Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

Stanley Kubrick es un genio. Ese es un hecho irrefutable y tan cierto como cualquier otra verdad, y el día de hoy, a casi 16 años de su muerte (Stanley Kubrick falleció el día 7 de marzo de 1999), asistí a la charla con el productor ejecutivo Jan Harlan en el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO).

Resulta que Harlan es el simpático cuñado y mano derecha de Kubrick. Trabajaron juntos por más de 30 años, iniciando con las investigaciones que Kubrick hacía para su película sobre Napoleón que nunca salió a la luz y luego en películas como Barry Lyndon (1975), Full Metal Jacket (1987) y Eyes Wide Shut (1999). A su vez, Harlan fue asistente de productor en la polémica (y favorita de muchos) A Clockwork Orange (1971). Tras la muerte de Kubrick, Harlan repitió su puesto como productor ejecutivo en Inteligencia Artificial (2001), de Steven Spielberg, película planeada por Kubrick pero que eventualmente cedió a su compañero Spielberg. Kubrick tenía la intención de producirla, pero la situación no pudo concretarse debido a su muerte.

Jan Harlan dio una brevísima introducción a la exposición, en la que agradeció a los responsables y directivos del museo MARCO y, a la par, dijo unas cuantas palabras sobre Stanley Kubrick y la pasión que tenía por hacer cine.

—Pueden enseñarte a pintar, a hacer cine, pero jamás te enseñarán a ser un gran pintor o un gran cineasta —dijo en resumidas cuentas, con toda la razón del mundo y la atención de los espectadores, incluyéndome.

Cabe aclarar que mi presencia en la charla dentro del museo se debía enteramente a Diego Osorno, quien me cedió la oportunidad de ser uno de los primeros en experimentar esta esperadísima exposición. Llegué y me sentí como el personaje de Tom Cruise en la película de Eyes Wide Shut, cuando se adentra a la mansión llena de enmascarados. Me sentía un poco fuera de lugar, ya que veía a los demás miembros vestidos muy elegantemente, con el motivo del coctel por la inauguración.

Antes de que Jan Harlan hablara, recordé aquel árbol enorme que se encontraba fuera la de la casa de mi abuela por parte de mi padre. En él, una gran cantidad de aves se reunían para discutir cientos y miles de temas diferentes, todos ajenos para el oído humano. Se escondían entre las ramas, salían, luego otras se incorporaban al chisme, y siempre, siempre se les oía como si conversaran sin detenerse. El ambiente del museo se le asemejaba un poco: todos hablaban con sus compañeros, emocionados; otros conversaban sobre temas fuera del lugar, leían el folleto que nos entregaron en la entrada, etc. Yo tan sólo esperaba…

Entonces Nina Zambrano, presidenta de MARCO, presentó a Harlan y el resto ya lo saben. Por fin llegaba el momento que tan esperado: ir a presenciar y apreciar la exposición, situada en la primera planta del edificio.

Todos salimos, caminamos y nos adentramos al complejo, armado de manera cronológica. Comenzaba con las primeras fotografías de un Stanley adolescente, cuando trabajaba en la revista Look, para luego seguir con sus primeros documentales y después sus primeras obras de cine.

Debo decir que no he visto todas las cintas del director. Sin embargo, ver parte por parte la historia de este genio me impulsó a querer conocer sus primeros trabajos, y es que había una visión muy particular de Kubrick en cada película que iba formando.

Obviamente, poco a poco, la exposición se ponía mejor, y uno de los aspectos que más me encantó fue ver el monolito en la sección de 2001: A Space Odyssey (1968). No sé por qué me encanta este artefacto. O tal vez sí lo sé… Recuerdo que desde que lo vi en una de las últimas escenas —frente a un Dr. Bowman viejo, descansando en cama—, no me ha dejado de causar interés. También es importante destacar la altura del monolito, la cual lo vuelve entre intimidante y fascinante.

Y misterioso.

Parecer simbolizar el completo vacío, pero su significado es todo lo contrario:

el monolito es la llave de nuestra evolución. Al verlo delante de mí, sonreí maravillado.

Los bocetos iniciales de 2001 también son muy sorprendentes. En esta misma sección puede verse la ingeniería detrás de la estructura de la nave Discovery (refiriéndome a la parte mejor conocida como la centrífuga), los trajes de los antecesores de la humanidad, el Óscar que ganó la cinta por sus efectos especiales, investigaciones de Kubrick, entre muchas otras cosas.

La sala de guerra, una representación a escala de la que aparece en Dr. Strangelove, es otro aspecto que me alegró mucho ver. También la máquina de escribir de Jack Torrance, con hojas en las que se repetía la icónica frase “All work and no play makes Jack a dull boy”; el diseño estampado que recuerda a la alfombra del hotel Overlook; vestuarios de Spartacus y Alex DeLarge; las máscaras del culto de la mansión Somerton; el casco y rifle de Joker; cartas de Kubrick al autor de Lolita (y viceversa); fotos de producción y stills; incluso cuentan con tres modelos de cámaras que Kubrick utilizó en algún punto de su vida, ya fuera como joven fotógrafo o como director de cine. Asimismo hay notas de producción, calendarizaciones, muestras de los guiones y hasta proyecciones de pequeños extractos por película; también los proyectos contemplados que Kubrick no pudo llevar a cabo.

Sin lugar a dudas, esta es una exposición que ningún fan puede perderse y en la que deben mantenerse los ojos muy abiertos para conocer, desde otra perspectiva, lo que fue la carrera de uno de los más grandes en la historia del cine.

Stanley Kubrick es y seguirá siendo un genio. Sus obras jamás morirán; al contrario, se han convertido en su legado, un legado que aun hoy persiste, vive y trasciende generaciones.

Los verdaderos genios nunca mueren, siguen dejando de qué hablar. Es por eso que no serán olvidados, y menos si cuentan con un talento único, una estética elegante y propuestas que innovaron y marcaron su época y más allá.

Todo esto y más es Stanley Kubrick. Un genio, un loco, un artista.

 

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