¿Qué decir tras una catástrofe nuclear?

Por Svetlana Aléxievich

Quiero dejar testimonio…

Eso era entonces, diez años atrás, y ahora eso se repite conmigo cada día. Ahora… Eso está siempre conmigo.

Vivíamos en la ciudad de Prípiat. En la misma ciudad que ahora conoce todo el mundo.

No soy escritor. No sabría contarlo. No soy lo bastante inteligente para entenderlo. Ni siquiera con mi formación superior.

De modo que vas haciendo tu vida. Soy una persona corriente. Poca cosa. Igual que los que te rodean; vas a tu trabajo y vuelves a casa. Recibes un sueldo medio. Sales de vacaciones una vez al año. Tienes mujer. Hijos. ¡Una persona normal!

Y un día, de pronto, te conviertes en un hombre de Chernóbil. ¡En un bicho raro! En algo que le interesa a todo el mundo y de lo que no se sabe nada. Quieres ser como los demás, pero ya es imposible. No puedes, ya es imposible regresar al mundo de antes. Te miran con otros ojos. Te preguntan: ¿Pasaste miedo ahí? ¿Cómo ardía la central? ¿Qué has visto? O, por ejemplo: ¿Puedes tener hijos? ¿No te ha dejado tu mujer? En los primeros tiempos, todos nos convertimos en bichos raros. La propia palabra “Chernóbil” es como una señal acústica. Todos giran la cabeza hacia ti. “¡Es de allí!”.

Estos eran los sentimientos de los primeros días. No perdimos una ciudad, sino toda una vida.

Dejamos la casa al tercer día. El reactor ardía. Se me ha quedado grabado que un conocido dijo: “Huele a reactor”. Un olor indescriptible. Pero sobre esto todos leímos en los periódicos. Han convertido Chérnobil en una fábrica de horrores, aunque, en realidad, parece más bien un cómic. Esto, en cambio, hay que llegar a entenderlo, porque hemos de vivir con ello.

Le contaré sólo lo mío. Mi verdad.

Ocurrió así. Por la radio habían dicho: “¡No se pueden llevar los gatos!”. Mi hija se puso a llorar, y del miedo a quedarse sin su querido gato, empezó a tartamudear. ¡Y decidimos meter el gato en la maleta! Pero el animal no quería meterse en la maleta, se escabullía. Nos arañó a todos. “¡Prohibido llevarse las cosas!”. No me llevaré todas las cosas, pero sí una. ¡Una sola cosa! Tengo que quitar la puerta del piso y llevármela; no puedo dejar la puerta. Cerraré la entrada con tablones.

Nuestra puerta… ¡Aquella puerta era nuestro talismán! Una reliquia familiar. Sobre esta puerta velamos a mi padre. No sé según qué costumbre, no en todas partes lo hacen, pero entre nosotros, como me dijo mi madre, hay que acostar al difundo sobre la puerta de su casa. Lo velan sobre ella, hasta que traen el ataúd. Yo me pasé toda la noche junto a mi padre, que yacía sobre esta puerta. La casa estaba abierta. Toda la noche. Y sobre esta misma puerta, hasta lo alto están las muescas. De cómo iba creciendo yo. Se ven anotadas: la primera clase, la segunda. La séptima. Antes del ejército… Y al lado ya: cómo fue creciendo mi hijo. Y mi hija. En esta puerta está escrita toda nuestra vida, como en los antiguos papiros. ¿Cómo voy a dejarla?

Le pedí a un vecino que tenía coche. “¡Ayúdame!”. Y el tipo me señaló a la cabeza, como diciendo tú estás mal del coco. Pero saqué aquella puerta de allí. Mi puerta. Por la noche… en una moto. Por el bosque. La saqué al cabo de dos años, cuando ya habían saqueado nuestro piso. Quedó limpio. Hasta me persiguió la milicia: “¡Alto o disparo! ¡Alto o disparo!”. Me tomaron por un ladrón, claro. De manera que, como quien dice, robé la puerta de mi propia casa.

Mandé a mi hija con la mujer al hospital. Se les había cubierto todo el cuerpo de manchas negras. Las manchas salían, desaparecían y volvían a salir. Del tamaño de una moneda. Sin ningún dolor. Las examinaron a las dos. Y yo pregunté:

—Dígame, ¿cuál es el resultado?

—No es cosa suya.

—¿De quién, entonces?

A nuestro alrededor todos decían: vamos a morir. Para el año 2000, los bielorrusos habrán desaparecido. Mi hija cumplió seis años. Los cumplió justo el día del accidente. Las acostaba y ella me susurraba al oído: “Papá, quiero vivir, aún soy pequeña”. Y yo que pensaba que no entendía nada. En cambio, veía a una maestra en el jardín de niños con bata blanca o a la cocinera en el comedor y le daba un ataque de histeria. “¡No quiero ir al hospital! ¡No me quiero morir!”. No soportaba el color blanco. En la casa nueva cambiamos incluso las cortinas blancas.

¿Usted es capaz de imaginarse a siete niñas calvas juntas? Eran siete en la sala. ¡No, basta! ¡No más! Mientras se lo cuento, tengo la sensación… Mire, mi corazón me dice que estoy cometiendo una traición. Porque tengo que describirla como si no fuera mi hija. Sus sufrimientos.

Mi mujer llegaba del hospital. Y no podía más: “Más valdría que se muriera, antes que sufrir de este modo. O que me muera yo; no quiero seguir viendo esto”. ¡No, basta! ¡No más! No estoy en condiciones. ¡No!

La acostamos sobre la puerta. Encima de la puerta sobre la que reposó mi padre. Hasta que trajeron un pequeño ataúd. Pequeño, como la caja de una muñeca grande. Como una caja…

Quiero dejar testimonio: mi hija murió por culpa de Chernóbil. Y aún quieren de nosotros que callemos. La ciencia, nos dicen, no lo ha demostrado, no tenemos bancos de datos. Hay que esperar cientos de años. Pero mi vida humana… Es mucho más breve. No puedo esperar. Apunte usted. Apunte al menos que mi hija se llamaba Katia… Katiusha. Y que murió a los siete años.

Chernobil2

***

Todo empezó… Todo empezó como una novela policíaca. Durante la comida, llaman a la fábrica: “Al soldado en la reserva tal, que se presente en el centro de reclutamiento para aclarar ciertos detalles de su documentación. Y además, urgentemente. Y en el centro”. Como yo, éramos muchos. Nos recibía una capital, que nos decía a cada uno: “Mañana se dirigirá a la aldea Krásnoye, donde tendrá que asistir a unas maniobras militares”. A la mañana siguiente nos reunimos todos junto al edificio del centro de reclutamiento. Nos retiraron los documentos civiles, las cartillas militares y nos subieron a unos autobuses. Y nos llevaron en dirección desconocida. Ya nadie decía nada de las maniobras militares. Los oficiales que nos acompañaban respondían a nuestras preguntas con su silencio. “¡Amigos! ¿Y si nos llevan a Chernóbil?”, se le ocurrió a alguien. Y sonó la orden: “¡A callar! Las expresiones de pánico serán juzgadas por un tribunal militar como en tiempo de guerra”. Al cabo de cierto tiempo, nos llegó esta explicación: “Nos encontramos en estado de guerra. ¡Las bocas bien cerradas! Y quien no salga en defensa de la Patria será declarado traidor”.

El primer día vimos la central nuclear desde lejos; al segundo recogíamos los residuos a su alrededor. Los llevábamos en cubos. Usábamos palas comunes, barríamos con las escoban que usan los barreneros. Rastrillos. Y lo que está claro es que las palas no son apropiadas para la arena y la grava. Pero para residuos como aquellos, donde había de todo: trozos de película, de hierro, de madera y de hormigón… Era como lucha contra el átomo con pala. El siglo xx… Los tractores y excavadoras que se empleaban allí no llevaban conductor, eran teledirigidos; nosotros, en cambio, marchábamos tras ellos para recoger los restos. Y respirábamos aquel polvo. Por cada turno cambiábamos hasta treinta “pétalos de Istriakov”; entre la gente los llamaban “bozales”. Un artilugio incómodo e imperfecto. A menudo nos los arrancábamos. Era imposible respirar con ellos, sobre todo cuando hacía calor. Bajo el sol.

Después de todo, aún nos dieron tres meses de maniobras. Disparamos contra blancos. Estudiamos el nuevo fusil automáticos. Por si empezaba una guerra atómica. [Con ironía]. Así lo entendí yo. Ni siquiera nos cambiaron la ropa. Íbamos con las mismas chaquetas, con las botas que usamos en el reactor.

Nos hicieron firmar que mantendríamos el secreto. He callado.

Y si me hubieran dejado hablar, ¿a quién se lo podría haber contado? Inmediatamente después del ejército me convertí en inválido de segundo grado. Trabajaba en la fábrica. El jefe del taller me decía: “Deja de estar enfermo, porque te voy a echar”. Me echaron. Fui a ver al director.

—No tiene usted derecho. He estado en Chernóbil. Los he salvado. Si no fuera por mí…

—Nosotros no te mandamos.

Por las noches me despierta la voz de mi madre: “Hijo, ¿por qué callas? Si no duermes, estás en la cama con los ojos abiertos. Hasta la luz has dejado encendida”. Pero he seguido callado. ¿Quién está dispuesto a escucharme? ¿A hablar conmigo de manera que yo le pudiera contar, a mi manera?

Estoy solo.

***

Le besaría a ustedes los pies. Se lo suplico. Encuéntrenos a Anna Sushkó. Vivía en nuestra aldea. En Kozhushkí. Anna, de apellido Sushkó. Le daré todos los detalles y usted publíquelo. Es jorobada. Y muda desde niña. Vivía sola. De 60 años. Durante la evacuación, la metieron en una ambulancia y se la llevaron en dirección desconocida. No sabe ni leer ni escribir, por eso no hemos recibido ninguna carta de ella. A la gente sola y enferma la ingresaban en asilos. La escondían. Pero nadie sabe las direcciones.

Publíquelo.

Toda la aldea le tenía lástima. La cuidábamos como si fuera una criatura. Uno le cortaba la leña; el otro le llevaba la leche. Un tercero le hacía compañía por las tardes. Le encendía la estufa…

Durante dos años, después de padecer en diferentes lugares, hemos regresado a nuestras casas. Dígale que la suya está entera. Tiene techo y ventanas… y lo que esté roto o lo hayan robado, lo arreglaremos entre todos. Denos sólo una dirección, dónde vive la pobre, que iremos a buscarla y la traeremos. La traeremos de vuelta. Para que no se muera de la tristeza. Le besaría a usted los pies. Un alma inocente sufre en algún rincón extraño.

Y otro detalle… Me había olvidado… Cuando le duele algo, se pone a cantar una canción. Sin palabras. Sólo con la voz. Porque hablar no puede. Cuando le duele algo, tararea una canción: ta-ra-rá… Así se queja.

Ta-ra-rá…

Chernobil

***

Desde arriba… desde el helicóptero… cuando volaba bajo, junto al reactor, observaba… Gamos, jabalíes salvajes… Se veían escuálidos, somnolientos. Se movían como en cámara lenta. Se alimentaban de la hierba que crecía allí y bebían aquella agua. No entendían que también ellos tenían que largarse de allí. Irse con la gente.

¿Ir o no ir? ¿Volar o no volar? Soy comunista, ¿cómo podía no volar? Dos pilotos se negaron; que si las esposas eran jóvenes, que si aún no tenían hijos… Les echaron en cara su gesto. ¡Se les acabó la carrera! Hubo hasta un juicio de camaradas. Un juicio de honor. Era, a ver si me entiende, como una apuesta: él no ha podido, en cambio yo sí que iré. ¡Aquello era cosa de hombres!

Desde lo alto… desde arriba, sorprendía la cantidad de maquinaria: helicópteros pesados, de tamaño medio. El MI-24 es un helicóptero de combate. ¿Qué se podía hacer con un helicóptero de combate en Chernóbil? ¿O con un caza MI-2? Los pilotos… todos eran jóvenes. Y allí estaban, en el bosque junto al reactor, cargándose de roentgen. Esas era las órdenes. ¡Órdenes militares!

¿Para qué haber enviado toda aquella gente, para que se irradiara? ¿Para qué? Lo que hacían falta eran especialistas y no material humano. [Pasa al grito]. ¡Hacían falta especialistas y no material humano!

Desde arriba… se veía… un edificio destruido, montones de cascotes caídos. Y una cantidad gigantesca de pequeñas figuras humanas. Había una grúa de Alemania Federal, pero muerta; anduvo un rato por el techo y se murió. Los robots se morían. Nuestros robots, creados por el académico Lukachev, se hicieron para explorar Marte. Y estaban los robots japoneses, que tenían apariencia humana. Pero decían que se les quemaban todas las entrañas por la alta radiación. En cambio, los soldaditos, corriendo con sus trajes y sus guantes de goma, estos funcionaban. Tan pequeñitos que se les veía desde el cielo.

Lo recordaba todo. Creía que se lo iba a contar todo a mi hijo. Pero cuando regresé:

—Papá, ¿qué ha pasado allí?

—Una guerra.

No supe encontrar las palabras.

*Fragmentos de Voces de Chernóbil (1997).

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