Por Sergio Osvaldo Valdés Arriaga

Desaparecidos es el término oficial y, a la vez, una triste realidad mexicana; una realidad de la que cientos de familias han sido víctimas, fruto de una ruin guerra en contra del narcotráfico.

Dirigido por Luis Ramírez Guzmán y escrito por Federico Mastrogiovanni, Ni vivos ni muertos (2014) es un filme que se traslada a lo largo y ancho de la república, siguiendo los testimonios de múltiples padres de familia que, bajo diferentes circunstancias, padecen de un mismo síntoma de la guerra.

Pero, ¿cómo se busca a alguien si el país no cuenta con las condiciones adecuadas para hacerlo? ¿Cómo, si el mismo gobierno es corrupto? ¿Cómo, si a nadie más le importa?

En el documental conocemos a un par de padres de familia que, en conjunto con su abogado, Miguel Ángel Rosete, lidian con la misteriosa desaparición de su hijo Alan, más aparte la investigación del caso como tal, pues los cabos sueltos abundan y las sospechas de una posible implicación por parte de la policía del estado incrementan notoriamente.

Melchor Flores padre nos cuenta sus sentimientos respecto a la situación que enfrenta, culpando de manera directa al gobierno de Monterrey por la desaparición de su hijo Melchor (mejor conocido como el “Vaquero Galáctico”) mientras que Rosendo Radilla recuerda la última vez que vio a su padre, cuyo destino quedó en manos de un implacable ejercito mexicano. Este último punto refleja los antecedentes de los que parece ser una vieja tradición cuyas macabras intenciones jamás son aclaradas del todo, pero que hablan de la eterna represión en contra de los ciudadanos.

Jethro Ramsés Sánchez es otra victima del injusto trato de las autoridades, y es su padre, Héctor, quien nos narra los hechos que conllevaron hasta su muerte. Por otra parte, Fernando Ocegueda, en compañía de Emiliano Navarrete, describe cómo Santiago Mesa y un grupo de otras 4 personas se encargaban de traer un puñado de gente secuestrada para después disolverla y enterrar sus restos.

Los migrantes también ocupan un espacio importante dentro del tema de los desaparecidos, el cual es explicado por Alberto Xicoténcatl, el director del albergue Belén posada del migrante, en Saltillo, Coahuila.

Hay un momento muy en particular en el que los realizadores de la cinta comparten cómo una señora les explica amablemente lo peligroso que es andar por las calles de la ciudad con cámaras de video; que es mejor guardarlas para no ser arrestados o reprendidos agresivamente por parte de la policía local, definiendo de manera sutil la era en la que vivimos. Y es que a veces, para representar a México, no es necesario filmar una tormenta que simbolice los conflictos de la sociedad, ni su rencor en torno al gobierno. A veces sólo basta con tener una paloma blanca enjaulada.

Ni vivos ni muertos es un acta que aboga en contra del silencio, una reflexión sobre un tema tan delicado y que sigue siendo una problemática vigente. El resultado es tan sólo un minúsculo acercamiento hacia lo que es la incertidumbre, el coraje y la esperanza de sus víctimas, así como también la negligencia del Estado. El largometraje termina con el nombramiento oficial de Enrique Peña Nieto en el amanecer de un nuevo sexenio, acontecimiento que marca un amargo augurio, señal de que las cosas se mantendrán iguales y sin cambio aparente. Impunes, como desde un principio.

“Si no es la justicia del hombre, es la justicia divina” son las palabras que Rosa María Moreno, la madre de Alan, dice tras limpiarse unas cuantas lágrimas. “Que Dios los perdone”, concluye, perdiéndose en el vacío.

Y tal vez Rosa María no esté tan equivocada. Sólo nos queda esperar; o quizás, creer.

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