Fue en verano de 1986 que Wendel J. Barnes impartió su Seminario para la Apreciación de la Literatura Basura (trash lit) en una de las aulas de la Universidad de Wisconsin [1]. El evento habría sido legendario, una especie de happening académico, de no ser por el perfil tan poco prominente del mismo Barnes, y por su fama de estafador literario.

Wendel Barnes fue cuentista y novelista de obra controversial. Oriundo de Fennimore (WI), pasó la adolescencia y los primeros años de su vida adulta atendiendo el negocio familiar de venta de cortinas y tapetes exóticos. A los 23 salió de Wisconsin con rumbo a Pennsylvania, y en algún punto entre 1958 y 1962 comenzó a escribir sus primeros cuentos, compilados en la colección Things That Should Have Happened But Didn’t (1965). Los relatos eran, para la época, bastante extraños: un atisbo norteamericano de lo que las editoriales y la academia se empeñarían en llamar realismo mágico, enraizado en la psicodelia y el aburrimiento absurdo, tan natural en los pueblos pequeños de Estados Unidos. La crítica alabó la obra como un ejemplo más de la nueva sensibilidad radical de la juventud norteamericana, prediciendo un futuro brillante para Barnes. Tres años después apareció su primera novela, One-Breasted Girl, también recibida con calidez y entusiasmo por la crítica [2]. A partir de entonces, y durante los próximos 10 años, Barnes publicó obras a un ritmo vertiginoso, actitud en un comienzo admirable, pero que luego se volvió un tanto sospechosa. Muertas las sensibilidades artísticas de los 60, Barnes perdió el apoyo de la crítica, y hubo más de uno que lo acusó de no ser sino un oportunista en busca de novedades que explotar [3]. Para principios de los 80, su carrera como escritor de ficción había terminado, aunque logró conservar un espacio editorial en el Kaukauna Tribune, que aprovechó para promocionar su seminario del ’86.

Del seminario conocemos muy poco. Se sabe que se impartió en julio o agosto de aquel año, con una duración de tres semanas. El número de asistentes permanece desconocido, mas se sospecha que no fueron más de seis los presentes durante las sesiones.

De lo que sí estamos seguros es que al menos uno de los asistentes tomó notas de lo dicho en el aula, que luego transfirió en limpio a máquina. El documento fue engargolado con una página de portada en la que se lee “Notes on the Seminary for the Appreciation of Trash Lit”, con el nombre de Maurice P.W. impreso en el margen del fondo [4].

He tenido la oportunidad de hojear una versión fotocopiada de las notas. Dado este espacio, siento que es mi responsabilidad compartir aunque sea los primeros puntos del documento [5]. Puede que después me ocupe de transferir el resto. Por ahora, aquí están unas cuantas notas sobre el Seminario para la Apreciación de la Literatura Basura:

1. El ser humano expresa sus pesares y sus manías a través del juego con y la estructuración de las palabras. El producto final de esta experiencia es lo que llamamos Literatura.

2. Si la expresión es genuina, es Literatura. No hay parámetros de calidad.

3. La crítica no es un instrumento inútil, sino mal utilizado. Su misión debería ser encontrar los aspectos más trascendentes dentro de una obra, aquellos momentos en los que asoma La Literatura.

4. Toda expresión literaria merece atención y estudio por virtud de ser una manifestación más de la Literatura.

5. El mundo de los libros está lleno de basura, pero hay basura que es muy buena, si no es que hermosa y, sobre todo, memorable.

6. Madame Bovary es una novela terrible, sin embargo aún se habla de ella.

7. Pocas cosas son tan aburridas como leer Robinson Crusoe. El único momento interesante es cuando Crusoe encuentra una huella marcada sobre la arena que por tanto tiempo creyó desierta. Ese pasaje salva la novela; hace que valga la pena conservar cada una de sus páginas, sólo para darle poder y contexto.

8. Es una reverenda estupidez ignorar obras enteras porque son basura. Yo me he paseado por varios basureros, y no me creerían las maravillas que he encontrado asomándose entre las montañas de chatarra y desecho.

9. El cuento más bello que he leído es una historia de detectives sensual y sanguinaria. Me lo encontré en una de esas revistas que venden en puestos de periódicos y farmacias. Ya no he vuelto a leerlo, pero aún recuerdo un pasaje en el que el detective le rompe el cráneo a un rufián.

10. La verdadera Literatura no está en obras completas, sino en los fragmentos más memorables de esas obras.

11. Yo solía escribir pensando en lo que diría la crítica. Luego comencé a escribir sólo por hacerlo, y la crítica rechazó todo lo escrito. Entonces me di cuenta de que estaba haciendo lo correcto.

12. Lo mejor es escribir, escribir y escribir, sin importar lo que salga y cómo salga. El escritor debe transformarse en una máquina reproductora de experiencias.

13. Admiro más al escritor que trabaja y trabaja sin preocuparse por la calidad de sus obras que al que se pasa los días mortificándose por si lo que escribe estará bien hecho. El primero contribuye más a la Literatura, sacrifica tiempo y energía en sus altares; el otro es un pobre diablo que anda buscando que le masturben el ego.

21. La poesía fue asesinada en tiempos de la vanguardia. Lo que nos han dejado es un doble de pésima calidad [6].

22. El cuento no puede ser preciso, ni bien calculado. Debe escribirse con el ímpetu de un sueño vertiginoso.

23. ¿Que qué libro me llevaría a una isla desierta? Xanard in Planet Mongol [7], por supuesto.

24. Yo nunca tuve problemas con la crítica. Ellos tenían problemas conmigo porque yo nunca paré de darles trabajo. Querían que les diera un respiro.

25. El problema con los profesores de Literatura es que les dicen a sus alumnos lo que es bueno y por qué deben leerlo, tal como a ellos se los dijeron una generación atrás. Deberían dejar que sus alumnos vayan a la biblioteca o la librería, escojan un libro que les llame la atención y luego justifiquen por qué vale la pena leerlo, por qué eso que tomaron es Literatura.

26. Mis maestros no estaban en bibliotecas, encerrados entre pastas cubiertas de cuero y con tipografía elegante. A mis maestros sólo podía encontrarlos en los estantes de las revisterías, hechos de papel barato y portadas llamativas.

31. No sé cómo ni por qué hay escritores con miedo a escribir. ¿Que no sería mucho más lógico que temieran no escribir? La calidad de lo escrito no es excusa para no producir Literatura.

32. He escrito tantos cuentos y novelas que ya perdí la cuenta. Creo que si me pusiera a ver cuántos son, me espantaría de saber todo lo que he hecho.

33. Creo que hay escritores a los que no nos podemos referir en singular. Daniel T. Clemens, por ejemplo. Escribió tanto que es imposible creer que toda su obra pertenezca a un solo hombre. Daniel T. Clemens no es un escritor, sino un cúmulo de escritores trabajando bajo un mismo seudónimo [8].

34. La trama es algo que debe cuidarse, pero no demasiado. Es necesario contar con algo que empuje al lector, aunque sea muy de vez en cuando.

35. El personaje puede quedar en total abandono. He leído más de una novela prácticamente sin personajes, hechas de entidades que ejecutan acciones o atraviesan ambientes.

36. No hay tal cosa como el experimento literario. Toda expresión genuina es un experimento. Novedoso a su manera, digno de apreciación.

44. Una mala novela es como una mujer fea. ¿Saben cuántas noches tan deliciosas he pasado con mujeres tremendamente feas?

45. ¿Quién más si no un hombre de Letras puede apreciar el trabajo de otro hombre de Letras?

46. No es por hacer insinuaciones, pero a veces pongo en duda el mérito de la crítica y la academia.

47. La máxima expresión del ejercicio crítico consiste en apreciar lo despreciable.

48. Me han llamado apologista de la escritura mala y de la mediocre. Yo no hago apologías de nada, sólo digo que la Literatura es Literatura.

53. Todo vale la pena leerse. Absolutamente todo. Hasta los papeles que uno se encuentra tirados en la calle.

54. No puedo recomendarles nada. Lo mejor sería que ustedes salieran a encontrar tesoros en el basural. Pero si alguna recomendación debiera hacerles sería The Toes of the Elephant and Other Tales, de Roberta Gray [9].

Por Kaizar Cantú

[1] El sistema manejado por la Universidad de Wisconsin es más o menos parecido al de las franquicias comerciales: la institución presta su sello y espíritu para que estos sean utilizados por distintas instituciones en todo el estado. Esto presenta un problema para los eruditos, pues nadie está seguro de cuál de todas las Universidades de Wisconsin fue la que prestó sus instalaciones para la impartición del seminario. La mayoría prefiere pensar que el seminario tuvo lugar en Madison o Green Bay. Margaret Cabrera sugiere una posibilidad más entretenida: que Wendel Barnes optó por impartir su seminario en las aulas de una universidad pirata, tal vez inaugurada y dirigida por él mismo.

[2] Leopold Anderson fue quizá el único en leer la obra de Barnes con cierto escepticismo. Escribió en su reseña del Johnstown Star: “Es posible que Wendel Barnes sea un genio, que posea el potencial para convertirse en la nueva voz de la literatura norteamericana. La cosa es que en el clima artístico que nos rodea actualmente es imposible distinguir a los genios de los timadores e incluso de los bromistas […] No diré que no disfruté la novela porque, de hecho, me ha entretenido, mas no estoy seguro de si el señor Barnes tenía ese propósito, y temo que no cuente con la suficiente rectitud moral como para no sacar provecho de una moda artística. Claro, espero equivocarme”.

[3] El comentario más famoso al respecto proviene quizá de Victoria Lynch, quien acusara a Barnes de ser “mucho más publicista que literato”.

[4] Un hallazgo del profesor Arn Andersen, de la Universidad de Wisconsin-Green Bay. Según cuenta, el engargolado “se apareció” junto a un montoncito de libros que necesitaba para un paper que planeaba escribir. El bibliotecario de la Cofrin Library ya había visto el documento, mas su recuerdo estaba lleno de vaguedad.

[5] Cabe obviar que el documento original está en inglés. Las notas reproducidas en este artículo son una traducción hecha por mí.

[6] Pido disculpas por el brinco del punto 13 al 21. Algunas de las fotocopias son de muy mala calidad, así que es imposible distinguir la letra impresa de varias páginas. Cualquier omisión a partir de este punto es por esto.

[7] Cuarta novela en una serie de ciencia ficción firmada por Stanley Marshall. Se especula que éste fue uno de los varios seudónimos utilizados por Barnes cuando su propio nombre dejó de vender.

[8] No sorprenderá al lector saber que Daniel T. Clemens es uno de los seudónimos que se le sospechan a Barnes.

[9] Colección que compila 14 relatos de misterio. De nuevo, Roberta Gray podría ser otro nombre de Wendel J. Barnes.

Comments

comments