Por Claudio Tapia

Foto por Victor Hugo Valdivia, de la serie:»Texturas»

 

La amistad es una consecuencia surgida de la vida misma. Los que amamos vivir, hacemos amigos. Cuando pienso en esto, cuando me pregunto cómo es que construimos amistades, recuerdo a Montaigne que atribuye a la sabiduría del hombre el aprender a ser congruente consigo mismo al asumir las consecuencias surgidas de la decisión de vivir sin miedos. Dedicar el tiempo que nos queda a vivir sin temor a la soledad, con la felicidad que proviene de decirle si a la vida en cualquier circunstancia, es lo que nos conduce al encuentro con el amigo. Me parece que el amor y la amistad son vehículos fecundos que ayudan a vivir sin miedos en todas las circunstancias.

Mi amistad con Ximena Peredo, es así. Nuestra relación ha sido posible porque ella también le dice que si a la vida a cada momento. En ese sentido, sus tiempos y los míos son los mismos. No limita a nuestra amistad la diversidad de género ni la restan las brechas generacionales o reglas sociales impuestas. Nuestra peculiar amistad se basa en la decisión de vivir felizmente las circunstancias del presente sin preocupaciones por el pasado o esperanzas en el futuro. Sin esas angustias que acaban echando a perder el presente, estoicos al fin, procuramos no desperdiciar la oportunidad de compartir algunos aquí y ahora. Nuestra amistad, al margen de otros sentimientos que le son ajenos, es una manera disfrutable de intentar burlar la soledad.

Soy muy afortunado al contar con la decidida amistad de una mujer a la que doblo la edad y algunos años más, así, sin prejuicios, sin peticiones ni gratitudes, sólo por la reciprocidad en el disfrute de vivir con alegría cachitos de vida. Sorprendentemente, compartimos sin anacronismos ni desfases, inquietudes intelectuales, lecturas, música, activismo social, ideas políticas y, lo mejor de la vida buena: nuestros amores más íntimos. En fin, que nuestra amistad es metáfora de nuestra capacidad amorosa

A diferencia del amor que no se ordena ni se decide, y ese es su misterio, la amistad en cambio se busca, se quiere, se procura. Sin convertirse en un deber, sin demandas ni súplicas, sin reconocimientos ni agradecimientos, la amistad requiere, no obstante, de nutrientes y alimento. El amor no depende de nosotros, la amistad sí y por eso hace falta que le echemos ganas. La amistad no puede ser incondicional porque es recíproca, es una relación que se da entre, cuando menos, dos. Creo que es por eso que amistades como la nuestra son poco frecuentes.

Nuestra amistad sirve para exorcizar los miedos que suscita la conciencia de nuestra soledad y temporalidad. La amistad de Ximena me defiende del temor a envejecer. Compartir el sí a la vida con amigos insólitos e inesperados como ella, también ayuda a superar la banalidad de lo cotidiano y a abatir el aburrimiento. Concluyo diciendo que la amistad de Ximena Peredo ha sido un venturoso sí que hace más grata mi vida.

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