Por Menstruadora*

Ilustración ‘Sin fronteras colectivo’

 

Antes de devenir lesbiana, llevaba una vida hetero de chica de izquierda “liberada”. Solía tener varias parejas a quien les daba servicios afectivos y sexuales sin recibir nada a cambio, incluso mi cuarto les servía de hotel, era yo una convencida guardiana del heteropatriarcado. Al momento de iniciar mi proceso de devenir lesbiana, me relacionaba primero con un novio de manera poliamorosa, llevabamos entonces un poco más de dos años en ese estilo de vida que en tanto heterosexual no transgrede pero nada, sin embargo, ahhhh, suspiraba, la liberación soplaba mis cabellos, les notaba uno que otro gesto o actitudes machistas pero nada más, en eso consistía mi feminismo, en mirar las actitudes, no los sistemas de opresiones; y además del novio mantenía otras dos relaciones simultáneas con varones, todas muy poli, todas muy progre, ellos eran hombres, yo me asumía mujer hetero, con todo lo que eso conlleva en esta sociedad, a pesar de las estrellas rojas y las chaquetas verde militar de militancia de izquierda.


Ellos sabían que yo a veces me nombraba bisexual, el gran término heterocéntrico por excelencia, y no habían manifestado mayor problema porque al final, no tengo ninguna pena en decirlo y puede venir aquí la policía de la diversidad heterocapitalista, la bisexualidad es binaria, comodina y no le hace ni cosquillas al heteropatriarcado.


Terminé con ellos tan lentamente como avanzaban mis cuestionamientos que me llevarían a la lesbiandad. A mi parecer acabamos bien. Nos vemos, que tengan una buena vida, me despedía sonriente sin saber a donde iba yo a parar, es que aunque una está convencida, la heterosexualidad es tan fuerte que te hace pensar: quizá un día un hombre “no patriarcal” me gusta, “porque los hombres me gustan y quizá eso nunca cambie”, me repetía por aquellos días sin saber que dejaría de desearlos, me dejarían de gustar y no iba a quererlos ni cerca. 


Cuando esos sujetos con los que ya no salía se enteraron que había elegido la lesbiandad, por ese 2013, yo aún los consideraba “amigos”, digo, yo no era radical y además habíamos terminado bien, de manera progre, chidita. No tardaron mucho en convertirse en mis más asiduos trolls. En Twitter se encargaron de darle mucho empuje a las lesboterroristas, entre otros machirrines anónimos. Y en FB dejaron de hablarme, incluso me borraron. Para mí entonces se volvió tangible que no les dolía mis devenires, sino que la rabieta consistía en que había dejado de darles servicios no remunerados a ellos y a los hombres en general.

-No se pierda la siguiente entrega de Narraciones de una lesbiana conversa.

*Texto publicado en facebook por la autora.

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