¿Qué pasa por la mente de un oficial que debe vigilar diariamente a un capo de la droga?

Por Tomás Borges

Julio, 2005

Sábado 2

Ayer me presenté en La Palma, el Cefereso número 1 del país, la cárcel modelo de “máxima seguridad”, un eufemismo de risa. Me comisionaron, gracias a e el Tyson, para formar parte de dicho operativo y ponerme a las órdenes del subinspector Pablo Lugo Yáñez, apodado el Mocotes, quien es gente del malogrado comandante Pliego Fuentes, y de su segundo, Fernando Arreguín Sánchez, quien estuvo a cargo de la Dirección General de Robo y Secuestros tras la “jubilación” de Novella, quien una vez retirado, gracias a su compadrazgo con Genaro García Luna el Güero, lo mandaron como encargado al Centro de Mando (C4) en San Luis Potosí.

Tras presentarme a las 7:00 horas, debidamente uniformado, en la explanada de La Palma, a quienes arribamos se nos dieron instrucciones precisas de respetar, al pie de la letra, cuestiones básicas de seguridad que, gracias a mi experiencia en el Grupo Colegiado de Supervisión de Ceferesos, para mí son más que obvias.

Dentro de las normas a seguir: estaba prohibido hablar con los internos, pues también estamos sujetos a supervisión del Centro de Control que, aunque está conformado por compañeros de la corporación (perro no come perro), son conocidos como “dedos” por reportar la más mínima violación, real o imaginaria, al reglamento interno del penal.

Asimismo, está vedado ingresar con dinero, celulares y comida, pues debemos velar por la seguridad, en este caso del interno Osiel Cárdenas Guillén, a quien se le debe la toma de instalaciones del penal por parte de la PFP, debido a las más que obvias pruebas de corrupción del personal de ese entorno.

Mi función consistirá en relevar al personal de la PFP comisionando en el área de Tratamientos Especiales del penal, para custodiar al interno Osiel Cárdenas Guillén (nombre clave “Foxtrot”) en turnos de cuatro horas, esperar el relevo de los compañeros y reportar novedades antes de desmontar el servicio, destacando que los cambios o relevos deben hacerse con casi media hora de anticipación para prever cualquier eventualidad en las revisiones. Cabe agregar que el relevo de las 23:00 horas es el más importante, ya que exactamente a las 00:00 horas se cierran las puertas del penal y no se permite el ingreso ni la salida del personal.

Durante el turno, debemos supervisar los alimentos que ingiere el interno, así como verificar que en estos no haya nada que atente contra su seguridad (ya que por haber mandado asesinar al hermano del Chapo, hay recompensa por su muerte) y evitar que reciba recados o cualquier comunicado del exterior, y verificar que en cada pase de lista, se encuentre en sus cabales, así como acompañarlo a los locutorios y a sus diligencias cuando le sean autorizadas.

Cada vez que salga de la celda (asegurada con candado de seguridad, cuya llave estará en posesión del oficial de la PFP en turno), seré el encargado de efectuar la revisión corporal de su persona, de que no haya nada ilícito en su cuerpo, tanto al ingreso como a la salida de su celda.

Tras pasar los diamantes y las exclusas de seguridad del penal, que es frío por el concreto y por estar enclavado en una de las zonas más gélidas del Estado de México, con niebla constante en las mañanas y en las noches, vi que Osiel Cárdenas Guillén, el amo y señor del Cártel del Golfo, estaba confinado en una de las celdas de Tratamientos Especiales, sin sanitario, teniendo que realizar sus necesidades fisiológicas en un bote de basura de plástico color amarillo, el cual él mismo debe asacar con sus desechos cada mañana y lavarlo en un baño aledaño, siempre bajo supervisión del oficial de la PFP quien, como yo, debe aguantar el olor que emana de sus heces fecales y sus orines.

Además, el interno duerme al ras del suelo en una colchoneta con una cobija que lo protege medianamente del frío del lugar. La ventana de la celda carece de cristal y por ende de protección contra las inclemencias, para evitar que utilice un vidrio como arma para atacar o atentar contra su mísera existencia, pues el penal está diseñado para acabar con la cordura de los más sádicos y despiadados, confinándolos a dormitar siempre bajo los ojos electrónicos de las cámaras que registran su más mínimo movimiento y con la luz encendida en la cara descubierta, teniendo que estar en la puerta para el pase de lista, realizado cada seis horas, aunque también se efectúa extraordinariamente dependiendo de las instrucciones del personal del Centro de Control.

A quienes custodiamos al interno se nos da una silla de plástico colocada en un pasillo, frente a una de las cámaras, con el fin de estar también bajo el escrutinio implacable de los compañeros del Control, quienes reportan a Base Omega en la Torre Pedregal cualquier falta de nuestra parte para evitar así, bajo la espada de Damocles, que violentemos las normas con nuestro comportamiento. En caso de una petición verbal del interno, como un vaso con agua o servilletas de papel, debemos pedir autorización a Control vía telefónica para proceder en consecuencia.

Para ingresar en el servicio hay que pasar por la puerta Mossler de acceso, un torniquete y un arco detector de sustancias prohibidas (por lo general fuera de servicio, por estar mal calibrado), que funciona con aspersores que lanzan aire desde diversos ángulos para analizar si hay rastros de cualquier sustancia ilícita, para después formarse y ser revisados en unos compartimientos de madera oscura, similares a los vestidores de las tiendas departamentales, por personal de Seguridad y Custodia del penal, quienes nos ven como intrusos en su centro de trabajo y en su casa, por lo que las revisiones son más que exhaustivas y humillantes para nosotros, acostumbrados a fastidiar y no a que nos fastidien. Esta situación es aprovechada por los custodios del penal para vernos literalmente con los calzones hasta las rodillas, pues nos encueramos de pies a cabeza, para que ellos revisen hasta las costuras de las prendas, las suelas y el interior del calzado. Además, nos obligan a realizar sentadillas para corroborar que no nos hayamos metido nada por el ano o en la boca.

Una vez pasada esa aduana de personas, tan engorrosa como humillante (que también sufren las visitas y algunos funcionarios menores, pues la superioridad ingresa por la oficina del director, donde sólo hay una revisión corporal superficial), se procede a pasar con un gafete en mano a los tres diamantes de seguridad ubicados en el camino, que ahora son controlados por personal de las Fuerzas Federales de Apoyo, hasta llegar a Tratamientos Especiales, donde otra vez se realiza una revisión a nuestra humanidad, para llegar a nuestro destino.

Los servicios a “Foxtrot” (nombre clave dado por la PFP a Osiel Cárdenas) los hacemos por parejas cada cuatro horas, esperando el relevo para salir y descansar de la incomodidad de estar en ese lúgubre sitio, donde no se puede hacer nada, más que cavilar y conversar con el compañero en turno, llegando al grado de que hasta este llega a fastidiar cuando los temas de conversación han sido agotados, por lo que uno hace recorridos por los pasillos para paliar el frío y evitar el sueño, que en las madrugadas es más obvio, o para ir al baño de empleados, hasta que llega el relevo.

Lo único que nos saca de la monotonía es cuando el interno va a los locutorios o a la reja de prácticas a escuchar notificaciones o los descargos en su contra, ya que para trasladarlo se deben recorrer los pasillos e ir anunciando su paso vía Matra, para evitar que el interno se cruce en el camino con otros presos; en caso de que eso ocurra, se les obliga a estos a recargar su testa sobre los muros del pasillo y ceder el paso a nuestro interno.

Lo bueno del servicio son los viáticos sin comprobar. Ahora sé por qué los compañeros cancelan sus vacaciones, ya que estamos terciados, laborando un día sí y un día no, aunque, eso sí, cobramos íntegramente cada 15 días viáticos más nuestro sueldo.

Miércoles 6

Ayer durante mi servicio me tocó escoltar a Osiel Cárdenas a la Sala de Audiencias, donde se le sigue su proceso. Al arribar a mi segundo turno, a las 11:00 horas, se me notificó que el interno iría a la sala. Tras realizarle la revisión correspondiente, lo escoltamos personal del penal, elementos de Fuerzas Federales y un servidor a una de las salas, donde Osiel habló con su cuerpo de abogados, encabezado por una joven licenciada de apellido Cholico, muy atractiva, al grado que los compañeros dicen que es una de las amantes del capo, quien tiene fama, aun encerrado, de ser un Don Juan. Dicen incluso que envía epístolas y corteja a la mujer de su ahora socio Benjamín Arellano, Ruth Corona (exseñorita Sinaloa), a quien me ha tocado ver en la aduana de personas.

Durante su plática con los abogados, escuché cómo Osiel les dicta la estrategia a seguir, manejando hábilmente la ley y dándoles argumentos y argucias, lo cual no puedo referir, debido a que en mi presencia sólo mascullan y murmuran.

Cada vez que le dan a leer algo, Osiel diligentemente me lo muestra para que revise hoja por hoja que no hay nada oculto. ¿Quién me viera? ¡El mismo Mata Amigos teniendo consideraciones conmigo y recibiendo mi autorización para leer sus notificaciones!

Jueves 14

imgresEl custodiar a una leyenda del crimen organizado hace que llegue a haber cierta empatía, aunque considero que los criminales aquí encerrados y tan ceremoniosos son como presas enjauladas en zoológicas, que tras las rejas protectoras se ven inofensivos, pero en su hábitat natural son letales y mortales.

Osiel Cárdenas Guillén no es la excepción. Al estar frente a su presencia, lo primero que denota su rostro es soberbia y maldad, la cual transpira cada uno de los poros de la humanidad del capo. El lunar rojo en su frente, su testa que denota calvicie prematura y su mentón partido (producto de la cirugía, ya que antes de su detención invertía gran cantidad de recursos en su imagen personal) le dan un aire de autosuficiencia; y sus ojos son oscuros, enmarcados por unas cejas pobladas y abundantes, le dan un aire de maldad a este sujeto también apodado el Diablo.

Su voz, fuerte y clara, mostraba claramente que nació para mandar y detestaba recibir órdenes. Cada vez que personal de Seguridad y Custodia le ordenaba algo, lanzaba una mirada de desprecio, intentando grabarse los rasgos y los ojos cubiertos por pasamontañas, para cobrarles las afrentas infringidas en el penal.

Personal de Seguridad y Custodia, al realizar el pase de lista o al darle sus alimentos, le gritaban e intentaban sobajarlo, al decirle que se acercara a la reja o que se alejara, según fuera el caso, pero con la clara intención de fastidiarlo.

Al contestar con su nombre en el pase de lista, le espetaban: “¡Nombre!… ¡Más fuerte!”, con la clara intención de demostrarnos a los oficiales de la PFP que realizaban su labor con la diligencia debida y que la corrupción denunciada por los medios era una exageración, como si la pistola con la que mataron al Pollo Guzmán hubiera aparecido sola.

A las 6:00 horas, los internos se levantaban para darse un baño de 15 minutos, recibiendo cada uno un rastrillo desechable, el cual era retirado por el personal de Seguridad después del aseo.

A las 7:00 horas, el personal de Cocina les servía el desayuno, consistente en una pieza de pan dulce, atole y huevos revueltos con frijoles refritos, y una pieza de pan blanco.

En el caso de Osiel, los alimentos se le servían en la charola bajo mi supervisión, encargándome yo de entregarle el desayuno al interno, quien me respondía: “¡Gracias, señor oficial!”

Como Osiel estaba confinado en Tratamientos Especiales, no se le daba papel higiénico, por lo que me encargaba de darle una buena dotación de servilletas en sus comidas, para que las administrara y usara para tal efecto.

La comida se servía a las 14:00 horas y la cena a las 20:00 horas. Sólo los domingos se les servía un antojo a los internos, consistente en carnitas o barbacoa con consomé y un vaso de agua de fruta de temporada.

Osiel y los demás internos tenían un vaso de plástico y una jarra del mismo material, que se encargaban de enjuagar y la cual, una vez al día, se les llenaba para que bebieran agua durante el mismo.

En el caso de Osiel, le estaba prohibido tener material de lectura y para escribir, por lo que su único esparcimiento durante la presencia de personal de la PFP era asistir a sus diligencias e ir a los locutorios a recibir notificaciones o a charlar con sus abogados por espacio de una hora máximo.

Recuerdo una vez que llevé al interno al área de locutorios para que conversara con uno de sus abogados, pues a raíz de la detención de un sobrino suyo que trabaja para el cártel y que estúpidamente vino a visitarlos, no venían a familiares (esposa e hija) a verlo.

En aquella ocasión, en que estaba yo de guardia esperando que Osiel concluyera su charla con uno de sus abogados, me encontré, al salir del pasillo, al interno Miguel Ángel Félix Gallardo, quien venía del área tras conversar con su defensor. Al verme, muy educadamente me pidió permiso para ir a tomar agua de un garrafón que estaba al final del pasillo. Una vez que bebió me dijo: “Oficial, antes este trabajo era de caballeros. Uno nada más mataba al que se las hacía… A la familia se le respetaba. La familia al igual que sus mujeres y sus niños era sagrada. Y si uno la cargaba matando a un inocente —dijo mientras daba un sorbo del cono con agua—, se les pagaba a la familia por el error y jamás se le dejaba desamparada; no que ahora, gracias a cabrones como ese —dijo mientras señalaba hacia donde se encontraba Osiel, muy ajeno a los comentarios de este otro barón de la droga en desgracia— este negocio se lo está llevando la chingada”.

Al concluir lo vertido, tiró el cono en el bote de basura y regresó a su lugar en espera de que personal de Guarda y Custodia llegaran por él y lo trasladara a su celda.

No me quedó más que reflexionar acerca de lo comentado por Miguel Ángel Gallardo. Efectivamente, antes los narcos tejían su protección bajo el amparo de las comunidades en las que vivían, donde eran benefactores, brindando seguridad en sus zonas de origen, para que sus habitantes fueran, en agradecimiento, sus cuidadores y delatores en caso de que observaran movimientos de las autoridades o de personas a la zona.

Dejo de escribir, el sueño me embarga… al igual que la pesadez del lugar.

Agosto, 2005

¡No cabe duda de que Osiel es un manipulador nato, aun bajo el encierro de este penal! Este sujeto, que fue aprendiz de mecánico y, de la nada, empezando por lavar coches y ser madrina, forjó un imperio, es un psicólogo por naturaleza, que sabe olfatear las necesidades de las personas que lo rodean.

El domingo de la semana pasada me tocó escuchar cómo pedía a viva voz una pieza de KFC. Ahora caigo en cuenta porque encontraron a un elemento de Guarda y Custodia con un taco de barbacoa en los “huevos”, envuelto en papel de estraza y dentro de una bolsa de plástico. El argumento del empleado federal fue: “Lo llevo por si me da hambre”, cuando a todas luces se ve que era para el interno Osiel, quien pese a su docilidad, no deja de ser peligroso. Por eso tengo que estar atento.

Bajo su influjo cayó Benjamín Arellano, quien sabe que Osiel corteja a su mujer, Ruth Corona, y que bajo su influencia se realizaron las marchas que ocasionaron la destitución del director del penal por no controlar la ingobernabilidad.

He escuchado cómo un interno, vinculado con la banda de secuestradores de el Canchola (encerrado en este penal en un pasillo aledaño, al lado de Ponce, exsecretario de Finanzas del D.F.), joven, sin educación, quien se encargó de la custodia de Rubén Omar Romano, plagiado el 19 de julio y encerrado por 64 días en un inmueble ubicado en la colonia Agrarista, al oriente de la capital, y a quien a todas luces se le ve una incompetencia más que probada, tuvo la suerte de estar encerrado en Tratamientos Especiales, al lado de Osiel, con quien por las tardes conversa de celda a celda.

Por tales charlas, pude escuchar lo siguiente:

Señor…gracias por los abogados que me mandó.

De nada mijo —contesta el capo.

¿Señor?

¿Qué pasa mijo? —dice Osiel.

¿Es cierto que usted tiene mucho dinero y propiedades? —indaga el joven que, antes de su encierro, de seguro desconocía la existencia del capo, quien gracias a que le envió a sus abogados, ya compró la lealtad de este criminal a todas luces imberbe.

¡Dicen! —contesta Osiel, ufano.

¿Cuando salga de aquí me puede dar trabajo? —pregunta su vecino de celda, quien tras poco más de una semana en el lugar, todavía no es víctima del carcelazo, fenómeno que ocurre en todos los presos, quienes al darse cuenta de su situación caen en una depresión paulatina, que en casos extremos los lleva al suicidio si no reciben atención y apoyo psicológico.

¡Ay mijo!… ¡Estás bien pendejo! Cuando salgas todo viejito, no me vas a servir ni para darle maíz a mis gallinas —contesta Osiel en tono burlón.

¿Ya ve cómo es patrón? —dice ladinamente el interno.

Claro, mijo, que te voy a ayudar… ¿No lo he hecho? ¿No te mandé abogados a ti y a tu mamá? —dice Osiel, remarcando el favor realizado para exigir la lealtad correspondiente para este capo, el poder tras el trono, quien gracias a sus argucias es el causante del endurecimiento de las medidas carcelarias para todos los internos del lugar.

¡Por supuesto patrón!…

¿Cómo te agarraron? —pregunta Osiel a rajatabla.

Al llegar a la casa, ya estaban los AFIs, quienes me golpearon y declararon que me detuvieron adentro con el “paquete”, cuando en realidad me encontraba afuera e iba llegando —dice el joven.

¡Ay! —suspira Osiel—. ¿Cómo es posible que te haya reclutado si estás bien pendejo? ¡Pinche Chanchola! ¡Agarró a sus pendejos! Y, ¿ya ves las consecuencias? —dice el capo, entre burlón y serio—. ¡En qué pedo te has metido por pendejo! Pues, ¿cuánto te pagaban?

Doscientos pesos por día, patrón, más la comida. Yo sólo me encargaba de darle de comer al señor —dice el secuestrador.

Ni hablar… Ya estás atorado y te chingas… Vas a tener mucho tiempo para pensar en tu pendejada —dice Osiel, quien agrega—: Descansa… Mañana hablamos.

Ese fue uno de los diálogos un tanto trascendentes que escuché en el pasillo donde Osiel se encontraba encerrado en castigo debido a la revuelta orquestada por él.

Respecto al secuestrador vinculado con el Canchola, este arribó al penal desde hace ocho días y ya quedó bajo el influjo de Osiel, quien ya le está pagando defensores a él y a su madre, por lo que pude escuchar.

Lunes 5

Osiel está cada vez más nervioso, como si tramara o presintiera algo. Lo he visto, en cada rondín, cómo está sin pegar los ojos, por el temor a ser asesinado, mirando siempre hacia la puerta. Cada mañana, saca diligentemente sus residuos y, muy dócil, permite que se realice la rutina de verificación de su persona.

Saluda muy fuerte y firme a todos los que van a constatar su presencia con el pase de lista, además de mirar con su cara de Diablo a todo el personal, escrutando incluso a todos quienes por temor llevan pasamontañas para evadir la identificación, como si no supiéramos que la lista con el personal de la PFP ya le fue filtrada por alguno de los empleados bajo su nómina.

A mí me sorprendió el domingo pasado, al saludarme tras el pase de lista de la mañana con un “Buen día, oficial Borges”, con una sonrisa similar a la de los empleados bancarios cuando te venden un seguro o tarjeta.

Tuvo la delicadeza de decírmelo cuando me encontraba colocando el candado y la comitiva encargada de pasar lista ya se había puesto en marcha.

Conocedor de la psicología de los hombres, Osiel, al ver la sorpresa reflejada en mi rostro, dijo “No se preocupe… la bronca no es con ustedes los federales, sino con ese pinche enano de su secretario y con estos putos de Seguridad y Custodia. Buenos para estirar la mano y malos para cumplir. El que me la hace me la paga”, concluyó mientras sonreía, sin quitar sus ojos negros de mi rostro, que debe haberse puesto de diversos colores, ante lo que oía.

Lo bueno es que me desfogo en este Diario…pues no confío ni en mi sombra. 

* Fragmento de Diario de un Agente Encubierto. Tomás Borges (Planeta, 2013)

Comments

comments