Por Cesar Vargas

Como librero, alguna vez mascullé, deletree, y por qué no, recomendé el nombre de este poemario en la legendaria librería El Parnaso de Coyoacán: Tequila con calavera. La mesa de novedades en varias ocasiones renovó la pila de ese genial título de libro. Se vendía, por decirlo, como pan caliente, si reconocemos que el pan es la poesía de los alimentos terrenales. No era un asunto menor, el libro venía apadrinado por ni mas ni menos que Octavio Paz.

Es posible que en la misma cafetería de la librería del Parnaso, que era un hervidero de la inteligencia coyoacanense, se haya sentado Samuel Noyola a contemplar en silencio los galopantes días que transcurrían en esa bella terraza.

Eran los días del levantamiento zapatista, de promesas de gobierno por arribar al primer mundo, de magnicidios y crisis devaluatorias. Con signos tan catastróficos, lúgubres y descepcionantes, cómo no rehuir de semejante espectáculo telúrico, y si se cuenta, como dice Celaya, con un arma cargada de futuro, si se posee el verbo de la poesía se tiene quizás todo en la vida.

Vaquero de Mediodía, de Diego Enrique Osorno, documental de culto, es un registro dantesco y detectivesco, una pesquisa a las huellas de una vida turbia y rebelde, pero también luminosa, la vida de un poeta, la de Samuel Noyola.

Noyola como acertijo, como enigma, arcano, Noyola como mito, héroe, desafío, obsesión y desencanto. Pero también alude a una vida envuelta por la gracia del lenguaje poético, con su concomitante dosis de soledad, locura, rebelión, guerra, dolor y libertad.

En alguna ocasión, Jacques Riviere definió que la rebeldía de un Rimbaud no era debido a un desorden social, sino obedecía a un desorden metafísico. Así la vida de un Baudelaire, un Walser, un Artaud, pero también la de un Noyola, nuestro poeta perdido, un ente de luz tragado por la oscura tierra, nuestro poeta maldito.

Difícil ir tras las huellas de un fantasma, es como perseguir o querer coger el humo, es pretender una voz inalcanzable cuyos versos se escuchan en la lejanía. Noyola podría estar en cualquier lugar del mundo, pero al mismo tiempo en ninguno. Podría estar urdiendo en estos momentos el poema más bello de la tierra, pero también en el silencio absoluto.

Me enteré por aquellos días que Paz lo había conminado a que, para un próximo viaje a España, en una suertde beca, a que no fuera a ninguna academia, que el era un poeta, que visitara mejor tugurios y cantinas, que era lo más propio a su figura romántica.

Supe del Noyola también por una amiga productora de cine, visitante asidua del Parnaso, que el romántico Samuel la había visitado una noche en su apartamento de Coyoacán, para festejar su cumpleaños, acompañado de una botella de vino. Pero también de esa noche supe que los poetas suelen ser desdeñados.

Ahora quiero imaginar a Noyola como a un cervatillo que de vez en vez vuelve al reposo de un estanque a beber agua, al poeta visitando el oasis de una pequeña librería de barrio, fatigando los entrepaños de poesía.

Instalados en el reino de lo posible, sin saberlo, acaso algún ignoto librero ha tenido la proximidad con el mismo poeta.

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