A diferencia de los niños de hoy, que cambian sus preferencias de juegos y juguetes como cambian de pañales, los niños de antes tuvieron juguetes con una mayor vigencia de vida. Y ojo, hablo de vigencia, no de duración, porque es sabido que los niños de cualquier época son especialistas en darle en toda la madre a los juguetes propios, o ajenos, a partir de su estreno, o incluso antes.

Por lo tanto, a lo que nos referimos es que los juguetes de antes podían permanecer reinantes durante más tiempo; es decir, existir y funcionar durante generaciones, siendo casi obligadamente los mismos apenas con ligeras variantes o, de manera no muy frecuente, agregando alguna novedad a su diseño original. Eran juguetes que tenían el olvido a su favor

Así, esos juguetes primero esperaban pacientemente el momento en que los niños pudieran ser sus dueños. Sin importar cuánto tardaran en considerarlos suyos, permanecían disponibles sin pasar de moda.

En esa espera, hacían guiños detrás del cristal del pequeño escaparate de la mercería de barrio, la vendimia al ras del suelo colocada justo a la salida de la escuela, sobre algún puesto del mercado donde se iba a comprar el mandado dominical o en la mesita de golosinas que alguien instalaba a la puerta de su casa. 

Eran los juguetes de a diario. Los más comunes y corrientes en cualquier juguetero y, por supuesto, los más baratos. Juguetes que muchas veces se podían comprar con lo que daban de domingo. Chucherías que cuando pasaban a mejor vida, no había problema: podían reponerse con otra semejante, casi casi idéntica. 

Los otros juguetes (grandotes, eléctricos o con mecanismos de cuerda, que dejaban a todo el mundo con el ojo cuadrado), aunque caros y espectaculares, a veces resultaban de lo más aburrido y no eran los favoritos para jugar con ellos todos los días. 

Con el publicitado arribo de las novedades Disney, Mattel, Ledy-Lily, Apache o Ensueño, que cada Navidad se anunciaban en la tele y que seguramente fueron lo más solicitado en las cartitas dirigidas al Niño Dios, se comenzaron a modificar y canalizar las preferencias infantiles hacia otro tipo de juguetes. 

Así, los vendedores de juguetes nacionales o de importación comenzaron a renovar continuamente el stock de sus productos, agregando modelos nuevos y descontinuando otros a velocidad supersónica.
Rezagados fueron quedando en las preferencias infantiles los llamados juguetes tradicionales. Los niños comenzaron a pedir —incluso a exigir— las novedades tecnológicas en cuestión de juguetería. Situación que continúa hoy, como lo demuestran los videojuegos y juguetes electrónicos tan en boga. Juguetes “interactivos” cargados de miles de funciones, aditamentos, sonidos y luces que, al igual que los de antaño, se reciben como regalo de cumpleaños, por aprobar satisfactoriamente un grado escolar —es decir, con buenas calificaciones y no de puro panzazo— o como premio a la buena conducta; y, con mucha suerte, por la pura generosidad de un padrino o alguna tía que llegó de visita.

Antes, los juguetes de moda y de novedad sólo estaban expuestos en los grandes almacenes o en jugueterías importantes, que tenían surtido rico en mercancía importada de gringolandia. Hoy, los juguetes infantiles están en todas partes, ¡hasta en la sopa!, sin olvidar los que vienen en cajitas de hamburguesas felices.

Pero también existían juguetes que no eran una simple moda, sino meras cositas coloridas, no pocas veces artesanales, fabricadas en papel, metal, madera, plástico, hoja de lata, vidrio o cerámica, que eran los imprescindibles caballitos de batalla en las diarias salidas a jugar; chacharitas que, durante generaciones y generaciones, fueron los preferidos.

Juguetes con los que muchos niños, al igual que sus padres y abuelos, compartían la diversión con amiguitos del salón o la palomilla de la cuadra, estableciendo efímeros torneos donde cualquiera podría resultar ganador. ¡Sin nunca cansarse de ellos o sentirlos repetitivos!

Había entonces, al igual que ahora y mucho antes de que don Juan de Dios Peza escribiera su poema clásico “Fusiles y muñecas”, juguetes para niños y juguetes para niñas. Para niños estaban las simbólicas y caleidoscópicas canicas, mismas que vendían por ciento en flexibles bolsitas de malla. Cada tamaño y decorado tenía su nombre propio. “Agüitas” y “cacalotas” eran de las más conocidas. Se jugaban a nivel de cancha, en el suelo vil, preferentemente en lugares enterregados donde cualquier rama o palito servía como trazador de círculos imperfectos donde, en sus centros, colocaban las esferas a manera de un valioso botín en disputa, que ganaba el que mejor jugara. En torno a ese breve espacio, los chiquillos pasaban horas practicando esa especie de billar infantil. Nada podía distraerlos mientras ellos, acuclillados o de ya plano tiradotes y arranados de panza sobre el piso, jugaban a entrechocar los vidriados globitos.

Los niños también atesoraron trompos bailarines, baleros maromeros y yo-yos trapecistas. Además de miniaturizadas reproducciones de carritos rodantes, tiesos soldaditos, máscaras de luchadores, pistolitas de dardos, sin dejar de lado las botadoras pelotas, una que otra resortera, caballitos de madera o los temporaleros barquitos de papel que navegaban calle abajo sobre corrientes de agua llovida.

Por su parte, las niñas salían a jugar llevando muñecas pachonas y mofletudas como querubines, antítesis de la hoy cincuentona Barbie. Esas rorras participaban de las imaginarias o reales comiditas que, en miniaturizadas vajillas de aluminio o barro, servían opípara y charladamente. ¡Quién de esas niñas de entonces dejaron de tener varios “rellenos” de cazuelitas de barro! ¡O no convirtió alguna carpeta de crochet tejida por la mamá o la abuela en el mantel más elegante de todo el universo!

Los muñequitos de papel eran también juguetes para niñas. Cada lámina impresa venía con la figura recortable de un “monito” o una “monita” muy sonrientes, vestidos sólo con choninos y camisetita, pero que adjunto traían un guardarropa completo con distintos accesorios. Cada figura tenía pestañitas de papel que ya dobladas sobre los muñequitos hacían sujetadora función de clips, logrando así detener combinados ajuares sobre los monitos recortados.

Había otros juguetes en los que las niñas eran expertas. ¡Cómo la matatena! Diez estrellitas picudas que aventaban al azar para después recogerlas, sincronizada y velozmente, con la misma mano que había hecho rebotar una pelotita de hule a la que no siempre era permitido dar un segundo tumbo, ¡y sin mover ninguna de las piezas contiguas! Así, de una en una, de dos en dos, hasta llegar a recoger juntas las diez matatenas esparcidas, el juego proseguía cambiando de nivel.¡Porque en la matatena había niveles de dificultad! Primero era la fase de recolección simple, luego era dando un golpecito al suelo, después era cambiando las estrellitas de mano y otras modalidades.

La cuerda de brincar era juguete básico e in-dis-pen-sa-ble y se jugaba individual o colectivamente, pero siempre al brinco y brinco. Cuando se jugaba en grupo, se empezaba despacito, pero el grito de “¡Chile, mole y pozole!” era señal que en los extremos de la cuerda, las encargadas de generar velocidad y marcar el ritmo iban a intensificar los giros y, con ello, los brincos. ¡Hasta ya no poder más! Era entonces cuando la perdedora tomaba el lugar de una de las niñas que movía la cuerda, pasando esta a formarse en la fila de las que esperaban turno para brincar y brincar y seguir brincando hasta ya no poder.

Durante algún tiempo algunos de esos juguetes se ponían más de moda que otros, pero en cualquier momento todos eran fáciles de adquirir. Tal fue el caso de los hula-hula, los patines de ruedas, las raquetas de “gallitos”, los aros para fabricar burbujas.

Además, ¡a quién le preocupaban los juguetes cuando hasta sin ellos se podía jugar! Que a “La trais”, a “Doña Blanca”, “La víbora de la mar”, “El puente robado”, “La ronda de San Miguel”, “Las estatuas de marfil”, “Las escondidas”, “Los encantados”, “Gallo-gallina”, “Caricaturas presenta”, “¡Basta!”, “El patio de mi casa”, “Periquito mandurico”, “Las cebollitas”, “Juan Pirulero”, “Los maderos de San Juan”, “El bebeleche”, las adivinanzas sin pies ni panza, los trabalenguas o el “Teléfono descompuesto”.

Los parques y las calles eran el reino de esparcimiento para los niños y donde se poseía la fórmula mágica para decidir cualquier cuestión con la forma eficiente y perfecta del “de tin marín de do pingué”. Allí, en esos sitios, hasta se tenía la capacidad de creer que se podía detener el mundo al momento de pronunciar un simple “¡Tapona!”.

Entre los juegos colectivos y unisex más solicitados estaban los “Palillos chinos”, delgadas varitas de doble y aguzada punta que en una tirada, que no admitía la chapuza de ser muy fuerte, se dispersaban formando extrañas y encaramadas construcciones, de donde se recolectaba pieza por pieza, con los dedos o con ayuda del único palillo negro, sin que se moviera otro palillo en cada intento. Por supuesto que era ese palillo, el primero que se trataba de rescatar en la intrincada maraña que se iba desmontando

Entre los juguetes que sin dificultad se encontraban y se adquirían con pocos centavos estaban las bailarinas pirinolas con veleidosas facetas que ordenaban ganar o perder con sus imperativos “toma todo” o “deja todo”. Y los “laberintos”, cuadritos con 15 piezas numeradas y desplazables que se organizaban, pa’lante o pa’trás, en forma horizontal, vertical, diagonal o espiral, mediante el hueco que permitía recorrer las fichitas. Aquel juguete cabía en la palma de la mano, y en su anverso tenía impresos los distintos acomodos, desde el más sencillo hasta el llamado “imposible”; el cual no era tanto, porque aunque costaba trabajo, era posible de lograr.

Las tardes de lluvia tampoco eran impedimento para jugar, aunque ya no en los jardines, sino bajo techo. Aparecían así, como por encanto, algún par de dados, alguna vieja baraja, y cualquier cosita que pudiera utilizarse como fichas. Entonces… sobre cualquier mesa extendían divertimentos impresos. “Serpientes y escaleras”, el “Juego de la oca”, o la tradicional lotería. Con las cartas se jugaba “Burro castigado”, y no faltaba el riquillo de la cuadra que tuviera unas relumbronas damas chinas” o un “Turista” billetudo.
El chiste era jugar, y se jugaba con lo que fuera. Cuántos no fabricaron pirámides con corcholatas de refresco, piedritas, palitos de paleta o cosas así; objetos que nunca fueron algo más que baratijas, pero que a millones de infantes dieron momentos de inolvidable felicidad. Razón por la que para muchos, aún en estos tiempos de Pokemons, la vigencia de aquellos juguetes sigue vivita y coleando.

Por Carmen Libertad Vera

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