¿Cómo vivían los regios de los años ochenta?

Por Ricardo Garibay ☨

Ilustración por Óscar Hernández

Síntesis

Monterrey, 1980. En el ejido Los Fierros, a 10 minutos de la ciudad, junto a un jacal de un metro de altura, jacal de desierto apretado entre cerros magueyeros, una niña baldada, junto a su cochecito ortopédico último modelo, regalo del gobernador, niña brevísima, la mitad de una niña, se diría, porque las piernas son apenas dos hilos enmarañados bajo el montoncito de trapos, talla lechuguilla todos los días del año, de ocho de la mañana a las seis de la tarde; niña enmudecida, de ojos de agua temblona, muy grandes, tallará lechuguilla hasta que muera, como sus hermanos, como sus padres, como sus abuelos, sin más esperanza que ver amanecer para seguir tallando lechuguilla.

En la esquina de un jardín en la Colonia del Valle, barrio de los del dinero, está el monumento a los Reyes Magos. De hierro Gaspar, Baltasar y Melchor; de hierro el caballo, el camello, el elefante; de partes de hierro de automóviles, trenes, tráilers, tractores, bicicletas, palas mecánicas y cien máquinas más. La túnica de un rey, por ejemplo, es de puntas de bujías; las costillas del elefante son cigüeñales; la cola del camello es una biela; una tiara es tapa de la bomba no sé cuántos. Hay algo muy altivo y fiero en esos hierros de la utilidad en pos de obra de arte, una especie de arrogancia ceñuda y alerta que no pide tregua ni la da; los reales rostros no son seráficos sino retadores; hay movimiento, sobre todo en el camello, y se siente el paso de la bestia arrollador.

EL VALS

Ciudad enorme y humosa, gris y plana, blancuzca y ardiente, helada y asfixiante. De enero a diciembre y a enero y a diciembre otra vez, y otra vez, y siempre, al alba y en la tarde y a mediodía flotan pesadamente desde la Fundidora inmensas nubes color ladrillo que avanzan deshaciéndose, lloviendo un polvo negro y húmedo, sumamente espeso y fino, chicle, veneno en el más alto grado, y en las colonias aledañas a la fábrica, en los cruceros, hay momentos-recipientes de hojalata, torrecillas de Babel, conos en espiral donde se junta ese polvo y los vecinos clavan letreros de protesta tan inútil como exasperada. Usted sabe, sería más fácil quitar de aquí la ciudad que moverle un milímetro a la Fundidora. Frente a esos humos los miles de humos de las otras fábricas no cuentan. Cuando llueve hay en el aire un infinito de briznas de lodo, y lo mejor de día es lo peor: una ácida garra se clava en la garganta, los ojos se cierran, se tapa la nariz; en el horizonte circular asciende la cabalgata de humos blancos, rojos, amarillos, azules, grises, negros, color caca. A rato esto supera al Distrito Federal. Un raro cansancio se siente aprisa en el cuerpo, de minuto en minuto se irrita el ánimo. Andábamos por el norte, fuimos hacia el oriente, ahora vamos hacia el sur —vals es palabra alemana, walser-walsen, dar vuelta y el cómo, y los que saben que digan el por qué, porque resulta que no la conocemos, pues trasciende sólo su poderío, y apenas llegando ya sabemos, ya vamos viendo, que tiene 2 millones de habitantes, y que 1 millón o 1 millón 200 mil es de pobres por debajo de los niveles mínimos de sobrevivencia —y del sur ahora vamos hacia el occidente, ahogándonos, sorteando congestionamiento pues hay medio millón de vehículos, y las calles son angostas, y los viaductos y avenidas varios y de excelente trazo, son de semana en semana menos y menos suficientes. Ahora vamos a las laderas, lindas en la distancia. Desde las ventanas en el Hotel Ambassador verdean, blanquean allá las colinas, mínimas al abrigo al desabrigo de las masas formidables de la Sierra Madre. Monterrey se deja ver como un corredor parejo, hervoroso y humeante, un hormiguero sin fin entre montañas. Desde la cima de Chipinque: hacia la izquierda Garza García y Guadalupe, plácidos campos de verduras y calzadas, juguetería a mil metros de profundidad, y hacia la derecha, más allá de tenues lomas que de cerca resultan cerros de fruncida aridez, viajando los ojos arriba de abismos y cumbres y nubes veloces, Monterrey, su trajín, su alma de cemento encajonada.

Las laderas son como ensayo de alas de ese corredor. Son de ricos y de pobres. Aquellas son espaciosas, hermosas, aireadas, son miradores de Monterrey. Las de pobres son horrendas, son tierras grises y negras y grises caseríos. Vamos pues, al azar. Pedreras de Topo Chico. Cerros pardos, ladera casuchas, lecho río basurero. “Mercado de Segunda”. ¿De segunda? Seis templetes: frutas, frijol, manteca, camisas, zapatos, carne colgada con moscas, moscas verdes, gordas, se vende una vaca flaquísima. Pasan camiones. Polvo para morir asfixiado. Talco. Carrito tirado por caballo. Carrito tirado por hombre. “Refacciones de Segunda Sírvase usted mismo”, es decir chatarra bajo toneladas de polvo y tú te buscas tus platinos; ha de haber unos buenos. Carrito burro. Algunos carritos son carretas jólibud, otros tienen llantas Galaxia 78. Cinco fábricas chicas. Poca gente en la calle. Calle es barranco con lodazales y excrementos, con grietas planetarias. Mortaja de polvo. Un poco lo que es atrás de La Villa, rumbo a Pachuca. Ya vamos llegando a Tierra y Libertad. No no. Retrocedamos. Progresiva mejoría de casas. Baldíos infestados de chatarra. Calles anchas, rectas, largas, horizonte industrial. Transformación súbita de Topo Chico, en dos cuadras, cuando mucho. Buena carretera. Patiecitos bajo clase media. Muchos carritos tracción animal. Ramada Inn frente a la pedrera. Colonia Anáhuac, así, de pronto. Silo redondo, gigante, para grano. Franca clase media. La industria asomando las narices por todas partes. Ramada Inn club privado, lujo, y desde aquí anchura plan, a circular, neblina y smog, un único horizonte redondo de cilindros y humaredas. La atmósfera, la mañana entera preñada de motores cercanos, lejanos, lejanísimos. Miró: “Las ciudades tienen voz, una voz que gime en el hondo, a veces, y a veces en lo íntimo de una noche amorosa, cuando arriba tiembla la gota del último lucero”. Sí, esta Monterrey tiene su voz, y brama en pleno día y es de combustión interna y es innumerable.

Las pedreras son tajos inmensos en los cerros, cuyo vientre roen las máquinas y le sacan piedra y grava y arena y qué se yo. Una pedrera es un mundo gris y blanco, la Liliput. Camiones, carros de vía, picóps, coches, grúas, palas mecánicas, orugas, cosas como tanques de guerra, describen al pie del acantilado liso un frenético ballet de carga y descarga, salidas y entradas, golpazos y trituraciones y fantásticas nubes de polvo grueso y duro como lija. Algo parecido a un módulo lunar produce ese polvo. El vientre del cerro se ahonda y dondequiera que pongas los ojos se alzará una pared imposible por la que bajan sin término silenciosos y casi invisibles y delgadísimos ríos de arena. Y el polvo aquel cae de lleno en Topo Chico y varias Fomerreis y otras colonias proletarias y también vuela y cae sobre la gente decente en el plan. Pero sería más fácil llevarse Monterrey a otro lugar y no las pedreras.

En toda Monterrey la gente anda mal vestida. Qué cosa, esto no lo esperaba. No con harapos como en Tijuana, pero ríe menos la gente y resalta más la mugre. Explica la antropóloga Maria Luis Acevedo:

Hay una industria de ropa para consumo popular; por ejemplo, a 30 pesos cualquier prenda. También hay un mercado fuerte de ropa americana de segunda. Verás en las calles a mujeres en camisón porque hubo hace poco una gran barata: miles de camisones a 25 pesos. Míralas— dice en Topo Chico—, allí van tres en camisón. Y mira ese letrero: “Rematamos 100 camisas semi-nuevas, pantalón dama 89 pesos, blusa 98, sandalias 30, nos quedan 40 pares de tenis”. Aquí ni de milagro crece un árbol. Los carritos jólibud y los oros transportan gas, basura, naranjas, agua, elotes, gente, algunos no son para pasajeros ni carga sino para hacer mandados y traer y llevar atentos recados.

Mire ese burrito —dice don Pedro, el chofer—, enjaulado pero bien amaizado, y ya creciendo y lo amarran a un carretón. Vale más que un hijo. ¿Cómo ve? Burrito de carretón, sí señor, y ái irá por toda la ciudad atravesándoseles a los carrones que vienen del otro lado modelo del año, sí señor.

Fabriquitas de tabiques de arena y grava, fabriquitas de alambrón o de armazón de colchones que compran en los basureros, cría de marranos y gallinas, se repara calzado, se hace calzado nuevo, se arman bicicletas, talabartero, ebanista, todas inyecciones garantizadas, plomero, electricista, se hacen muebles de tubo, se teje mimbre. Son cientos las colonias proletarias, y en todas vi más o menos lo mismo: actividad, comercio, impaciencia, lucha constante. Y asombra el mucho arraigo de esa gente y su cantidad y cómo no se entregan a la desesperanza y uno la ve como su destino ineludible. Porque, ¿cómo en Monterrey —en cualquier parte, pero sobre todo en Monterrey— un pobre dejaría de ser un pobre?

Tierra y Libertad es un frente político que no sólo en Monterrey trabaja pero aquí da su lucha más abierta, pues agrupa —dicen ellos— a 300 mil personas de barrios urbanos y de ejidos. También es colonia o asentamiento de 30 mil habitantes, donde están los poderes del Frente. Averiguar esto me ha costado días, porque pregunto, ¿qué es exactamente Tierra y Libertad? Y me contestan os es un frente de lucha ¿Lucha contra qué? Os contra el gobierno. ¿Por qué? Porque es el representante de la opresión. Pero, ¿Tierra y Libertad es también esta colonia donde estamos? No, digo, comora mañana hay asamblea y aquí va ser. Sí, entiendo, pero además de esta colonia, ¿tiene otras colonias? ¿La Pancho Villa, la 11 de Noviembre son Tierra y Libertad? No, esas no, oseáque esas no son Tierra y Libertad, esas son de otro digamos de una ideología que no es la nuestra. Por eso, pues, era un mero ejemplo, dígame, ¿esta es la única colonia que tiene Tierra y Libertad? ¿Cómo? Uuuh no señor, tenemos miles de miles de afiliados. Dígame cómo se llaman las otras colonias. ¡Os Tierra y Libertad! ¿Todas las colonias se llaman Tierra y Libertad?, ¿no hay alguna colonia que se llame, por ejemplo, Ramón Vilchis, Colonia Ramón Vilchis de Tierra y Libertad? No señor, así no hay. Bien, dígame nombres de colonias que pertenezcan a Tierra y Libertad. Somos un frente de lucha, donde la directiva pertenece a la asamblea perfectamente identificada con las bases… ¡Dios mío, no pregunto eso! Mire —interviene Don Antonio, maestro hojalatero–, no tenemos acá (se señala la cabeza) porque no tenemos acá (señala el estómago), por eso no le entendemos lo que usté quiere, por eso luchamos. ¿Ya se da cuenta? Para que esto sí tengan acá y acá (señala a 10 o 12 niños ateridos que nos rodean). Niños ateridos porque hoy amaneció a cero grados, y a las dos de la tarde hay dos grados bajo cero. Lo curioso es que nadie pudo contestar con claridad mis preguntas sobre Tierra y Libertad, ni ellos mismos ni los intelectuales ni los políticos. De algún modo pude sentir que nadie quiere enterarse de su verdadera existencia. Por lo pronto ya sé que la autoridad máxima es la Asamblea General de Colonias; luego viene los representantes de los colonos, especie de cámara legislativa y judicial (siempre cuestiones internas nunca enfrentadas a las disposiciones municipales, estatales o federales); luego vienen las asambleas de los representantes de manzana (rotatorios), quienes eligen a su representante ante la asamblea. En un frente contra el capitalismo, una posibilidad constante de poner en jaque el poder. (Y es probable que no haya yo entendido y las cosas sean diferentes.) Lucha es lucha. En las crisis sociales las masas se politizan y exigen reivindicaciones, y nosotros somos la garantía de la lucha social sin tregua. Somos gente libre, no queremos limosnas ni manipuleos. Vea, la escuela azul es primaria, hecha nuestra; para la secundaria el gobierno puso el material y nosotros la mano de obra. No aceptamos trabajadores enajenados, ni dirigentes extraños ni técnicos siquiera; todo lo tenemos, somos libres; vengan mañana a hablar con el compañero Beto y el compañero doctor. La escuela azul está chueca de encargo y remendada por todas partes. Luego me dirán los funcionarios de obras públicas del estado: sí, ellos construyen hasta que llegamos a demoler y a alzar derecho las cosas. ¡Echen ese techo abajo! ¿No ve que se está pandeando? ¿Quieren una matazón de criaturas?

Cuento lo que oigo y veo y ni una línea de más. No tengo estadísticas, no dispongo de teorías, no sé de leyes económicas ni sociales. Ni siquiera consigo leer el mapa de Monterrey. El mundo es ansí, como lo devoran los sentidos.

Y que siga el vals. ¿A dónde, sí señor?, pregunta don Pedro. Vamos rodando, don Pedro; la cosa es ver y hablar, si se me quedan algunos nombres los anotaré después, ¿cuántas colonias hemos recorrido? ¿De éstas, proletarias? Nooo pues oseáque de ayer de antier acá ya son muchas, sí señor, ¿quiere usté los nombres? Para qué, don Pedro, ahora vamos saliendo de Tierra y Libertad, ruédele para donde sea. Pepena basura; aquí las moscas son cientos de seres humanos en un baldío gigantesco. Lepra de los desperdicios. Industria de prensar latas. Carros papel basura jacales de pepenadores. Planta industrializadora de Desperdicios Sólidos Urbanos. Colonia Municipal, un plano largo con una banderita roja en cada casa, “en pie de lucha”, o sea Tierra y Libertad. Templo evangélico, salón de actos, “¡Reúnete compañero!” Carnicería. Sector Heroico, marranito dibujado, casuchas sin techo. Pila de bloques grises entre baldíos: gente se dispone a poblar. Acevedo: arraigo que no viste en Tijuana, fíjate, Monterrey es meta, no es un paso hacia. Frente a la zona pobrísima las industrias de las pedreras (otras pedreras, claro.) Calle mar del Japón, mar de mierda. Junto a basureros procesamiento de colchones y tambores, industria familiar. Cerros y cerros de basura, charcales viejos con sus arroyitos incesantes de aguas negras. Colonias formadas rigurosamente una tras otra. Fomerrey número creo que 14 o 15. Ya hay Casa de Salud. Mejora la zona de basureros. Casas de esos grandes bloques grises que pueblan los aledaños de la ciudad; puertas ventanas, postes de luz. Fomerrey: construcción de habitaciones a lo hormiga. Se vende petrolio y favor no cargarse aquí, por favor. Acevedo: yo tengo estudiada esta zona, ya no desparasitan a los niños, ¿para qué? Sería ocioso, no acabarían nunca. Impresionante cantidad de niños en los basureros. Carretas de caballos y caballos solos, muchos.

Sigue, sigue. Quemazón basura, remolinos constantes, humo en todo el cielo, basura volandera, olor a yodo. Los caseríos se medio levantan en Fomerrey y se desploman en los pobreríos sin amparo. Fomerrey es asunto del gobierno estatal y federal: lotes y material baratos y a crédito, “Nuestro cliente es ese que nada tiene, el que por definición no puede ser sujeto de crédito”. Sí pues, pero hay muchísimos que no alcanzan ni el desamparo total que pide Fomerrey. En cuanto aparece algún recurso, algún ingreso que no se acabará mañana mismo, la gente se muda de Fomerrey, llega a las oficinas: ya me puedo echar el compromiso, sí señor. Sí señor, un millón de pobres por debajo de la estricta sobrevivencia. Escuelas excelentes —cada escuela aquí debe durar 80 años sin reparaciones, intacta durante 80 años; era un lema del régimen de Zorrilla, y a Zorrilla lo busqué de mil maneras y nunca pude entrevistarlo—, escuelas excelentes entre los pantalones y cánceres de la basura. Patos, gallinas, marranas gigantes. Colonia Croc, con aportación de empresarios. En un colchón despanzurrado 12 niños juegan a la víbora de la mar; niño que sale del colchón y cae en el muladar recibe una golpiza, golpiza en serio; hay que ver cómo arrean estas criaturas. El frío es brutal. Gritan y brincan lo más que pueden. Carnicería, carne asquerosa en el suelo, moscas, carne podrida colgando, negra, hedor, costras de sangre vieja babero carnicero, manos grises, ojos lagañosos, uñas inmensas y negras, toses y gargajos, cara gris. Huesos nidero de gusanos. Lo desesperante es el gris que todo lo cubre. Bajamos saliendo por Avenida Central, veníamos al hilo de las montañas. Un kilómetro abajo empieza la ciudad plana, urbanización, asfalto, aceras, balcones, industrias de solemnes fachadas, árboles, automóviles. Los pobres han quedado atrás ¿dónde? Una simple impertinencia frente a la modernidad de la ciudad. Aunque por allá y más allá trota algún carrito, resulta difícil recordarlos. Lo contrario en Tijuana, donde su presencia es constante y dondequiera. Dos kilómetros abajo, Avenida de las Libertades: Monterrey la de la fama, sus viaductos de alta velocidad, sus esplendores. Casi gringa Monterrey.

Le digo a don Pedro que hace dos horas no tomo apuntes. ¿Dónde vamos? Y él dice: como usted dice, señor, si es de pobres todo es lo mismo, yo me sé las colonias y calles porque en esto de chofe, ¿verdad? pero no había acabalado que unos y otros es lo mismo, digo cuál diferencia que aquí se llama así, no, que allá se llama de otro modo, como usté dice: la cantidad, si le quita usté los nombres todo se hace de una cantidad que ¡algamé! Hemos pasado por más de 10 barriadas, sí señor. Ora quí donde vamos es Colinas de San Jerónimo.

Industrias, limpieza, fuerza, EUA, pequeños arrabales incrustados en el seno de la alta clase media. Colonia Los Pinos en el lecho del Río Santa Catarina. Ventaja: la vegetación. El lecho es seco, pero algunos arbustos y algunos matorralillos dejan las esporádicas inundaciones. Gente, gente millares y millares de gente levantando cuatro palos, horadando la pared del río, haciendo techo de una fronda varejonuda, invadiendo el arroyo hasta el centro del lecho, llegando eternamente de San Luis, de Zacatecas, de Durango, de Chihuahua y más allá. Y mete en la cueva un par de catres, una mesa, dos bancos y ¡ya tenemos casa en Monterrey, de aquí pal real! Pedreras industrializadas de Las Mitras, y Fomerrey 29, gris, con su masiva contaminación de plomo. Se entiende, por toda Monterrey hay fomerreyes, el 1, el 2, hasta el 35, y este año construirán 6 ó 7 más. Fomerrey también regulariza la tenencia de la tierra urbana. San Pedro, en el lecho del río, es tiradero, es laberinto de chiqueros y excusaditos, es fetidez reseca, y tiene, a modo de postes de luz, palos largos con sendos letreros: “Conserva limpio este lugar”. Muchos perros y burros. Y desde aquí la vista se alarga hasta las laderas de la Sierra Madre, y habiendo andado allá ya no parecen tan lindas como eran desde el hotel; ayer estaba el cielo cerrado y hacía frío, pero hoy hay sol, y allá trepando parejos y alineados los caseríos y jadeando una que otra pipa de agua, nada disimula su semejanza atroz con Tijuana, el futuro cerrado a piedra y lodo. Avenida Constitución —digamos el Periférico— que cruza la ciudad de punta a punta, velocidad normal 100km por hora. Y entramos en el centro, las doce horas (son las calles que rodean o dan marco a las cuatro adoquinadas y sólo para peatones que son el corazón regiomontano, su zona rosa). Un poco el México Viejo y Anecdótico, San Juan de Letrán, Roma y Narvarte. Alta clase media. Harto más pretensión que realidad. Se deja sentir la provincia, sobre todo después de semanas de recorrerla; diría uno que todos los días a determinada horas pasa exactamente lo mismo que el día anterior. El tránsito, sí, congestionado sin remedio, y los cláxones, a morir. La conmovedora modernidad del Palacio Municipal, pabellón de país modesto en alguna feria mundial. El Palacio de Gobierno, antiguo, de escalinata y columnas, de arcadas interiores, señorío muy a la criolla, autonomía, cuerpo de huesos fuertes. Avenida Padre Mier hacia el Obispado, cipreses italianos. Convento-Museo en la cima. Casonas en la colonia del Obispado; especie de porfiriato moderno en su peor posible especie. El tránsito es constante, irritantísimo. Calle Manuel Benítez, subiendo el cerro desaparece el lujo. En el cerro el museo de Nuevo León, y en una vitrina este aviso: “Siendo demasiado notable en una población como es ya la capital de este Departamento la falta absoluta de un parián, un teatro y una plaza de toros por utilidad e importancia de tales edificios y el lustre y esplendor que dan a la misma ciudad; y no pudiendo los fondos municipales hacer frente a los gastos que esas obras demandan por su penuria y escasez, el muy Ilustre Ayuntamiento de ella, de acuerdo con el Excelentísimo señor Gobernador, ha venido en acordar se convoquen por el presente a los ciudadanos que quieran tomar por su cuenta tal empresa, quienes podrán presentar con ese objeto las proposiciones que juzguen convenientes ante la primera autoridad en el término de quince días. Monterrey, diciembre 2 de 1853. Juan de la Garza Martínez”. Sí pues, parece que la cosas no han cambiado para los gobiernos de la república, y que, a más de 100 años de historia y 60 de Revolución, siguen echándose en los generosos brazos de la iniciativa privada. Y en otra vitrina, un autorretrato de una autoridad suprema, también inalterable —más allá de las fruslerías de la sintaxis—: “Maximilano Emperador de México: Queriendo dar una prueba de nuestra benevolencia hemos tenido a bien comunicarlos que ha sido nuestra soberana voluntad nombrar a… en el cargo de…” ¿Eh? —dice uno de los cuidadores—, ¿eh? ¡Es el único auténtico, y aquí lo tenemos en Monterrey! Estamos ante un retrato pequeñito de Juárez: zapoteca puro cabeza achatada, pelos rijosos, el pliegue arriñonado de la boca, la iracundia desvelada de las patas de gallo, el frío mirar. San Francisco dice que la política es cruel; Ortega dice que es necesariamente estúpida; el Doctor Johnson dice que es entraña de la bribonería. Y afuera, entre los vientos de Chihuahua que hielan la mañana, la estatua del obispo Rafael José Verguer y Suau. Escalinatas y terrazas jardineras rodean el museo. Qué cosa, recuerdo en Irkutzk, Siberia, la ventisca a ocho grados bajo cero, latigazos en la cara, y a lágrima viva Abel Quezada y yo tratando de hilar una frase, y los estudiantes siberianos paseando, estudiando bajo los árboles helados: y aquí en Monterrey los estudiantes en camisa, discutiendo en los escalones, acariciándose las parejas.

Allá abajo, sur de Monterrey, cerros sedeños. Colonias alta clase media. Camino Chipinque entre lomieros. Hacia la izquierda barrio Independencia, vasto y trepador, arroyos pestilentes, hoyancos, lodazales, según sube se hacina, se apretujan, se eriza, se puebla de picos y ventanucos, láminas, tejamaniles, cartones. Barrio viejo, sin agua y sin drenaje. Don Pedro dijo: caminadero peligroso, delincuencia oseáque, ¿verdá sí señor? Luego rápido avanza la riqueza, se despejan las laderas. Por el Obispado sobrada abundancia, tránsito incesante. Avenida Simón Bolívar. Cuesta Tránsito. Veníamos por vuelta de Benítez, dejamos Obispado para tomar Hidalgo, comercios, desembocamos en Avenida Constitución hacia oeste. Enorme cantidad de coches. Los cerros de la riqueza enfrente. El panorama es vasto, abierto, limpio, blanqueado y verde. Enfrente las pedreras de Las Mitras —ese cónclave mundo en el cielo y desde el helicóptero ese infinito dinosaurio— y acá la ciudad vientre de los automóviles. Cruzamos el puente Gonzalitos, a Chipinque. Anuncio en colinas; toda suerte de bebidas, industrias, fraccionamientos. Hacia todas partes se abre la planta geográfica de Monterrey y los muros inmensos de la Sierra Madre y la masa de La Silla. Entramos en municipio San Pedro Garza García (PAN cuatro sexenios, arrebatado para el PRI por Martínez Domínguez). Alta clase media, mucha semejanza con ciudades aledañas gringas, salvo las bardas: medievo mexicano. Monumento a la Alianza para la Producción: tubos, dizque universo de cuadros hechos de tubos, espantoso, y, sobre todo, tonto. Por avenida Vasconcelos entramos en Colonia del Valle. Calles anchas, arboladas, suburbio gringo sin aquella buena fe para abrirse por completo; cada casa es coto protegido por rejas de lanzas, muros de piedra, portones. Vasconcelos esquina con Elías Calles (quien diría que se juntarían en las calles de Monterrey los enemigos): “Tampiquito”, pueblo, trapos, perros, jacales, casuchas: entre una cuadra y otra industrias alta clase media junto a la clase baja. Don Pedro: aquí bien puédenos tener un edificiazo con su tejabana atrás. Y a tres cuadras de distancia el franco zoco del hambre, los niños arreptilados, la mierda burbujeando delante de las puertas. E invariablemente el trabajo Fomerrey, los cubos grises, el empeño contra la pobreza, clase poderosa (Tecamachalco haz de cuenta), la riqueza ostensible, bienestar meid in USA, camellones, alumbrado nutrido. Villas del Pedregal: verdaderos palacetes, bardas de cinco metros de altura. Sí, desde Miravalle, no el mar, sí la pared colosal de las montañas, la ciudad toda, a 30 o 40 kilómetros de distancia. Dos cuadras abajo, clase media, una cuadra más y vuelve el relumbre del dinero. Lomas del Valle hacia Del Valle, ya en el plan Volvemos a Vasconcelos, calles bordeadas de álamos, ramazones grises, sin hojas. Cipreses. Con la nublazón y la tranquila abundancia las bardas y rejas, los cipreses y álamos en la anchísima calzada del Valle; un aire de vigilante adormecida, dura, pertrechada robustez que, aparentemente, ninguna desigualdad ni protesta del pueblo va a conmover ni a sacudir en muchos años. Diez coches por casa, mínimo cuatro. Vasconcelos y Tigris: Reyes Magos: como si uno quisiera decirle a Monterrey: no mezcles las órdenes del espíritu porque vas a conseguir muy poco, sigue tú en pos de la utilidad, que tanto crédito te ha dado y déjame seguir buscando la verdad. Hacia Chipinque. Zona del golf. Centro Cultural Alfa; es grande, se ve altanero y abusivo, se adivina inocuo, y no lo pude visitar porque los boletos se compran no sé donde, de tales a tales horas, y porque nunca conseguí entrevistar ni al más modesto de los verdaderos jorocones. Valle de San Ángel, colonia de la desviación a Chipinque, colonias todas por aquí “a base de socios”, es decir, clubes ultraprivados. Hacia Chipinque, en plena montaña, tajos abismales, futuros deslizaderos para esquíes.

Ilustración 001

Ilustración por Óscar Hernández

Después de la Colonia del Valle, la Miravalle, que es lo mismo, el millonarismo, después Avenida las Torres, ya los cerros con sus pobreríos, junto a Las Brisas, de alta clase media. Colinas muy parecidas a Jerusalén moderna: muros blancos, ventanas, cipreses. A espaldas del Cerro de la Silla, colonias Fomerrey, y a la orilla de allí la casería clasemediera casi entreverada con las de los grandes pudientes. Sobre Avenida Eugenio Garza Sada, frente a Colonia Contry, plomeríos de Sierra Ventana y pardas e innumerables manadas de jacales. Don Pedro dice de pronto que yo debo saber una cosa muy importante, según su pobre opinión y su sincero y respetuoso deseo de serme útil, y es que, en Monterrey, hay de mil 500 a mil 600 vendedores de tacos.

La primera vez que fuimos a Tierra y Libertad nos dijo don Antonio el hojalatero: la necesidad hace a la gente mala, como por ejemplo yo a mí nunca me falta trabajo porque los coches chocan y yo les enderezo, ¿pero y si no chocan? digo y siempre estoy queriendo que choquen, y digo no está bien pero si no chocan ¿de qué comemos? Tienen allí un equipo de radio que sirve para llamar a fulano y a mengano y para citar a las asambleas y enviar recados. No querían hablar con nosotros, no está Beto ni el Doctor. Ni la efientísima Margarita Nolasco lograba convencerlos. En eso llegaron aquellos y un joven estudiante de leyes. Conocían a Margarita, me conocían, habían leído Acapulco. Sí compañero, sabemos, estamos al tanto; además, Proceso hace militancia, puede venir mañana sábado a vernos trabajar. Regresamos el sábado 20 hombres y 30 o 40 muchachos y muchachas colaban concreto, apilaban piedras, rellenaban hoyos. Nos dijeron ¿dónde está la cámara? que los fotién trabajando en la ampliación de la escuela, porque luego no dicen lo que ven, es mejor la foto, y es por rotación, sí señor, nos va tocando tres horas cada sábado. No están Beto ni el Doctor. Aparece el maestro de la obra. Compañeros, no pueden ustedes hablar ni hacer preguntas; debe decidirlo la asamblea, entre nosotros las decisiones son mayoritarias, mañana domingo hay asamblea, vengan; y no debieron entrar a la clínica, no lo ha decidido la asamblea; hasta mañana compañero. Pasamos a la casa de Beto, dos cuartos de ladrillo rojo, un Volkswagen viejo. Beto es alto, delgado, 28 años, tal vez menos, rostro limpio, maestro en ciencias políticas. Ofrece unas sodas, sale a comprarlas y desaparece; tiene mucha prisa. Y no volvemos a verlo; fue evidente que no quería nada con periódicos. Su mujer es agitanada, tez oscura, manos pianistas, risa fácil y amarillosa. Su niño tiene una infección general, por el agua. Todos nuestros niños en la colonia padecen hasta siete diferentes clases de parásitos mortales. Sí tiene usted razón, la clínica está mal construida y la ampliación está prácticamente paralizada, porque el gobierno no nos ha dado los materiales porque quiere intervenir, nombrar al director y a las enfermeras y a los médicos, y nosotros queremos nombrarlos entre nuestra propia gente, y sí, los aparatos se están echando a perder entre arena, piedras, madera de cimbra. Hay que tener hígado para vivir en Tierra y Libertad: el sube y baja de las calles de tierra suelta, lodo y polvo, el drenaje abierto, es decir las inmundicias dando lentas y espumosas maromas a la orilla de bordos, intransitables a modo de aceras, y no hay agua, y la hediondez se te unta y te penetra hasta ser parte de tu cuerpo. Acaso podría yo intervenir, señora, soy amigo del gobernador, sobre todo por el drenaje, sí conseguimos… No, gracias, rechazamos, si nos dan algo nos lo cobran, que demuestre el gobernador su buena fe ¿por qué no ayuda antes a otros compañeros que están más fregados que nosotros? ¿Más fregados que ustedes? ¿Y qué rechazo es ese? ¿No en realidad están pidiendo siempre ayuda del gobierno? Luego el gobernador me dirá: los estamos ayudando, piden, vienen todos los días, la dificultad está en que todo ha de ser como ellos dicen y exigen, y ellos son una parte de nuestra inmensa cantidad de pobres. Hubo una represión con halcones, cuenta la esposa de Beto, salimos a manifestar porque echaron a una inquilina de la Colonia Industrial, hubo heridos, un compañero defendiéndose le dio tres navajazos a un comandante. Era un desfile deportivo —dice el gobernador— y ellos estaban impidiéndolo; pelearon deportistas y burócratas contra manifestantes, y de paso me pusieron en agonía a un comandante. Señora —digo— ¿no fue excesivo el saldo por un caso particular, la inquilina arrojada de su casucha? Cualquier compañero en desgracia es todos los compañeros —dice—, nuestra función es manifestar el desacuerdo de las bases; en cada caso de éstos avanzamos hacia algo. ¿Hacia qué? —me pregunto al salir brincando sobre las corrientes continuas de las heces, sobre los lodazales que burbujean durmiendo en el frío—. Cuando esto sí se pone feo —dice don Pedro— es en tiempo de calores, y una peste de gómito, sí señor, se mueren las criaturas. Llegamos a la asamblea el domingo en la tarde. Ausentes los líderes. Galpón de piso de cemento. Una hora de discusiones: los compañeros periodistas deben quedarse, los compañeros, los compañeros periodistas deben salir, son traidores al pueblo, no, son honestos, contarán mentiras, no, este compañero dirá la verdad. Votación. Nueva votación. Se quedan. Perdón compañeros, yo también quiero opinar. Otra hora. Me irrito, los agredo con vehemencia. Bien, que se quede. Cada asunto es discutido hasta que queda claro. Las asambleas terminan de madrugada. Se discute si las cuotas para que tres compañeros vayan a México debe ser de peso treinta centavos, o de setenta centavos, porque los compañeros pepenadores no disponen de fondos suficientes. Que se lea el acta de la sesión anterior, a ver de cuánto fue la cuota aprobada. Compañeros, si esté, oseaqué compañeros entramos al renglón reestructuración de las asambleas, que están muy esté oseáque no están como debieran. Y luego: informe sobre la manifestación contra el alza de los pasajes. Fue bonito, fue hermoso manifestar, qué hermoso fue llevar las pancartas de protesta y de denuncia, pero compañeros hubo mucha desorganización, debemos unirnos más a los trabajadores que a los estudiantes, es que cortaron los camiones, debimos usar las peseras de Tierra y Libertad (peseras: camioncitos para veinte pasajeros, más o menos), tuvimos que regresar a pie, ¿cómo vamos a pagar tres pesos y uno cincuenta por cada viaje? El gobernador me dirá subimos los pasajes en un peso para adulto y en cincuenta centavos para los estudiantes; la industria del transporte está en quiebra, los camioneros deben más de 100 millones de pesos, las unidades son chatarra, el gobierno va a comprar mil camiones —ya vienen quinientos en camino— y gestionará créditos para los camioneros, que los pagarán en plazo razonables, la CTM consiguió alza de salarios, ¿de dónde va a salir eso y cómo no dar la misma mejoría a los que no son CTM? Vamos a modernizar los transportes y a hacerlos eficientes, estamos metidos en un gran esfuerzos y saldremos adelante, pero el alza de tarifas era absolutamente indispensable, la protesta fue mínima. Y ahora en la asamblea se está discutiendo un plan de lucha general; volanteo, brigadas de agitación en colonias populares, búsqueda de alianzas, conciencia del desacuerdo en que debemos vivir, compañeros.

Salimos. Durante muchos días anduve tratando de entender a Tierra y Libertad. ¿Exceso de idealismo? ¿Abuso de la ingenuidad política que hace de la protesta casi la única razón de existir? ¿Cómo no ver que la lucha tan a cuentagotas y acatando las leyes del sistema tendrá —si mucho— frutos milimétricos mientras las gentes, todas esas gentes siguen viviendo en el hediondo destierro de la pobreza? ¿No advierten que son una isla apenas, que nunca lograrán transformar el orden injusto que padecen? Eran las ocho treinta de la noche. Tinieblas. Frío muy intenso. Niños envueltos en marañas de tiliches jugaban a arrojarse bolas de lodo de las aguas negras de la calle. Y ahora, media hora después, en La Purísima, niños lindos cantan el Gloria in Excelsis Deo. Boda nocturna. Afuera las obvias manadas de automóviles flamantes. Adentro el fervoroso y rubio sacerdote, de blanco él, entero, y el coro de azules sotanitas y albos sobrepellices, vocecitas finalmente aflautadas y oh el altar radiante de blanquísimos geranios y cirios y candiles, una virgen de la burguesía se está desposando para la Gloria de Dios en las Alturas de Monterrey y Paz en Monterrey a los Hombres de Dura Voluntad. Así de elemental me pareció la cosa. Había que entrar más adentro de la tozudez de Tierra y Libertad. Fuimos todos los días, cuando menos un par de horas, a recorrer las calles, a hablar, a ver, a oír.

Colonia Independencia: la falda del cerro, casi vertical: a pie sube la gente hundiéndose en los lodos de la lluvia. Tres jóvenes de mirar rencoroso y hastiado, lentos a la negrura de sus guaridas. Colonia Industrial, al lado de la fábrica de empaques de la Cervecería Cuauhtémoc, en el centro, esquina de Victoria y Avenida Universidad, inaudito y bardeado enredijo de callejones de 50 centímetros de ancho, casuchas, cuevas, tendederos, camas, anafres, ventanas, techos carcomidos, de láminas, de cartón, desperdicios que no tienen espacio propio ni salida, que se comunican al azar, un vientre colinda con una azotea, el culo de fulano entre las ollas de la casa vecina, sin aire, sin luz, sin agua nudo ciego donde sobreviven unos sobre otros, flotando todos entre los vahos de todos. Colonia Garza Nieto, atrás de los ferrocarriles, antigua zona roja, bandas de vagos, una que otra prostituta melancólico fantasma, portales cerrados, letreros que fueron de gas neón, soledad, oscuridad y lodo. Colonias Pedro Lozano y Jaramillo, incrustadas en las bardas del ferrocarril, que van destruyendo para levantarlas, madrigueras hechas con toda suerte de escorias, metro y medio de altura, catres, roperos y mesitas para tropezar, cabeceras de camas, se roban la luz, asciende un sordo clamoreo de risotadas, llantos, mentadas y jadeos, mucha gente sale y entra en los jacales, mucho quehacer a las once treinta de la noche. Llega de muy cerca una canción ranchera a todo volumen. Es una feria infantil, a la vuelta de la esquina. Caballitos y látigo y puestos de palomitas de maíz, muchos niños, muchas parejas de jóvenes. Fomerreyes; uno nuevo, otro medio y viejo el otro; el nuevo es un campo de invasión urbana, palos, trapos, cacerolas, lazos; desmontando el terreno con tractores que han triturado ya —son las seis de la mañana, empezaron a las cinco— cuatro serpientes de cascabel: padre e hijo muy chico haciendo la cerca de la nueva casa; terrenos de siete por quince, a 70 y 90 pesos metro, con impuestos, seis años para pagar; se les ayuda a conseguir materiales a plazos; el 60 por ciento no cumple, se pierde el esfuerzo e inversión del gobierno; hay reventa; medio millón de personas Fomerreyes, en total. El Fomerrey medio está más o menos construido, tres años, lodazales, peseras de la CTM. El viejo: pobreza y fealdad definitivamente asentadas, la gruesa pátina del desaseo y de la incurría, el apuro por comer—que puebla de trebejos los patios, cocinas y recámaras—, el mal humor y agrura que infectan de gritos el aire, las malditas rejillas de maneras podridas. Es decir, según pasa el tiempo los pobres deben perder la esperanza. Y de qué dolorosa manera las ciencias sociales y la literatura —la inteligencia, pues— ocultan la abyecta realidad de la miseria; aún proponiéndose minuciosamente la realidad desnuda las palabras pretenderán alinearse con belleza, pretenderán mover la emoción de los lectores, y la miseria quedará arropada, enjoyada, y velará, disimulará la negra herida. Porque, ¿cómo describir ahora la 7 de noviembre, la Fomerrey 1, la Pancho Villa y la Dorados de Villa? ¿Sólo esas, por ejemplo? Y ojalá que el idioma, a fuerza de repetirse en la velocidad del reportaje comunique la asfixia de ir a dar en unos cuantos minutos, no importa el rumbo que tomes, al reino de piojo sería. Ya sé que en cualquier ciudad, sí, pero aturde descubrirlo en Monterrey, donde apenas ayer me decía el señor Belden, dueño de agencia de coches y muy gentil persona: “Mi problema, vea usted, es que tengo todos los automóviles vendidos de aquí a cuatro meses; mire el fajo de peticiones”, y las peticiones eran de esposas de industriales y de funcionarios y de los maridos burócratas. “Vea, puro Le Barón, a 390 mil pesos cada coche”. Aturde Monterrey porque, ¿no es la esperanza de la patria?, ¿no aquí prospera la condición mexicana hasta ser ahora ya nuestro futuro? ¿Quién iba a pensar que de 2 millones de personas 1 millón y pico son hombres que no viven, que existen inexplicablemente, sin nada para sí y aún menos para los demás? Sí, pues, cada 24 horas se cumple en todos estos pobreríos, donde ando, la inesperada hazaña de haber vivido 24 horas. Y nada más. Y aquellas colonias, pues: calles, o más bien espacios abiertos, anchísimos, donde como desvencijadas injurias alguna deidad sarcástica ha dejado caer los jacales, chozas y covachas hechas de cualquier pedacería, los retretes al aire, los extensos y rapados basureros donde brillan cosas como serpentinas metálicas, los marranos lodazaleros, las vacas tísicas, los niños, las antenas de televisión. En una casa de menos de un metro de alto y dos de largo se vende ropa de medio uso y un televisor. La Pancho Villa es la extrema miseria. Gente del dudoso redentor Mao Tse Tung. Facción extrema que acusa de burgueses a los de Tierra y Libertad. “El pueblo para que avance debe morir”. Un niñito zurra a la puerta de su residencia: tenderete de cazuelas y dos macetas. Un niño aún más pequeño pasea alrededor de aquél, pasos de señorón, cabeza muy alzada, rostro mapa de mocos y costras, y balancea en la manos un enorme y viejísmo bolso de mujer. De la basura, a la tierra de la Pancho Villa le ha salido una especie de sarna gris y negra donde espejean cientos de miles de corcholatas y pedazos de vidrio. Se mueve ese suelo podrido, siempre hay algo que vuela o se arrastra de acá para allá, tiembla ese suelo podrido, humea, exhala un cochambre viejo y hondo, dulzón y ácido. Allá una casa, allá otra, otra allá; es decir, allá dispersos, allá y allá, amontonaderos de palos, piedras, cartones, pedazos de cobijas. En el centro de la colonia, letreros: “El pueblo organizado jamás se vende”. “En pie de lucha la lucha no es para dividirnos”. “Aniversario de nuestros grandes caídos”: Genaro Vázquez, Jaramillo, Zapata”. “18 de febrero, día de luto en la PV, llanto de orgullo, dolor de ver que no adelantamos en organizaciones proletaria”. Un asta bandera y seis hombres. Pregunto a un estudiante de secundaria: ¿de quiénes son los nombres? Caídos por la represión—contesta, y brinca al estribo de la camioneta: ¡Mi propina por decir, mi propina! Escuela grande, bien construida, con gran mural de la marcha de Mao. La enorme masa proletaria que circunda a Monterrey y se le entrevera, es de gente sin empleo o con subempleos o con ocupaciones antisociales. Y en los patiecillos de las chozas, de las casuchas, hay invariablemente seis niños, ocho, diez, cinco. En un muladar hay dos niños y una mujer que está guisando algo. ¿Son sus hijos? Sí. ¿Sólo dos? Sí, es que tenemos ora recién dos años de casados. ¿Y su marido? Pus fue a ver qué. En Fomerrey me dicen: hay trabajo, mucho trabajo, las fábricas sacan sus listas de ofertas de empleo, pero no hay modo de emplear a esa gente; son campesinos, no saben hacer nada, ¿dónde colocarlos? Metiéndose en la Pancho Villa sabe uno que la disidencia no paga, hay pobres de pobres, pero también se explica su radicalismo suicida, porque, ¿qué podrían perder puestos a perder algo a cambio de algo? Junto a éstos, todos los hambrientos que hemos visto viven en vergeles y son potentados. Pobreza igual sólo en Tanzania, en Etiopía, en la India, en Centroamérica, que yo haya visto. Un paso adelante está la languidez, la exigüidad, la muerte blanda. Y voy entendiendo a Tierra y Libertad; la disidencia por la disidencia misma, por la conciencia que acarrea, lucha social, cualquier pretexto es bueno para señalar desde la penuria la mala fe de la burguesía, la obligada alcahuetería del gobierno; por escasas que sean las fuerzas, tener un continuo jaque al poder; tú me representas, luego debes atender mi manifestación, no es una gracia lo que te pido, te obligo a la consideración de mi derecho, que olvidas por contemplar y parar el abuso de los poderosos, cumples mal y a medias tu cometido y alguien tiene que decírtelo; yo. Tierra y Libertad, soy la voz de la mayoría, y a la postre triunfaremos; encabezaré cualquier protesta, de quien sea si es del pueblo y a diario y a propósito de cuanto supone la existencia diaria: no habrá represión suficiente para enmudecerme.

Aunque muchos entrevistan a los hombres del dinero en Monterrey, y hay muchos investigadores y periodistas que creen saber los secretos de los grupos del poder económico de allí, sí hubiera sido bueno llevarlos a ver los arrabales. Los capitanes del dinero, no frente a sus máquinas, sus chimeneas, sus gráficas invariablemente ascendentes, sus manadas de sindicatos blancos, sino delante del millón de pobres que de muchas maneras se les deben.

El doctor Adrio Iluminanti, economista, planeador y mercadotécnico del Grupo Consultores S.C., catedrático en el Tec y consejero de millonarios, dice: el mundo es de entraña económica; ricos y pobres; aquellos por la técnica, el conocimiento, la eficiencia, y éstos por la ignorancia. Si usted quiere ver en esto un mal, véalo como un mal necesario, o cuando menos irremediable. El asunto de Tierra y Libertad es una utopía prematura, no existen los elementos naturales ni humanos para que triunfe. La industria debe expandirse aprisa, y no puede hacerlo en la medida en que esa gente pide, no hay dinero suficiente. El centro de Monterrey tendrá que seguir marginándolos —a ellos y a los que son peores que ellos—, creciendo sin ellos, preparando a su gente, y ellos no son gente de la industria, no pueden serlo por su impreparación; la estructura cultural que aquí se ha levantado no puede absorberlos. Mire, en todo el mundo y la historia, los pobres han pagado el precio del progreso. Eso no es una teoría, es un hecho, y a ver cómo lo niega. México en relación con Italia, por ejemplo, está a 15 años de distancia. Lo que está sucediendo ahora en Italia sucederá en México dentro de 15 años. ¿Sabe por qué? El gran problema de México es la falta de material humano y no la falta de un plan nacional de empleo, como cree la doctora Margarita Nolasco. Es ingenuo pensar así. La educación. La falta de maestros. Haga usted su plan nacional de empleo, ¿y cómo va a emplear a los analfabetos? ¿En qué? ¡Y no hay dinero suficiente para prepararlos! ¿Sabe qué hace falta aquí, en México? ¡Un generalote! Hitler, Mussolini o uno de esos sudamericanos que se pintan solos. Un generalote que haga cumplir las leyes y las tareas, que someta la anarquía. Cuando caiga el generalote, el país saldrá remozado, politizado, apto, moderno. Y planificar la familia, claro, nada de andar engendrando hijos como si fueran gusanos. Para que todos coman debe invertirse mucho dinero y que nadie se reproduzca como si le pagaran por ello. Mire, los Estados Unidos son un país de gran movilidad social. Cualquier ciudadano va de Los Ángeles a Nueva York y se pone a trabajar en lo que quiera y sepa, y adelante con los faroles. Las oportunidades son parejas para todos. Pero a ver, váyase usted a Oaxaca, a Chiapas, ¿y en qué la emprende? En los Estados Unidos hay cada año más millonarios. ¿En qué otro país del mundo sucede eso?

Supongo que en ningún otro, por fortuna. Y por algún lado, Iluminati, que es inteligente y cínico e italiano —es decir, que hace ver lo menos como más a sabiendas de que es menos, y no tiene por qué dolerse de nuestros fardos— por algún lado tiene siniestra razón en lo que dice. Y con esto termina el vals.

IDEAS

¿Sí? ¿Será? ¿No hay un vicioso estado de cosas que las presenta naturales en la medida en que están ahí, aparentemente sin posible remedio? ¿Los pobres son esa fea costra de ignorancia y torpeza desde siempre y para siempre? ¿El ser de los pobres es porque existe así, así como el de los ricos es lúcido y culto y de buen gusto por escrita selección natural? ¿Son las maneras obligadas del ser de la humanidad? Creo que no. Y luego, ¿cómo aceptar que tantísimos paguen el precio del progreso de unos cuantos?

Y también, ¿puede haber progreso verdadero mientras junto a cada uno de nosotros o alrededor existan cien o mil hombres embrutecidos de carencias, enfermedades y desánimos, tendiendo las ineptas manos para recibir la limosna? ¿Podré ser escritor de veras mientras mis hermanos, los hombres de mi raza y lengua, los de mi historia y de mi nación, los únicos míos en el mundo no puedan leerme? ¿Se puede subir a costa de uno mismo, pisándose a uno mismo?

¡Esa extraña catolicidad de Monterrey, asumida no como visión trascendente de la vida sino como lucha social, como antigobierno, como progreso y prestigio de los pocos y el desdeño o natural olvido de los muchos!

Pues esta ha sido la sorpresa. Monterrey, ni la de la pujanza industrial, el bienestar, la fuerza, el despertar de la nación, sino Monterrey la de los pobres que estallarán. El milagro al revés. Estallarán, no cabe duda. Aquí se gesta una explosión de violencia y anarquía —como en Tijuana, pero de modo más virulento— o de una forma de dictadura brutalísima e inapelable, como la sueña el asesor de los millones. Acaso por ahí ande el sentido de la colonia Pancho Villa: “Para avanzar, el pueblo debe morir”. Porque avanzaría, ciertamente. Todo puede suceder, menos que el hombre quede reducido a los supuestos y cifras de la ciencia.

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