A Froylán Enciso


Aunque nací en México, mis abuelos paternos eran tapatíos de vieja cepa; en mi casa se hablaba con frecuencia de Guadalajara y entre los lugares que se mencionaban con mayor entusiasmo había uno que, literalmente, me encantaba: el Parque de Agua Azul. Lo soñé como un manantial de agua pura en el centro de una espesura verde de plantas y árboles paradisiacos. Agua Azul: al oír estas dos palabras yo pensaba en un agua celeste o en un cielo acuático. La primera una imagen congelada del tiempo; el segundo, una imagen del cielo hecha agua, eternidad de vuelta al tiempo.

-Octavio Paz-

I

El 9 de septiembre de 1987 Octavio Paz estuvo en Guadalajara. El motivo de esa histórica visita fue acompañar a Juan Soriano, quien, en esa fecha, merecidamente recibiera el Premio Jalisco.

Cuenta una leyenda urbana que en la ceremonia especial que para tal efecto se realizara en el Teatro Degollado, el público asistente estuvo integrado por una mayoría de disgustados y molestos acarreados, believe it or not! Hecho que hoy parece imposible y el cual precisaremos luego aquí, a detalle.

Por el momento, diremos que algunas partes del discurso pronunciado por nuestro Premio Nobel en ese evento, han sido reproducidas bajo diferentes pretextos. Por ejemplo, en la selección recopilada por Guillermo Sheridan y Gustavo Jiménez Aguirre bajo el título Octavio Paz por él mismo, 1914-1924.

II

Seguramente don Irineo Paz, abuelo paterno de Octavio Paz, le relató a éste cuando era niño algunos de los muchos momentos que vivió o testimonió en tierras tapatías. Aunque también es lógico suponer que el Poeta, así con mayúscula, los llegó a conocer al través de la lectura de las prolijas memorias escritas por su abuelo, un liberal juarista que en el plano militar alcanzara grado de coronel y que posteriormente fuera partidario de Porfirio Díaz, antes de que el oaxaqueño se convirtiera en repudiado dictador; ya después fue fugaz maderista y, finalmente, se declaró huertista aunque nunca se mostró del todo convencido de la personalidad política del lóbrego Huerta.

Siendo un personaje ilustre en el ámbito político, Irineo Paz llegó a padecer encierro carcelario en el penal de Belem; por lo tanto, fue alguien a quien la tragedia y la incomprensión no le resultaron ajenas, sobre todo cuando, a raíz de un lamentable duelo, él asesinara al hermano menor de Justo Sierra.  

            Pero Ireneo Paz fue, sobre todo, el escritor de Cardos y violetasLa bolsa o la vidaLa piedra del sacrificioAmor de viejoGuadalupeLeyendas históricas de la Independencia I y IIMéxico actual, galería de contemporáneos, Vida y aventuras de Joaquín Murrieta, famoso bandolero mexicano, Porfirio Díaz, entre otras muchas obras; además de ser un decano periodista y quien publicara originalmente el histórico Plan de Ayala

Él, desde 1887, editó el periódico La Patria, rotativo que en la edición del día siguiente al 31 de marzo de 1914, según bien consigna el historiador Enrique Krauze en un magnífico ensayo, anunció “con toda felicidad” el “primer alumbramiento de la esposa del Lic. Octavio Paz, hijo de nuestro director, dando a luz a un robusto infante”. Recién nacido que llevaría el mismo nombre de su padre: Octavio.

III

No resulta difícil entender que fue en las charlas y en las obras de su abuelo donde el niño Octavio Irineo Paz Lozano adquirió algunos de sus primeros saberes acerca de Guadalajara. Imágenes no todas tan idílicas, como ese su ya citado y poético recuerdo del parque Agua Azul.

Entre esas páginas, él pudo conocer la existencia de la tapatía y catedralicia Campanita del Correo, misma a la que su abuelo describiera como “muy ladina, muy penetrante, que se hacía oír a largas distancias y que era siempre la precursora de un repique al vuelo general que solía prolongarse hasta por dos horas, según era de importante la noticia favorable que se celebraba”.

Aunque, cabe señalar, esa noticia no siempre fue precisamente “favorable” para la causa republicana, ocasionando con ello no pocos “calambres y retortijones” a liberales como don Irineo, quien también dejara constancia de cómo las multitudes tapatías, después de escuchar el repique de la noticiosa campanita, se agolpaban frente a las puertas de Palacio, en espera de la aparición de Alcance, el periódico oficial de la época.

En esas memorias  relata cómo esa campana fue la misma que él escuchó resonar por las endebles victorias en contra de las tropas comandadas por don Santos Degollado, perpetradas por el traidor Miramón, quien “sólo andaba dándose importancia como ciertas mujeres que [se] la echan de hacendosas, que se mueven mucho, de aquí para allá, con objeto de llamar la atención pero que en realidad no hacen nada de provecho”.

Era los tiempos regionales de figuras heroicamente castrenses como Molina, Contreras Medellín o Cruz Aedo. De guerrilleros juaristas como Adrián Canales. Y de bandoleros rebeldes como Manuel Lozada, “El Tigre de Alica”.

Octavio Paz supo también ahí de las otras voces informativas que recorrían las calles en aquella Guadalajara decimonónica. Voces de pánico propagado de boca en boca al grito de “¡Ya vienen los liberales!”, transmitidos desde las goteras de la ciudad por aprovisionadores arrieros. O aquellas otras que, por el contrario, clandestinas y a sotto voce en el interior de las barberías, temerosamente inquirían por los acontecimientos que significaban una derrota para los tacubayistas.

También debió enterarse de la existencia en Guadalajara, de aquellas “mujeres hermosas, entre ellas unas casadas muy distinguidas, [quienes] pagaron su tributo al vencedor, y el ibérico Casanova siguió mandando en la plaza con la admiración de los conservadores que le habían visto chuela y que lo tenían ya considerado como una perfecta nulidad”.

Para entender a plenitud los párrafos evocativamente escritos por su abuelo, basta leer al propio Paz:

Don Ireneo, mi abuelo, es la figura masculina de mayor impacto en mi primera edad. Dirigió un diario, La Patria, y escribió novelas populares. De hecho, durante una época, vivimos de las ventas de uno de sus libros, un best-seller. Amaba a los libros y había logrado reunir una biblioteca de cierta importancia. Desde niño leí libros de autores mexicanos. En mi familia nuestros escritores no sólo eran vistos con respeto y con simpatía sino que se exaltaba, a veces de modo inmoderado, a los del siglo XIX, especialmente a los del bando liberal. La razón de esta anomalía es muy simple: mi abuelo se había alistado desde su juventud en las filas del liberalismo.

Memorias que también nos ilustran para comprender con mayor precisión el enorme contenido autobiográfico de muchos de los más importantes poemas de Octavio Paz, como es el titulado “Canción Mexicana”:

Mi abuelo, al tomar el café,

Me hablaba de Juárez y de Porfirio,

Los zuavos y los plateados.

Y el mantel olía a pólvora.

 

Mi padre, al tomar la copa,

Me hablaba de Zapata y de Villa,

Soto y Gama y los Flores Magón.

Y el mantel olía a pólvora.

 

Yo me quedo callado:

¿De quién podría hablar?

 

La respuesta a tal pregunta está en la propia obra de Paz. Él habló de México, pero también del mundo. Del mundo externo circundante y de su propio y sensible mundo interior.

IV

Paz fue, quiérase o no, un pensador que expuso ideas propias y refutó, en su momento, aquellas con las que no estuvo de acuerdo.

Y, sobre todo, convirtió en poesía mucho de lo percibido en sus innumerables viajes.

Desde aquel que él realizara cuando, en calidad de humilde maestro y siendo muy joven, viajó por los alejados y henequeneros rumbos de Yucatán, donde surge “Entre la piedra y la flor”. O en sus andanzas como conferencista por el norte del país, donde a bordo de un tren iniciaría la escritura de “El cántaro roto”. Pasando luego por sus primeras estancias en Europa, asistiendo conjuntamente con Pellicer y Neruda a Valencia, España, al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Defensa de la Cultura.

Después sería Nueva York, París y otros territorios más o menos cosmopolitas, hasta llegar a sus residencias diplomáticas en lugares para él tan extraordinarios como Japón y la India; lugar este último donde casara con su segunda esposa, Marie-José Tramini, “bajo un frondoso árbol nim, teniendo como testigos a muchos mirlos, varias ardillas y tres amigos”.        

V

Todavía por los años ’80 del siglo pasado, aunque también parezca increíble, la obra de Octavio Paz en Guadalajara aún no era ni leída ni valorada en su justa medida. Él, en cambio, era sumamente conocido como una figura intelectual polémica, por la que no pocos sectores sociales tapatíos, incluidos aquí los académico-universitarios, manifestaban un enorme rechazo sostenidos a partir de algunos de sus propios y muy falsos postulados ideológicos.

Lo anterior no era algo nuevo. Paz polarizaba opiniones y sabía de rechazos. Desde siempre. Tanto así, que me viene a la memoria aquellos comentarios acerca de las críticas hacia el Poeta, y que alguna vez me expresara en persona y de propia voz el maestro Juan Soriano:

Preferiría que [Octavio] no estuviera en México. Porque no, no me gusta la política. Que es precisamente el punto en que Paz recibe mayores críticas por parte de algunos sectores. A él le critican por sus ideas, no porque esté en la política. […] que se haya quedado en México y que tenga que soportar tanta estupidez de los demás, a mí me da un poco de tristeza.

Ahora puede decirse con mayor claridad y certidumbre: hasta antes de recibir el Premio Nobel, Octavio Paz fue un incomprendido. Cuando no, un desconocido. Un escritor más leído y estudiado por los extranjeros, que por los propios mexicanos; es decir, por la mayoría de los mexicanos, incluso muchos de aquellos pretendidamente intelectuales.

Tal fenómeno, quizá encuentre su explicación más remota en el momento en que Octavio Paz marcó un deslinde ideológico con el llamado pensamiento de izquierda, específicamente con la militancia comunista. Algo que inicia desde su primera estancia en Valencia y luego continúa en México, en las páginas del diario El Popular que era dirigido por Lombardo Toledano.

No es el momento aquí para profundizar acerca de las razones que intentaran explicar las recurrentes críticas hacia el pensamiento y la figura de Octavio Paz. Críticas que ahora, al paso del justo tiempo, se han venido evaporando para dar paso a una conclusión casi unánime: la de su extraordinaria grandeza. Especialmente como Poeta. Así, con mayúscula.

Aún así, considero que no fueron esas las circunstancias específicas, es decir, una actitud crítica hacia el universo paciano, lo que motivara el increíble hecho de que aquella su visita a Guadalajara en el año de 1987, no tuviera la resonancia que hubiera merecido.

Recurrimos aquí en forma obligada a la voz del periodista Óscar Trejo Zaragoza quien en calidad de testigo, oportunamente y por escrito en las páginas de El Informador, señaló semejante absurdo:

El Teatro Degollado, que fue abierto ese día para la ceremonia, (hay que recordar que se encuentra en proceso de remodelación) se encontraba pletórico de asistentes en el lunetario, la gran mayoría de ellos profesores del sistema estatal, que sin duda asistieron espontáneamente (?) a rendirle homenaje a una de las glorias del arte jalisciense. Pero Juan Soriano no tuvo la culpa de que el público no haya sido el que regularmente asiste a esos actos y si un dócil rebaño que estuvo presente so pena de sentir en carne propia las represalias de inspectores de zona.

[…]

Soriano tampoco es culpable de que la mayoría de sus coterráneos ignoren quién es,  como alguna despistada profesora le preguntó a quien esto escribe.

            Aquí se podría agregar que Octavio Paz, el Poeta, tampoco fue el culpable. Como tampoco lo fueron Raquel Tibol o José Luis Cuevas, los otros dos invitados especiales a tan importante evento.

            Pero continuemos citando la reseña crítica de Trejo Zaragoza:

[…] los méritos de Soriano son insoslayables, recibió el Premio Jalisco 1987 con todo merecimiento, sin embargo, desde mi punto de vista, no se justificó el oropel que cubrió la ceremonia, ni mucho menos la reapertura del Teatro Degollado (aunque sea su lunetario, porque los palcos estaban vacíos por carecer de butaquería).

El noventa por cierto del público, es decir unas 450 personas, pertenecían al gremio magisterial y los cincuenta restantes eramos [sicpúblico que acudió con plena conciencia.

[…]

Algunas de las asistentes en tono molesto se quejaban porque las habían citado desde las cinco de la tarde, pero esto no les molestó tanto como el hecho de haberlas “invitado a ir siendo del turno matutino, cuando, según ellas, por el horario deberían haber estado presentes los profesores de los turnos vespertino y nocturno. [Negritas de CLV]

 

            La posible explicación a semejante historia, pudiera ser —como suelen decir no pocos comunicadores— de carácter multifactorial, especialmente político. Lo que comprendería desde la invitación oficial a ese evento, publicada como inserción pagada por el Gobierno del Estado en diarios locales; señalando aquí, por cierto, que en la correspondiente edición de El Informador esa invitación apareció deslucidamente en ¡la sección de nota roja!, conjunta a anuncios de sanitarios, azulejos y láminas de acero galvanizado.

VI

A la distancia, la entrega del Premio Jalisco a Juan Soriano, puede verse como un evento en el que predominó la intención de lucimiento político por parte de la clase gobernante, opacando así el sentido cultural que prioritariamente debió ser resaltado.

Recordemos que en 1987, la plana mayor de la administración pública de Jalisco era ocupada por connotados integrantes de la vieja escuela priista.

Enrique Álvarez del Castillo era entonces gobernador del estado, cargo por el que estuvo en el presídium de ese evento, flanqueado a su derecha por Octavio Paz y, a su izquierda, por Juan Soriano, el homenajeado; éste, a su vez, tuvo a su diestra la compañía del entonces diputado federal Carlos Rivera Aceves seguido luego por José Luis Cuevas.

Para ese año, todavía no existía la hoy Secretaría de Cultura, cubriendo sus funciones el antiguo Departamento de Bellas Artes, cuya titular en aquel entonces era la reconocida y eficiente promotora cultural Martha González de Hernández Allende, sin mayor injerencia en el sindicalizado corporativismo magisterial y sus conocidas prácticas de acarreo.

Situación muy distinta a la del entonces titular del Departamento de Educación Pública, el recientemente fallecido don José Luis Leal Sanabria, influyente político de muy altos vuelos en el gobierno estatal y bajo cuyas órdenes, –durante todo ese sexenio–, se movió o dejó de mover cualquier hoja del burocrático y entelarañado árbol de la educación jalisciense.

Cuenta la leyenda urbana que fue precisamente mediante un jerarquizado y vertical ordenamiento administrativo, emitido desde las altas esferas del sector educativo, fue la forma segura y expedita como se organizó la impuesta asistencia de acarreados y molestos profesores (principalmente con cargos administrativos) a la entrega del Premio Jalisco 1987.   

Algo que sería muy probable, dado que curiosamente, según también cuenta la misma leyenda urbana, el maestro de ceremonias en esa ceremonia no fue alguien ligado al mundo cultural local o estatal, sino uno de los personajes más maquiavélicamente conspicuos del entorno magisterial estatal, el profesor Felipe Plascencia Vázquez.

Saque usted al respecto sus propias conclusiones.

VII

Después de esa fecha, hasta donde tengo conocimiento, Octavio Paz nunca volvió a Guadalajara.

Ni siquiera cuando las más altas autoridades udegeistas, es decir, el licenciado de licenciados Raúl Padilla López,  decidió que la actual Biblioteca Iberoamericana, inaugurada el 19 de julio 1991 en el marco de actividades de la Primera Cumbre Iberoamericana realizada en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, llevara el nombre del Poeta.

Y es que Guadalajara, por lo general, se ha mostrado displicente con Octavio Paz. A pesar de algunos medianos intentos realizados con el propósito de reconocerlo de manera justa.

Dentro de eso último, debemos mencionar la lectura de atril de Piedra de Sol, a los cincuenta años de su publicación; evento realizado el 29 de septiembre del 2007 en la Sala de Cámara del Teatro Degollado, bajo el auspicio de Radio Universidad de Guadalajara y con la participación del actor Jesús Hernández, las actrices Magdalena Caraballo y Alicia Yápur; homenaje donde los poetas Carmen Villoro, Baudelio Lara y Luis Vicente de Aguinaga aportaron “espontáneamente” algunas consideraciones acerca de la importancia de ese poema capital de las letras mexicanas.

Por su parte, los días 6 y 7 de julio del 2011, fue el propio José Luis Leal Sanabria, entonces en su calidad de director de El Colegio de Jalisco, quien diera la pauta para la realización de un coloquio internacional denominado Octavio Paz, la palabra en libertad; lo anterior, a iniciativa del investigador académico Jacques Lafaye. Entre los participantes se incluyó a personalidades del mundo cultural nacional como Christopher Domínguez Michael, Alberto Ruy Sánchez, Jesús Silva-Herzog Márquez, Fernando del Paso, entre otros; así como a autores de la localidad como Agustín Vaca, Jorge Esquinca y Guillermo de la Peña.

En el 2014, a diferencia de la CDMX, las actividades culturales relacionadas con el Centenario del nacimiento del Poeta, en Guadalajara se realizaron con más pena que gloria. Lo cual, no fue ninguna novedad. No será la primera ocasión que eso ocurra ni, probablemente, tampoco será la última.

Porque desafortunadamente, en Guadalajara todavía abundan los que al escuchar el verso “amar es combatir”, lejos de relacionarlo con el poema Piedra de Sol escrito en forma monumental por Octavio Paz, afirman que es de la autoría de Fher, el cantante de Maná.

Así las cosas, todavía en el 2017, por estas tierras del antiguo reino de la Nueva Galicia.

Por Carmen Libertad Vera

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