Por Carmen Libertad Vera

Caminando por las calles, de buenas a primeras uno se puede topar con una gran variedad de noticias urbanas, que a la vista pudieran tener cierta semejanza a los recursos empleado para divulgar los antiguos edictos públicos.

Algunas de esas noticias son muy recurrentes, otras no tanto, extraordinarias las menos.Por lo general, suele ser información común y corriente transmitida mediante difusas fotocopias mal hechas, adheridas con trocitos de masking tape sobre algún poste o fachada citadina.

Papeles que notiffican, por escrito y a los cuatro vientos, acerca del extravío de cosas, mascotas o, incluso, personas. En esos casos, se suele ofrecer recompensas por la devolución de lo perdido. Complementano la oferta con datos elementales, o significativos, que identifican lo buscado.

En alguno de esos carteles noticiosos podemos encontrar con cierta frecuencia algo semejante a esto: “Se extravió ayer. Responde al nombre de ‘Pecas’. Tiene orejas gachas, es muy tierno, porta playera afelpada con escudo del Atlas. Una niña muy triste llora por su ausencia. Ayúdenos a encontrarlo”.

El mensaje anterior, leído al paso y apresuradamente, motivaría a detenerse frente a semejante reseña, sólo para corroborar si la pequeña y borrosa fotografía que el volante muestra, corresponde a una mascota canina o gatuna a la que, abusivamente, alguien disfrazara como vulgar barrista de algún equipo futbolero, razón más que suficiente para que cualquier animal que se respete huya despavorido; o presenta el rostro de un desaparecido jovenzuelo con apariencia chola, punk o darketa, que en calidad del “cobarde del condado”, escapara de “la escena del crimen”, justo al enterarse que estaba a punto de convertirse en padre de una “linda y hermosa criatura”, y ahora lo andan buscando para que coopere con los pañales.

Tampoco es raro encontrar un cartelito callejero que solicita la cooperación para localizar algún sujeto “perturbado de sus facultades mentales”, el cual anda por ahí perdido entre los millones de humanos que, en supuesto sano juicio, vagamos por el mundo. Ni los que anuncian lecturas de cartas o tarot y trabajos de hechicería, magia blanca o sanación con, o sin, servicio de amarres y hechizos indistintos.

También están los anuncios clasificados que solicitan personal “de ambos sexos”, “señoritas de medio tiempo” o “jóvenes con carrera trunca”, a quienes se ofrece ganar harto salario semanal y todas las prestaciones de ley, desempeñándose como auxiliares administrativos o ejecutivos en importantes compañías nacionales o trasnacionales. Tales volantes incluyen generalmente una aclaración obligada: la de que esos emplos “no son ventas”.

Los noticiosos cartelitos callejeros más frecuentes, no tienen mucha diferencia entre sí, tanto en presentación como en contenido. En algunos, la parte inferior del papel es sección semi recortada de tiras desprendibles, a fin de que cualquier interesado pueda llevarlas consigo fácilmente; en ellas, se repite el número telefónico donde darán informes a los interesados en la contratación laboral, la renta económica de un cuarto de huéspedes con todos los servicios, la compra de los más inverosímiles artilugios; sin descartar la obtención de un préstamo personal o, quizás, contactar los ponderados servicios de un scorts o una sexo servidora.

No es raro encontrar estos pegostes en las cercanías de las paradas de transporte colectivo o junto a teléfonos públicos, dando por descontado que el segmento poblacional al que van dirigidos, carece de un vehículo propio y de los recursos suficientes para recargar tiempo aire en sus celulares, a los que sólo utilizan para recibir llamadas o mensajes.

En colonias popis, en lugar de fotocopias se llegan a utilizar impresiones de calidad, incluso a color y con elementos de un diseño gráfico profesional. Casi siempre se limitan a ofrecer recompensa por la devolución de una mascota familiar o por los informes de un vehículo robado. Contadas veces solicitan personal doméstico o de jardinería. Por el contrario, en colonias populares y zonas céntricas, los papeles noticiosos son de lo más escueto y burdo posible.

En estos tiempos de agudo desempleo y forzado autoempleo, en ciudades donde los reglamentos municipales permiten este tipo de propaganda, existen flotillas dedicadas a la repartición o pega de anuncios callejeros. Así, personas de cualquier edad y variopinta condición, como cualquier volantero profesional que se respete, andan por calles y cruceros provistos de cachuchas para el sol, mandiles con bolsas donde guardan un altero de impresos o flyers, además de los imprescindibles y gordos rollos de cinta masking transparente o, para que mejor amacice, cinta canela.

En días cercanos a los catorce de febrero, como hongos después de una tormenta, por diversos rumbos suelen brotar mensajes plasmados en bardas, cual graffiti urbano, o a manera de banners publicitarios; son noticias que informan desinhibidamente las más apasionadas intimidades sentimentales. Con ellas, de buenas a primeras uno se entera que “Brayan Yeovany ama a Sandi Fiona”, “Bomboncita adora a Merenguito” y “Alan Moisés propone matrimonio a David Arturo”. Noticias que no pocas veces se adornan con el garigoleado de corazones flechados, palomas de entrelazados piquitos, flores encarnadas, alados cupidos, o cualquier otro tipo de cursilería concomitante.

Pero no se crea que todo es tan light o color de rosa en materia de noticias urbanas, no, ¡qué va! Algunas de ellas, sobre todo en estos tiempos, no resultan tan intrascendentes o divertidas.

Recordemos para ello que durante los años de la “guerra sucia”, era frecuente encontrar carteles callejeros mostrando rostros de mexicanos desaparecidos, personajes seguramente catalogados por el CISEN como peligrosos guerrilleros o algo semejante. Fotografías de rostros acompañados con frases y consignas del tipo “exigimos su presentación”, “vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Por supuesto que no era esa oscura y tenebrosa agencia de investigación, la encargada de exigir la presentación con vida de los desaparecidos, sino organizaciones abiertamente definidas como de izquierda, moderada, radical o, de plano, absolutamente clandestina. Por desgracia, muchas de esas desapariciones forzadas ni siquiera constan en los archivos históricos de nuestra ignominia nacional.

A esos años se remonta la lucha emprendida por personajes de la talla política de doña Rosario Ibarra de Piedra, y también las de otras madres anónimas en búsqueda de sus hijos desaparecidos. Años donde, contra lo que pudiera pensarse, esos carteles se multiplicaron por muchos y distintos lugares de México; porque ni siquiera ciudades tan “tranquilas” como lo era la Guadalajara de los años 70’s, estuvo exenta de tan informativos y públicos reclamos. Baste recordar que en esa ciudad existieron focos de guerrilla armada y oposicionista al régimen, como lo fue la famosa Liga 23 de Septiembre.

Ahora, en estos recientes años, tampoco podemos olvidar el hard gore de los siempre amenazantes narco mensajes, no pocos de los cuales en los diarios luego se convierten en titulares de primera plana, noticia principal en medios electrónicos, y tema de amplios reportajes o sesudos editoriales.

Esas narcomantas callejeras pueden llegar a ser noticias de muy altos vuelos, ya que hasta se atreven a mencionar nombres de personajes muy picudos dentro de la realpolitik mexicana.

Aunque nunca se haya visto en vivo y a todo color alguna narcomanta, no es raro enterarnos de su indudable existencia, bien sea impresa y extendida —con o sin el acompañamiento de cadáveres colgantes— sobre cualquier puente peatonal o a desnivel; o garabateada sobre cartulinas mediante plumón y pésima ortografía; o, incluso, clavada con desalmado puñal sobre el cuerpo desnudo de uno de los tantos ejecutados que luego dejan tirados en cualquier sitio.

Después de tragedias sociales como las muertas de Juárez, la masacre de San Fernando, las ejecuciones de Tlatlaya, la desaparición en Iguala de los 43 normalistas de Ayotzinapa; o desastres económicos como los recién anunciados recortes presupuestales para los servicios básicos a favor de las mayorías, mientras la clase política de este país continuamente produce escándalos de corrupción y enriquecimientos inexplicables; las “noticias callejeras” también han optado por salir a tomar las calles, convertidas en pancartas de indignación y protesta, detenidas ya no sólo en algún muro, sino sostenidas por las propias manos y replicadas por las gargantas de cientos de miles de mexicanos.

Son noticias que, a usanza y semejanza de los antiguos y coloniales edictos o corridas de boca en boca, por desdicha andan muy profusas; y con las cuales, definitivamente, ya sea en alguna marcha o a la vuelta de cualquier esquina, nos están enterando de nuestra realidad. Independientemente de que algunas autoridades o medios informativos pretendan ocultarla. 

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