Emiliano Sánchez

@E_miliano_

Ilustración: Buenos Aires de la serie ‘Grafitis en el mundo por Ayptzinapa’.

 

Puede que una parte importante de la población regiomontana no se dé cuenta, pero caminar en las calles de Monterrey, puede ser una tarea cercana a imposible para algunos. Recientemente hemos visto en los periódicos locales notas sobre el abandono en que se encuentran muchas de las arterias de la ciudad, particularmente en el centro. Basta con aventurarse a transitarlas a pie para notar de que no invitan a hacerlo. Por el contrario, presentan obstáculos de diversas índoles como vehículos estacionados sobre ellas, basura, infraestructura urbana, sean postes de luz, casetas telefónicas o, en el mejor de los casos, vestigios de las anteriores.

¿Cuántas personas en situación de vulnerabilidad —sea por edad o alguna discapacidad— no salen de sus casas por carecer de calles que les permitan transitar de manera segura y sencilla?

La Organización Mundial de la Salud propone el concepto de “discapacidad social” para hablar de entornos que restringen la participación de uno o más individuos. Es un conjunto de condiciones que pueden estar relacionadas con el estado de salud de los mismos, pero también con el entorno social en que se encuentran. Un entorno que restringe la participación de un individuo, es un entorno excluyente.

No podemos presumir de ser una ciudad en la que se haya comprendido el concepto de accesibilidad universal; más bien diríamos que el pase de acceso ilimitado es para quienes poseen un auto. Siendo esto así, el potencial que estamos desperdiciando de ser una ciudad más viva es enorme; calles llenas de gente son calles en las que hay interacción, que crean cohesión, que refuerzan el espíritu comunitario, que recrean y estimulan al individuo; calles desiertas y gente encerrada en casa… nos falta algo.

Nuestros gobernantes se jactan de hacer fuertes inversiones en infraestructura vial, pero olvidan infraestructura básica; ¿una ciudad que no se puede caminar?

Para ponerlo en contraste: el paso a desnivel de Garza Sada y Alfonso Reyes, fue anunciado con un costo de 184 millones de pesos —supongamos que por primera vez se gasta la suma anunciada en un principio—; paralelamente, la empresa IDOM estima, en su desarrollo del Biciplan para el Área Metropolitana de Monterrey, que un kilómetro de ruta ciclista urbana con el equipamiento necesario para ser segura y accesible para un público amplio, está en el orden del millón de pesos. Siendo esto así, con lo invertido en un sólo un paso a desnivel podríamos tener 184 kilómetros de rutas ciclistas en la ciudad: ¿cuántos pasos a desnivel se han hecho últimamente? Y lo que es peor, ¿qué se ha dejado de hacer en pro de una ciudad más accesible a escala humana, por favorecer únicamente la movilidad motorizada? Ahora, si eso cuesta una ruta ciclista, rehabilitar calles y banquetas para hacerlas nuevamente transitables y seguras, debe costar mucho menos, ¿por qué el desinterés de nuestras autoridades? ¿Discapacidad social?

Estamos por gastarnos 12.5 millones de pesos en un desfile navideño de globos gigantes y ostentosos. Esta navidad nos vendrían mejor banquetas en buen estado y calles vivas.

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