Lo que tenía de alto y flaco, lo tenía de bizco y feo. Era noble y fraternal, pero proporcionalmente disparejo. Como un niño que se ha precipitado hacia la pubertad, los brazos le crecían hasta las rodillas y sus pómulos delataban una estridencia ósea. En las fotografías aparecía en las esquinas con un gesto particular: apretaba los labios hasta delinear una sonrisa deforme, casi dolorosa, entrecerraba los párpados y miraba en otra dirección. Los amigos le decíamos que tenía ojos de regalo porque era una sorpresa cada vez que los abría. Era una lástima, los tenía azules. Pero aceptaba la broma, había risas, un manazo al pecho del burlón, tú saliste con cara de perro, mejor díganme a qué hora es el partido, y ya estaba.

Conrado era un buen amigo. Su casa era el punto de reunión tras las clases. Nos encantaban esas visitas. Había cerveza, un balcón y buen humor. Las pláticas sobre películas de terror y jugadas legendarias de fútbol se extendían hasta la noche. Van Basten era mejor que Cruyff, no mames, pero nadie con la clase de Redondo; bueno, igual Bebeto le pelea el título. Le gustaba el rock argentino, la cumbia mexicana y Nietzsche. Profesaba una inexplicable pasión por las playeras de equipos europeos. Cuando viajaba al extranjero, se acordaba de nosotros y regresaba con una valija llena de Torres Eiffel, Arcos del Triunfo y Notre Dames para todo el salón. Siempre estuvo al alcance de una llamada telefónica. No sé cuántas veces nos escuchó desahogar alguna pena efímera. En la escuela se le apreciaba. Sacaba buenas notas pero compartía las respuestas de los exámenes. Tenía muchos amigos, quizá demasiados. Nunca estuvo en una pelea porque conocía a ambos bandos. Pinche Suiza, le soltó una vez Hernán mientras se limpiaba la sangre de la nariz. Su respuesta se limitó a levantar orgullosamente los hombros huesudos.

Durante la preparatoria, descubrimos que la pose cubista de las fotografías encerraba una intención deliberada: cuando las chicas observaran la imagen, pensarían que había salido mal, un simple borrón, lo habían distraído, y que en realidad no era así de feo. Nadie volvió a recordar esos rasgos en las imágenes de los viernes por la noche, de las vacaciones de verano, del fin de curso. Se había vuelto algo habitual. Sin embargo, no había forma de sostener el gesto grotesco en la realidad y el empeño fotográfico derivó en frustración. Nunca tuvo novia (sus intentos quedaron en amables balbuceos, mano sudada, cambio de tema), ni siquiera pudo esconderse en una barba prematura que se resumía lastimosamente en tres pelitos en la barbilla.

Eran los tiempos en que comenzábamos a salir con mujeres. Nuestras aventuras eran relatos que compartíamos los amigos, uno a uno, con aire entrañable y primeros cigarrillos de-no-pasa-nada en las tardes después de los entrenamientos. Entonces, los pasillos de la escuela eran una mano bajo la falda; la película, quién sabe de qué trataba, pero cuando terminó la Segunda Guerra Mundial el brassier desabrochado hermanos; los fraccionamientos eran oasis infalibles porque mira, desde la colina vemos cuando llega su papá sin que nos cache. Pasa la dirección, maricón. ¿No tendrá una vecina? Conrado, silenciosamente, arrastraba sus ojos bizcos por el suelo.

Cuando llegaba su turno, se levantaba y ahora no sé, pasé al B2 del francés y tengo examen el próximo lunes, ando ocupadón, ahí anda la Marissa pero psss cuando termine con su güey, ya después, después, ya veré después. Tres años consecutivos Marissa y su novio ganaron la mejor pareja de la escuela, y esas respuestas se repitieron en innumerables variaciones acompañadas de los exámenes-para-la-próxima-semana. No advertimos que sus postergaciones tenían algo de Pichula Cuéllar, que no eran más que una escapatoria del momento, que Marissa no le interesaba sino como pretexto, y disimulaban un discreto resentimiento que había comenzado a incubarse.

El último verano de la preparatoria Conrado lo pasó leyendo Más allá del bien y del mal, estudiando idiomas (llegó a dominar cinco lenguas) y tomando cerveza. Era bastante sencillo a pesar de haber descubierto que podía utilizar la erudición como una máscara para encubrir ese tibio sentimiento que nunca externó directamente. Lo filtraba a cuenta gotas en amables consejos a los amigos. Es una pérdida de tiempo tener novia. Ahora estoy en alemán uno. Mira cómo está Pedro, ya casi ni lo vemos. Ni sabe qué carrera elegir. Se la pasa en casa de Laura. Se va a arrepentir, decía, se va a arrepentir, repetía. (Años más tarde Conrado invitaría a salir a Laura. Nunca le aceptaron la ida al cine).

Conrado era lector de Borges. Quería estudiar Letras en la universidad pero una mirada severa de su padre lo convenció de ingresar en Leyes. Sin que nadie se lo preguntara, se apresuraba a justificar su decisión: no quiero morir de pobre, además, y aquí soltaba un desfile de escritores del siglo xix que primero fueron abogados y luego se dedicaron a escribir, con alberca en el jardín y tres chiquillos corriendo por la casa.

Lo que sigue a continuación es un melodrama por secciones. Conrado se había tomado con excesiva seriedad aquella cantaleta que suelen repetir los profesores desde que uno ingresa al jardín de niños hasta la universidad: “Prepárense para cuando salgan al mundo real” [1]. Entonces, tras terminar la carrera en apenas dos años y colgar su título que lo ratificaba como “Conrado Barroso: Abogado”, se podía adivinar en su rostro altivo un apresurado aire de revancha, un ahora sí, un ya verán de qué soy capaz. Se inscribió al gimnasio, agregó gomina en su cabello y abandonó su pose fotográfica para adquirir un nuevo semblante: pecho soberbio, mandíbula apretada, mentón alzado, mirada —con mucho esfuerzo— directa a la cámara. Incluso se podría haber dicho que había conseguido cierto atractivo. Los balbuceos habían quedado en el olvido. Se dejó crecer un pequeño bigote. Caminaba con seguridad. Pero esos ojos estropeados no dejaban de infundirle un aspecto tragicómico.

Los amigos nos encontrábamos con visible holgazanería a la mitad de nuestras licenciaturas cuando la noticia llegó a nuestros oídos. Conrado no perdía el tiempo. Era el nuevo Secretario del Secretario de Cultura del Estado de Michoacán (jalemos aire). Para los morelianos que no teníamos anhelos políticos ni esperanzas burocráticas —éramos como 600 mil; seguro ahora rozamos el millón— el suceso nos fue de lo menos interesante pero le externamos nuestra preocupación: “Si no ejerces, ¿a quién vamos a llamar para que nos saque del Torito?”. Aún había algunas risas como respuesta, aunque Conrado las disipaba como quien espanta una mosca con la mano y pronto explicaba que había enviado su currículum y lo habían llamado. ¿Qué se le va a hacer? Es algo temporal, en lo que encuentro un buen despacho. Entonces no dábamos mayor importancia al fondo de esas aclaraciones, de ese complejo que maduraba taciturno en su interior. Luego supimos que no existieron tales trámites sino que, de nueva cuenta, su padre había repetido la mirada severa, sólo que ahora había sido acompañada de un favor político que le debían. ¿El resultado? Las puertas abiertas de par en par en el edificio del Gobierno del Estado.

Como es bien sabido, las aventuras de los burócratas jamás han inspirado ni mitología ni épica, ni siquiera una égloga que alguien pueda recordar. No existen novelas ejemplares y ningún historiador se ha molestado en recopilar sus vidas en algún tomo. Conrado deseaba terminar con esta injusticia y rápidamente se convirtió en el primer cantor de gestas de escritorio. Sus andanzas por los pasillos de la Secretaría de Cultura, las inauguraciones, los banquetes y discursos de clausura eran relatadas con un barniz heroico que nos hacía sostener la carcajada por puro respeto. Pensábamos que él mismo exageraba, que se daba cuenta. Los que no nos dábamos cuenta éramos nosotros. Estaba cruzando un umbral y fuimos demasiado estúpidos como para advertir esos signos clínicos. Parecía que se esforzaba en moldear y hacer coincidir la realidad con el mundo dislocado que le entraba por los vértices de sus ojos. Como el burlesco afán de Áyax de convertirse en Odiseo. Indudablemente, esas épicas oficinescas devenían en farsas.

Una tarde, por ejemplo, nos contó agitando los brazos por la mesa que había sido felicitado por su jefe por ser el responsable de haber traído a la Orquesta Sinfónica de (aquí todos imaginamos Berlín, Chicago, Viena) La Paz, Bolivia. No me van a negar que por lo menos se les pintó una sonrisa. A nosotros también. Pero Conrado continuaba con la narración desbordada, evangelizadora. Era como un Robinson al frente de un puñado de Viernes. Por fin, los morelianos —o mejor dicho, los morelianos que podían pagar un boleto— tendrían acceso a un concierto de altísimo nivel musical y no las tonterías que se presentaban en la “administración ministerial del previo período de servicio público” (es decir, el gobierno pasado).

Ahí aparecieron las primeras palabritas extrañas. En efecto, la labor del joven político, además de aprender el sí señor, no señor, comienza con la inclusión de términos herméticos y soporíferos en su vocabulario. Apenas habían pasado unos meses cuando Conrado empezó a gesticular, impostar la voz y decir cosas rarísimas que, por fortuna, los ciudadanos no utilizan en el día a día: “Estoy adherido al sistema”, “hay que depurar a los obstruccionistas”, “verter las reflexiones para prevalecer”, “una base eudemónica de cuerpo legal”, “la plutocracia victimista de orientación radical”, etcétera. No había duda, su personalidad estaba cediendo ante la maquinaria oficial del Partido de la Revolución Institucional.

El cambio en el lenguaje se expandió como un moho sigiloso hasta evidenciarse en otros ámbitos. Los más obvios sucedieron en la vestimenta y la bebida. Apareció el saco, la corbata y las mancuernillas. En ese entonces, era común reunirnos con los amigos por las noches en uno de esos pubs falsos que abundan en Santa María: un lugar descampado, con mesas de madera tallada para que parezca vieja y un montón de clientes en chanclas y playeras desfajadas. A pesar que Conrado salía de la oficina a las seis, se esmeraba por mantener su vestimenta oficial y aparecía alrededor de las diez. Todos pedíamos cerveza. Él ya prefería el cognac.

Algunos amigos habían conseguido buenos empleos en empresas, otros más preparaban sus maletas para estudiar una maestría en el extranjero. Como cualquier joven entusiasmado por ingresar a un ámbito desconocido, compartíamos anécdotas sobre estos nuevos mundos arquitectónicos, ingenieriles, literarios. Sin embargo, las burlas íntimas permanecían entre nosotros como sanos ejercicios de amistad. Nos bajábamos de las nubes. O como dijo Diana: “Un amigo es aquel que siempre está… para reírse de tus desgracias”.

El único que recibía estas bromas como ofensas directas era Conrado. No es que las sintiera contra él mismo, sino contra el partido político que se manifestaba en su vida privada y le limitaba cada vez más las posibilidades de reacción. Mientras ignoraba nuestra conversación, pedía otro cognac.

O sea que trabajas para el Partido de la Revolución Institucional. ¿No es una contradicción institucionalizar una revolución?, le dijo Carlos con cerveza en mano. Conrado resopló enfadado; nos recitó una serie de rectificaciones que daban la impresión de hacer referencia a un orden que sólo él conocía y no teníamos acceso los profanos, y terminó, como siempre, contándonos otra proeza burocrática sobre las seis personas bajo su cargo y su discurso en los Premios al mérito artístico de la gloriosa ciudad de Tiripetío. Quería el reconocimiento, los aplausos, nos había convertido en su público y él era la mojiganga de su propia epopeya.

Después solía excusarse, al día siguiente debía levantarse antes que cualquier cristiano, había prometido leer el borrador de su jefe antes de dedicarse a los asuntos del Estado: La secta de los conjurados, dos mil páginas de una novela absolutamente borgiana. Ya no recuerdo si alguien le señaló la contradicción. Ya no importaba.

Al salir del pub ficticio, pagaba la cuenta de toda la mesa sin decírselo a nadie. Este gesto cordial se repetía constantemente. Pero lo que en apariencia era un acto afectuoso, arrastraba una cola oculta. Una especie de reivindicación de poder ante sus amigos.

Pero nosotros continuábamos con la risa. Que pague, por todo lo que se ha robado su PRI. Pensábamos que era un juego, que aquellos síntomas desaparecerían una vez que Conrado se diera cuenta del invisible disfraz o por lo menos terminara el sexenio. La tragedia nos alcanzó a la mitad de una carcajada y no hubo posibilidad de volver atrás.

El 27 de septiembre del 2014 nos despertamos con una noticia atroz. 43 estudiantes habían desaparecido en Ayotzinapa, un pueblo perdido en la profundidad de Guerrero. Las conjeturas se contradecían intentando completar el rompecabezas de lo sucedido esa noche. El ejército había estado involucrado. El narcotráfico también. Los habían quemado. No, los tenían escondidos. A un tipo le habían desollado la cara vivo. A otro lo habían ejecutado a quemarropa. ¡Había un fusilado que vivía! El exterminio nos recordó que México no estaba construido sobre un lago, sino sobre una fosa enorme.

Fueron meses de duelo. Las conversaciones se expandieron en todos los ámbitos. Eran necesarias, estremecedoras y ofrecían un bálsamo ante el tormento. No importaba si eras de izquierda o derecha, las personas común y corrientes tocaban el tema en cada oportunidad. Nadie quería vivir en un país donde se podían desaparecer personas sin dejar rastro. ¿En qué nos habíamos convertido? La gente tuvo actitud compasiva. Hubo marchas, innumerables artículos en los periódicos y revistas, programas especiales, el tema de la seguridad cotidiana interrumpía las clases, tras los partidos de fútbol nadie hablaba del Barcelona contra Madrid sino del qué podemos hacer ante esta desgracia. Flotaba un aire luctuoso en el ambiente. Y no era el tiempo de filosofar, sino de llorar.

Conrado apareció una noche en el bar a la mitad de la conversación sobre Ayotzinapa. Pausado, se sentó y pidió un cognac. La suerte ya estaba echada. Nos miraba con sospechosa parsimonia. Encendió un cigarrillo y, de pronto, soltó la ráfaga: “Esos chairos son gentuza que no tiene nada qué hacer, se lo buscaron, para qué andan de revoltosos; el gobierno ha sido tolerante hasta excesos criticados [2]; a mí que no me vengan con mamadas rurales; a esos ni los oigo ni los escucho [3]”.

Ahí nos dimos cuenta. La cosa iba en serio y la risa nos había nublado las señales. Conrado no sólo había aprendido al dedillo el vocabulario priísta sino que, poco a poco, se había infiltrado e incorporado a su vida, la mirada dislocada de la oficialidad. Hubo un silencio casi descortés. Ya no había posibilidad, ni siquiera intención, de replicar a una pared. Nunca supimos si esas frases correspondían a un adoctrinamiento directo o si las había aprendido por su propia cuenta. Pero esas palabras tenían un dejo extraño. Su opinión encerraba un desprecio excesivo que daba la impresión de esconder por debajo un sentido más profundo y personal, como si hubiera desanclado por fin una ofensa antigua.

Nos separamos esa noche de manera ceremoniosa, mano firme, que estés bien, como suele hacerse cuando el encuentro no ha sido cálido. Después hubo otra escena muda. Cada quien pagó sus bebidas y nos fuimos a casa. A los pocos meses oímos que se mudaba a la capital para ocupar una vacante en el Gobierno Federal. Había comenzado el ascenso, en forma de cono invertido, de un joven político.

Hasta la fecha ignoro si Conrado fue cambiando gradualmente o en realidad se descubrió a sí mismo. Pero ya no importa. ¿Ya no importa? Ya se ha cerrado el telón. Y las luces del teatro se han apagado.

Por Gabriel Martínez Bucio

[1] Como si el salón de clases fuera un simulacro de la existencia humana, un laboratorio, una ilusión donde las personas pasan 20 años a lo Kaspar Hauser y al salir a la luz del sol, serán atropellados por el primer autobús que cruza.

[2] Frase dicha por el ex-presidente Díaz Ordaz tras la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, Ciudad de México, en 1968.

[3] Cita con la que respondió el ex-presidente Salinas de Gortari a los miembros de otro partido político que lo abuchearon en su informe de gobierno en 1994.

*Gabriel Martínez Bucio (Uruapan, Michoacán, 1989). Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana (Ciudad de México) y actualmente cursa el Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona. Es acreedor del Premio Nacional de Ensayo de la Revista Punto de Partida (UNAM, 2012) por su trabajo “Disecciones: Rembrandt, Macedonio Fernández y Unamuno”. Sus crónicas, cuentos y ensayos han aparecido en antologías como Esto no es una revista literaria (La Milana Bonita, España, 2016) y Pluma, Tinta y Papel (Diversidad Literaria, España, 2016), además de en diversos medios nacionales e internacionales como Crítica, Animal Político, Letralia (Caracas), Esquire MX, 14ymedio (La Habana), Revés Magazine, Revista Intemperie (Santiago de Chile), Periódico de Poesía (UNAM), Thump Vice, Revista Almiar (Madrid), Espacio Activo MX, Cubaencuentro (Madrid), Cinema Móvil y Vocero MX, entre otros.

Comments

comments