¿A la tierra le crecen espinas?

Por Oziel Gómez

 

En ocasiones, cuando Olvin llama por teléfono a casa, sus hijos se pelean por hablar con él. Y cuando recuerda esto, su mirada se relaja y sonríe.
—Eso me motiva a querer echarle ganas.
Son dos niños de tres y dos años que viven con su ex esposa en Honduras. A más de dos mil 500 kilómetros de aquí, de esta noche primaveral en Monterrey en la que Olvin recuerda el final de su adolescencia al inicio de un viaje que, quizás, comenzó por convertirlo en adulto.

Era 1991 cuando Olvin, un adolescente de trece años e hijo único, terminó la primaria, empacó una maleta y dio el primer paso sobre el camino que lo llevaría desde su país, Honduras, hasta Estados Unidos. Frente a él, frente a ese niño, se extendían más de dos mil 500 kilómetros de territorios desconocidos cuyos nombres había escuchado en la escuela —a la que ya no regresaría—. Los días de hacer tarea, jugar con sus vecinos de cuadra y dormir en casa se habían terminado; los días de estar en su país también. Su presencia se sustituiría por dólares; su ausencia se remendaría con la posibilidad de una economía familiar estable.

 Cruzó El Salvador, Guatemala y llegó a México. Para asegurar el viaje contrató a un coyote. “Puro autobús, nada de tren”, recuerda. Es decir, nada de medias siestas junto a las vías, ni noches de insomnio con el traqueteo de los rieles de fondo. Nada de tostarse entre el sol y el metal durante horas. El viaje, hace veintitrés años, se fue sin contratiempos. Era 1991.

Una vez en Estados Unidos, Olvin ingresó a un curso de inglés que le permitió ganarse los primeros dólares como intérprete en la agencia de un primo suyo. Nada menos que dieciocho dólares por cada hora, casi 380 lempiras hondureñas. Meses después dejó la agencia para dedicarse a poner techos falsos de tablayeso. Para su madre, en Honduras, la ausencia del único hijo ya se había traducido en una casa de material en cuyas escrituras estaba su nombre. Pero el ánimo para poner techos a Olvin le duró poco, y entonces decidió cambiar de negocio.

Al tiempo fui a aplicar a un restaurante. Entonces me pusieron a prueba una semana y la hice. Antes había estado en Virginia llenando las cajitas de papas y preparando los combos pa’ llevar.
Así se fueron los días de veintitrés años, dejando a su paso el dinero suficiente para que Olvin construyera una segunda casa en su país, esta vez para él. Así se fueron no una, sino dos décadas. Y llegó 2014, febrero, y entonces lo deportaron hasta Honduras.

***

La noche de este domingo marca el final de la Semana Santa, y el área metropolitana de Monterrey dormita en medio de una tranquilidad poco común. Se prepara para recuperar, dentro de pocas horas, su ritmo habitual. En el albergue para migrantes Casanicolás, en el municipio de Guadalupe, el movimiento no es mayor. Una treintena migrantes centroamericanos duerme profundamente en los cuartos del segundo piso. Al mismo tiempo, en la planta baja, Olvin, que llegó esta tarde, se sienta en una de las sillas del comedor.

A sus 37 años, Olvin está muy lejos del adolescente que cruzó México hace dos décadas. Ahora lleva bigote, usa botas y en sus brazos resaltan las líneas de varios tatuajes. Hace apenas dos meses que lo deportaron a Honduras y ya van tres semanas desde que empacó la maleta nuevamente y puso un pie sobre un camino que él creyó que ya conocía. Un camino que, con suerte, no había cambiado en veintitrés años, en el que nada se había podrido demasiado rápido. Él creyó…

Cuando llegué a Honduras, sólo estuve dos meses y días y sentí la falta de allá [Estados Unidos]; como que uno viene adaptado. Entonces decidí venirme de nuevo, pero miré mucha maldad en el tren. Hay mucha maldad en el tren: pandilleros, secuestradores, extorsionistas. Fue algo que nunca me lo esperaba, pero ni modo.

Suspira. En su suspiro se siente el cansancio. Quizás por la hora —son casi las once de la noche—, o quizás porque ha recorrido más de 2 mil kilómetros de un camino que ya no es lo que era, en el que se lleva la vida en la bolsa del pantalón o escondida entre los pliegues de la ropa, reducida a monedas y billetes.

Hace tres semanas entró a México por Tapachula, Chiapas. Ahí cambió 9 mil 800 lempiras por unos 6 mil pesos mexicanos. Aún no tenía idea de lo vitales que serían. A diferencia de 1991, las rutas de autobuses hacia el norte estaban salpicadas por retenes y agentes del Instituto Nacional de Migración (INM), que aún no existía como tal cuando Olvin pisó por primera vez México, cuando Honduras todavía era el país con el índice más bajo de emigración en la región, no el más alto. Si las historias que había escuchado eran ciertas, el viaje en tren era más seguro, o por lo menos se reducían las probabilidades de toparse con agentes del INM. “Puro tren, nada de autobús”, hubiera dicho.

El primer tren lo abordó en el poblado de Arriaga, 250 kilómetros al norte de Tapachula. La cuota de abordaje —que cobra el crimen organizado— fue de 500 pesos. Después, cada kilómetro de vía y cada nueva cuota se encargaron de confirmarle que estaba en un camino nuevo, uno que no había transitado nunca. Esto que intentaba salvar ahora no era ni la ruta ni el país que él recordaba, aunque fueran los mismos campos, montañas y ciudades por los que había pasado años antes mientras su vida de niño se convertía, a marchas forzadas, en la de un adulto. En la mitad del viaje se terminaron las dudas.

Después de los túneles en Orizaba se suben los pandilleros. Se identifican como el dicho de ellos, “Mara Salvatrucha”, y persona que no puede pagar la cuota para abordar el tren ellos mismos se encargan de tirarlo. Es la primera vez que veía eso. Y sí venía muy asustado en el tren. No me había pasado nunca nada, hasta ahora.

Pandilleros. Los relatos de los viajeros que cruzan México sin papeles regulares están salpicados por las apariciones de éstos. Encontrar una historia en la que no hayan dejado su marca indeleble provoca una mezcla de asombro y alivio.
La de Olvin no fue la excepción, aunque el encuentro con los asaltantes no llegó más allá. Pero entonces su relato cambia. No mejora, cambia. De un momento a otro ya no hay asaltantes, nadie se identifica como MS-13 ni como Los Zetas, nadie porta machetes ni pistolas nueve milímetros. En esta parte del viaje por este nuevo camino, el enemigo tiene oficina, un lugar en la nómina del gobierno y se aparece uniformado de caqui y blanco, con un “INM” bordado sobre el pecho. Instituto Nacional de Migración, creado dos años después de que Olvin llegó a Estados Unidos.

Se subieron unos de Migración ahí también y arrestaron como a nueve personas y se las dieron a “ellos”. Disque los montaron en la troca, fueron a dar la vuelta; estaba estacionado el tren. Sólo se dirigieron pa’ donde “ellos”. Entonces de ahí llegó una GMC, una suburban, una negra, vidrios polarizados, y ya vimos que de una troca los trasladaron a la otra, de la troca de Migración hacia la troca de, ¿qué podemos decir?, secuestradores.

La idea no indignaría tanto si el relato fuera aislado. Sabiéndolo o no, Olvin estaba en la mitad de Veracruz, el estado con uno de los índices más altos en secuestro de migrantes. Su historia comprueba las denuncias que desde hace por lo menos tres años se han repetido vez tras vez desde el Hogar-Refugio para Migrantes La 72, en Tenosique. Las acusaciones cobraron vigor a principios de mayo de este año, cinco días después de que el INM, la Policía Federal, la Policía Estatal de Tabasco y las policías locales de los municipios de Emiliano Zapata y Tenosique montaran un operativo en el que arremetieron contra un grupo de 300 indocumentados que caminaban sobre la carretera hacia Villahermosa. En respuesta, el director de La 72, Fray Tomás Gonzáles, publicó el día 5 de mayo un comunicado en el que, entre otras cosas, denunció al INM por abusar y perseguir “salvajemente” a los migrantes, secuestrarlos y mantener una red de extorsión desde el pueblo El Ceibo, en Tabasco, hasta Tamaulipas. En medio de esa ruta está Orizaba.
Tres años antes, en 2011, la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en su Informe especial sobre secuestro de migrantes en México, señaló la participación de agentes del INM en los plagios. En aquella ocasión bastaron los testimonios de apenas 178 migrantes para evidenciar ante la comisión lo que se denuncia a gritos desde el primer punto de la frontera sur.

Como que ya sólo los estaban esperando, todo fue relámpago —termina Olvin.

Ha visto más de lo que alguna vez imaginó que vería, y tiene miedo. Aunque desde Monterrey sólo le quedan por delante 220 kilómetros hasta la frontera norte, tiene miedo. Ha escuchado de voz de otros viajeros lo que se vive ahora en los cruces fronterizos, y tiene miedo.

Si yo me hubiera dado cuenta, si lo hubiera vivido tal vez en un sueño, creo que no se hubiera cruzado por mi mente salir de casa, porque prácticamente uno viene arriesgando a perder la vida. Y aún de aquí creo que falta lo peor. Es lo que he escuchado, que de aquí para arriba está peor.

*** 

Hace unos días, después de un viaje de varias horas desde San Luis Potosí, esta vez en autobús, Olvin llegó a la central camionera de Monterrey. Bajó de la unidad y se sintió contento. El 90 por ciento de la ruta estaba salvado, aunque la mayoría de los 6 mil pesos con los que llegó a México los había entregado al crimen organizado para poder abordar cinco trenes. Si lo que había escuchado sobre la frontera era cierto y los cálculos no le fallaban, necesitaba al menos un año para reunir el dinero suficiente y emprender la última etapa del viaje del lado mexicano. Como muchos de los migrantes que llegan al área metropolitana de Monterrey, buscó empleo. No tardó en encontrar por Internet una vacante en un restaurante del Centro y envió una solicitud. La entrevista de trabajo fue programada para el lunes siguiente a las ocho de la mañana. Faltaban dos días. Un contrato resolvería de tajo el problema de la alimentación y el hospedaje. Incluso podría volver a pensar en pagar los 4 mil 500 dólares que cobra un coyote sólo para cruzar la frontera. Conocía bien el negocio de la comida y estaba confiado, sólo tenía que esperar 48 horas más.

Para pasar la noche rentó un cuarto no muy lejos de la central camionera, entre los centros nocturnos de bajo costo, cantinas podridas en orín y cerveza y hoteles de paso con paredes mohosas y nombres exóticos. Al caer la noche, sintió hambre. Salió a la calle y encaró la avenida Cuauhtémoc en busca de algún lugar para comprar comida. No había caminado más que algunas cuadras cuando cuatro personas le cerraron el paso. Al ver sus caras, Olvin no pudo calcular más de 15 años. Los adolescentes lo acorralaron contra la pared y le exigieron todo lo que tuviera.

Yo les di el dinero, pero el error mío fue decirles que los iba a denunciar.
Tal vez olvidó que la palabra “denuncia” sólo sale a la luz cuando los migrantes enlistan las cosas que no harían en México. O las que quisieran poder hacer.

Cerraron filas en torno suyo. Un movimiento brusco, una fracción de minuto y la hoja de una navaja entró por la parte trasera del brazo con el que Olvin se cubrió el estómago. Entró, salió y casi de inmediato volvió a penetrar la piel a pocos centímetros de la primera herida. La sangre comenzó a salir. Ante la escena, los agresores se ofuscaron y Olvin aprovechó para escapar. Corría mientras la vista se le nublaba por la pérdida de sangre. Aun así logró divisar a poca distancia una patrulla de policías.

Seguí corriendo sobre ella y un oficial me auxilió. Sólo recuerdo que me dio un sueño muy profundo.
Despertó en una cama de hospital con el brazo derecho completamente vendado, un dolor agudo que no le permitía doblar los dedos hacia el centro de la mano y el temor de haber perdido un trabajo que aún no tenía. Lo hirieron a 220 kilómetros de su destino. Lo hirieron más allá de Tabasco, de Veracruz, lejos de las vías y los lugares más peligrosos para los migrantes. Lo hirieron unos adolescentes mexicanos en el Centro de Monterrey.

***

Al recordar aquella noche, Olvin habla despacio. Suspira de vez en cuando y echa una mirada al grueso vendaje. Está preocupado. Mañana deberá presentarse a la entrevista de trabajo con el brazo inmovilizado y una mano que no puede cerrar. Ni siquiera tiene el dinero suficiente para pagar el autobús que lo llevará desde Guadalupe hasta el Centro de Monterrey. Entonces, a pesar de todo, se plantea el futuro.
—Quiero entrar de nuevo a Estados Unidos y sacar adelante a mis hijos, luego el “cole”, para que se puedan preparar y no tengan necesidad el día de mañana, ni tengan que pasar esto que yo estoy pasando ahora. Ya que yo no lo pude hacer, pero que ellos lo puedan hacer con la ayuda mía. Los extraño mucho. Dicen que ellos también a mí, pero por salir adelante esto tiene que ser así. Ya estaré con ellos, no sé, algún día.

Amanece. Mientras la ciudad se despabila, Olvin hace un esfuerzo por sobreponerse al dolor y terminar de acomodarse la camisa. Son las siete de la mañana y apenas le da tiempo para tomar un poco de café y comer algunas galletas en el albergue. Entonces se marcha. Lo recibe una mañana fresca y azul, una ciudad que retoma de a poco su ritmo habitual. Se va con prisa, con temor. Con la incertidumbre de su futuro y la seguridad de que el camino, este que se llama México, ya no es lo que era.

***

En ocasiones, cuando Olvin marca por teléfono a casa, su madre le dice que a menudo pide a Dios por él. Y cuando recuerda esto, su mirada se relaja y sonríe.

Esa es toda la certeza que tengo. 

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