Por Kyzza Terrazas

Me dolía la parte superior izquierda de la espalda, entre el homóplato y la columna. No podía respirar bien. Al imaginar que ese dolor podía venir de la pleura, la membrana que rodea al pulmón, me convencí de que tenía enfisema. El salbutamol me ayudaba a jalar un poco más de aire, pero esa leve mejoría era opacada por lo que verdaderamente recorría mis visiones: el momento más temido, aquel donde sería inevitable enfrentar la esfinge de la muerte puta y aceptar que todo terminaría en un par de meses. Que mis ojos se apagarían y la nada lo cubriría todo si es que la nada es capaz de cubrir algo. Recordé mi infancia asmática y me dije: como estoy escribiendo e investigando sobre el Che Guevara —ya sé que no está de moda ese hombre claroscuro que sufrió de asma hasta el final— he logrado una suerte de simbiosis alquímica con el sujeto (¿objeto?) de estudio. Pensé también que fue precisamente el asma lo que originó mi primera bocanada de finitud. Cada que me avasallaba un ataque en la casa húmeda de Tepoztlán, cuando comenzaba la sibilancia y la tos, sobrevenía el desconsuelo: la vida, como el aire, se acaba y nunca será posible obtener lo que uno se propone: como meterme en el rio y emprender lo que habíamos bautizado como “expediciones audaces”, que consistían en seguir el curso del arroyo, mojarnos como soldados en Vietnam, y de vez en cuando meternos en casas ajenas para robar. Todo eso cavilaba, pero tras la bruma de recuerdos e hipocondria se escuchaba una voz tenue que yo me negaba a escuchar: tienes que dejar de fumar. Después de veinte años, parece que había llegado el momento. Veinte años de tener a un compañero fiel, uno que me ayudaba a concentrarme y corregir la escritura, que hacía las fiestas y las conversaciones más amenas, que me ayudaba a disolver la rabia después de una pelea conyugal, a sobrellevar muertes cercanas y a soportar el cinismo de los políticos, a disfrutar el café de la mañana y las lecturas y salir del cine, a creerme detective de novela negra, a hacer más interesante todo —los viajes, el sexo, las drogas, el rock, mi matrimonio—, un cigarro-compañero que durante todo este tiempo le dio forma y ritmo a la espesa cotidianidad. ¡Ah, dejar que el humo dulce del tabaco y la nicotina llegue bien adentro una mañana fría para después exhalar y que el humo se confunda con el vaho!

Hace un mes, parches de nicotina mediante, que no toco un cigarro. Comienzo, por supuesto, a experimentar las ventajas de no meterme humo día y noche (esto a pesar de que mi humor es negro y reconoroso y, en general, estoy convertido en una persona deleznable). Pero vaya que extraño al compañero: mis pulmones a menudo se convierten —este instante es un ejemplo— en dos gárgolas negras que me rasgan el pecho exigiendo humo y nicotina, pidiendo a chirridos que camine a la tienda y pague cuarenta y dos pesos por mis adorados Camel y les arranque el celofán y luego el aluminio y finalmente encienda un buen cilindrito de cáncer. No he sucumbido ante el sufrimiento de las gárgolas y no pretendo hacerlo. Con todo, no me permitiré —aquí lo firmo— devenir en militante anti-cigarro. No pararé de releer y celebrar Solo para fumadores, ese gran relato de Julio Ramón Ribeyro, un tratado sobre la vida y la profesión del escritor vista a través del hábito del tabaco. No abandonaré el imperativo de que los mejores personajes, tanto en cine como en literatura y tal vez en la vida, deben fumar. Tampoco dejaré de pensar, como ensaya Richard Klein en Cigarettes are Sublime —historia y celebración antropológicas sobre el acto de fumar (una sección de ese libro está publicada por Tumbona Ediciones como Contra los no fumadores, traducida por Pablo Duarte)— que fumar es una manera de otorgarle sentido a la vida y de tocar la muerte: <<Los cigarros no son bellos en un sentido positivo, pero son sublimes gracias a su poder seductor para presentar lo que Kant llamaría un “placer negativo”: un placer sombrío y bello e inevitablemente doloroso que emerge de un tipo de presentimiento de la eternidad; el gusto de finitud que existe en los cigarros reside precisamente en el “mal gusto” que el fumador aprende a amar.>> Seguramente mis pulmones resentirán el castigo por el resto de mis días —aún así echaré de menos por siempre la extraña dignidad del fumador.   

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