Por Jesús González

El chip regio, esa programación mental invisible que obliga a adoptar los valores de la orgullosa marca Monterrey, está en fase terminal. Como en las grandes sociedades totalitarias (y la de Nuevo León lo fue sin duda) la decadencia comenzó mucho antes que la crisis vivida hoy. Con una negación de la realidad al comenzar el nuevo siglo comenzó a resquebrajarse la burbuja de seguridad y prosperidad que disfrutaba Nuevo León.

Entre 2000 y 2007 se consolidó el sistema de relaciones entre políticos y empresarios que abriría la puerta a la corrupción a gran escala, pero de 2007 en adelante a esta se le sumó la bestializada violencia que arrasa con todas y todos.

En estos años bestiales hemos caminado por las calles, personas que luego se volvieron grupos cada vez más numerosos, que primero se preguntaron dentro de sus hogares, de sus trabajos, de sus escuelas ¿Qué hicimos mal? Y que al pasar los meses se encontraron y comenzaron a caminar en sentido contrario al chip regio, aunque hay que aceptar que algunos no tuvieron la fortaleza de espíritu ni las capacidades para desprenderse de esa mentalidad y hoy se han integrado a los que caminan atrás de la elite política y empresarial.

Aún permanecen invisibles, aunque no por mucho tiempo, comunidades que caminan en sentido contrario a la barbarie actual y que durante los últimos 7 años han creado puentes, tejido redes, actuado en conjunto en emergencias, obtenido pequeñas victorias. No son mayoría de la población, esta mayoría permanece dormida y, aunque se cuestiona ¿Qué hicimos mal?, no atina a moverse.

Es así como los llamados despectivamente fuereños/as, quienes tradicionalmente al llegar a la ciudad abandonaban su forma de pensar y adoptaban la marca Monterrey con sus tradiciones, comenzaron a vivir aquí sin perder los valores de sus estados de origen, como una autodefensa hacia el Nuevo León que se desmoronaba, algunos que ya llevaban años aquí comenzaron a recordar la manera en que en sus estados se enfrentaban los problemas sociales, algunos recordaron la heroica actuación de la población durante el terremoto del Distrito Federal en 1985. Las y los familiares de alrededor de 5000 personas ejecutadas en los últimos años según “cifras oficiales” y de las no cuantificadas personas desaparecidas se convirtieron en motor de este incipiente movimiento social, perdieron el miedo y salieron a cuestionar a las autoridades, a exigir justicia y arrastraron a los indecisos más valientes. Invisibles entre los invisibles las comunidades indígenas comenzaron a organizarse en un ¡Ya basta! colectivo contra la marginación y el racismo logrando arrancar al Estado el reconocimiento de sus derechos en la Constitución local, estas comunidades calculan que hacia el coyuntural 2015 serán unas 250,000 personas las que conformen esta fuerza social ¡un 5% de la población! y no están dispuestas a regresar a un Nuevo León donde no se respeten sus derechos.

Platicando hace unos meses, con un periodista de Jalisco, me explico la forma en que el PRI, ante el avance de un candidato ciudadano que podía ganar las elecciones, se adelantó y aseguró a la comunidad lésbico gay que aprobaría el matrimonio igualitario, con lo que arranco varios miles de votos progresistas a la oposición. En Nuevo León la comunidad lésbico, gay, bisexual y transgénero sigue siendo estigmatizada como antinatural y es discriminada para ejercer sus derechos ciudadanos, esta comunidad con su fuerza económica y de organización poco a poco se entrelaza con el movimiento social (a pesar de los prejuicios de los que se dicen progresistas) y ya tampoco dará marcha atrás en la exigencia de sus derechos.

En el intermedio entre quienes añoran la gloria del pasado de la marca Monterrey y quienes hoy luchan por revertir la tragedia humanitaria están las mujeres, los jóvenes estudiantes y los pequeños empresarios. Las mujeres de Nuevo León han comenzado a tomar decididamente la lucha por sus derechos, de a poco, impulsadas por la necesidad económica, por la violencia familiar, por la tragedia, por la inequidad de género en los puestos de trabajo pero arrastran décadas de sometimiento al patriarcado que hacen difícil la decisión. Los estudiantes se debaten entre la realidad de no perder su estatus privilegiado y su conciencia de la obligación que les impone su preparación para ser responsables de los cambios. Los pequeños empresarios, olvidados por las cámaras empresariales, que debieron aguantar la realidad de extorsiones, secuestros y caída en el consumo que les obligó a cerrar muchas veces sus negocios hoy apoyan, aunque no con la fuerza que se requiere, al movimiento social. Estos tres segmentos de población saben que un mejor futuro está en juego.

Queda la duda sobre fuerzas sociales que se mantienen inmóviles, que podrían ser el motor de cambios importantes como los empresarios medianos y grandes (no los gigantes esos tienen sus objetivos muy claros hoy con las inversiones extranjeras de la reforma energética) quienes atados por las economías de escala a la macroeconomía no saben si enfocar sus fuerzas en renovar la marca Monterrey y dar vuelta a la hoja o impulsar una renovación de Nuevo León; así como los trabajadores, que en su mayoría, no tienen tiempo ni fuerza para pensar en ser agentes de cambio por medio de esa herramienta vital que es su fuerza de trabajo: si los trabajadores pararan unos días obligarían a un cambio sin duda. En el extremo están los trabajadores sindicalizados, atrapados y obligados a obediencia hacia las corruptas CTM y CROC o, en el caso del sector privado, atrapados por la no menos corrupta Federación Nacional de Sindicatos Independientes FNSI que protege los intereses de los empresarios inmovilizando a miles de trabajadores.

El chip regio está en fase terminal y Nuevo León se enfrenta a un momento decisorio en su historia. Los próximos meses registrarán nuestro actuar y es importante que contemos las historias.

PD: La resistencia de cientos de mujeres y hombres durante la época de gloria del chip regio fue fundamental como base para lo que vivimos hoy.

 

Comments

comments