Por Francisco Lugo1

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Viajamos durante 12 horas desde Monterrey al D.F. para participar en la segunda marcha por la dignidad que madres de desaparecidos de distintas latitudes de la República realizaban el 10 de Mayo del 2014. Llegamos desvelad@s y en ayunas. Después de los preparativos y las entrevistas, partimos del Monumento a la madre hacia el Ángel de la independencia. Parecía que la ciudad enmudecía en cada consigna: HIJO, ESCUCHA, TU MADRE ESTA EN LA LUCHA… DÓNDE ESTÁN, DONDE ESTÁN, NUESTROS HIJOS DÓNDE ESTÁN. Una madre del D.F. tomo el micrófono y, como muchas otras, lloró la desesperada ausencia de su hijo, Eddy Omar Mendoza. Después de narrarnos la desaparición de su pequeño, quiso dedicarle una canción. Era de Alex Lora, “Las piedras rodantes”:

Compartimos el mismo cielo, el mismo anhelo,

el mismo tiempo y el mismo lugar.

Fuimos parte de la misma historia

[…]

Encendimos el mismo fuego, competimos en el mismo juego.

Compartimos el mismo amor y el mismo dolor.

[…]

Las piedras rodando se encuentran,

y tú y yo algún día nos habremos de encontrar.

Mientras tanto cuídate y que te bendiga Dios.

No hagas nada malo que no hiciera yo.

Yo apoyaba como moderador y le había cedido el micrófono. Siempre que veo a una madre llorar la ausencia de su hijo, me acorazo el corazón para no quebrarme frente a las necesidades inmediatas, pero esa coraza me resulta inútil cuando una madre llora y canta su dolor, de modo que se me desbarató un poco la vos. No exagero si digo que el aturdimiento que he sentido en las ocasiones que he escuchado a madres de desaparecidos cantar y lamentar el vacío ha sido semejante al de estar a corta distancia de un relámpago y su trueno.

Ese sábado 10 de Mayo, después de la marcha nos enteramos de que Enrique Peña Nieto exigía el desarme de las autodefensas. Habían asignado un plazo para entregar las armas y éste vencía ese mismo día. Era una noticia absurda. Las autodefensas legítimas habían sido categóricas al respecto: dejarían las armas cuando no hubiera más criminales en la región. Ahora que el doctor Mireles está en la cárcel por portación ilegal de armas, ese ultimátum cobra sentido: se trataba de un adelanto de la represión que caería sobre Michoacán. El “sentido” siempre llega así, nos encuentra al camino como una tormenta de langostas. Lo que en un momento parece absurdo de pronto se configura abruptamente en una forma reconocible. Esta guerra está perdida, y de esto ya hace tiempo, todos lo sabemos,pero en un principio no entendíamos por qué continuaban esas balas tristes. Vimos a nuestras vecinas que no entendían lo que pasó en su barrio tranquilo y callado, no sabían quién dio la orden de cambiar su mundo,de ver telenovelas en la peluquería a jamás volver a sentir alegría.  Esas madres que muy desesperadas cocinaban y planchaban no entendían por qué sus hijos fueron transformados en caníbales fantasmas. ¿Qué sucedió? Sabíamos de las casas en Centroamérica que los inmigrantes dejaron escapando entre las balas para luego desaparecer en el lomo de La Bestia y sólo decíamos:Bienvenidos, inmigrantes, a este paraíso errante, ya se sabe que el que no arriesga, no gana. No entendíamos nada, no comprendíamos por qué crecían día con día los llamados daños colaterales, no sabíamos por qué la ola de terror nos llegaba como un tsunami de desdicha. Vimos el concilio de miseria entre algunos cárteles y la SEDENA, vimos de rodillas los cuarteles y la fiesta embriagada delirante de la transición PAN-PRI, pero no comprendimos nada.

Lo entendemos ahora a pesar del reino del silencio cavernario y de oropeles en el que suceden las reformas de Peña Nieto. Ahora la militarización del país y todo este terrorismo cobran sentido: nos aplicaron veladamente una guerra preventiva para poder despojarnos a sus anchas con reformas ilegitimas. Dice Sophie Calle que lo que nos ocurre posee un adelanto tal que no podemos nunca acercarnos y conocer su verdadera apariencia. ¿Cuantos après-coups fueron necesarios para encontrar en retrospectiva el “sentido” de lo que nos sucede hoy? Unas semanas antes de la desaparición de mi hermano, yo había soñado una nítida y obscura pesadilla. Soñé que me amputaban la mano derecha. De pronto me la veía y me decía “Estoy soñando. Si me concentro en que estoy soñando, la mano va a aparecer”. En mi sueño, cerraba yo los ojos y me concentraba y veía yo mi puño fantasmal rehacerse poco a poco, cada vez más nítido, pero a medida que me desconcentraba se volvía de nuevo a transparentar. En el ministerio público de Matamoros me asaltó la idea de que ese sueño era un adelanto de la desaparición de mi hermano José Ángel. Ahí, frente a burócratas somnolientos entre muebles viejos y abanicos desvencijados, aquel sueño tomó sentido. Así funciona el sentido, da saltos del aquí y el ahora a lugares incomprensibles del pasado.

En distintas versiones he escuchado: seguramente andaban mal, algo habrán hecho esos maleantes, por eso los desaparecieron. Ese es el intento de sentido que le dan cotidiana y apresuradamente a nuestros desaparecidos, y tiene una función práctica. Sirve para reconfortarse con la creencia de que si se anda bien no pasará nada malo, para convencerse de que sólo mueren los malos, para protegerse de la tristeza de las víctimas, para justificar la apatía. Pero ese autoconvencimiento carece de coherencia, carece de verdad, no es un sentido. Para que sea sentido tiene que responder coherentemente a las cosas del mundo. Una de las críticas que Deleuze y Guattari hacen a la asignación tradicional de sentido es que consideran a éste como una cadena de significantes construido básicamente por los entramados de ellos mismos. Son sentidos tautológicos encerrados en su propia palabrería, sin apoyo en la realidad. Esta crítica también puede ser aplicada a la manera como trabajan los ministerios públicos las desapariciones de nuestros familiares. Llegamos corriendo con ellos a sabiendas de que cada minuto perdido es un tormento agregado a nuestro familiar. Un molusco de uñas pintadas nos recibe en su densa y lamosa piscina, coloca sus tentáculos sobre una vieja máquina Olivetti y transforma nuestra desesperación en una declaración. De ahí nace el Significante #1, es decir, el caso; una tortuga asoma su arrugado cuello, y desplazando su cabeza en la cavidad, rompe a su paso el himen de telarañas de su caparazón. Le llaman el Agente del Ministerio Público. Levanta otra serie de declaraciones, estas se registran parsimoniosamente, una a una: Significante #2, S3, S4, etc. Luego nombra a este prolongado proceso “Averiguación Previa”; se apoya en un caracol que no deja de estirar con rímel sus pestañas y que funge como ayudante escribiente. Éste último continua con el caso en las semanas, meses y años que siguen, su trabajo es prolongar indefinidamente una secuencia de signos, datos sueltos que los familiares le llevamos. Eso es la búsqueda para ellos, nunca se sale a campo a hilar los significantes con evidencias. Si el familiar decide hacerse investigador, para hacer el urgente trabajo, justo como hemos hecho todos los familiares que buscamos a nuestros desaparecidos, lo único que hace es sumar los datos, agregándolos como los nuevos significantes, sólo son otro anexo de papel.

Sin embargo, los ministerios públicos insisten en que trabajan arduamente, cuando en realidad todo lo que hacen son las siguientes operaciones: a) argüir que no hay líneas de investigación, b) solicitar al familiar que le entregue información precisa, c) amedrentar a familiares con eufemismos, dejando entrever que el familiar y sus familiares corren riesgos, d) estigmatizar al desaparecido criminalizándolo, f) traspapelar archivos, etc.

A esas operaciones Deleuze y Guattari las designan como las operaciones de las máquinas abstractas. En su texto Mil mesetas, Deleuze y Guattari dicen: “Definimos [a la máquina abstracta] cuando no hay funciones ni materiales […] no funciona ni para representar ni siquiera una cosa proveniente de lo real, más bien construyen otro tipo de realidad”2. Esta otra realidad que construyen los ministerios públicos en materia de búsqueda es la realidad del simulacro. No hacen labor de campo para la búsqueda; si acaso lo hacen es cuando la realidad es tan desbordante que se les llenan sus escritorios de tierra. Como hace unos días que me habló un ministerio público de la Agencia Estatal de Investigaciones de Cadereyta. Me preguntó que si sabía algo de mi hermano.

—Claro que sé algo de mi hermano —le contesté—. Lo que sé es que su caso está estancado en un archivo en sus oficinas, sé que desde hace más de diez meses ustedes no han hecho absolutamente nada para buscarlo, también sé que está pendiente la ubicación geográfica de las antenas de telefonía de donde recibió y emitió llamadas. Y no solamente sé eso de mi hermano, también sé algo de ustedes: sé que no están buscando y que están simulando trabajar.

El MP me respondió, como si no hubiese escuchado nada. Sólo dijo:

—Lo que pasa es que se encontraron despojos humanos en una brecha de Cadereyta y queríamos saber si usted sabe algo.

Luego me enteré que alguien que paseaba se encontró con una osamenta y que por el tamaño del cráneo se trata de un joven o una mujer. Lo que queda claro de esto es que no buscaron en ningún momento en campo, que no tienen a la mano una simple lista con las características básicas de los desaparecidos para cotejar la información que les llegan de sus “descubrimientos”. Mucho menos tienen un protocolo para comunicarse empáticamente con los familiares de desaparecidos. Su labor está concentrada en sostener la simulación. Dice Deleuze en su texto Diferencia y repetición que no debemos entender por simulacro una simple imitación, sino más bien el acto por el cual el modelo (en este caso el modelo ideal de Estado) se encuentra invertido.3 Es decir, el Estado que garantiza en modelo nuestra seguridad, justicia y verdad, en esos ministerios públicos se manifiesta de modo invertido, o sea, oculta la verdad, sostiene la impunidad y además es justo en esos lugares donde se corren riesgos. Recordemos a Sandra Luz Hernández. Se hizo investigadora, y cuando los archivos que daban cuenta de la desaparición de su hijo reunieron tantos significantes como para que estos se desbordaran de las carpetas y reptaran hacia la cosa misma que hace desaparecer y asesinar gente, en ese momento el significante dejó de tener sentido por su simple relación con otro significante y se volvió importante por su relación con la cosa, con la carne y hueso de su sentido. Mismo que le acarreó la muerte.

Deleuze y Guattari a este tipo de sentido le otorgan el status de evento, es decir, un acontecimiento que toca y transforma la realidad. Las operaciones de los ministerios públicos (y la de la generalidad de las instituciones gubernamentales) no construyen sentido porque están hechas para mantener el entretejido de significantes ligados con otros significantes; su misión es nunca tocar la cosa, nunca referir un significante al significado, es decir, al cuerpo del desaparecido o a los perpetradores de estos crímenes; están consagradas a la simulación de operar. Deleuze y Guattari en ese mismo texto señalan “[…] el simulacro es una imagen demoniaca […] viviendo de la diferencia, produciendo un efecto ilusorio de semejanzas, construye una disparidad […] mina los fundamentos, los aspira y desmorona derrumbándolo”4. “El simulacro va a entonces a saturarse de elementos a tal punto que deviene la cosa misma”5. Esto, para los que buscamos, está bien claro. Cuando uno le reclama a un subprocurador los efectos positivos de sus investigaciones, el funcionario saca kilos de papeles atiborrados, señalando con ellos que se está llevando a cabo una gran labor de investigación. Esos escritos, esas series y cadenas de significantes no dan sentido, no son ni siquiera el engaño: es la evidencia, el evento del derrumbe de las instituciones.

Hoy queda claro un sentido: que el más fuerte penaliza, que pega duro, que te hace trizas, que no es nada personal, que se trata solo de naturaleza humana. Que los poderes organizan cual será la repartija de los bienes de la época y que de esto nadie se puede salvar.

Después de observar y vivir esta miseria, no resulta extraordinario que una canción pop como la que cantó la madre de Eddy otorgue mucho más sentido y sea más esperanzadora que las operaciones institucionales.

Escuchar a una madre que llora y canta es desgarrador, pero da sentido a nuestros eventos. Hacia el final de uno de nuestros eventos en la Plaza de la transparencia, Amada, quien busca a su hijo Gustavo Castañeda Puentes desde hace más de dos años, y Angie, quien busca su hijo Gino Alberto Campos Ávila desde el 2011, cantaron juntas una canción de Los Bukis. Los signos de esta canción acercan más a sus familiares con sus desaparecidos que todas las operaciones precarias y limitadas que están llevando a cabo actualmente los encargados de la justicia.

No hay nada más difícil que vivir sin ti,

sufriendo en la espera de verte llegar.

El frio de mi cuerpo pregunta por ti

y no sé dónde estás.

Si no te hubieras ido sería tan feliz.

La gente pasa y pasa siempre van y van,

el ritmo de la vida me parece mal.

No hay nada más difícil que vivir sin ti.

La primera vez que vi una canción engarzada con nuestra lucha fue con Juanny frente al Palacio de gobierno. Le dedicó a Damaris la canción de “Nube viajera” y “Te busco”, de Celia Cruz. A veces, aunque no hay palabras suficientes para transmitir todo lo desgarrador de la desaparición, una fugaz estrofa logra arrojar un flashazo sobre esa obscuridad.

Hay eventos muy difíciles de entender o de aceptar. Al inicio de mi búsqueda había pensado que era inútil dirigirse a los apáticos, esos que aún siguen vivos, atentos, esos que observan el tiempo con una extraña enfermedad inclasificada, que les afecta tan de deprisa, que les quita su sonrisa y cuyo síntoma es que ya no les importa nada. Pensaba que era ocioso dirigirme a ellos. Pensaba que era preferible seguir comiendo mierda, cada día, cada noche, que explicarle al mundo entero que somos nada en la historia universal. Creía que había que dejar en santa paz a los apáticos, después de todo, ¿a quién le importa que hoy la casa de mi infancia ya no exista y ni siquiera haga falta si yo la llevo bien adentro en mis entrañas, toda llena de colores y de desapariciones muy tempranas, muy profundas, muy amargas? ¿Para qué hablarle a los apáticos?, me preguntaba. Incluso pensé que no herraría mucho si los consideraba traidores, pensaba que solo debería reunirme con quienes han padecido la violencia directamente. Hoy más bien creo que es necesario construir colectivamente nuevos sentidos, nuevas teleologías y nuevas resignificaciones. Creo que quienes no comprenden simplemente no lo logran porque es difícil encontrarle a esto un sentido. Creo que algún día, de pronto, en una boda, en la fila del banco, en la regadera, así, de pronto, entenderán todo aquello que en algún momento les fue abstracto y lejano; de pronto, de un sólo golpe, todo cobrará sentido. Tal vez aún no es suficiente la luz de esos corazones que cantan en llamas. Y es posible que los hijos puedan cambiar lo que hicimos y la casa nunca más desaparezca. Nuestra casa, México, donde todo es mentira, México, el desaparecido, bienvenidos a la casa de todos, a la casa desaparecida, bienvenidos a aparecer en este mundo. México, el desaparecido.

1 Este texto está apoyado en la canción “La casa desaparecida”,de Fito Páez. Todas las itálicas en negritas corresponden a adaptaciones de la letra de la canción.

 

2 Deleuze, G., & Guattari, F. (1980). Mille plateaux: Capitalisme et schizophrénie II. Editions de minuit, Paris, pp 176-177

 

3Deleuze, G. Difference et repetition (1968). Paris: PUF, p.1

 

4 Ibid p.352

 

5 Ibid p.93

 

 

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