Por Itziar Ziga

Ilustración de la serie ‘Callegenera 2015, Monterrey’

Aveces nos resistimos a reconocer las mejoras que nosotras hemos provocado. Y nos quedamos bloqueadas entre un enrarecido estamos igual, incluso peor que siempre, y el discurso reaccionario que proclama hipócrita que el machismo ya pasó. Esta paradoja no es nuestra, mejor no caer en ella.

Las mujeres que deciden hoy escapar de su infierno cotidiano no se enfrentan al contexto que rodeaba a mi ama cuando se lo planteó por primera vez en 1979. Encaran al mismo macho de siempre y ese drama intestino que es la violencia dentro del vínculo, pero cuentan con recursos tanto legales como asistenciales multiplicados. Por mucho que haya que afinarlos y sean insuficientes. Y sobre todo, socialmente ahora se entiende que no está bien violar ni pegar a una mujer. Esa batalla moral la hemos ganado a pulso. Me niego a valorar nuestras victorias y derrotas por el número de muertas, nunca les haría eso a ellas. Y sobre todo, jamás invisibilizaré tantas historias de superación. Son increíblemente hermosas y algunas laten en mi piel, en mi memoria. No sé ni dónde estaría yo de no haber recibido terapia de recuperación emocional a través de un colectivo de mujeres prodigioso llamado Tamaia, en Barcelona.

En nuestra andadura, las feministas hemos ido encontrando y convenciendo a hombres aliados. Tampoco ninguna mujer nace feminista, ni siquiera nace mujer. Reconocer que existen hombres que deciden no ser machos no significa negar que otros sí decidan serlo y quedarnos indefensas. Al contrario. Evita que apuntalemos las ruedas de nuestro empoderamiento. Lo personal no solo es político, es también comunitario.

Mi existencia como lesbiana es mil veces más posible gracias a tantas y tantos parias de género que visibilizaron nuestras opciones prohibidas en las décadas más difíciles. Disfrutar de mi vida ganada no significa ensimismarme. Pero mostrar solo el machismo, hiperbolizar esa cosa rara que llaman ahora micromachismos, magnifica el terror sexual al que fuimos destinadas. Contra el que no pararemos de subvertirnos, tan a menudo, alegremente.

*Publicado previamente en Parole de queer 

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