¿Cómo es recordar en VHS durante la época de las redes y el video digital?

Por Valeria Martínez Reyna

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Lo efímero

Un montón de cajas se hallaban sobre el escritorio de Adriana. Me saludó distraída conforme acomodaba un montón de papeles y tecleaba sin parar en la computadora. De vez en cuando jalaba una cinta de tinta en la impresora, acomodándola para imprimir las portadas de los discos. Había varias cajas en el espacio donde me senté la vez pasada mientras esperaba. Una de las cajas, de gran tamaño y de color azul, contenía muchísimos estuches de DVD.

Encima colgaba una fotografía enorme de Marilyn Monroe con una chaqueta gruesa, levantando los brazos desde lo que parece ser un convertible. La foto está en blanco y negro, desenfocada; a través del vidrio del automóvil se observa un rostro que mira fijamente hacia el frente, con mirada borrosa. Debajo de este retrato sigue la planta exótica de antes, espinosa. Ahora se ve un poco más ancha, con más de esas espigas rojas que estorban para todos lados y unos botones de flor de plástico.

Dudo de mi memoria: ¿cómo es que apenas unas semanas antes había visto la misma habitación y ahora se veía tan diferente? Al momento pienso que sería bueno revisar las fotografías que tomé la última vez. Pienso en el hombre borroso que observa a Marilyn Monroe desde el fondo, en lo sutilmente siniestra que puede ser la selectividad de la memoria, al igual que la de la fotografía.

Veo que Adriana está sumamente concentrada y siento vergüenza de entrevistarla en este momento. Las cosas han cambiado mucho desde mi última visita. Nadia, la que tiene aires de científica loca, me recuerda un poco al Einstein que se encuentra en el póster detrás de Adriana. Ahora entra y sale del laboratorio, acelerada, moviendo papeles y cassettes. La puerta pesada con el letrero de “No pasar” está siempre abierta, y de ésta salen las caras de dos adolescentes larguiruchos que de pronto se aventuran fuera del laboratorio, con el pelo desgreñado que traen los chicos de su edad. Como por temor a algo, regresan enseguida a su lugar de trabajo.

Aparece un hombre que ni hace ruido con la puerta. Porta un uniforme azul y una gorra del mismo color. Trae dos paquetes en sus manos y espera para dárselos a Nadia. Es muy silencioso. Tardo unos minutos en darme cuenta de que se ha ido y entonces Nadia y Adriana comienzan a hacer cuentas sobre el cobro de un pedido. Sobre todas las cajas vacías de DVD y unos videocassettes en el escritorio de Adriana se encuentra una factura de la compra de unos cartuchos de tinta. Finalmente, las dos compañeras llegan a un acuerdo. Nadia retorna a su papel de científica y cierra la puerta. Me doy cuenta por primera vez de que hay un aparato que lee huellas digitales y botones para poner una contraseña a lado de ésta.

Forward

Estoy haciendo la impresión de los discos —dice Adriana cuando ya se halla más tranquila.

Viste una blusa de manga larga con brillos y un corazón con peluche de leopardo. Hace apenas un año que se graduó de la prepa, pero es muy buena con los números. De hecho, a eso quiere dedicarse cuando sea grande: a la contabilidad; dice que es lo suyo. Hasta ese momento me di cuenta que también hacía trabajo de contadora en el local. Me dice emocionada que lo que más le gusta de eso es “estarse quebrando la cabeza” cuando no cuadran las cosas.

—Se me hace lo más entretenido, se te va el tiempo en estar calculando todo. Yo siempre tengo mi calculadora en mano —dice.

Le pregunto que cómo le fue con la cliente que traía muchos cassettes la última vez: la señora de Pátzcuaro. Me dice que ese trabajo no tiene fecha de entrega, que la señora va al local cada semana a pagar una parte hasta que se termine.

Adriana pasa todo el día trabajando. Va a la sucursal del Centro tres veces por semana, y ahí pasa la mitad del día. Revisa videos, imprime, limpia un poco el lugar cuando se hace desorden y si no tiene nada qué hacer, llama a los clientes pendientes. Le gusta escuchar música electrónica cuando se distrae, para sentirse animada a trabajar más rápido. Dice que a la hora de la salida le gusta irse luego luego; es la mejor parte del día.

Para Adriana no ha pasado nada divertido últimamente, sólo mucho trabajo; eso y que hace poco se cayó de la silla enfrente de un cliente. También que un cajón metálico enorme se le vino encima cuando quiso mover algo, lo cual fue muy vergonzoso.

Continúo la entrevista donde nos quedamos la última vez. Le pregunto sobre la nostalgia y su trabajo. Adriana se queda pensando y me dice que realmente vive eso todo el día. Trabajar como transfer hace que compare los videos de Internet con los que ve en el trabajo, y le parecen poco interesantes.

—Yo soy más a lo antiguo, a lo moderno no tanto —dice con orgullo.

Adriana ha aprendido mucho de su trabajo.

—No conocía qué era un proyector. De hecho, cuando cumplí 15 años me dieron unos cassettes y yo decía “¿Qué es eso?”.

Comenta que no fue hasta hace poco que transfirió esos cassettes a DVD.

—¿Qué pasa en el video, que tú recuerdes?

—Me iba a caer, me resbalé. Ahí se me fue; como aventaron burbujas y traía el tacón, pues me caí.

La copia que ella tenía se la había dado el camarógrafo en un inicio— se rayó por el uso que le daba su hermana. Su hermana menor siempre se sienta enfrente de la televisión y saca muchas películas para verlas. Después no las devuelve a sus cajas y se rayan. Adriana cree que es porque desde pequeña “no tiene nada que hacer”. Se encuentra un poco ocupada, haciendo un gesto extraño con el dedo sobre la computadora.

Se abre la puerta y entra un niño muy alto y delgado, con el pelo despeinado y unas bermudas. Trae dos billetes de 500 pesos en la mano y, casi sin decir nada, se los da a Adriana y se retira. Las dos nos quedamos calladas ante la extrañeza de la entrada del niño. Me dice que es el hijo de la señora de Pátzcuaro. Le digo lo de Pátzcuaro y me dice que no han llegado a ese video, pero que la señora se llama Martha Miranda.

Nostalgia: edades y música

¿Para ti qué es la nostalgia?

—Como que andas bien tristezona recordando cosas. Por ejemplo, este clima a mí me pone como que muy triste. Cuando son las bodas y sale el clima así nublado, yo me quedo “Ay, ¿qué va a ser cuando yo me case?”.

Adriana dice esto con emoción y luego se ríe diciendo que “se le va la onda” con este clima.

—Has de cuenta que como que aparece aquí la nubecita.

Dice que cuando ve la felicidad de la novia a veces le dan ganas de llorar, como si ella se casara. En su familia, sin embargo, nadie tiene video de bodas, así que ella sería la primera.

Adriana bromea diciendo que quiere una boda de princesa, luego dice que no tiene que ser gran cosa, “algo así inolvidable”. Por lo que ve en los videos, cree que ya no se ven tan contentas ni emocionadas las novias como las de carrete. “Hasta parece que no se quieren casar”. Ahora les importa más el vestido, cuando antes traían vestidos gigantes con hombreras y sombrero, casi todos iguales. “[Ahora] tú las ves y hasta le echan crema al taco”.

Una de las cosas que más le emocionan son las canciones de las películas de carrete, en donde se nota que la gente se quiere porque “hay gente que sí se inspira”. Habla de una ocasión en que una mujer de edad mayor llevó una película de carrete y la canción que eligió para musicalizarla quedaba con el ritmo del video; la parte más fuerte de la música concordaba con la puesta del anillo. Los que piden este tipo de trabajo suelen ser personas mayores o viudas/viudos que buscan recordar. Casi siempre quieren videos sin efectos, sencillos.

La música hace mucho con el video. Dependiendo de la ocasión, es mucho más rítmica y hay más efectos visuales, como en las graduaciones. Adriana cuenta otra historia de una mujer que buscaba hacer un video para pedirle a su esposo perdón por algo. Eligió dos canciones muy tristes con fotografías de ellos en el fondo. Cree que es algo bonito que alguien se tome el tiempo de elegir qué canciones recuerdan cosas a otra persona.

La gente busca recordar todo tipo de cosas, desde el proceso de construcción de una casa, hasta una adolescente que buscaba transferir unos videos de sus papás en la Nevada del 97. Sin embargo, Adriana cree que el significado de la nostalgia ha cambiado, en parte por el Internet. Dice que la gente usa las redes sociales para ser dramática, para llamar la atención, cuando debe ser algo independiente de la vida. A ella no le gusta hablar mucho de su vida personal en Internet porque prefiere compartirla con su familia. Mientras dice esto, le digo que qué hace en la computadora, ya que vuelve a hacer aquel gesto extraño con los dedos. Explica que mide que el disco esté centrado para imprimir.

Me cuenta que el video que más nostalgia le provoca es el de su quinceaños, en donde baila con su abuelo una canción que le gusta mucho.

—Como que eso es bien nostálgico, ¿no? Las edades —dice.

Como transfer, Adriana ha aprendido mucho sobre la importancia del pasado como forma de salir de la rutina, como manera de descubrir cosas nuevas y revivir historias que, aunque a veces sean aburridas, enseñan algo.

—Me gustaría que todos lo hicieran para que sintieran lo que yo siento —expresa Adriana cuando me cuenta que le ayudó a su vecina a recuperar un video de su hijo de pequeño—. Yo le ayude para que pudiera volver a ver su vida.

Un video que en este sentido aprecia mucho es el del quinceaños de su mamá, en donde compara la manera en que se vivía a la de su propia época. Dice que la gente iba más a la Iglesia y los vestidos eran casi todos iguales —rosa pastel— cuando el suyo fue turquesa. También que fue gracioso comparar que en el quinceaños de su mamá el “balet” bailó chachachá y en el suyo música electrónica.

Yo ya estoy aquí, vivo más aquí. Yo no soy tanto de estar tan actualizada, como que yo estoy estancada aquí, en este trabajo, y me gusta más estar viendo aquí que estar viendo más afuera.

Luego de decir esto comenzó a guardar sus cosas y a acomodar las cajas sobre su escritorio. Le gusta el nuevo horario porque el tiempo se le va rápido. Ya es su hora de salida.

Primeros videos: Jorge y Ángel

La tarde es lluviosa. Detrás de mi silla cuelga mi impermeable gigante. Siento los dedos helados en mis pies y la agitación de cuando se entra a un lugar cálido luego del frío. El cuartito me parece un término más acogedor que “oficina” tiene una luz amarilla y una pared naranja; hay otra pared azul, otra roja y, me parece, una morada. En el escritorio de Adriana se encuentra un libro muy bonito sobre colores. Al abrirlo me doy cuenta de que cada hoja está dividida en tiras con colores que se mezclan con las hojas de abajo. El papel es brillante y se encuentra unido por una espiral.

Es un Pantone dice Adriana. Me lo prestaron para escoger los colores de un anuario. Sirve para combinar tonos.

Ella se encuentra en la computadora editando la foto de una muchacha con toga y birrete. Jorge la molesta por el cuidado con que hace su trabajo. “Eres bien lenta”, le dice bromeando.

Jorge vuelve a sentarse en la silla grande mientras Ángel vuelve a inclinar la cabeza en la ventana. Imagino que esta es la forma en que pasan las tardes cuando descansan. Ambos se ocupan en sus celulares. Cada cierto tiempo surge de la nada la risa aguda y contagiosa de Jorge. Yo me río sin saber de qué y veo la pantalla encendida del teléfono. Siempre se ríen y me recuerdan a Los Tres Cochinitos.

Jorge comenzó a transferir videos desde antes de comenzar a trabajar en Click, cuando estaba en carrera. La mayoría de los videos que transfería estaban en formatos más pesados que el VHS. Los videos convertidos se guardaban en el archivo de la facultad. “¿Alguna vez acabaron?” le pregunté a Jorge, y con tono burlón me dice que cuando él estaba no, pero que seguramente cuando terminaron tuvieron que pasarlos a DVD y hacer todo otra vez. En aquel archivo estaban trabajos de antiguos estudiantes: desde documentales con buena calidad, hasta videos hechos a última hora, “por cumplir la tarea y ya”. El proceso para transferirlos era sencillo, pero requería largas horas, ya que era en tiempo real, y por más que durara la cinta, era necesario revisar que no se pegara o trabara.

Jorge recuerda entre risas algunos trabajos donde se preguntaba “¿Por qué hicieron eso?, no tiene sentido”. En el primero, que comenzaba diciendo “No solamente se viene a estudiar a la facultad”, un grupo de estudiantes grabó traseros en toda la Universidad y lo entregaron como trabajo final.

Me acuerdo porque me daba mucha risa. Otros trabajos estaban muy bien hechos, pero ya ves que cuando los trabajos están bien hechos no te acuerdas bien; te acuerdas más de lo que están feos y te dan risa.

En otro hicieron una parodia de “Agua Clara” de Miguel Bosé. Hacían todo lo que decía la letra de la canción, literalmente. A Jorge se le figuró como un video ochentero.

Alguien comenzó a clavar algo afuera de la casa. Entraban y salían alternadamente una mujer y un hombre. La mujer siempre nos sonreía al pasar y vestía un atuendo negro de mangas largas. Pasaba tan rápido que parecía fantasma. El hombre, bajito, de pelo corto y de complexión fuerte, traía una camiseta de manga corta y era el que se encontraba haciendo el trabajo. Era el otro tío de Ángel, quien más tarde me dijo que él arreglaba todo y hasta hacía de plomero.

Con el martilleo de fondo, Ángel contó el relato de las primeras veces que transfirió videos. Llevaba cuatro años en el local y aprendió el oficio de su tío y de una muchacha que trabajaba ahí antes que él. Casi lo único que recuerda es haber visto bodas de reojo. Recuerda de nuevo al hombre que le llevó a Click como 100 videos de juegos de golf en donde nada más se veía la bola pasar de hoyo en hoyo.

Sangre

Tal vez la familiaridad con la que se encuentran medio sentados Jorge y Ángel tenga que ver con un vago recuerdo de casa, de un tiempo en donde ambos eran dos niños juguetones que no podían tocar la cámara de sus no tan diferentes abuelos.

En mi caso no fue tanto por herencia, fue por gusto adquirido, porque mi abuelo nunca me dejaba agarrar su cámaradice Jorge con cariño y coraje.

El abuelo de Jorge era un fotógrafo empírico que aprendió “agarrando la cámara” sin saber mucho de fotografía. Trabajaba en una fábrica, y durante los fines de semana se iba a eventos a tomar fotos. Después lo contrataron y vendía fotografías que tomaba ahí mismo. Cuando Jorge era pequeño vivía en la misma cuadra que su abuelo, así que se la pasaba casi todo el tiempo ahí, en donde experimentó el olor a químicos de la película. El olor sigue impregnando el cuarto donde su abuelo guardaba los rollos y las cámaras.

Tenía su cuarto con dos o tres cámaras. Tenía un chorro de fotos, pero bastantes fotos de las que tomaba, a veces que se le quedaban ahí; un chorro de cajas y cajas de rollos. A veces tomaba muchas fotos porque pues le fallaba, porque te digo que no estudió fotografía, lo aprendió empíricamente.

El abuelo practicaba bastante y guardaba los rollos por si los clientes querían volver a revelar, a pesar de que él no realizaba este trabajo. Dice Jorge que a las fotos nunca se les quita el olor del revelado, y tampoco al cuarto donde pertenecían; si se acerca, percibe el mismo olor que recuerda desde niño. Le da risa la sugerencia de que el químico hizo que le gustara la foto.

Con razón es medio raro, por eso me ataca dice Adriana.

Jorge le reclama porque ella dijo que no iba a opinar.

Yo sólo aporto datos responde ella en voz baja, y Ángel nada más se ríe.

Para Ángel, la influencia de su abuelo es un poco más directa, comenzando por el hecho de que su tío Pedro era su ayudante. El abuelo de Ángel nació en San Luis Potosí y su abuela en Durango. Cuando su abuelo llegó a Monterrey, comenzó a trabajar muy cerca de aquí, en la calle 5 de mayo, donde tenía un conocido con un laboratorio. Su primer trabajo fue a los 16 años atendiendo el lugar o revelando fotos. A los 21 años había comenzado a comprar sus cámaras, químicos y ampliadora. Cuando conoció a la abuela de Ángel, ya era fotógrafo. Su rutina consistía en ir a las iglesias y tomar fotos del evento que hubiera; volvía a su casa a revelarlas y luego las dejaba en la recepción para que se vendieran. Como los clientes no tenían forma de buscarlo, ni siquiera un teléfono, él les vendía los rollos por si deseaban alguna copia. El trabajo de revelado, en el que se había vuelto muy bueno, lo realizaba desde el baño de su casa, en donde revelaba todas las puertas y ventanas y se ponía a revelar.

Pero ya no queda nada de eso, porque él dejó de tomar fotos porque se metió a la política —dice Ángel.

La historia dice que el abuelo, que también se llamaba Pedro, conocía a gente del Partido del Trabajo y comenzó a ayudarles en algunas cosas. Acabó por volverse diputado. Cuando con el tiempo dejó esta profesión, dice Ángel, “fue otra vez fotógrafo”. El abuelo Pedro ahora toma fotografía digital, y aunque no sabe mucho cómo funciona, toma fotos, imprime y vende. A pesar del largo tiempo que pasó alejado de la fotografía, el abuelo de Ángel sueña con poner un laboratorio porque él sabe revelar. A Ángel le parece buena idea porque piensa que hay gente que “todavía quiere el rollo”.

Video y realidad

A pesar de la prolífica historia de fotógrafos en la familia Ángel y Jorge, ninguno de ellos ha sentido interés por la fotografía o el video artístico. Pedro y al menos tres de los primos de Jorge se dedican a la fotografía de prensa. Todos han tenido comenzar fotografiando para nota roja. A Pedro no le agradó y decidió dedicarse a la redacción, sin embargo, es inevitable que los fotógrafos tengan que realizar al inicio este tipo de labor, cuestión que ha tenido grandes repercusiones culturales en la ciudad. El tema de estas fotos, y especialmente en Monterrey durante los últimos años, es el de accidentes y muertes violentas.

No me llama la atención, prefiero tomarle fotos a los vivos dice Jorge.

Ángel cree que es importante tener cuidado con la información que se capta porque es lo que se va a comunicar y puede hacer mucho daño, sobre todo porque hay casos en los que “ya no es por información, es por morbo”. Según Jorge, el video puede mal-informar a la gente o afectar a menores de edad con material muy pesado. Si no hay cuidado, “puede dañar la integridad de las personas”.

No obstante, a ambos les ha tocado experimentar formas en que este tipo de videos sirven como medios de denuncia, como evidencia que puede respaldar o ayudar a las personas. Adriana menciona que una vez les pidieron aclarar la imagen de un robo en una tienda para ver con claridad a la persona. En otra ocasión transfirieron un video a DVD en donde una persona era tomada presa en circunstancias extrañas. El video se utilizaría como testimonio para exponer cómo habían ocurrido las cosas.

Un aspecto del video que les parece importante es que sirve como archivo histórico. Anteriormente, los videos de este tipo solamente podrían ser vistos en una biblioteca o en la televisión. A Jorge le gustaba mucho ver History Channel para saber sobre la vida de personajes históricos. Este tipo de prácticas se han vuelto inútiles porque “el archivo histórico está en la nube”. El trabajo de ellos es parte de este archivo de forma indirecta, aún cuando se trate de algo tan mínimo como un pedacito de un viejo concierto. Recuperarlo hace que termine en Internet, disponible para el resto del mundo.

Aburrimiento, nostalgia

Antes era para recordar, ahora es para compartir.

Así resume Ángel el cambio que ha sufrido nuestra relación con el video. Él graba a sus amigos todo el tiempo, pero estos nunca se acuerdan o ni cuenta se dan. Para Ángel, el video es un recuerdo mucho más personal que la fotografía, que se ha convertido en dominio de todas las personas. El cambio ha sido significativo para él, ya que para el resto de su familia la fotografía siempre ha sido algo muy cercano. El papá de Ángel aún conserva la costumbre de imprimir y guardar todas las fotografías. Su abuelo, que ahora utiliza cámara digital, siempre procura hacer un disco con las fotos por si las familias quieren imprimirlas. Aunque hayan pasado meses, un día se levanta y se acuerda de hacer el disco. Ángel cree que la facilidad de tener las fotos en la computadora hace que no las revisemos o volvamos a ver.

Lo que para su abuelo es la fotografía, para Ángel es el video. Entre sus amigos, Ángel es el que tiene mejor memoria; como graba todo, se acuerda más fácil, mientras que sus amigos “no se acuerdan de que se cayeron o hicieron esto o lo otro”. Ángel guarda los videos en su computadora y no los comparte. Reírse de esos videos con sus amigos o a solas es suficiente, sobre todo cuando sus amigos se acuerdan de algo gracias a eso.

Les pregunto qué quieren hacer con su futuro y Ángel se ríe.

Ándale dice Ángel, que ahora es el burlón de los tres, Jorge quiere hacer otro programa como Otro Rollo.

Jorge lo corrige y dice que como Desvelados. Le digo que me cuente de eso.

No, me vas a robar mi idea dice Jorge mientras Ángel se ríe.

Jorge comienza a hablar del programa como si fuéramos mucho menores que él.

Pues es que Adriana veía Las Muñequitasdice luego de que Ángel señala que él si se acuerda.

Recuerda que llegaba a la casa el sábado y a veces ni salía por verlo. Mucha gente lo grababa en VHS. Jorge y Ángel creen que en la televisión falta que se hable de cosas cotidianas y que haya espacios para exponer música. La televisión tiene un espacio muy importante en la vida de ambos desde que eran niños. Para ambos, la nostalgia es algo que se vive todos los días debido a los videos que les llevan, pues representan recuerdos de algo que ya no tienen.

Más que nada, al verlos te traen tus propios recuerdos, pero no te genera nostalgia, porque no es tuyo, al menos que te recuerde a algo propio —dice Ángel.

Quizás tanto contacto con la nostalgia de otras personas los haga medio inmunes a ella. Tal vez tengan un sentimiento propio y secreto, mucho más complejo de lo que puede significar para otras personas.

También la manera en que la comunicas no es igual. Ya no se permite nada más grabarla [hablando de las bodas], no es nada más tomarla, sino contar una historia de la boda, tipo cinematográfica, que ahorita se está vendiendo. Más que hacer un producto es una historia dice Ángel.

Respecto a eso, Jorge menciona los videos de gente que grababan ocho horas de bodas, que ahora se transforman en una versión resumida y musicalizada. Les pregunto si hallan un atractivo en esos videos mal grabados de ocho horas. Jorge dice que “eso, que están mal grabados”, es lo que le parece lindo del grabar por grabar, por documentar la época.

Para Jorge y Ángel, la nostalgia es un sentimiento muy parecido. Se trata de provocar un recuerdo, de regresar a una época o sentir como si se estuviese en otro momento.

Me acordé mucho de antier, que fue Día de los Muertos, de la gente que ya no está contigo. Te acuerdas demasiado cuando ves una foto. Creo que no hay un sentimiento de nostalgia más fuerte que el de algo que ya no está. El de las personas que ya no están es el que gana.

Cabras: César

Las escaleras hacia el estudio de fotografía son eternas; las gotas frías y el viento hacen que el cuarto piso parezca inalcanzable. En los últimos escalones, miro hacia arriba deseando no haberme equivocado de piso otra vez. A través de una ventana veo un montón de pelo rizado asomándose Cuando a duras penas abro la puerta, a César le sorprende mi cansancio y me dice que él sube esas escaleras todos los días pero que no le pesa tanto porque escala.

El estudio de fotografía es blanco, demasiado blanco. Podría detallar un poco la enorme pared gris con forma de abanico que se extiende de lado, o los detalles plateados de los muebles, pero la recuerdo como una sala completamente blanca. Desde afuera me parecía helado. Al entrar, sin embargo, la calefacción me hizo sentir una extraña sensación de agradecimiento a César, que con su larga barba y sobre una silla alta parecía señor de una tierra privilegiada en tiempos antiguos.

César es fotógrafo y se ocupa del taller de iluminación, el estudio y el laboratorio de foto del Centro Roberto Garza Sada de la UDEM. Antes de empezar la entrevista, me advierte que “sus cabras tienen plan de viajero frecuente”.

Mi día empieza de manera curiosa porque siempre me levanto muy, muy tarde, regularmente siendo atacado por un perro que quiere salir dice César cuando le pregunto sobre su rutina, en la cual casi siempre tiene lugar Peek, su gigantesco perro de las nieves; el nombre lo sacó de un primo de Mérida, que le dijo que así se decía perro en maya.

César desayuna café con galletas o donas mientras revisa correos y ve videos o “babosadas” en Internet. Mientras tanto, Peek normalmente le muerde los pies. Cuando llega al trabajo ayuda a los alumnos y prepara las cosas para cuando hay clases. Dos estudiantes de diseño toman fotografías a una botella de plástico mientras hablamos. Para hacerlo, usan una regla y muchas luces que apuntan hacia el pequeño bulto transparente que se posa en una diminuta caja blanca. La caja parece una réplica en miniatura de todo el estudio. Lograr las fotografías que buscan les toma más de media hora y mucha paciencia. Le pregunto a César si le ha pasado que rompan cámaras o un lente. Éste me mira con cara de susto y me dice que no, que “ellos se rompen sus propios lentes”.

César sale del trabajo a las nueve de la noche y regresa a casa, en donde casi siempre hace de cenar y ve películas con su esposa. Cuando entrevisté a Alfonso, me dijo que César tenía una colección de películas “exóticas”, sobre todo de terror. Se me ocurrió preguntarle qué películas eran sus favoritas; luego me arrepentí, porque recordé que tenía una colección gigante. Me miró con una expresión que confirmaba lo que esperaba. Creo que era una cuestión bastante seria para la que, luego de tanto tiempo respondiendo la misma pregunta, estaba más o menos preparado.

Mira, te puedo decir mis tres favoritas de cada género dijo decidido antes de ser interrumpido por un estudiante de cine que necesitaba separar el estudio.

César le pregunta que qué va a hacer y él le dice que van a grabar gente bailando y van a poner cortinas en el fondo. Unos segundos después aparece una estudiante de tesis muy exasperada buscando separar el estudio también. César le dice que sólo hay espacio cierto día y ella exclama que “las mugrosas modelos nunca pueden”. César responde que puede ayudarle quedándose una hora más en fin de semana. La muchacha se va feliz. Le pregunto a César que si le piden eso muy seguido.

—No muy seguido, me lo repiten hasta el cansancio responde entre risas.

Alcanza a decirme que de películas recientes de terror, una de sus favoritas es Cabin in the Woods, la cual no le parecería tan buena si no reconociera el homenaje al terror clásico. En este momento llega de nuevo el estudiante de cine y separa dos días más del estudio para asegurar su video. Mientras ellos arreglan el horario, yo veo que hay varias cosas extrañas en el lugar.

En una larga mesa blanca se encuentra una muy colorida revista de Vogue recargada en otra mesa blanca más alta. Esto hace parecer que la cara de la portada esté flotando de forma espectral en el estudio; es un fantasma de la moda, o algo así. En el escritorio de César hay una escultura de yeso blanco que tiene la forma de una dona aplastada, y encima, una máscara despintada de V [de V for Vendetta]. Las dos cosas juntas parecen formar un muñeco. La silla sobre la que estoy sentada es demasiado alta para mis pies, y la mesa tiene un tubo abajo. El tubo hace que parezca un armario invertido. Esto me causa gracia porque César dijo antes que el estudio no tenía espacio para colgar ropa.

Detrás de César hay unas fotografías de unos paisajes boscosos. César viste con una camisa negra de mangas largas y trae unos pantalones de mezclilla con una cadena de lado. Contrastando con la frialdad de todo, me pregunto si habrá puesto esos objetos ahí para sentirse más en casa. Le pregunto primero sobre la revista y me dice que ahí la dejó alguien.

—Muchas de las cosas que tengo aquí que no son del estudio me las abandonan los alumnos —dice y comienza a hojear una libreta negra.

—¿Esto? —le digo, preguntando por la escultura y él asiente.

Así continuo preguntando por la máscara, unas hojitas fosforescentes, un volante de una conferencia y, finalmente, la libreta que está hojeando.

—Sí, ésta también me la dejaron y estoy intentando averiguar de quién es —me explica mientras la pone de cabeza y la sacude toscamente para sacarle todo lo que trae dentro; caen unos papeles sobre un taller de diseño.

“Las cabras”, digo al darme cuenta de que nos hemos desviado del tema.

Los VHS de César

¿Cómo describirías tu relación con el VHS?

—Considerando que conocí el VHS cuando era niño, y comencé a coleccionar videocassettes desde los ocho años… Ha sido una relación muy linda. VHS rotos, accidentes, armamento.

—¿Armamento?

—Sí. Convertía los VHS en armas; era un niño precoz y los aventaba.

En ese momento, las luces del estudio se apagan solas. César dice que eso pasa cuando no hay movimiento en el salón y que es un problema cuando es de noche y se queda solo, no porque le dé miedo, sino porque cuando entra gente se encandila como vampiro.

César disfrutaba de encontrar “cada joyita” a 20 pesos, cosa que aún hace con los DVD. Cuando era pequeño, sus padres lo distraían viendo películas. Era un niño al que no le gustaba la televisión, pero la veía demasiado. Las historias que más veía en VHS eran las de Disney, y su favorita era El Rey León, que de tanto verla ya ni se distinguía la imagen, y acabó por aprenderse los diálogos. También le gustan mucho los musicales, como Cats, que era el único que tenía en VHS original. Aunque grababa cosas en VHS desde la tele, a César le molestaba que casi siempre las películas eran cortadas, o bien censuradas, como una de Hellraiser, que años después encontró en edición europea y vio que una escena con una ostia ensangrentada había sido removida en la versión que había visto toda su vida.

Stop

A pesar de que a César nunca le interesó demasiado filmar videos, dice que su padre era el tipo de persona que grababa absolutamente todo y hacía a su familia y amigos ver los videos caseros una y otra vez.

—Si hubiéramos tenido celulares, su celular tendría una memoria llena de basura.

El padre de César mostraba los videos “más humillantes” de él, como cuando iba al baño de pequeño, o cuando cantaba o bailaba. César agradece un poco que su padre haya sido rebasado por la tecnología. A su papá le encantaba filmar y fotografiar. Había momentos en los que “se ponía artístico” y filmaba cosas, como media hora de un atardecer. También intentó filmar en una ocasión a un pez que se estaba muriendo, ya que no iba a estar cuando ocurriera.

—¿Y cómo supo que se iba a morir? —pregunto.

—Porque el pececito estaba nadando raro. Se tardó como dos horas después de que se había ido a trabajar. Pero sí, mi padre se ponía artístico, y creo que de ahí salió un poco mi gusto por la fotografía. De repente filmaba plantas crecer, botones de flor abrirse.

César cree que su padre grababa tantas cosas porque es alguien a quien le gusta presumir. Tenía un buen trabajo que le permitía viajar y encontró en el video la mejor forma de enseñar a la gente cercana todo lo que hacía. Le pregunto a César que dónde entrarían los videos de flores abriéndose en todo eso. “No tengo idea”, dice, y explica que los videos artísticos de su papá consistían en cosas demasiado cotidianas como para que a alguien le importasen, como uno en el que grabó cómo se encendía un auto.

—¿A quién demonios le importa ver cómo enciende un auto? Es nada más cosas como “Es que hoy tengo ganas de dibujar un árbol sin hojas”, y le quedaba horrible porque no sabía dibujar, pero lo dibujaba.

Uno de los temas preferidos de su papá era la naturaleza muerta. Una vez filmó un árbol al que se le iba a caer la última hoja. En el video filma la hoja en el árbol, filma la hoja caer y luego regresa al árbol sin hojas. César cree que a su padre le gustaba ver las cosas morir porque le tenía miedo a la muerte.

Su papá compró el aparato para transferir cassettes a disco para que él lo hiciera, cosa que, resalta con cierta ternura, le causaba gracia. Su papá tiene transferidos cerca de 60 videos familiares sin convertir, y muchos otros que guarda en un baúl que nadie en su familia sabe dónde está.

Cronos

La otra parte de la relación de César con el video es su interés por el cine exótico. Este interés se relaciona con un amigo suyo llamado Aldo que tiene una escuelita de arte llamada Cronos, en donde conoció mejor este tipo de cine. Aldo tiene una colección gigantesca de películas en VHS de todo tipo y lugar. La mayoría son copias que le envían amistades del extranjero. César dice que Aldo tiene en su colección películas “de las ligas mayores del terror”. Me cuenta una escena que nunca pudo terminar de ver, de una película francesa de terror. La película trata de grillos gigantes, platillos voladores y una mujer que de un minuto a otro se embaraza y da a luz a un hombre adulto. También me dice que conoció películas que eran tan malas que “daban la vuelta al círculo” y las disfrutaba, como The Room Tommy Wiseau.

Cuando Aldo conseguía películas, invitaba a muchas personas a quedarse viéndolas, una tras otra, hasta la mañana siguiente. En ocasiones eran películas muy malas, pero a veces descubrían cosas que César llama “joyas extrañas”, que no solamente eran de terror, sino de animación e incluso películas románticas. Para él, el cine exótico ha causado que “no [se] asuste tan fácil”, y no sólo habla del terror, sino sobre temas tabú que se mostraban tal cual en el pequeño cine de Aldo.

Este es uno de los cambios que trae el VHS, la facilidad de encontrar de forma accesible material diferente. Sin embargo, César cree que las cosas extrañas del cine siempre han estado ahí y solamente hay que buscarlas, que incluso antes del videocassette era más fácil hacerlo porque la gente se preocupaba al respecto. Tener todo a la mano con el Internet, dice César, deshace este interés.

—Si tú quieres verlo, si tu quieres encontrar algo exótico, algo raro, algo que llegue hasta lo más profundo de tu mente y te llene de terror y de shock, lo puedes encontrar.

Nostalgia 2000

La nostalgia es lo que a ti te hace recordar; momentos del pasado, momentos de tu historia, cosas que te hacían reír o llorar.

El problema de la nostalgia, para César, es que en los años 80 se tenía nostalgia por los años 20 y 30, en los 90 por los hippies y en nuestra época por “todo el 2000 para atrás. No sé si te pasó que cuando decías 2000, el 1999 sonaba demasiado lejos”. Una de las cosas que le hacen sentir nostalgia es ver películas que de adolescente le parecían tener efectos muy realistas.

Piensa que la evolución de la tecnología es directamente proporcional a la nostalgia.

—Si tú quieres todo lo que es nostalgia para toda la gente que continúa con vida, por así decirlo, en Internet lo encuentras.

Dice César que la gran ventaja del Internet es poder hallar algo muy viejo o con un tema parecido a lo que gusta de forma fácil.

—Pero luego te topas con el problema de que nadie lo busca, realmente todo mundo se encuentra metido en la granja del Facebook o siguiendo en Twitter a gente idiota que no sabe más que decir babosadas, siendo que hay muchas cosas en Internet.

César no cree que la nostalgia sea la misma “aquí y en China”. Lo único que cambia es la manera en que se llega a sentir. Videos como los que grababa su papá se buscaban antes en un VHS o un DVD, pero ahora están en Internet y es más sencillo encontrarlos.

—Pero si un papá subió un video a Facebook no se va a acordar en 20 años —dice.

La facilidad provoca que el deseo por acceder a la nostalgia se desvanezca.

—Estamos demasiado cerca de que la satisfacción inmediata sea lo único que la gente busca, de que cuando vas al cine lo único que quieres ver es un mono brincándote en la cara en vez de algo que te obligue a pensar —dice César con algo de molestia, y cuando le pregunto que por qué piensa que es así, contesta—: Porque la gente es cada vez más idiota.

La sinceridad de César me hace pensar más en su preocupación que en su enojo. Cuando explica el mundo a través del problema de la idiotez, imagino una horda de zombies y me río por dentro. Para César, la idiotez tiene que ver con bajar los estándares de lo que vemos a cambio del entretenimiento. Cree que desde el video, los libros se fueron atrás, y los medios masivos ofrecen lo que las personas quieren ver, que les entretenga y no que les enseñe porque “la gente prefiere no pensar”. Él dice que no utiliza Facebook porque llena de basura su mente, ya que aunque el Internet es una herramienta muy poderosa, al no tener reglas, se difunde cualquier cosa, cree que esta facilidad hace que “la gente tenga menos oportunidad de pensar en lo que quiere y más dispuesta esté a tomar lo que le dan”.

Star Wars y la desilusión del video

César también ha sentido este estado en donde toma lo que le dan. Describe el día en que se dio cuenta de esto como “el más triste de mi vida”. Fue cuando sus amigos le mostraron un video en donde un niño está jugando con una especie de tubo como si fuera un sable de Star Wars. A pesar de que en un inicio le dio risa, dice que luego de un rato se dio cuenta de que no era nada gracioso y sus amigos le decían que era gracioso porque alguien lo grabó sin que se diera cuenta, cuando era evidente que el niño se filmó solo.

—Me di cuenta de que mis amigos no estaban pensando.

Según César, ese es un ejemplo perfecto de la falta de calidad del contenido que es popular, ya que hay “parodia tras parodia” del mismo video. Cree que la facilidad para que cualquier persona grabe ilimitadamente con un celular hace que no nos preocupemos por hacer algo interesante, como cuando se tenía tiempo limitado.

—Digo, participé en videos estúpidos también —dice riendo.

Hace tiempo él y sus amigos utilizaron una consola de Super Nintendo con Mario Paint, un videojuego que permitía (si se sabía usar bien) editar videos y añadirles sonido. Tomaron Star Wars y le cambiaron todo el audio a la película, escribiendo incluso un guión.

—Terminó volviéndose una película de política mexicana en donde Darth Vader era “El Candidato”, y era yo. La película está en Cronos.

En otra ocasión, dice que hizo un video musical de una cumbia como reto personal de una maestra suya que quería evitar que hiciera un video de heavy metal para la clase.

En ese momento César siente que se ha desviado del tema y me recuerda que sus cabras tienen plan de viajero frecuente y les dan puntos por invitar a las cabras de otros. Al final de la entrevista, César hace “beeeh”, como una cabra.

Lo digital: Alfonso

El proyecto que van a hacer los alumnos y alumnas de Alfonso este mes tiene que ver con una transmisión en vivo de la pintura de una obra de arte a varias personas. Esto puede hacerse desde un programa gratuito e incluso con el celular. Una alumna dice que en lugar de eso expondrá un grupo de pinturas en vivo. En este contexto continúo la entrevista con Alfonso de la vez pasada.

—En un mundo alterno, ¿cómo crees que sería tu vida si no hubiese existido el video?

—Alguna otra tecnología la hubiera suplido. Ese asunto de la búsqueda del recuerdo, la búsqueda del testimonio, la búsqueda de la evidencia, es una misión totalmente positivista de querer mantener recuerdos.

Para Alfonso, el cine ha evolucionado desde retratar lo épico a retratar lo personal. Yo le pregunto qué piensa de esto y me dice que fácilmente puede ponerse marxista y hablarme sobre lucha de clases. Sin embargo, me explica que el videocassette existe desde los años 50, simplemente no habían hallado la manera de hacerlo vendible.

—Si hubo videotape es porque había una demanda de mercado. Lo digital hubiera suplido eso eventualmente —me dice enfatizando que casi siempre esa es la explicación más realista.

Alfonso se preocupa sobre qué ocurriría si hubiera un “apagón digital”. Cree que habría un hueco en la historia de varios años por nuestra dependencia en lo digital, que se ha convertido en una extensión de nuestro cuerpo. Piensa que tal vez la gente cambiaría o los dibujantes volverían a tener un lugar, pero lo que sería inevitable es que mucha información se perdería.

Respaldo de la memoria

Creo que posiblemente ya no tengamos espacio para la nostalgia —dice Alfonso—. Tomamos fotos todos los días, las subimos, pero ese ejercicio de tomar fotos todos los días nos hace eventualmente enterrar y olvidar.

Hace poco Alfonso se dio cuenta de que Facebook borra contenido del perfil de las personas sin avisar, cosas que no fueron persistentes ni muy notables. Se dio cuenta porque hubo un tiempo en que posteaba haikús en Facebook. Hace poco quiso rescatarlos y juntarlos todos, pero se dio cuenta de que los que no tuvieron comentarios habían sido borrados.

—Eso sí es bien fuerte, porque ya no tienes acceso a tu memoria, porque quisiste depender de ella en el ámbito digital —dice pensando que esto hace que nos volvamos demasiado dependientes del presente—. Me tiene así [golpea la mesa] que haya gente tan irresponsable con sus propios recuerdos, que dependa de Facebook para ver cosas de las que se quiera acordar.

Por este motivo Alfonso tiene respaldos triples de sus cosas desde 1999.

Alfonso compara esta negligencia con lo ocurrido con los discos, los cuales se ha comprobado que después de ciertos años se borran por completo. Piensa que cada vez más, aparte, queremos que toda nuestra vida sea “reseñada”, y esto pasa en función del asunto social de construirnos una vida. El video y la fotografía se convierten en algo banal que es más un mantenimiento de un ideal que un recuerdo, y aunque ahora es mucho más obvio, Alfonso cree que esto ha sido siempre así, sólo que ahora tenemos más oportunidad de hacerlo. Tal vez ya vivimos en un futuro distópico, pero estamos en la parte blanda y resplandeciente del mismo; tal vez el sueño de los alquimistas se ha realizado. Me pregunto si pensarían que el video es una clase de inmortalidad.

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