Por Kaizar Cantú

En el mundo editorial, hay ciertas medallas cuyo significado es doble y paradójico. Una de ellas es la etiquetita del bestseller. La otra, a mi parecer al menos, es la fortuna (buena o mala) de pertenecer al exclusivísimo club de las novelas de aeropuerto.

Una novela de aeropuerto es, para sorpresa de nadie, una novela que se vende en los aeropuertos, específicamente en las revisterías y en esas pequeñas tiendas de conveniencia a las que uno se mete para perder el tiempo y salir con unos chicles o una bolsa de papitas. No la definen las convenciones de un género, sino el espacio en el que se distribuye, rasgo que comparten con los ya míticos pulps. Los estantes, más que por ficción de cierto tipo, son dominados por nombres, de entre los cuales puedo mencionar, sin mucho temor a equivocarme, a Michael Crichton, Stephen King, Dan Brown, Tom Clancy, John Grisham y Dean Koontz. Quien esté familiarizado con estos autores notará que de entre la variedad los viajeros parecen favorecer las novelas de espionaje y los thrillers históricos o científicos.

Contrario al caso de mucha otra literatura, la novela de aeropuerto está pensada para satisfacer una necesidad muy específica: pasar el tiempo durante el viaje en avión y todos los ires y venires que lo acompañan. Es un artefacto con un propósito, igual que una pastilla o un taburete, y como ellos, es desechable o por lo menos fácil de abandonar una vez que la necesidad ha quedado satisfecha.

La literatura a veces es muy creída y se jacta de estar, como buena expresión de las artes, por encima de toda utilidad. Es por y para sí misma. Si en su existencia satisface necesidades de educación, entretenimiento o escapismo es un accidente conveniente y feliz. Es por esta razón que en los círculos literarios, sobre todo en los más elevados (o céntricos; no me queda claro si esos círculos construyen un laberinto o una torre), es común el desdén hacia las obras que no temen ser o convertirse en objetos con una función definida.

Tal fue el caso de la ficción policiaca. No cabe duda de que uno de los atractivos del cuento policiaco clásico es ensayar soluciones al misterio y luego comparar notas con el detective en las últimas páginas. Ese deleite le ganó al género un par de comparaciones desfavorables con los crucigramas, el sudoku y otras variantes del rompecabezas. Es cosa de ilusos negar que hay cierta validez en las comparaciones, pero eso no hace de los autores que lo cultivaron menos hábiles en el manejo de la palabra, y tampoco hace de las obra menos producto de la literatura.

A las novelas de aeropuerto les va más o menos igual por razones distintas. Mientras que al cuento policiaco se le tenía en poca estima por su cualidad tan artificial, casi de relojito muy bien armado, a la novela de aeropuerto se le desprecia por apelar a una necesidad de consumo. A la literatura no le sirve un libro útil.

No obstante las bocas torcidas, la novela de aeropuerto tiene sus méritos. Escribir un libro que se gane un lugar entre esos estantes tiene su chiste. La obra, además de ser extensa (la norma está entre las 300 y 400 páginas),debe estar escrita con una prosa ágil, de fácil lectura. La trama no puede ser otra cosa menos que emocionante, y ayuda que la estructuración y el ritmo de la obra estén muy bien cuidados, con capítulos veloces de gancho agudo. Si el cuento policiaco es comparable a una máquina muy precisa, la novela de aeropuerto tiene que alcanzar, a través de la pura escritura, la emoción de una buena película, con la que probablemente estará compitiendo, dependiendo del avión al que se aborde.

Creo que la novela de aeropuerto merece, si no el estudio y admiración de las generaciones futuras, sí un poquito de respeto por sus logros formales y al menos algo de curiosidad, pues es un fenómeno típico de esta época tan vertiginosa en la que hasta los libros tienen que andar a la carrera.   

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