colgadas al cuello. Pregunté por Doña Amelia, pero me dijeron que ella no sale nunca de su casa. Los tres pidieron amablemente ver la casa y mi madre, encantada, les dio el tour. Parecía una vendedora enseñándole una gran mansión a unos posibles compradores millonarios. La güera no dejaba de alabar los grandes espacios y la sencilla pero encantadora decoración. El hombre de barba ocasionalmente levantaba su cámara y tomaba alguna foto.

Al terminar el rondín nos sentamos todos en la sala y mi madre, muy ceremoniosa, sirvió té. Hablaron del clima y de lo tranquilo del vecindario. Nadie se atrevió a romper con aquella armonía.

La güera carraspeó un poco y dijo que necesitaba una mentita. Abrió su bolso caro y elegante y, de la nada, empezó a mover la cabeza y los brazos sin control, como si sufriera un ataque. Su marido, sin despeinarse, la sujetaba, tratando de contenerla mientras el hombre de barba hacía rayitas en una libreta de periodista. La mujer parecía cambiar de personalidad de vez en vez, y de pronto suspiró fuertemente. Volvió a la normalidad, se llevó a la boca una mentita y se acomodó el peinado.

Los hombres empezaron a sacar cuentas.

—Cinco. Cinco o seis —decían.

—Yo conté seis —repetían.

—Son seis —dijo ella—. Cinco vestidos de negro, uno vestido de blanco. Pero también hay algo más. Algo mucho peor.

La mujer empezó a hacerme preguntas muy concretas. A veces ni siquiera había terminado de responder cuando ya me atacaba con una nueva. Su marido empezó a consultar su librito y el hombre de barba revisaba sus cámaras y hacia consultas en Internet en su computadora.

—Tengo confirmación visual de cinco. Cuatro son muy débiles, sólo uno es peligroso. Y tengo una mancha. Una mancha de las que no nos gustan.

Los tres hablaban entre ellos, sugiriéndose diferentes cuestiones. El marido de la güera se acercó a mí para enseñarme un dibujo que hizo en una libreta. Era la figura de blanco con el sombrero de pico. Yo le contesté que sí, eso era lo que habíamos visto.

—¿El Ku Klux Klan? —se preguntaron entre ellos.

—No —dijo la güera—, es otra cosa. Algo los une, algo los mantiene unidos. Un pacto, un pacto firmado con sangre. Tiene que ser otra cosa —y entonces volvieron a sus consultas y anotaciones. Ella extendió las cartas de tarot sobre la mesa del comedor.

—Una cofradía —dijo por fin el de barba—. Es la vestimenta de una cofradía.

—Realizaron un ritual de sello —dijo el marido—. Se necesitan seis. Cinco dolientes y un justiciero. Cada uno de los participantes se compromete con que al morir vendrán a custodiar el sello eternamente, cada alma tiene una labor específica, un punto que aguardar, y sólo atacan cuando el sello se ve amenazado. Amaranta, tú rompiste el sello, los has despertado y enfurecido.

Sólo faltaba saber un par de cosas. ¿Qué fue lo que sellaron? ¿Y cuál era el papel de Juliancito?

Les dije que había algo más de lo que aún no habían hablado. Les mostré mi hombro amoratado, con las marcas donde las uñas se clavaron; los tres se quedaron muy serios.

—Tenemos que llamar al padre Francisco —dijeron finalmente.

Después de un consenso y de discutir varias ideas, acordaron que lo mejor era repetir el ritual del sello. Como una reconstrucción de hechos, para tratar de descubrir el sitio exacto del sello y reforzarlo, esperando que con eso volvieran a la calma todos los espectros. Decidieron que el asunto era urgente y que debían intentarlo esa misma noche, por lo que iban a quedarse esperando la madrugada, la hora más apropiada.

 

***

 

Cada uno de los seis adultos tomaría el lugar de uno de los dolientes: mi madre, El Flaco, la güera, su marido, el hombre de barba y el padre Francisco, que llegó más tarde, aclarando que estaba ahí extraoficialmente. Mi madre rascó la despensa y se esforzó en ofrecerles al menos una buena cena mientras todo empezaba.

Yo me escabullí como pude y caminé hasta el parque donde encontré a Eliza desganada en uno de los columpios. Le conté un poco de todo lo que estaba por ocurrir y ella se disculpó conmigo; se sentía culpable de todo, pero yo la abracé y le dije esto no era culpa de nadie. Me dijo que había ido a visitar a Doña Amelia, quien le había regalado un amuleto que tal vez iba a ser necesario. Era un atado de carrizos con listones rojos y celestes. Eliza iba a quedarse cerca por si podía ayudarme en algo. Después de un abrazo largo y sincero, volví a mi casa.

Los encontré a todos muy contentos sobre la mesa terminando su cena. Habían improvisado ropas negras, excepto el marido de la güera, que iba de blanco. Pude reconocer en ellos ropas de mi madre y El Flaco. Mientras Brian dormía plácido sobre uno de los sillones, el padre Francisco los hacía reír a todos con chistes muy subidos de tono. De pronto un lamento proveniente del piso de arriba bajó lento por las escaleras y llegó hasta nosotros para provocarnos escalofríos en la espalda. Se pusieron todos de pie, listos para entrar en acción, pero la güera los detuvo en seco. Dijo que era una provocación y que la dejáramos subir sola. Subió apenas tres escalones mientras todos la observábamos expectantes cuando de pronto se detuvo y su cuerpo se sacudió levemente. Se volvió para mirarnos a todos, pero sus ojos ya no eran los de ella. Estaba en trance, bajo el influjo de una fuerza obscura. Entonces terminó de subir las escaleras.

Todos los adultos corrieron hacia un rincón en el que el hombre de barba tenía un par de computadoras conectadas a las cámaras que había distribuido en el piso superior. Al poco tiempo apareció la güera recorriendo las habitaciones, caminando lenta y jovial como un niño que pasea por un parque, haciendo algunas preguntas que no alcanzábamos a comprender del todo. En el techo, sobre nosotros, empezamos a escuchar muebles que se arrastraban sobre el piso de arriba.

—Espera —decía la güera—. Déjame ir contigo, espera.

Era como si hablara con Juliancito. La güera se metió al cuarto de las cajas sin abrir. De pronto, frente a una de las cámaras, apareció uno de los dolientes. Miraba muy atento el lente, como queriendo atravesar con los ojos el artilugio y llegar hasta nosotros. Su presencia ante la cámara nos impedía ver lo que sucedía detrás de él. Luego, en el resto de las tres cámaras sucedió lo mismo. El marido de la güera se acercó a las escaleras y quiso subir, pero el padre Francisco lo detuvo y le ordenó esperar. Arriba se escuchaba cómo la voz de la güera comenzaba a subir de tono.

—Esperen. No, ¿qué hacen? ¡Alto! ¡Deténganse! ¡No!

Se fue la luz en toda la casa. La güera no paraba de gritar, todo fue un caos; unos queriendo subir a ayudarla, otros queriendo restablecer la energía eléctrica. Cuando todo volvió a la calma, subí lenta las escaleras y busqué a la mujer por las habitaciones. Su marido trataba de tranquilizarla, pero ella no podía dejar de llorar. Entonces lo entendí y me llené de rabia y miedo a la vez.

—¿Ellos lo mataron, verdad? —le pregunté—. ¿Los dolientes mataron a Juliancito?

Ella rompió en llanto y asintió.

—Quieren más sangre —dijo—. Piden sangre para reinstaurar el sello y detener lo que hay detrás.

—¿Qué hay detrás? —preguntó alguien.

—Es un demonio. Una bestia del infierno. Si se libera, habrá todavía más sangre y dolor.

—¿Y dónde está el sello? —preguntó el padre Francisco.

—No logré averiguarlo todavía —dijo la güera, y para ese entonces ya se le había corrido todo el rímel.

 

***

 

Cuando pasó el sobresalto, todos se convencieron de seguir adelante con el plan. La güera dijo que iba a hacer sangrar la palma de su mano para tratar de cerrar el sello. Todos los hombres, caballerosos, ofrecieron donar parte de su sangre, pero ella insistió en que así era más adecuado.

Era la una de la mañana. Cada uno de los adultos tomó el lugar favorito de uno de los dolientes de acuerdo con las visiones de la güera y las fotografías del hombre de barba, más o menos cerca de donde se encontraban aquellas figuras negras de madera que encontramos el día que nos mudamos a aquella desdichada casa. A mi madre le tocó en la cocina, que dijeron era el punto menos peligroso; el hombre de barba quedó en una ventana del comedor, El Flaco al pie de las escaleras, el padre Francisco iba a ir y venir por el pasillo, la güera en el cuarto de Brian, cerca de la puerta, y su marido en el cuarto de mi madre. Apagaron casi todas las luces, dejando apenas unas cuantas lámparas. Mientras, yo iba a estar sentada en el piso de la sala. Me pidieron que lanzara una pelota y estuviera al pendiente de Brian, pues había que tener especial cuidado con los más vulnerables. El silencio era tan fuerte que podía oír a los perros del vecindario hacer sus rondines expectantes.

Ni siquiera pude darme cuenta de cuándo empezó todo. Lo primero que noté fue que el hombre de barba dejó de mascar chicle y empezó a hacer un ruidito extraño con su boca, como si le costara un poco de trabajo respirar. Me acerqué lentamente a él, pensando que tal vez necesitaba ayuda, pero cuando me acerqué lo suficiente pude ver que se trataba de otra cosa y me detuve. Era como si algo le doliera, como si algo estuviera obligándolo a mover una de sus manos y a arañar con sus uñas el cristal.

—¿Todo bien? —le pregunté, pero él me ignoró por completo.

Oí ruido en la cocina. Parecía que mi mamá se había aburrido y empezaba a lavar los trastes de la cena. Me acerqué a verla. Secaba un plato imaginario, luego lo colocaba en el aire y tomaba uno nuevo. Arriba empezó a oírse la puerta. Era en el lugar de la güera; me decidí a subir. Al pasar por las escaleras pude ver a El Flaco de pie en el primer escalón. Estaba con los ojos cerrados y el ceño fruncido, con un pie levantado, como si esperara una orden para subir. Me hice a un lado y subí. Escuché un par de puertas abrirse y cerrarse y después unos golpes contra la pared del baño. El padre Francisco, con la vista perdida, recorría el pasillo mecánicamente. En el baño, el marido de la güera había tomado la silla vieja y metálica y golpeaba con ella uno de los rincones. Iba a decirle algo, pero estaba segura de que fuera lo que fuera no iba a escucharme y menos a obedecer.

Algo venía hacia mí. Me moví rápidamente, y por menos de un segundo la güera estuvo a punto de atropellarme mientras se dirigía furiosa a la regadera. Empezó a jalar el tubo donde colgaba la cortina, pronto lo iba a arrancar. Abajo, mi madre había empezado a romper trastes de verdad y los rechinidos de los cristales empezaron a sonar más fuertes. Cuando bajé, pude ver que al hombre de la barba ya le sangraban los dedos.

Los problemas empezaron cuando Brian despertó y al percibir la extraña escena empezó a sollozar. Fue entonces que atrajo la atención de El Flaco, quien dejó su puesto y se acercó amenazante a la sala. Mi madre dejó la cocina y también se acercó, caminando lento. Cuando traté de acercarme para poner a salvo a Brian, el hombre de barba se me acercó por la espalda y me sujetó del cuello. Cuando grité para alertar a quien fuera, me lanzó hacia atrás con una fuerza terrible y choqué contra una pared; fui a dar al suelo.

Pude ver cómo los tres rodearon a Brian, quien, llorando, llamaba a sus padres inútilmente. El hombre de barba y El Flaco lo tomaron y juntos lo llevaron escaleras arriba. Mi madre me echó una mirada antes de seguirlos, pero lo que había dentro de ella estimó que yo era inofensiva.

Me puse de pie. Me dolían mucho la espalda y una rodilla, pero no me detuve. Subí las escaleras peldaño por peldaño, gritando de dolor y tratando de despertar a mi madre. El padre Francisco hacía guardia en el pasillo y me observaba con unos ojos furiosos, pero eso no importaba, no me iba a detener; lo derribaría si fuese necesario para llegar hasta Brian. De pronto, en el baño sonó una campanilla y el padre simplemente giró y se alejó. Cuando estuve cerca, pude ver a Brian inconsciente en el piso, con sus extremidades extendidas, y a todos los dolientes formando un circulo a su alrededor. La güera tenía el tubo de la regadera en sus manos y de su interior extrajo una daga puntiaguda y de cuatro hojas. La tomó con ambas manos y la levantó hacia el cielo ceremoniosamente mientras todos rezaban al unísono cánticos y letanías desconocidas.

Pude ver el rincón donde el marido de la güera había estado golpeando. Había logrado derribar un panel en el muro, del cual extrajo una caja blanca. Los dolientes se hincaron al compás de su canto y empezaron a golpear el suelo con fuerza, arañando con saña los mosaicos del piso, que comenzaron a ceder y romperse como si fueran de papel. Debajo de ellos y a su alrededor quedaron al descubierto varios dibujos negros que formaban círculos, líneas y puntos en los que cada uno se colocó ceremoniosamente. Finalmente habíamos encontrado el último sello.

Las tuberías de todo el baño empezaron a vibrar con fuerza. El agua brotó de las llaves y las conexiones, el espejo empezó a temblar y algo se asomaba desde atrás, gruñendo dolorosamente. Los mosaicos de las paredes se quebraban, lanzando trozos por toda la habitación, golpeándonos a todos y dejándonos raspones. Pronto la pared estaba casi desnuda, develando algo muy parecido a una mazmorra.

El marido de la güera extrajo de la caja un gorro blanco que terminaba en punta y se lo puso, cubriéndose la cara. Tomó la daga y se colocó en su lugar, cerrando el círculo. Los cantos subieron de tono, y yo intuía que la vida de Brian corría aún más peligro. Traté de acercarme y tomarlo, pero los dolientes cerraron filas con sus brazos y no podía cruzar.

Grité, grité tanto como pude, todo lo que mis adoloridos pulmones y garganta me permitían. Le hablaba a mi madre para que despertara y pusiera a salvo a Brian. En el rostro de ella y el de todos los dolientes pude ver un rastro de su consciencia luchando por detenerse, pero una fuerza maligna y más poderosa gobernaba sus cuerpos.

Abajo, el vidrio de una ventana se rompió y alguien subió corriendo las escaleras.

El marido de la güera, el justiciero, se acercó a Brian y levantó la daga lo más alto que pudo. Eliza llegó a la puerta del baño, se espantó con aquella escena, tomó el amuleto entre sus manos y lo rompió en dos.

Todo empezó a moverse más lento. La daga comenzó su descenso en cámara lenta, pero con fuerza. Eliza corrió el centro del circulo y movió a Brian, dejando su cuerpo bajo la daga. Yo corrí y sujete la muñeca del justiciero tratando de detenerlo, pero me era imposible, la daga seguía su curso. Todos los dolientes se habían lanzado sobre nosotras, evitando que Eliza escapara.

—¡Sal de aquí, Eliza! ¡Ponte a salvo! —le grité, tratando de retrasar la caída de la daga.

—No importa, Amaranta. Haría lo que fuera por ti —me dijo—. Es necesaria la sangre.

La daga terminó de bajar. Lenta. Clavándose en el pecho de Eliza.

Y entonces todo se detuvo. Los dolientes y el justiciero cayeron abatidos al suelo. Yo abracé a Eliza mientras agonizaba. Ella, sonriente, me miró largamente.

—Acepta quién eres, Amaranta. Sé fiel a ti misma.

Antes de que exhalara por última vez, besé su boca manchada de sangre.

Cuando me puse de pie, lo tuve todo muy claro. Supe qué es lo que tenía que hacer. Lo que sería lo mejor para todos. Llevé a Brian abajo y lo arropé en uno de los sillones. Lo besé en la frente a modo de despedida y entonces caminé por las avenidas solitarias y oscuras. Caminé buscando algún otro lugar, uno muy lejano, uno donde ser yo misma no pudiera volver a lastimar a nadie más.

 

 

 

*Este texto fue finalista del Premio Bengala-UANL 2014 cuyo jurado estuvo conformado por Jorge Miche Grau, Guillermo Quijas, Andrés Clariond y Carol Pires.

 

 

 

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