De no ser por su edad, calculada a simple vista en la medianía de una cuarta década, cualquiera podría confundirla con una corpulenta rapera de peso completo. En realidad, su larga y en extremo holgada playera, sus abombados bermudas, así como los desgastados tenis que calza, constituyen su uniforme de trabajo.

Porque de lunes a domingo ella se desempeña como acomodadora viene-viene, en una de las arterías más transitadas a inmediaciones de populosa zona comercial.

Como tantos otros de sus colegas, ella no comenzó a realizar ese oficio callejero por gusto, sino como forma de supervivencia. Sin mayor preparación académica que una primaria trunca, y con una gigantesca presencia física de alta estatura y peso cercano a los 120 kilos, bien pudiera describirse descomunal; pronto descubrió que sus oportunidades laborales resultaban no sólo escasas, sino inexistentes.

Ante tan escalofriante perspectiva, un buen día hace más de 15 años, Teresa (nombre ficticio) decidió trabajar en la informalidad. Y así lo hizo. Acompañada por una cubeta, unos trapos viejos y por su marido. Éste, un sujeto rudo y espiriflautico, con múltiples tatuajes burdos en diversas partes de su cuerpo, mismos que acentúan su marcado aire de malandro perdonavidas; actitud que contrasta de pe a pa con el carácter tranquilo y sosegado de su mujer.

En poco tiempo, la dispar pareja se convirtió en los viene-viene oficiales de la cuadra que ahora controlan. Espacio urbano al que diariamente arriban decenas de autobuses foráneos que, en excursión turística, transportan nutridos grupos de viajeros.

La cuota que Teresa y su marido han establecido para cada autobús que se estacione en los límites de “su cuadra”, varía entre 50 y 200 pesos, dependiendo del tiempo que cada unidad permanezca ahí. El número de autobuses que durante su jornada laboral cuidan, por lo regular asciende a quince; aunque hay días que llegan a atender el doble.

Sacando cuentas, ellos obtienen un promedio de ganancias no menor a mil quinientos pesos diarios, durante su ininterrumpida jornada de diez o más horas.

¡Ah!, pero no todo es miel sobre hojuelas. Ellos, al igual que los demás franeleros de la zona, están «obligados» a reportarse con una diaria y pactada mochada para los oficiales de vialidad en turno, a fin de que éstos los dejen trabajar y se hagan de la vista gorda con lo que señala el Artículo 23 del Reglamento de Estacionamientos en el Municipio de Guadalajara, que en teoría dice: “En el municipio, el estacionamiento de vehículos en la vía pública es libre en principio y para beneficio de todos sus habitantes […]”.

En el caso de Teresa y su marido, el moche para con los támaros es con tarifa fija de 500 pesos diarios. Cuota que en la temporada alta de compras navideñas, puede llegar a duplicarse.

De allí que en el redituable negocio de los acomodadores franeleros, a nadie le importa que en el Apartado 2 del Artículo 42 de el tal Reglamento también se señale: “Está prohibido apartar lugar en la vía pública para estacionar los vehículos que utilicen el servicio de acomodadores. (Reforma aprobada en sesión ordinaria celebrada el 21 de junio de 2017 y publicada el 03 de julio de 2017 en el Suplemento de la Gaceta Municipal)”.

Porque, como muchas de las irregularidades en esta Tapatilandia, “bisnes son bisnes” y los demás que se jodan.

Por Carmen Libertad Vera

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