A José Luis Fernández Villanueva

Hace un siglo, en 1917, el mundo estaba por demás pendiente de las acciones que en Europa desplegaban los frentes combatientes en la Primera Guerra Mundial. La Perla Tapatía no estaba al margen de ese diario acontecer bélico; tanto así que el mero 24 de diciembre, un cintillo periodístico local publicitaba “El juguete de Francia”, lo cual podía adquirirse en el conocido almacén La Ciudad de México, y que anunciaran mediante la siguiente leyenda: “Es del mejor gusto, de precio barato, encanta a los niños. Esto juguetes han sido fabricados en los grandes talleres del ‘Juguete de Francia’ por soldados heridos y mutilados de la guerra”.

Eran tiempos de conflagración y exterminio entre varias naciones, y en donde la paz mundial estaba ausente. Aún así, la navidad no podía pasar desapercibida, y los tapatíos la celebraban de acuerdo a sus tradiciones. Es decir, mediante la realización de las consabidas posadas (nueve en total, previas a la cena de Nochebuena e iniciadas el 16 de diciembre), todas ellas con los consabidos villancicos entonados por los peregrinos que acompañaban a la Sagrada Familia en su hipotético camino al portal de Belén: “Eeen el nombre del cieeelo”; la infaltable piñata con su cargamento de frutas y colaciones: “No quiero oro, ni quiero plata, yo lo quiero es romper la piñata”; el atole blanco o el té de limón degustados con sendos buñuelos de viento rociados con miel de piloncillo y guayabas, el ponche con “piquete” al gusto, las canastitas de cartoncillo adornadas con rizadas orlas de papel de China donde, entre una cama de heno, sobresalía el imprescindible bolo dulcero con agridulces naranjitas, colaciones de anís encubierto y cacahuates por montón, sin olvidar el mágico chisporroteo de las encendidas luces de bengala.

De allí que El Libro de Caja ofreciera un enorme surtido de artículos para posadas y, asimismo, de las apreciadas tarjetas de Navidad impresas que solían enviarse vía correo postal.

La instalación del árbol de Navidad, tradición según esto importada a México por Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica en 1864, era ya algo muy frecuente en muchos hogares tapatíos, sin que eso significara que en muchos otros todavía se prefiriera el montaje creativo, a veces churrigueresco, de nacimientos o pesebres con múltiples escenas bíblicas, y otras no tanto, conjuntando figurillas de barro, musgo, papel roca y mil artilugios más, adquiridos en los puestos y mercados con artesanías de temporada.

Por su parte, la escasa publicidad comercial de las tiendas de mayor prestigio estaba más orientada hacia las compras relacionadas al resguardo contra el frío de la temporada invernal, que a la casi compulsiva tendencia de hoy en día para la adquisición de cualquier cantidad de regalos (muchas veces innecesarios, no pocos de ellos suntuarios) vía la falsa comodidad crediticia del tarjetazo; ya sea para uso propio o a manera de obsequios para otros, éstos en forma voluntaria o por mero compromiso.

De tal manera, los almacenes La Ciudad de París anunciaban sin mayor alharaca la “Realización de artículos para invierno, frazadas, ponchos, cobertores, colchonetas, franelas, etc., etc., a precios sin competencia”.

El Nuevo París, “La casa que vende más barato” y que era propiedad de las firmas Javelly y Richaud, Sucs., ofrecía “casimires, driles, cobertores, mantas de viaje, artículos de estambre, cachemiras y telas blancas”, con toda sobriedad. El Nuevo Mundo promocionaba la venta de “Pieles y cuellos, desde $8 hasta $250”. Por su parte, M. Favier y Cía., no se quedaban atrás y en Las Fábricas de México ofrecían “a menos del costo, faldas de casimir, abrigos de paño y terciopelo, [además de] prendas de estambre”.

Por último, conjuntamente con los ya mencionados juguetes franceses, y debido a que todavía era una prenda de uso popular entre la población femenina, La Ciudad de México anunciaba un “Surtido completo de rebozos piel de seda de Santa María Valle y Tulancingo, a precios cómodos”.

No era infrecuente encontrar Avisos de Ocasión anunciando la venta de leña y carbón, elementos entonces para cocinar o para calefacción muy usados por un buen número de habitantes tapatíos, así como de velas y parafina para efectos de iluminación, tanto doméstica como decorativa.

Aunque también, destinadas a quienes contaban con el servicio de energía eléctrica proporcionado por la Compañía Hidroeléctrica e Irrigadora del Chapala, S. A., la tienda de Alfonso Empáran, ubicada en Colón 169, tenía en venta un gran surtido de “Lámparas legítimas (focos) G. E. Edison con filamento metálico de 40-60-100 y 150 Watts, así como lámparas tipo ‘C’ de nitrógeno, y además la última producción de General Electric Co.”, cada foco por la fabulosa cantidad de 60 centavos.

En relación a la cena navideña, el consumo del otrora simple guajolote y ahora pavo, relleno y horneado sólo después de ser inyectado hasta el emborrachamiento post mortem con vinos de mesa, servido con dulcificados gravys y guarnición de ensalada de manzana, no había sentado sus reales en las mesas tapatías. La usanza popular todavía mostraba preferencia por un buen plato de pozole, una rica tamaliza, o una soberbia dosis de enchiladas.

No eran raros los festejos navideños de tipo gremial, como el que celebraran los empleados del Correo “en uno de los principales restaurantes de la localidad”, o el festival que el Inspector de Policía municipal ofreció entonces a todos sus gendarmes subalternos, agasajo para el que obtuvo del municipio un apoyo presupuestario de 200 pesos; o el que el Dr. Carlos Barriere “obsequiara a sus empleados del Sanatorio de la Colonia Moderna”.

Las rimbombantes celebraciones de Noche Buena organizadas por la alta sociedad tapatía por lo general eran veladas literario-musicales culminadas con concurrido baile prolongado hasta altas horas de la madrugada. En las correspondientes reseñas de sociales, como asistentes a tan linajudos festejos, quedaron incluidos algunos de los apellidos con más rancia prosapia en nuestros occidentales rumbos. ¿O acaso no resultan todavía muy conocidos los apellidos Cañedo, Collignon, Urrea, Verea, De la Madrid, Corcuera, Palomar, o Gregory, entre otros?

En contrapartida y aunque a destiempo, “los chicos del Hospicio” y demás seres socialmente desamparados, como siempre todos anónimos, gracias a los consabidos esfuerzos filantrópicos de algunos tapatíos, también pudieron tener ese 1917 un “modesto pero significativo” festejo navideño donde, en el caso del Hospicio, “el Árbol de Navidad y las rifas de juguetes y dulces, hicieron por un momento olvidar a aquellos chiquillos, la tristeza de su vida”.

Hace un siglo, la importancia de las festividades navideñas en Guadalajara era de carácter religioso, familiar, social y comercial. En ese orden. Un siglo después, pareciera que el aspecto comercial se ha impuesto de manera preponderante sobre todo lo demás, subvirtiendo así la anterior jerarquización. Aún así, considero que nadie puede afirmar, sin dejar de caer en cierto moralismo apergaminado, aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

En relación a las anteriores, nuestros actuales “tradiciones” navideñas simplemente han cambiado, para bien y para mal. Es el destino histórico de la humanidad y la cultura.

Quizás lo único importante para reflexionar en esta navidad es el imparable nivel de violencia social que impera en nuestro país. Violencia por muchos catalogada como “una guerra interna no declarada”, con la tragedia de las decenas de miles de víctimas o desaparecidos que en esta noche de supuesta paz serán recordados tristemente por sus familiares y amigos.

Por lo pronto, de mi parte y para todos ustedes, la mejor de las navidades posibles en este 2017, aun en medio de nuestro trágico clima de violencia nacional.

Y también mi más anhelante deseo porque dentro de un siglo, el 2018 sea recordado como el año cuando México puso fin a su propia e injusta tragedia actual.

Por Carmen Libertad Vera

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