Juan Gabriel es una de esas experiencias culturales que viven en el sistema corporal sin que una entienda de dónde vienen. 

Para mí podría venir de cantar en la camioneta de mis tíos Socorro y Vinicio y mis primas algunos discos de Juan Gabriel. Éramos una orquesta desafinada, pero llegábamos relajadas a casa de mis tíos. En modo niña, a una se le quedan frases específicas como el “no, no, no hay nadie que baile tan bonito como tú”. Ignorábamos las implicaciones gays, y nos emborrachábamos con el “Mira queeeeeeeee eeeeeeeee eeeeeel día que de mí te enamores, yo…”.

Papá y mamá no escuchaban Juan Gabriel. Son más afines a los charros vintage como Jorge Negrete. No obstante, mi mamá ha procesado la muerte de su padre en términos de “Amor Eterno”, así que considero, que dada la trascendencia de la fusión sentimental de esa una canción, también hay aculturación exitosa de Juanga en mi casa paterna-materna. Fuimos a un concierto a principios de los 90’s, y estábamos en primera fila, era una cena-concierto, parecía que a beneficio de algo. Fue larguísimo y yo creo que me quedé dormida una hora de las 3 o 4 que duró, típico en mí. Iba con dos amigas de mi edad que estaban emocionadísimas. Obvio, en mi aparente indiferencia hubo siempre la ‘secreta atracción’ hacia el divo, que en su aún espigado cuerpo portaba una chamarra de chaquiras y lentejuelas.

Luego vino una famosa observación homofóbica de un profe al que yo quería mucho (ya no) que era de Michoacán, que creo que me pulverizó el gusto. Nunca he sido homofóbica, pero sí estaba enamorada de mi profe.

Igual nos cantábamos un amigo “Fue un placer conocerte” durante la universidad en exabruptos de cariño muy jotero, pero lo hice como algo nada consciente.

Pero mi nueva historia con Juan Gabriel comienza a partir de un playlist que me hizo un ex hace unos 8 años. Antes de eso, bailé y canté varios éxitos de Juan Gabriel como parte de mi gusto enorme por la jotería musical. Como sucede con lo popular que ya es muy de una, parece todo parte de una música ambiental a la que a veces se le sube el volumen.

Aprendí a escuchar mejor lo musical y lo lírico en canciones de Juanga conocidas y no tan conocidas. Entonces entendí que era destino amar las rolas, porque eran buenas para mí. Veía en ellas un poco del candor norteño que le viene a él de Ciudad Juárez. Gustar de Juan Gabriel era una forma de apuntalar mi identidad norestense, sin caer en la burla de la rigidez machista.

Así creció un amor nuevo que comenzó con “Bésame”, sigue con “La Frontera” y continúa con “La Diferencia”. Apreciaba a plenitud su jotería, su atrevimiento y todo él. Empecé a poner atención en sus letras. Lo vi en una presentación de los Premios TV y Novelas en 2013. Salió Daniela Romo a rescatarlo de una ronquera atroz, y sentí horrible. Era en vivo y se le iba la voz. Pero al final dijo algo memorable, “Amores, podría haber venido más ronco. Pero se los juro, no pude más.”

Tengo una larga historia de enamoramiento de hombres que cantan. Por eso la ronquera me parecía que era similar a que su vida se estuviera haciendo pedazos. Desde ese momento pensé que le quedaba poco tiempo de vida. La noticia de la producción de la serie basada en su vida me emocionó. Ya vi unos dos episodios y es buena.

No conocía la biografía de Juan Gabriel, mas que por pedacitos que me contaban mis amigos de Ciudad Juárez. ¡Conozco Juárez! ¡La amo! Pero con sólo leerlo en el escenario, es uno de esos seres monumentales y paródicos que una no puede terminar de digerir. Me recuerda a mi abuela campesina y costurera.

Debí de haber ido a alguno de sus conciertos en el Auditorio Nacional. Por coda no fui. Odio que la música en vivo se volvió cara. Tenía esperanza de verlo en Monterrey. El cuerpo no espera. Ahora sé que Alberto Aguilera era diabético y tenía una larga presencia hereditaria de males del corazón. Quizás por eso sus canciones dibujaban fracturas emocionales y eso las hacía sanadoras.

Mi duelo ha pasado del coraje –los hombres se cuidan mal en este país- a corear rolas que me brotan como en shuffle, especialmene el cover nuevo de Creedence Clearwater Revival. 

Me lo imagino como uno de esos hombres de antes tratando de salir avante siempre. Tendiendo puentes creativos entre el presente y su vida primigenia. La jotería no es sólo un estereotipo cómodo, es un salvoconducto, un analgésico de hechura personal. No lo veo a Juan Gabriel cómodo, lo veo como un proceso muy vibrante. Como todas y todos deberíamos ser, tal vez, sin tanto mal del corazón, posiblemente.

Por Cordelia Rizzo

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