¿Qué cosas vio Hemingway cuando perseguía ambulancias?

Por Ernest Hemingway

Turno nocturno. Los paramédicos atravesaron los largos y oscuros pasillos del Hospital General con una carga inerte sobre su camilla. Dieron vuelta en la sala de recepción y pusieron al hombre, inconsciente, sobre la mesa de operaciones. Traía las manos callosas y se veía aporreado, harapiento; la víctima de una pelotera cerca del mercado de la ciudad. Nadie sabía quién era, pero un recibo por 10 dólares, con los datos de una cabaña en un pueblito de Nebraska y a nombre de George Anderson, sirvió para identificarlo.

El médico le abrió los párpados hinchados. Ambos ojos giraron a la izquierda.

—Una fractura en el lado izquierdo del cráneo —dijo a los paramédicos, que estaban parados junto a la mesa—. Bueno, George, no vas a poder terminar de pagar esa casa.

“George” sólo levantó una mano como si intentara agarrar algo. Los operadores lo sostuvieron para que no rodara y cayera por el costado de la mesa. Pero él se arañó el rostro de un modo exhausto y resignado que casi parecía ridículo, y luego puso la mano de vuelta en su costado. Cuatro horas más tarde, murió.

Ese es sólo uno de los muchos casos que llegan al dispensario municipal noche a noche; y día a día también, pero el turno nocturno abarca, quizá, un rango más amplio de la tragedia que es la vida y la muerte, que también llega a ser una comedia sobre la ciudad. Cuando “George” llega sobre una camilla mugrosa y sangrada, y le quitan las vendas, y su cuerpo roto yace sobre la mesa blanca, bajo el ojo luminoso de lámpara del médico, y su vida pende de un finísimo hilo, no es sino otra noche más en el trabajo, independientemente de si el hilo se rompe o si aguanta para que George pueda seguir con la lucha.

Aquí viene otro. Es un hombrecito que llega cojeando, apoyándose sobre uno de los paramédicos y un policía enorme.

—Sí señor, esta vez tenemos un ladrón de verdad, de lo más verdadero; ¡mírelo nada más! —sonrió el oficial—. Trató de asaltar una farmacia y el encargado le soltó un puñetazo. Fue todo un–

—Sí, pero ellos eran tres, y todos andaban gritando al mismo tiempo —explicó el prisionero; como no tenía caso negar el intento de robo, sintió justificable ofrecer una excusa para su fracaso—. Se me hace que sí le di su merecido a uno. Pero bueno, a la otra capaz y me va mejor… Oiga, será mejor que me quiten esta ropa antes de que se me manche toda de sangre. No quiero que se arruine.

Estaba completamente derrotado, abatido, y el paliacate rojo que usaba para cubrirse el rostro aún le colgaba del cuello.

Se enrolló un cigarrillo, y mientras los paramédicos le quitaban la ropa, una bola de plomo cayó al piso.

—¡Uy, la atravesé enterita! Oiga, doc, no estaré por mucho, ¿verdad?

—Sí…No estará por mucho en el hospital —contestó el médico.

Afuera, en la Calle 27, el encargado de una farmacia —uno de los tres que usó la .38— trae una bala calibre 38 colgándole de la cadena del reloj.

***

Una noche trajeron a un negro al que habían rebanado con una navaja. No se trataba de un chiste sobre negros usando navajas… Todos lo hacen. Lo habían apuñalado en el pecho, a la altura de la parte inferior del corazón, y había pocas esperanzas para el pobre.

Los médicos le informaron a sus familiares que sólo había una oportunidad, y muy pequeña. Le pusieron unos cuantos puntos en el pecho, y al otro día estaba lo suficientemente saludable como para ir a ver a un sargento de la policía.

—Jefe, fue sólo un amigo —explicó el negro cuando le preguntaron.

El sargento lo amenazó, pero el negro se negó a revelar quién lo había atacado.

—Está bien, entonces quédate ahí y muérete —le contestó el oficial, desesperado

Pero el negro no murió. Salió del hospital en unas semanas, y al final la policía supo quién fue el culpable del ataque. Lo encontraron muerto, con el estómago abierto por una navaja.

—Los del barrio africano suelen usar navajas. En Little Italy prefieren escopetas serradas. Casi podemos asegurar de qué parte de la ciudad viene un hombre sólo con ver lo que le hicieron —comentó uno de los paramédicos.

***

Pero no son la violencia ni la muerte súbita lo que llaman la atención de los médicos en la sala de emergencia. Atienden las heridas y malestares de los pacientes del programa de caridad. Aquí está un obrero que se quemó el pie esta mañana cuando usó demasiado queroseno para encender la lumbre, y allá está un niño traído por su madre, quien explica que algo anda mal con su nariz. Un instrumento se inserta en las fosas nasales del jovencito, que no para de chillar. Un grano de maíz, nuevecito, es sostenido por la punta metálica de las pincitas.

Un día llegó un impresor ya viejo, con la mano hinchada por la sepsis. Plomo de los linotipos metálicos se filtró a través de un rasguño. El médico le dijo que tendrían que amputarle el pulgar izquierdo.

—¿Por qué, doc? No va en serio, ¿o sí? Eso sería peor que cortarle el periscopio a un submarino. Necesito ese pulgar. Estoy hecho a la antigua. Podía ocuparme de seis máquinas al día en mis tiempos…Eso fue antes de los linotipos. Incluso hoy necesitan de mis servicios, ya que algunas de las labores más sutiles aún requieren del trabajo manual. Y si usted me quita uno de estos dedos… Bueno, habría que ver cómo le haría para sostener un bastón con mi mano. Oiga, doc–

Con la cara triste y la cabeza baja, salió cojeando por la puerta. El arista francés que prometió suicidarse si perdía la mano derecha en batalla quizá habría entendido el dilema que aquel anciano combatía solo y a oscuras.

Más tarde, esa misma noche, el anciano volvió. Venía borracho.

—Sólo hágalo, doc. Córtelo todo, maldita sea —dijo llorando.

***

Una vez, un hombre de las afueras de Kansas, bastante simpático y aparentemente respetable, decidió soltarse un poco cuando vino a Kansas City. Fue un incidente pequeño del que sus amigos pueblerinos no se enterarían jamás. La ambulancia lo trajo de una sala de vinos, muerto de un paro cardiaco. En otra ocasión (esto pasa muy seguido), una joven ingirió veneno. Los médicos que le salvaron la vida casi no hablan del caso. Si hubiera muerto, alguien habría contado su historia… Pero tiene que vivir.

Y así es el trabajo. Para un hombre significa una cama limpia y prescripciones que incluyen whiskey, quizá; para otro, un viaje a la fosa común. La habilidad ejercida por cada médico es la misma, sin importar la causa del mal o los desamparos del paciente.

***

El teléfono está sonando otra vez.

—Sí, está es la sala de recepción —dice la recepcionista—. ¿La Jefatura No.4? ¿Un tiroteo? Sí, estarán ahí en un instante.

Y la ambulancia acelera por la colina de Cherry Street, sus luces perforando de amarillo la oscuridad.

*Texto publicado en el Kansas City Star (1918). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

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