Ellos desaparecieron a raíz del TLC. A pesar de que en conjunto llegaron a conformar algo así como un nutrido ejército de hormigas, distribuido por todo el país, yendo pa’l norte y viniendo luego pa’l sur con una frecuencia variable, pero constante.
Pocos los llamaron por el que sería su nombre real: “contrabandistas”. Coloquialmente, dependiendo de cada región, eran mejor conocidos como “fayuqueros”, es decir, importadores en pequeña o gran escala de todo eso que era nacionalmente casi inconseguible, a menos que se tuviera la fortuna de ir a vacacionar a los “yunaites”, tener parientes allá o, cuando menos, en la franja fronteriza.
Mercancía que años después, cuando el libre comercio supuestamente llegaría para quedarse, se pudo adquirir en forma directa casi hasta en las tienditas de la esquina.
Sólo para quienes vivimos en tierras alejadas de las chulas fronteras durante las décadas anteriores al sexenio de Carlos Salinas, la figura de los fayuqueros nos fue por demás familiar. Había uno, al menos, en cada barrio o colonia.
Así, todos llegamos a tener nuestro fayuquero favorito, o favorita, que era ese conocido personaje que se aventaba viaje hasta Tijuana, Nogales o Ciudad Juárez, traspasar la línea fronteriza, retornar desde allá cargando productos que para nosotros eran muy codiciados y los que, como buenos malinchistas, adquiríamos localmente a precios altísimos, aún cuando nuestra moneda en relación al dólar, tenía una paridad cambiaria muy por debajo de la actual; ya que entonces andaba en algo así como 3.5 pesos por cada “ojo de gringa”.
No pocos de aquellas “contrabandistas” fueron señoras de lo más decente; nadie las hubiera señalado como delincuentes, pero, eso sí, nadie podría negar que todas ellas tuvieron las agallas, los recursos y los contactos o las mañas suficientes en los puestos aduanales para irse solas de shopping con las maletas vacías y regresar con ellas cargadas de ropa, cosméticos o chuchería y media, algunas bajo el sistema de previo pedido, para revenderlas ilegalmente como si fueran alguna representante de Avon, en la comodidad de la sala de su casa, y teniendo como clientela cautiva a vecinos, parientes y conocidos, o incluso visitando oficinas públicas o instancias privadas.
Las pláticas en torno al comercio fayuquero de pequeña escala eran comunes y corrientes. “Doña Pachita, no se le olvide traerme mis jabones Dove”. “Tere, a ver si ahora sí me consigues los coordinados de panty y bra que te vengo encargando desde el mes pasado”. “Don Rafa, anótele bien mi pedido de cremas antiarrugas, de la marca Derman”. “Compadre, me traes dos de Chivas Regal y dos de Johnnie Walker”. “Comadre, no se regrese si no me consigue el shampoo que le pedí. Pa’ mis chiquillos les compra unas bolsas grandes de los desos Snicker’s y otra de los desos Milky Way, y pa’ mi viejo, ¡p’os chicles!, desos Wrigley’s verdes o blancos”.
Comer, beber, fumar, bañarse, vestir, perfumarse con artículos de importación, entre otras mil actividades, era considerado un lujo aspiracional merecido y necesario. Todavía medianamente accesible y muy alejado del impacto económico que la futura crisis económica ocasionaría a raíz del famoso “error de diciembre”.
Fue una época donde no pocos hicieron su agosto. Desde simples amas de casa hasta comerciantes establecidos, pasando por conductores de autobuses y trabajadores de las compañías ferrocarrileras, marítimas o de aviación.
Mención aparte merecen algunos agentes y guardias aduanales que permitieron pasar de contrabando todo aquello que por las garitas cupiera, haciéndose de la vista gorda mediante una pequeña gratificación “en efe” o una mochada en especie de la propia fayuca.
Más allá del incalculable contrabando hormiga, el ilegal mundo de la fayuca nacional a gran escala fue origen de medianas y grandes fortunas. Después del TLC, no pocas de ellas invertidas e incrementadas con el establecimiento legal de tiendas de importación mayorista.
Por su parte, los fayuqueros hormiga desaparecieron como tales. Les resultaba más caro el caldo que las albóndigas, dado que era imposible intentar competir comercialmente con los precios mucho más accesibles que la importación legal, a grandes volúmenes, trajo para consumo y aparente beneficio de gran parte de la población nacional; la cual, de buenas a primeras, pudo adquirir directamente sus jabones, cremas, ropa, alimentos, golosinas, vinos y licores, electrónicos y demás objetos de consumo, favoritos e importados, sin necesidad de intermediarios clandestinos y ni sin tener que viajar pa’l otro lado.
Ahora, enterados de la posibilidad que el TLC desaparezca por obra y gracias de los deseos renegociadores del Trump, es posible que una versión remasterizada del antiguo fayuquero aparezca en un futuro no muy lejano. Imagino que de ser eso realidad, la fayuca, a la paridad actual, alcanzaría precios estratosféricos.
Así que, por las dudas, hay que ir haciendo nuestros guardaditos de jabones Dove, chocolates Snicker’s, coordinados Victoria’s Secrets, y perfumes Shalimar; sin olvidar el cuidado y mantenimiento a nuestros pocos o muchos enseres mayores, especialmente eléctricos o electrónicos.
Sobre todo, en caso necesario, no estaría mal que volviéramos a aprender a consumir lo que el país produce. Por el bien de todos.

Por Carmen Libertad Vera

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