Momentos de introspección en el Café Iguana

Por Ivánn Herrera

Supe que la insurgencia civil deformaría mi andar desde aquella tarde en la que bebí la primera caguama: cuando tenía 16 años, dos vueltas de sol previas al permiso concedido por el Estado para emborracharme legalmente. Hoy, bajo el cielo turbio de una noche arriesgada, 14 inviernos después, confirmo que un espíritu indomable no es, en mi caso, el modesto berrinche de la adolescencia. Es una conducta persistente. Al menos esa es la suposición que disfruto atribuirle a mi persona. Tal vez la realidad sea completamente opuesta. ¿Quién soy?

Entro al Café Iguana y me dirijo con determinación envidiable a la barra. Pago una cerveza de 30 pesos. Transcurren unos minutos, volteo a mi alrededor y observo poca clientela: ningún conocido; me aburro. Afuera llueve como si alguien estuviera furioso. Y lo entiendo, nuestras pretensiones ampulosas son difíciles de concebir para cualquier testigo. La reacción franca es querer barrerlas.

Camino hacia el Salón Metal y, en el fugaz recorrido de una cuadra, miro la pared perforada, la banqueta y el camino empedrado donde cayeron varios cuerpos abatidos. Entro. Está tocando la misma banda de los jueves: cuatro rockeros que juntos quizá promedien casi medio siglo. Están arriba de una tarima, interpretando clásicos del género en guitarras acústicas acompañadas de una batería.

Regreso al Café Iguana y veo a un grupo europeo dando un concierto de black metal. Gritan de forma sádica, con la parafernalia correspondiente para su acto: vestimenta negra, cabellera larga, el rostro maquillado horriblemente. En el micrófono agradecen en inglés a la ciudad de Monterrey por recibirlos. Lo expresan mediante un gruñido que parece el de un pequeño monstruo despertando.

Esta esquina del Barrio Antiguo la componen tres bares cuyos espacios están conectados; deambular entre ellos significa empaparse de nostalgia emanada por viejos y queridos recuerdos. Paso ahora al Salón Morelos. Aquí también la agrupación habitual repasa los mismos covers de ska y rock argentino que la gente baila siempre. De pronto sorprenden con un himno mexicano. Comienzan “Puto” de Molotov, y el turno del agravio va dedicado a Donald Trump. El sutil arreglo en la letra es prueba de que para insultar a los ausentes los mexicanos hablamos en serio: “Amo a matón, matarile a Donald Trump”. El que no salte es puto, y además huele a mierda, nos advierte el vocalista antes del último coro. Me quedo parado. Chinguen a su madre, pienso. A mí me gustan las mujeres y me puse un chingo de desodorante.

Voy por mi quinta cerveza. Esquivo los saltos y los empujones de la gente y vuelvo al Salón Metal. El lugar se ha llenado de bebedores jóvenes. La banda de señores más o menos de mi edad lanza al aire un agradable repertorio de canciones punk mientras entra la madrugada: The Ramones, Misfits, Sex Pistols. Todos cantamos, fumamos, nos huele mal la boca. Pedimos otras melodías similares. El reloj de nuestros celulares atrae nuestras miradas por el miedo que nos provoca no respetar la hora correcta de dormir. Queremos evitar el riesgo de levantarnos tarde la mañana siguiente para ir a trabajar.

Suena “Anarchy in the UK”. Coreamos demasiadas frases de una anarquía distanciada y ajena. Somos el anticristo, repetimos. Enseguida llegan los acordes iniciales de “I Wanna Be Sedated”. Veinticuatro horas al día anhelamos estar sedados. ¿Acaso no lo estamos ya? Rezongamos como almas dislocadas sin propósito conocido; marionetas empastilladas rindiéndole al desperdicio un tributo ordenado por cierta fuerza sospechosa. ¿Quién es, quién anda ahí? Resuenan aplausos enjundiosos. Los brazos arriba empuñando con orgullo una botella, docenas de botellas. Un brindis barato contagiado con el virus de la libertad prefabricada, a unos metros de una pared adornada con impactos de bala de grueso calibre.

Hace algunos años, en esta cuadra asesinaron, debido a la llamada Guerra del narcotráfico, a dos empleados del Café Iguana, más un par de clientes, en una noche calcada. Aunque las heridas permanecen abiertas y la crisis nerviosa aún hace eco en las avenidas cuando nos detenemos en un semáforo, al momento reímos porque la aparente tranquilidad sirve como licencia para salir de casa relativamente despreocupados. Pero los síntomas recientes indican que la ciudad tal vez vuelva a convertirse en un cuerpo convulsionante, víctima de una doctrina del shock. La vileza, fiel a su costumbre, amenaza con volver y da la impresión de que nadie se encarga de pararla. ¿Y el Estado? Los gobernantes nunca firman la paz, firman la guerra que les conviene.

La música continúa. La palabras de Los Ramones describen con sabiduría la realidad embrollada que padecemos: “They’re forming in a straight line, they’re going through a tight wind, the kids are losing their minds…”.

Dentro de nuestras agitadas cabezas, alguna vez logramos convencernos de que no éramos como los vecinos, y mucho menos pertenecíamos al cuadro de honor. Los intereses que nos seducían cargaban un estandarte incomprensible para las mentes cuadradas de la generación. Ese fue el supuesto que nos quisimos tragar, pero el ansiolítico al parecer se quedó atorado en la garganta. El peso de las décadas posteriores ha puesto sobre nuestros hombros una pregunta tan desgarradora como imprescindible: ¿Qué somos?

Si salimos a la calle en este momento, a todos, sin excepción, nos moja la misma lluvia recia. Más allá de cualquier frontera presuntamente ideológica, nuestras cuerdas vocales vibran juntas, formando un solo enunciado inminente: auxilio. Somos, el último alarido. Hey…Ho…Let’s go.

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