Por Kaizar Cantú

Siempre hay un edificio abandonado en lo alto de la colina. Siglos de imaginaciones perpetúan el retrato sin que por ello pierda realidad ni humanidad. Aún se teme a la sombra proyectada sobre el poblado, a los aullidos nocturnos de la madera llovida; se sigue huyendo hacia el calor de los fuegos, hacia la sordera entre otras voces. Ni la ciudad del regio monte, con su ráfaga de automóviles, sus chimeneas oxidadas y sus torres de vidrio, puede ignorar la presencia de lo ahora ausente. Si un pueblo necesita de tan primitivo espanto, ese pueblo es Monterrey.

El mapa esboza en los bordes de Contry, aferrado a las faldas del Cerro de la Silla, uno de los sectores residenciales mejor acomodados de la metrópoli. Lo recorren varios caminos de nombre vigoroso, todos ellos con peso histórico: Descartes, Franklin, Einstein, Galileo, Anaxágoras, etc.; allá en lo más alto comienza la enumeración de dioses. En el paisaje predominan el verde bien asoleado y humedecido de los parques y la textura lisa de las calles en pendiente. Barriendo el vecindario con la mirada se alcanzan a distinguir estilos arquitectónicos que van desde la casa de teja roja sobre ladrillo blanco hasta las excentricidades geométricas de nuestro pasado siglo. Las casas suben y suben hasta que el cerro las detiene, habrá que ver por cuánto. Si se continúa mirando es inevitable la aparición de una figura que rompe el cuadro. Pescado a un trozo de monte casi vacío, de entre el primor de los hogares brinca directo a la pupila un gris apagado que poco tarda en develar su cuerpo de cilindros verticales. El ojo se detiene unos instantes, incapaz de acostumbrarse a las formas de la estructura, si no es que aterrado ante la posibilidad de reflejar objeto semejante. Borges narró en alguna ocasión los terrores ocasionados por una propiedad en Lomas de Zamora cuya arquitectura era ajena a la fisionomía humana. No sería cosa extraña sentir, aunque sea por un breve momento, temores similares ante la presencia de lo que el murmullo popular aún llama La casa de los tubos.

De acuerdo con las marcas de los mapas, la casa está frente a la calle Benjamín Franklin, tras las murallas blancas de la colonia privada La Escondida. Son comunes los curiosos, en su mayoría jovencitos y turistas, que miran el edificio de frente a través de los patrones de la reja. Policías patrullan la zona para evitar la filtración de indeseables en el terreno. El hecho no apaga la osadía ni el morbo de los visitantes diurnos y nocturnos; ellos encuentran la manera de escurrirse a través de las grietas para deambular el vacío entre el concreto. Caminan despacio rumbo a la entrada flanqueados por hierba y matorrales algo marchitos, con la mirada fija en el complejo de torres enmudecidas a medio gesto; dos cilindros y un puente tubular que los atraviesa improvisan el umbral que da la bienvenida. Ya dentro distinguen los tabiques expuestos, las paredes a medio acabar, los rayones de aerosol difuminados por las mismas fuerzas que carcomen los muros. A su izquierda notan las rampas y escaleras recorriendo en espiral el borde interno del tubo más grueso; la prolongada caída sería suficiente. Trepan las pendientes y atraviesan pasillos tubulares hasta la cima. Una colección de ventanales permite la irrupción de la ciudad miniaturizada por la altura. Los visitantes continúan su ronda, pensando en las ineludibles historias, temerosos en su esperanza de encontrar siluetas, voces, chillidos y arañazos, de un exorcismo a mano de los espectros. El vecindario conoce bien la mitología de la casa. Sin dificultad podrían enumerar cada uno de los misterios del edificio y sus variantes como quien recuenta con cierto desgano fábulas de cuna o fogata. Saben de aquel anónimo, a veces más joven, a veces más viejo, que mandó a construir un castillo lleno de rampas para facilitar el tránsito a las ruedas en la silla de su niñita y de cómo un descuido precipitó a la pequeña a través de uno de los ventanales hacia la muerte. También han hablado sobre los accidentes fatales durante su construcción que le ganaron a la propiedad abandono y una reputación de maldita. Algunos optan por la historia del narcotraficante estrafalario que tuvo que huir sin dar término a la casa; el destino de aquel hombre varía según la versión.

Pero ninguno de los relatos trasciende formalmente hacia el hecho. El folclor ha optado por dejar a los personajes de sus tragedias en el anonimato del sustantivo común. Cualquier indicio de un nombre encamina hacia rastros falsos o nublados. La tradición data la elevación de la estructura a principios de los años 70, sugerencia que a pocos consta. En cuanto al ingenio que imaginó aquella arquitectura cilíndrica y los maestros que inspiraron la manipulación de sus espacios, escasas son las bocas que lo hablan. De La casa de los tubos sólo nos queda una tumba sin marcas que la vez es cadáver.

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