No es que fuera así. Es que Martín y María lo querían así, sin tapujos ni consignas. La semana errante de los cataplasmas cotidianos, el masaje fúnebre, y los lloriqueos solitarios.

María no se cansaba de recordar. Martín no se cansaba de olvidar.

Recordar y olvidar, tan afines pero tan distantes. Así eran ellos, que sólo coincidían en la misma letra del nombre.

Desde que se conocieron supieron que no funcionaría. Pero se aferraron; y más María, haciendo caso a los horóscopos que le presagiaban un buen destino con un leo. Martín pensó que sería algo pasajero. María pensaba que duraría para toda la vida.

Las diversiones duraron hasta que finalizó el primer mes, tiempo en el que los dos se enamoraron y todo se echo a perder. Se convirtieron en estúpidos.

Ambas madres lloraron la perdida contractual sobre la voluntad de sus hijos y se convencieron de que ya no eran unos niños, y aunque se empeñaban en asegurar que a esa edad uno no se puede enamorar —15 años—, las circunstancias las convencieron a regañadientes de lo contrario.

El miércoles 15 de septiembre, Martín tuvo un presentimiento que lo llevó a levantarse muy temprano. El corazón no lo dejaba en paz. María, por el contrario, durmió más que nunca. Su mamá se asustó de verla como si estuviera muerta; estaba quieta y silenciosa, hasta que a las doce del día se levantó, echó un gruñido que hasta el gato cantó un miau de miedo.

Martín llegó puntual a una cita no concertada. María, sorprendida, se limpió las lagañas y con la lengua remojó sus labios. No quedaron señas de las doce horas continuas de sueño.

Sonaron las campanas de la iglesia, que se confundían con los alegatos de las señoras regordetas de la plaza. Martín y María estaban juntos, queriéndose uno a otro, prestándose los cuerpos, devorando sus lenguas, columpiándose con las manos y soñando que hacían el amor en medio de la plaza bajo la mirada celosa de las viejas y el morbo de los viejos, pero sólo se miraban para ver quién primero chillaba con la mirada. María ganó.

Quien tomó la iniciativa para hablar fue Martín. ¿Te quieres casar conmigo? María se puso verde, corrió desesperada. Había soñado mil veces con esa pregunta y al escucharla, el encanto despareció. Ya no era pura fantasía, era una realidad que le aterraba. Martín permaneció sentado mirando cómo un alacrán pretendía picarle. El insecto no sospechaba que moriría; los alacranes siempre morían a manos de Martín.

María regresó más compuesta, pero menos alegre. He pensado lo que me has dicho y no quiero casarme. Martín agachó la cabeza y echó un puñetazo de furia sobre el cuerpo del venenoso insecto. Corrió con todas sus fuerzas hasta llegar al monte, donde se representaban cada año la crucifixión de Jesucristo y ahí fue donde él cargó con su propia cruz: Ella no lo quería demasiado como para casarse con él. Él ya estaba crucificado.

Pasó una semana y media, ambos sin saber la voluntad del otro, habían firmado un contrato mental de no verse más.

María se sentía decepcionada de haberlo decepcionado. Martín se sentía decepcionado por la respuesta. Ambas decepciones se unían en una: tenían miedo del amor.

Fue el párroco Gustavo —partidario de la teología de la liberación— quién los reunió de nuevo, sin saber que se habían distanciado. Estaba próxima la fiesta de San Juan y se necesitaban voluntariosos —devotos del santo y fieles en busca de la gloria de dios— para que en la fiesta se reuniera lo suficiente para restaurar la iglesia.

Martín y María fueron destinados a decorar la iglesia y realizar propaganda para que los que vivían en el cerro bajaran a celebrar el cumpleaños de Juanito. En las dos horas que estuvieron trabajando, ninguno hizo ni siquiera un rasguño de palabra; eran dos mudos que se hablaban con los ojos y las manos.

Un viejo, el único que entendió ese lenguaje, los amistó, les contó de sus amores pasados y en tono más enérgico les dijo: ámense.

Ya no tuvieron más temores, se amarían.

Las madres de ambos lloraron y los padres solicitaron todo el mezcal necesario para celebrar la unión que se precipitó cuando María leyó en una revista del corazón que si no se casaba con un leo, sufriría de desamor el resto de su vida.

Por Malinalli García

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