Hasta hace poco tiempo, con las sabidas excepciones de Sor Juana de Asbaje, doña Rosario Castellanos, et al; el significado de la palabra esencia llevaría a no pocas plumas femeninas nacionales a elaborar un lindo texto acerca de los perfumes y fragancias que mejor hubieran impactado sus sentidos, para así, muy a lo Proust, dedicarse a contar sus momentos de evocación más memorables, ya fueran éstos a favor, o en contra.

En cambio, ahora, sin descartar la excepción a la regla que nunca falta, una gran cantidad de féminas interpretan la palabra esencia desde la concepción del añejo pensamiento ideológico de remarcada tendencia dialéctico-materialista, whatever it means; y, en recuerdo a sus otrora combativos años universitarios pro-socialistas, dicha palabreja, al menos en todo lo que ellas escriben, cumple la función socio-histórica de revelar lo oculto de cualquier situación, sin dejarse engañar con los guiños de las apariencias.

¡Ay, Marx! ¡Ay, Engels! ¡Ay, Rosita de Luxemburgo! ¡Ay, Lukács! ¡Ay, Gramsci! ¡Ay, Kosik! ¡Ay, todos los demás santos teóricos del pensamiento progresista del siglo pasado! Ustedes son los culpables de torcer el camino de esas mujeres, ampliando el focus de sus miradas más allá de los aparadores de las tiendas de lujo, donde la esencia del Shalimar de Guerlain luce tan perfecta en sus presentaciones de parfum y eau de cologne, para también ir a depositarlas en los anaqueles de las librerías donde, con arrebato sin igual, gastaron buena parte de mis ingresos quincenales comprando extraños títulos como Tesis sobre Feuerbach, la Lógica formal, lógica dialéctica, el Anti-Dühring, la Dialéctica de lo concreto y demás etcéteras, entre otras muchas obras dizque fundamentales para el pensamiento moderno!

¡Ay! Y en esas y otras obras ellas aprendieron, o al menos así lo demuestran, las llamadas categorías del materialismo dialéctico. Sí, aquellas de: “Esencia y fenómeno, causa y efecto, necesidad y casualidad, ley, contenido y forma, posibilidad y realidad; lo singular, lo particular y lo individual; lo abstracto y lo concreto, lo histórico y lo lógico”. Y demás atrocidades rojillas por el estilo.

Cuántas noches de desvelo no tuvieron que pasar la pobres tratando de entender las leyes fundamentales de la dialéctica. Sí, esas de “los cambios cuantitativos en cualitativos, la unidad y lucha de contrarios, la negación de la negación”; horas mismas que bien pudieron haber destinado a leer algo mucho más divertido y femenino como los consejos del Cosmopolitan, las reseñas del Hola o las novedades noticiosas del TVyNovelas.

A pesar de todo, estoy segura de que no se arrepienten. Convencidas están que algo pudieron haber aprendido, finalmente. Algo que no puede definirse con precisión, pero que les ha permitido ahora plasmar en las historias que escriben, eso que no todas las miradas advierten a primera vista; como, por ejemplo, el hecho de que debajo de los calzones futboleros de cualquier equipo llanero existen situaciones menos anecdóticas que la cantidad promedio de chelas que los jugadores se empinan después de cada partido; situaciones de mayor complejidad socio-cultural que, al descubrirlas y develarlas, vienen a mejorar de cabo a rabo no sólo su texto, sino la comprensión propia o ajena del mundo en que vivimos..

Por lo tanto, esas nuevas mujeres contadoras de historias, y las jovencísimas de la generación que les están sucediendo, seguramente no se arrepienten de que para ellas, la palabra esencia signifique casi siempre el quid a descubrir bajo cualquier apariencia, intentando así el que sus palabras impresas no se queden anecdóticamente flotando, cual seca hojarasca, sobre la superficie de las profundas y oscuras aguas que integran nuestra realidad social.

Por Carmen Libertad Vera

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