Entrevista a John Dos Passos

Por David Sanders

David Sanders:¿Es esta la granja en la que pasó los veranos durante su niñez?

John Dos Passos: Es una parte distinta de la misma granja. Cuando mi padre aún vivía, teníamos una casa en el otro extremo, en un terreno que ha sido vendido y que ahora forma parte de una pequeña colonia llamada Sandy Point, esa hilera de casas que vio a lo largo de la costa. Llevamos aquí más de 10 años, pero no paso tanto tiempo aquí como me gustaría porque aún me queda mucho por viajar.

DS: Esta polaridad entre sus viajes y Spencer’s Point, ¿ha tenido algún efecto sobre su escritura?

JDP: No lo sé. Por supuesto que cualquier cosa que le suceda a uno pesa sobre lo que se escribe.

DS:¿Quizá lo llevó en algún momento a escribir que el novelista es un trufero que se adelanta al historiador social?

JDP: No sé qué tan cierto sea eso. Hablar de la propia obra es lo más difícil del mundo. Te tropiezas, y pasa seguido que el trufero no se come la trufa… sólo la recoge.

DS:¿Se ha convertido en un historiador social a expensas de ser artista?

JDP: No tengo manera de saberlo. Tengo que hacer lo que me llame la tención en el momento, y no creo que haya algo necesariamente inartístico en ser un historiador. Admiro mucho a la buena historia. Toda mi obra contiene ciertas connotaciones históricas. Por ejemplo, Three Soldiers. Estaba intentando registrar algo que sucedía en el momento. Siempre tuve la sensación de que tal vez no serviría como novela, pero que por lo menos sería útil como un añadido a los registros históricos. Se me ocurrió la idea cuando comencé a escribir —con One Man’s Initiation— y la conservé a lo largo de los años.

DS: Entonces, ¿siempre se ha dedicado a observar para el registro?

JDP: Pienso que así es.

DS: Debió ser difícil mantenerse simplemente como un observador objetivo.

JDP: Posiblemente, pero creo que mi tendencia ha sido volver al centro.

Suelo ser arrastrado por la emoción y el entusiasmo con varias ideas durante un momento u otro, pero creo que el deseo de observar, de apuntar lo visto con la mayor precisión posible, todavía es lo principal. Creo que es algo que los críticos nunca entienden porque siempre parten de la suposición de que si un hombre escribe sobre el mormonismo seguro es un mormón, de que si escribe sobre el comunismo debe ser un comunista, lo cual no es necesariamente cierto. Siempre me he mantenido en la raya respecto a cuestiones partidarias. He sido partidario de grupos de personas en particular, por lo general de gente a la que parece tocarle lo más duro, pero esa es una faceta que comparto con muchos otros.

DS: Ha dicho que cuando comenzó a observar, era usted un “jovencito semi-hecho” y recién salido de Harvard. ¿Ha tenido reflexiones recientes sobre su educación?

JDP: Saqué muy poco provecho de haber estado en Harvard, aunque me la pasé pataleando durante mi estadía ahí, quejándome de la atmósfera de “éter cónico” que he descrito con ojo fotográfico. No me habría quedado de no ser por mi padre, que estaba ansioso de que completara allí mis estudios. En aquella época, los últimos de los viejos novo-ingleses todavía estaban en Harvard. Eran personas de mente muy liberada, con ideas independientes, y todos tenían una especie de ética protestante que los sostenía. Realmente sabían cómo eran las cosas. No estaba de acuerdo con ellos entonces, pero en retrospectiva, les tengo mucho más respeto que antes.

Pero esa mentalidad esencialmente válida quedaba prácticamente estropeada por los extraños delirios pro-aliados y anti-alemanes que los arrastraban. No podías hablar con nadie al respecto. Cuando la guerra dio inicio, durante el verano de mi segundo año, tenía curiosidad de verla, aunque en teoría reprobaba las guerras como acto humano. Estaba ansioso de ver cómo era.

Como Charley Anderson en 42nd Parallel, quería estar ahí antes de que todo “se echara patas arriba”. Cuando salí de la universidad en 1916, estaba ansioso por estudiar arquitectura, pero al mismo tiempo me sentía ansioso por haberme inscrito como operador voluntario de una ambulancia. Mi padre se negó rotundamente, así que acordamos que me enviaría a España, y ahí fui a estudiar arquitectura en Madrid. Luego mi padre murió en enero de 1917, y me anoté de nuevo en el servicio de ambulancia. Supongo que la Primera Guerra Mundial se convirtió en mi universidad.

DS: ¿Especialmente porque operabas una ambulancia?

JDP: ….Veías la guerra. No sé si era el lado más o menos cruel del combate, pero dentro de la ambulancia tenías un punto de vista más objetivo de la guerra. Después de todo, la infantería debe dejarse arrastrar por el espíritu del combate, cosa bien distinta a estar ahí esperando para recoger los escombros.

DS: ¿Qué ha permanecido contigo de la Primera Guerra…en retrospectiva?

JDP: La verdad es que no recuerdo mucho porque lo escribí; cuando escribes sobre algo, por lo general ya no vuelves a pensar en eso. Sí recuerdo pedacitos de experiencia. Los olores. Parecen permanecer en la memoria: los olores del gas, el aroma almendrado de los explosivos potentes, la letrina y los vapores del cuerpo. Una época terrible, nunca ha habido semejante serie de masacres, pero todos nos sentimos contentos de haberlas presenciado y sobrevivido. En el cuerpo de ambulancia, mis responsabilidades consistían esencialmente en manejar el automóvil sin tirar personas en las trincheras. En cuanto a las tropas, cargaban sentimientos ambivalentes hacia nosotros.

Cuando nos veían en mayor número era en lugares donde iba a emprenderse un ataque ya planeado y en el que se esperaba que muriera mucha gente. Seguro nos veían como a una colección de cuervos carroñeros.

DS: Durante aquella época, ¿ya te pensabas a ti mismo como escritor?

JDP: Nunca tuve ganas de ser escritor… No me agradaba mucho el mundo literario que conocía. Estudié arquitectura. Siempre he sido un arquitecto frustrado. Pero hay ciertos momentos de la vida en las que uno absorbe una cantidad bárbara de impresiones. Mantuve un diario —algo bastante casual—, y fui consistente con el registro de mis impresiones. Pero entonces no tenía intenciones, realmente, de ser un escritor. Quizá fue [Henri] Barbusse quien me dio el impulso. O es más probable que fuera una manera de evitar la podredumbre en mi cerebro. Robert Hyllyer y yo comenzamos lo que llamamos “la Gran Novela”, o simplemente la GN. Nuestro horario de entonces era de 24 horas activas y 24 horas inactivas, y recuerdo que trabajamos en la novela dentro de un tanque de cemento que nos protegía del bombardeo. Escribimos capítulos alternados. Mandé el manuscrito a la Universidad de Virginia al día siguiente. Ni siquiera me atreví a echarle una mirada.

DS: Mencionas las novelas de Barbusse. ¿Fue acaso Le Feu, en particular, la que te dejó una impresión?

JDP: Nos impresionó bastante en aquel tiempo. Era la primera novela que ofrecía una imagen de las masacres en la Primera Guerra Mundial. Tenía muy buen oído para las conversaciones entre los involucrados. Lo demás no era tan bueno. Eran obras de culto, como el Jean-Christophe de Rolland, que impresionó a muchos de nosotros en el colegio. Uno tenía que reevaluar las cosas. Era de lo más horrible: una combinación de evangelista y comunista, y para entonces no era más que un vocero del Partido.

DS:¿Luego, después de la guerra, estuviste en la Conferencia de Paz en Versalles?

JDP: No realmente. En algún momento durante el invierno, después del armisticio, establecieron algo muy parecido a la ley G.I. Si eras un estudiante universitario o un graduado reciente, podías ir a cualquier universidad de allá, y yo elegí La Sorbona. Así que anduve en París, supongo, desde febrero hasta junio de 1919. Por supuesto, ese fue el período de las conferencias de paz, y hablé con muchas personas involucradas en diversos ámbitos. Casi todos eran observadores. Y no, no tomé notas.

DS:La cuestión de combinar ficción y política ha interesado a una buena cantidad de críticos, por lo general con la impresión de que es muy difícil mezclar ambas.

JDP: Bueno, no lo sé. Últimamente me he referido a mis novelas como crónicas contemporáneas, lo cual parece quedarles mucho mejor. Tienen una fuerte inclinación política porque, después de todo —aunque eso no es lo único—, la política en nuestro tiempo ha impactado a la gente más que cualquier otra cosa. No veo por qué involucrarse con temas políticos dañaría la obra de un escritor. A pesar de haber dicho que la política es “el arma que mató a la ópera”, Stendhal también escribió crónicas contemporáneas. O mire usted a Tucídides. No me parece que su escritura histórica fuera dañada por el hecho de que él era un escritor político. Mucha buena escritura ha estado más o menos involucrada en la política, aunque siempre es un territorio peligroso.

Es mejor para algunos permanecer lejos a menos que estén dispuestos a aprender cómo observar. Es la ocupación de un tipo de escritor especial. Su investigación —usando bloques de experiencia pura— debe ser balanceada.

Sartre, en sus reportes plenos y directos, era maravilloso. Ya no puedo leerlo.

Un autor debe permanecer conectado y desconectado de su propio campo.

Debe apasionarse, preocuparse, enojarse, pero manteniendo sus emociones fuera del alcance de su obra. Si no lo hace, no es más que un propagandista, y lo que ofrece son sólo sermones.

*Fragmento de entrevista publicada en The Paris Review (1969). Traducción de Staff El Barrio Antiguo.

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