Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

2006 fue un año importante para el pueblo de Oaxaca. Todo comenzó con la constante lucha de los maestros por mejorar la calidad de la educación pública y, consecuentemente, de las mismas escuelas. Buscaban becas y recursos que beneficiaran a sus alumnos, ya que la gran mayoría llegaba con mucha hambre y en carencia de materiales tan esenciales como las libretas y hasta el calzado. La huelga se sostuvo con la ayuda de la estación de radio Plantón, dirigida por los propios maestros. A través de ella justificaban sus demandas apropiadamente, sin embargo, el gobierno del estado se negó a entablar dialogo, creyendo que lo más fácil sería el desalojo armado, siendo asistidos por la Policía Federal Preventiva (PFP).

Esto desató la furia del movimiento magisterial, que ahora demandaba la renuncia de su gobernador, Ulises Ruiz Ortiz, del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Dos años atrás, Ulises había ganado las elecciones en lo que para muchos fue un descarado fraude, ejemplificando perfectamente la reputación del gobernador ante sus ciudadanos.

En los meses consecuentes, se originó un enfrentamiento entre el gobierno del estado y su gente, unificando a los múltiples pueblos que conforman Oaxaca en un solo ejercito que exigía sus poderes democráticos, sin importar la serie de retos que se les fueron presentando por parte de la administración de Ulises Ruiz Ortiz: desde tortura física hasta la guerra sucia, todo en un intento desesperado por tergiversar los sucesos y manipularlos a su favor, imponiéndose ante cualquier rastro de voz y resistencia.

Un poquito de tanta verdad (2007) es el relato que Corrugated Films nos presenta en base a los hechos, y que a su vez. Con un estilo que recuerda a las producciones de Canal 6 de Julio, este fuerte retrato sobre la sociedad oaxaqueña habla por si solo, encapsulando el coraje, la valentía y astucia de quienes formaron parte del movimiento.

Mientras los minutos avanzan, el lazo entre el espectador y nuestros protagonistas se va fortaleciendo, creando un aura de intimidad y empatía, explorando la historia de un pueblo que decidió enfrentar la opresión de su gobierno y que, en lugar de someterse, optó por mantenerse unido hasta el final, tomando los medios de comunicación como un instrumento útil para mantener viva la flama del combate.

Esta serie de acontecimientos son una prueba de cómo la realidad supera la ficción. Y quizá la mayor lección que podemos aprender de estos eventos es que, para que nuestra sociedad mejore, necesitamos incitar un cambio por cuenta propia y buscar el apoyo los unos de los otros. Porque no es que no haya gente con iniciativa o liderazgo; por el contrario, son muchísimas las personas con el valor y la capacidad de lograr grandes cosas. Lamentablemente, nuestros gobernantes no buscan que la sociedad cambie, y es ahí donde radica un grave problema.

El estado de Oaxaca nos proporcionó un ejemplo de a lo que podemos aspirar como sociedad; su pueblo es símbolo de la grandeza de México en su gente. Nos demostró además que nada es imposible. Mientras siga existiendo gente responsable al mando de los medios, siempre habrá un sector de publico que escuche, lea o vea el contenido correspondiente, y con ello la esperanza seguirá viva.

Después de todo, el pueblo unido jamás será vencido, y por eso mismo: ¡que viva Oaxaca!

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