Por René Avilés Fabila

Imagen de Guffo Caballero ‘Cartones’ 

La peluquería, como la cantina, fue excelente escuela de iniciación a la política. Y como la cantina (maravillosos tiempos de sexismo), la peluquería era un sitio exclusivo para los hombres.

El antiguo y añorado peluquero, mientras rapaba o pelaba consiguiendo un notable casquete corto, no dejaba de hacer comentarios de tipo político y críticas al sistema. De este modo rompían el tedio de permanecer largos minutos sentado, inmóvil para no sufrir una cortada o perder, igual que en los toros, una oreja. Inventaban magníficos chistes sobre los principales personajes del gobierno, analizaban el gabinete presidencial con criterios opositores y proferían espléndidas palabrotas contra los más ladrones e ineptos. Podría decirse, de algún modo exagerado, que las peluquerías fueron centros de subversión y el peluquero una suerte de anarquista pacífico o un nihilista sin bombas. Ignoro todavía cómo durante los momentos de represión el Estado no clausuró peluquerías y encarceló a los peluqueros, que llevaban sus críticas a extremos en verdad radicales. O por qué razón los gobernantes no los contrataban como asesores políticos: hubieran sido capaces, en el mismo grado tal vez que el funcionario, de hacer importante contribución a la ruina del país.

Si el cliente no coincidía con las posturas ideológicas del peluquero, pronto pagaba las consecuencias de su osadía: el maestro le dejaba magulladuras y tusadas por aquí y por allá y jamás el copete quedaba del tamaño adecuado a las exigencias de la moda.

Estar con el peluquero era un rito. Uno se sentaba y de inmediato el maestro procedía a ajustar el sillón metálico; enseguida colocaba una no muy limpia tela blanca alrededor del cuello y la maquinilla empezaba a funcionar en manos diestras. Afeitaba patillas y cuello, recortaba el bigote si era necesario, afilando una y otra vez la navaja. Por último, con un sifón humedecía el cabello; alcohol para desinfectar las cortaduras y mucha vaselina corriente para configurar el peinado. Todo esto maravillosamente sazonado con acres comentarios a la política económica del presidente de la República que “nos tiene bien fregados”.

En tiempos más remotos, especialmente en la periferia de la ciudad, en esos curiosos límites entre lo urbano y lo rural, existió un modestísimo peluquero para aquellos campesinos que cruzaban la frontera de la ciudad. Se trataba de peluqueros con o sin paisaje. Si uno deseaba lo primero, pagaba un poco más y el corte de pelo (la peluqueada, como se dice popularmente) se llevaba a cabo ante la hermosa vista de los volcanes: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. El cliente siempre hacía el esfuerzo para pelarse con paisaje, de espaldas al terrible espectáculo urbano, recordando nostálgico el campo del cual provenía y el que dejó obligado por razones de miseria. Pero este peluquero de paisaje sabía poco de la política y seguro que no le interesaba mayor cosa. Ejercía su profesión con decoro, sin el profesionalismo de los verdaderos maestros peluqueros a cuyos juicios políticos ya me he referido.

Y comenzó el ataque de las nuevas épocas.

Apareció primero el corte a navaja y por capas.

Los viejos peluqueros se negaron a guardar sus maquinillas y el sifón y la maltratada brocha para enjabonar. A uno de ellos lo escuché decir indignado: la navaja es para rasurar, jamás para cortar el pelo; es una función antinatural, para ello están las tijeras.

Sin embargo, la gente no supo escuchar el sabio razonamiento que pretendía conservar una tradición, la de un oficio estupendo que a la par mejoraba nuestra apariencia y nos politizaba. Sobrevivieron sus hijos y los aprendices jóvenes, quienes nada sabían de política; a lo sumo hablaban de algo tan trivial como son los precios. Su tema central eran las “viejas buenísimas”, y en lugar de revistas de crítica social colocaban en las mesas pornografía. Fue la debacle, y la peluquería dejó de ser una escuela de formación política. El peluquero había resistido heroicamente modas ligeras como el uso del bigote; soportó los cambios en el largo del pelo, pero no estaba preparado para modificaciones bruscas, pese a que muchos consiguieron teorizar sobre la Revolución mexicana.

Luego vino algo peor, que de plano sepultó a las peluquerías y asesinó cruelmente a aquellos cordiales maestros peluqueros: la “estética unisex” o “clínica de belleza” para ambos sexos (que con mucha frecuencia llevan nombres como D’Muñoz, D’Gálvez, L’ord’s o, peor todavía, L’e Chevalier, sin saber algo respecto al uso del apóstrofo); en ellas entraban hombres y mujeres por igual y el corte lo realizaban hombres y mujeres. Ahí, como en la cantina, el ingreso de la mujer acabó con tradiciones y actitudes que venían de lo más profundo de la historia.

En las “estéticas o clínicas de belleza unisex” realizan extravagantes cortes de pelo y la conversación es frívola y desde luego apolítica. El viejo peluquero fue sustituido por un joven “estera” o “estilista”. Una desgracia.

Desde entonces dejé de acudir a esas peluquerías modernas. No pude acostumbrarme a que una mujer o un afeminado me sugirieran el cambio del corte de pelo que me acompaña desde la infancia y el que sólo consigo por medio de fijapelo, que comúnmente le decimos “goma”, y que cada vez es más difícil de hallar. Aparte querían darme shampoo, manicure y pedicure, ponerme ampolletas y vitaminas en el cabello, algún tiente novedoso y ¡depilarme cejas y piernas!, todo previa cita, pues la demanda es enorme. Lo más difícil era soportar la insulsa conversación sobre una telecomedia exitosa. De su interior salen personas con peinados estrafalarios y con colores escandalosos que francamente, lo digo sin pudor, ofenden mi educación machista.

Ahora paso de largo y jamás echo siquiera una mirada curiosa. Con el dinero que he ahorrado al no ir a cortarme el pelo y hacerlo yo mismo, compro libros de ciencia política: ellos me dicen en términos complejos, y hasta pedantes, todo aquello que en lenguaje llano y directo, pintoresco y salpicado de anécdotas y chistes, me explicaron durante mi juventud los peluqueros, grandes cortadores de cabello y notables maestros de la política nacional.

*Fantasías en carrusel (1995)

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